Diálogo, parodia y problemas textuales: el coloquio entre Sancho y el duque, a raíz del vuelo de Clavileño (Don Quijote, II, 41)
p. 967-976
Texte intégral
1Sabido es que el centro de la segunda parte del Quijote corresponde a la estancia del Caballero de la Triste Figura y de su escudero en el palacio de los duques, así como a las aventuras de los dos personajes en relación con esta estancia.
2En particular, después del episodio de Clavileño –o sea del imaginado viaje aéreo del hidalgo y de Sancho montados en el caballo de madera regido por una clavija–, se asiste a un divertido diálogo entre los duques y los dos héroes, más directamente entre el duque y el campesino. Éste sale airoso del coloquio: el pobre diablo triunfa del aristócrata, después de una contestación que no resulta nada clara, pues se utiliza la expresión: «no pasar de los cuernos de la luna».
3En este trabajo, quisiéramos poner de relieve las características del diálogo entre los tres personajes, y más precisamente entre el escudero y el duque, y además intentar solucionar el enigma final. Para ello, hemos de utilizar tanto la tradición carnavalesca y bufonesca como el contexto histórico al cual está vinculado el gran señor aragonés.
4Hace ya tiempo que venimos insistiendo sobre el cambio de atmósfera que corresponde a la subida al trono de Felipe III. La corte de su padre, en el último período de la vida de este soberano, se hallaba sumida en un ambiente de ascetismo y severidad. Al morir Felipe II, se asiste a un verdadero desahogo: se vuelve a descubrir el poder de la risa liberadora. El joven rey y los cortesanos se entregan a continuas fiestas y diversiones, a mascaradas y bufonadas, a picantes amoríos, a burlas y jocosos juegos verbales. Entre estas fiestas sobresalen las celebraciones carnavalescas urbanas y aristocráticas con sus divertidas parodias, sus burlescas inversiones, su triunfante locura1. Tal fue el caso de las que se verificaron en Valencia, en 1599, con ocasión de las bodas reales2. Es como si entre carcajadas y disfraces, el monarca y los palaciegos quisieran olvidar la grave crisis que está afectando al reino castellano, crisis evocada por Mateo Alemán en el Guzmán de Alforache al referirse a la peste que baja de Castilla y al hambre que sube de Andalucía3. Esta brillante corte se traslada a Valladolid donde va a permanecer entre 1601 y 1606. Del alegre ambiente que impera en ella da buena idea la Fastiginia del portugués Tomé Pinheiro da Veiga, quien residió por esos años en la villa del Pisuerga4. No es pues extraño que se elaboren entonces varias obras de festivo espíritu carnavalesco entre las cuales descuellan el Quijote de Cervantes (1a ed.: 1605), El Buscón de Quevedo (1a redacción: 1604-1605), La Pícara Justina de Francisco López de Ubeda (1a ed.: 1605), los Diálogos de apacible entretenimiento de Gaspar Lucas Hidalgo (1o ed.: 1605), etc.
5El Quijote, en particular –tanto la primera parte de 1605 como la segunda de 1615–, se halla penetrado de atmósfera carnavalesca5. Pero en el texto del 16156, don Quijote y Sancho –éste sobre todo– vienen a ser verdaderos bufones en el palacio de los duques, esa «casa de placer» (II, 31, p. 273). Desde este punto de vista, la mansión ducal no es más que una derivación del palacio real. Los dos grandes intentan pues, y consiguen más de una vez, transformar al hidalgo manchego y al campesino en «hombres de placer», inventando para ello una serie de burlas y situaciones divertidas. Las actitudes y los discursos del Caballero de la Triste Figura y de su escudero provocan de tal modo el regocijo de los dos aristócratas y de su séquito. No obstante, de acuerdo con las normas del sistema carnavalesco puestas de relieve por Bajtín, la risa que surge de los episodios correspondientes es ambivalente, escarnece a todos, aún a los mismos burladores7. Se asiste pues a una característica inversión de perspectivas, según la técnica del «mundo al revés»8, de manera que, como lo dice el mayordomo en el episodio de la ínsula Barataría, «los burladores se hallan burlados» (II, 49, p. 406). Es lo que ilustra asimismo la burla de Clavileño.
6Conocido es el papel desempeñado por el bufón –ese loco «carnavalesco» implantado en Palacio, al lado del Príncipe– como inversor de la verdad oficial y revelador de la verdad escondida, de la «auténtica verdad»9. Al jugar con el poder transgresor de la palabra, entre gracias y chocarrerías, al jugar con las burlas que idea o de que es objeto a causa de su indignitas, el bufón puede decir muchas veras y poner de manifiesto las lacras de los príncipes y cortesanos.
7Éste es el papel que le corresponde a Sancho en el trozo que nos interesa. Para que no haya lugar a dudas acerca de ello, es don Quijote quien, a poco de llegar a casa de los duques, le llama «truhán moderno» (II, 31, p. 277), otro nombre del bufón10. A continuación, refiriéndose al caso de su escudero, añade el hidalgo, de modo significativo:
... quien tropieza en hablador y gracioso, al primer puntapié cae y da en truhán desgraciado, (II, 31, p. 277)
8De la misma manera, la duquesa que, anteriormente, ha valorado humorísticamente ante don Quijote «las gracias y donaires» de Sancho el «gracioso» (II, 30, p. 272), no quiere que éste se aparte de su lado por ser «muy discreto» (II, 31, p. 279), en realidad porque le divierten sus bufonadas11. Acto seguido, el labrador actúa de truhán con el cuento del campesino sentado a la cabecera de la mesa, que se aplica perfectamente al caso de don Quijote, el cual queda corrido de lo dicho por su escudero (II, 31, pp. 279-281).
9Después de varias burlas sufridas por los dos personajes y de diversas «malicias» dichas por Sancho, viene el episodio de la Trifaldi, la dueña dolorida. El lance final corresponde al «viaje aéreo» sobre Clavileño del héroe y de Sancho sentado detrás de él, a la mujeriega, burlesca parodia tanto del viaje por los aires del Caballero Clamades y de su «linda Clarmonda», montados en el caballo de madera, como de la fuga a caballo del Caballero Pierres de Provenza y de su «linda Magalona»12. Después del jocoso episodio, los duques van a preguntarle a Sancho «cómo le había ido en aquel viaje» (II, 41, p. 253), pidiéndole detalles sobre lo que había divisado. Es el trozo que nos interesa más directamente.
10Sancho decide aceptar el juego y, asumiendo su papel de bufón, inventa una divertida evocación de lo que ha visto. Llega el momento –dice– en que, gracias a ese «vuelo por encantamiento», se acercan a las Siete Cabrillas, o sea a la constelación de las Pléyades (II, 41, p.353). Como fue cabrero en su tierra, le entran ganas de entretenerse con ellas un rato. Se apea pues de Clavileño (que no pasa adelante) y dice el socarrón campesino:
... me entretuve con las cabrillas, que son como unos alhelíes y como unas flores, casi tres cuartos de hora (Pp. 353-354).
11La burlesca transformación de las estrellas en cabras, así como las donosas comparaciones que se les aplica y el empleo repetido del verbo entretenerse cuya polisemia es evidente13, nos sitúan de lleno en el campo semántico que corresponde al entretenimiento, tal como lo define Covarrubias:
entretenimiento, qualquier cosa que divierta y entretenga al hombre como el juego o la conversación o la lección.14
12Y precisamente de todo eso se trata en el divertido diálogo entre los duques y Sancho, con una progresión que corresponde a lo indicado por el lexicógrafo: juego (en el sentido amplio de la palabra) gracias a la conversación (aquí el coloquio) la cual se acaba por una explícita lección.
13Con esta jocosa manera de presentar su estancia entre las cabras celestes, el escudero indica a las claras que está jugando, divirtiendo a sus interlocutores y divirtiéndose, que sabe muy bien lo que está haciendo. Además, al afirmar que se ha apeado de Clavileño y que éste ha estado sin moverse durante casi una hora, bien parece insinuar Sancho que se ha dado cuenta de la burla y sabe que el caballo de madera no ha tomado ningún vuelo. El tonto se ha transformado en discreto, ilustrando otra vez esa reversibilidad del personaje y de las situaciones a la cual hemos aludido ya. De tal modo, el diálogo viene a ser lúdico y paradójico y los duques no pueden menos de seguirle la corriente al labrador si no quieren revelar el engaño que han ideado. En resumidas cuentas, es el pobre diablo el que orienta el diálogo como le da la gana y domina la situación. Por ello desvían los Grandes la conversación hacia don Quijote, quien no se ha percatado de nada y pone entonces en tela de juicio lo que dice su escudero, afirmando que éste miente o sueña. Pero esta intervención del hidalgo no tiene ningún resultado porque Sancho recupera la iniciativa: para demostrar que dice la verdad-otra paradoja-pide que le pregunten las señas de las cabras (p. 354). De nuevo los duques tienen que seguirle la corriente ya que la intervención de don Quijote pudiera haber sido peligrosa. La Señora se dirige entonces al campesino: «Dígalas, pues, Sancho», el cual responde:
Son las dos verdes, las dos encamadas, las dos azules y la una de mezcla. (P. 354)
14Lo único que pueden hacer los magnates es volver a lanzar el diálogo hacia otra dirección. En efecto el duque se extraña de los colores indicados, lo que da lugar a una irrebatible explicación de Sancho, apoyada en un juego lingüístico:
... diferencia ha de haber de las cabras del cielo a las del suelo. (Ibid.)
15Una vez más, el bufón invierte las perspectivas: sigue dominando la situación, riéndose de sus huéspedes.
16Es entonces cuando el duque, consciente de lo que está pasando, intenta recuperar la superioridad que ha tenido que abandonar. Valiéndose de una chocarrería digna de un truhán, va a transformar a Sancho en cabrón, o sea va a tratarlo de cornudo:
Decidme, Sancho –preguntó el duque–: ¿visteis allá entre esas cabras algún cabrón?
17Parece triunfar el duque, según un proceso de inversión típicamente carnavalesco. Dejémosle momentáneamente triunfar para volver a recorrer lo andado: es necesario, en efecto, poner de reheve cómo todo lo que precede se inserta en una tradición festiva, bien representada. Ésta es la que está vinculada a la utilización de chanzas y pullas.
La pulla –apunta Covarrubias– es un dicho gracioso, aunque algo obsceno, de que comúnmente usan los caminantes cuando topan a los villanos que están labrando los campos, especialmente en tiempo de siega o vendimias.15
18Esta relación de la pulla con el mundo del campo y del viaje (camino o venta)16 permite comprender el desarrollo del episodio hasta la obscenidad final, ya que es Sancho el campesino quien, a causa del viaje aéreo, va a evocar graciosamente las particularidades del «vuelo».
19Por otra parte, el viaje del escudero a las Pléyades corresponde al que aparece en un divertido cuentecillo recogido por Melchor de Santa Cruz en su Floresta: el del viajero extranjero que afirma haber andado muchas tierras y haber estado en la Cosmografía17. Además, por lo que hace a las Siete Cabrillas, éstas aparecen en contextos jocosos. Por ejemplo, en los Diálogos de apacible entretenimiento, unidos a los tres días de Carnestolendas, se nos dice que vino el arzobispo don Nadie «con una redoma de cristal en que llevaba leche de las Siete Cabrillas»18. Dicha broma figura también en el Entremés famoso de los invencibles hechos de Don Quijote de la Mancha de Francisco de Ávila publicado en 1617: están hablando un ventero y su mujer acerca de las bernardinas y pullas que los huéspedes echan a la ventera y sale a relucir «la leche de las siete cabrillas» pedida por los caminantes19. Asimismo, Tomé Pinheira da Veiga al evocar, en su Fastiginia, una tarde de fiesta en una huerta, describe la llegada de unas «damas» desenfadadas (la madre, las cuatro hijas y dos primas suyas) a quienes llama las Siete Cabrillas20. La propia madre –añade– decía de sus hijas que por ser el padre herrador «les venía por herencia andar erradas». Si se tiene presente que la cabra es símbolo de lascivia, y significa la ramera como lo indica Covarrubias21, se percibe mejor la polisemia del apodo utilizado, el cual remite incuestionablemente al universo de la pulla.
20Pero las cabras hacen pensar también en el macho cabrío. Y ya se sabe que el cabrón es el cornudo, conforme lo explica extensamente Covarrubias22. No obstante, estos términos, particularmente insultantes, así como la referencia a los cuernos, también se empleaban de manera jocosa. Es lo que ilustran por ejemplo Tomé Pinheiro da Veiga23 y Gaspar Lucas Hidalgo24 para no decir nada de Quevedo y de su Siglo del cuerno. Tampoco hay que perder de vista lo que afirma Sancho: ha sido cabrerizo o sea cabrero, y según parece, esta palabra tenía asimismo el sentido de cornudo25. Ahora se apreciará mejor el entramado de referencias y alusiones festivas que conduce a la chocarrera agresión final del escudero por parte del duque.
21Hay que añadir, antes de pasar adelante, que el ambiente evocado explica que Sancho, el bufón, se sirva del verbo entretenerse –ya lo hemos comentado– y que, para aludir a las señales de las cabrillas, se aproveche de los colores simbólicos de la locura; verde, encamado, azul y mezcla abigarrada de ellos26.
22Hemos llegado al momento en que, aparentemente, el gran señor recupera su supremacía gracias a un insulto obsceno (que no obstante le rebaja a nivel del mundo truhanesco)27. El campesino parece sumirse ahora en esa indignitas del bufón que le obliga a sufrir el escarnio del príncipe y de los cortesanos.
23Sin embargo, Sancho reacciona en seguida y lo que le responde al duque:
No señor; pero oí decir que ninguno {= ningún cabrón} pasaba de los cuernos de la luna. (P. 354)
24marca el triunfo definitivo del campesino, o mejor dicho la efímera victoria del pobre diablo sobre el aristócrata, en un ambiente lúdico. La cosa llega a tanto que el magnate se queda sin voz y que comenta el narrador, desviándose un tanto del tema:
No quisieron preguntarle más {los duques) de su viaje porque les pareció que llevaba Sancho hilo de pasearse por todos los cielos. (P. 354)
25Ahora empieza el problema al cual nos hemos referido al principio de este trabajo: ¿por qué tiene que callarse el duque o dicho de otra manera cuál es el sentido de la contestación de Sancho, ya que ningún editor ha sabido aclararlo hasta hoy en día28?
26Bien intuye el lector que al mentar los «cuernos», Sancho está escarneciendo a su vez al duquetruhán, pero el sentido de la respuesta sanchesca queda por desentrañar. En efecto, la expresión corrientemente utilizada en época de Cervantes y que el autor ha empleado poco antes (II, 33, p. 303) es «poner sobre el cuerno de la luna» (o «poner en los cuernos de la luna») lo que significa «poner por las nubes», exaltar muchísimo. Pero esto no nos explica lo que dice el escudero. La solución, ¿no estará en una disemia del término luna, parecida a la que corresponde a la palabra cuernos?
27Recordemos que los duques son Grandes aragoneses y que su «casa de placer» no está lejos de Zaragoza. Desde Juan Antonio Pellicer, quien por primera vez formuló la hipótesis a finales del siglo XVIII en su edición del Quijote29, hasta Vicente Gaos en la suya de 1987, se suele apuntar que los famosos magnates parecen estar inspirados en los VII duques de Villahermosa, don Carlos de Borja y doña María {Luisa} de Aragón, quienes poseían el palacio de Buenavía, en las inmediaciones de Pedrola.
28No se trata para nosotros de resuscitar la vieja teoría de los modelos vivos, pero cabe en lo posible que, en este caso, el texto cervantino encierre alguna referencia a los duques de Villahermosa. Por lo menos, más de un lector contemporáneo –aunque no fuera más que en núcleos cortesanos y aristocráticos– debió de establecer esta relación.
29Dejemos sentado en primer lugar que doña María de Aragón fue menina y luego dama de la reina doña Margarita de Austria, esposa de Felipe III. A la muerte de su padre, heredó el ducado de Villahermosa y Luna y el condado de Ribagorza30. Contrajo matrimonio, en 1610, con su primo segundo don Carlos de Borja31.
30Doña María fue mujer muy hermosa y cantaron su belleza tanto Góngora (quien juega con la segunda parte del nombre Villahermosa y con el de Luna.) como Bartolomé Leonardo de Argensola32.
31Con sus hermanas, su madre y su futuro esposo don Carlos de Borja, participó, poco después de 1590, en una representación de la anónima Fábula de Apolo y Dafne ofrecida al príncipe Felipe (el futuro Felipe III) y a su hermana cuando pasaron por Aragón33. Pero la afición de la familia ducal a las letras era mucho más antigua, y tanto su padre como su tío dejaron varios escritos históricos34. Además, Lope de Vega estuvo en contacto con doña María y don Carlos, y por los años del segundo Quijote (tal vez en 1617), la Casa de Villahermosa le encargó dos comedias que exaltaran al fundador del linaje, don Alonso (hijo del rey don Juan 1o de Aragón), y a sus descendientes, suministrándole para ello al poeta un guión de lo que había de escribir y un esquema de la organización dramática de ambas obras teatrales35.
32Se puede suponer que en el guión no se haría mención de un hecho escandaloso que tuvo amplia resonancia y ocurrió alrededor de los años 1570.
33El primogénito del IV duque de Villahermosa y Luna, llamado don Juan Alonso de Aragón –llevaba entonces el título de conde de Ribagorza y era hermano del padre de doña María–, contrajo matrimonio, hacia 1565, con doña Luisa de Cabrera, hermana del marqués de Villena36. Según parece, esta señora era muy liviana –«muy rabihúmeda» se dirá de ella– y a pesar de estar casada, tuvo una deshonesta y ostentosa relación amorosa con un noble toledano, en la ciudad del Tajo. Su «soltura de vida» era tan pública que todos sabían que le ponía los cuernos al conde. Éste exigió que su mujer se viniera a Pedrola pero poco después de emprender el viaje, en 1571, murió la condesa de manera violenta. Cundió la voz de que el marido era responsable de esa muerte. Es lo que creyó el cuñado de la condesa, el conde de Chinchón, quien gozaba de la confianza de Felipe II37. Afirmó que no hubo infidelidad conyugal y pretendió vengar a doña Luisa. El conde de Ribagorza –el marido–, asustado, intentó pasar a Italia. No obstante, fue preso y, fulminado su proceso, se le condenó a muerte, sentencia que se ejecutó en 1573 con el consiguiente agravio para el linaje de Villahermosa38. Es necesario añadir que en 1590-1591, el padre de doña María, don Femando de Aragón (el V duque de Villahermosa) estuvo involucrado en los famosos sucesos de Aragón, en relación con el asunto de Antonio Pérez. La corona le procesó y perdió sus bienes. Sólo los recuperó la Casa de Villahermosa, en 1595, después de largos pleitos, cuando a don Femando, ya difunto, se le absolvió de los cargos que pesaban sobre él39. El propio hermano de don Femando, don Francisco, tomó la pluma para defender al duque40. Estas circunstancias explican que la Casa ducal le encargara a Lope dos comedias para exaltar al linaje de los Villahermosa y Luna.
34Ya podemos volver al texto cervantino. Lo que acabamos de decir se compagina perfectamente con la belleza y la importancia de la duquesa, con las lecturas de los duques y las «representaciones» que idean en su «casa de placer» y en las cuales actúan don Quijote y Sancho, aún sin saberlo. Por otra parte, bien se comprenderá que, en relación con el contexto evocado, la respuesta de Sancho cobra un sentido preciso: esos «cuernos de la luna» serán los de la Casa de Luna (o sea de Villahermosa) con referencia al episodio sonado y desagradable que acabamos de evocar, todavía muy presente en las mentes.
35Por ello, ningún cabrón (en sentido figurado) podía ser más cornudo que ese vástago de la Casa de Luna, es decir que ninguno podía sobrepasar sus cuernos41. Ya que la ominosa afrenta recaía sobre todo el linaje ducal, ¿cómo iba a reacionar el duque, frente a una chocarrería que bien correspondía a la suya pero que era todavía más injuriosa, aunque aparentemente no existiera tal ofensa? En el ambiente festivo que corresponde al diálogo, no podía menos de hacerse el desentendido, callar y pasar a otra cosa.
36La hipótesis que acabamos de formular, ¿no se halla reforzada por el juego con las Siete Cabrillas? En efecto, éstas no pueden menos de hacer pensar en el nombre patronímico de la casada infiel, doña Luisa de Cabrera42, así como en los siete clavos de plata que figuran en el brochante de las armas de la Casa de Aragón (la de los Villahermosa y Luna)43.
37Sea lo que fuere, se puede conjeturar que, entre aristócratas y cortesanos, esta lectura debió de imponerse con alguna frecuencia.
38De corresponder a la realidad la interpretación que adelantamos, cabe preguntarse si la conocida inquina entre Cervantes y Lope de Vega, ese Lope que estaba en relación con los duques, no ha conducido, en contraposición, a que cuaje este episodio. Asimismo, ¿tendrán algo que ver con el texto cervantino las comedias encargadas al Fénix para exaltar la Casa de Villahermosa?
39El trozo estudiado pone de relieve, una vez más, que el Quijote es en primer lugar un «libro de entretenimiento». Sin embargo, los referentes a partir de los cuales la obra se elabora –el sistema de intertextualidades– no son siempre fáciles de determinar y entender. El intentar comprender el texto, en relación con el contexto contemporáneo, es todavía hoy, a pesar de todo lo que se ha escrito ya, una tarea que sigue incumbiéndole a la crítica cervantina.
Addendum
40El azar nos ha hecho topar últimamente con los versos iniciales de una de las versiones del romance La loba parda. Estos vienen a reforzar lo que hemos escrito anteriormente: «Las cabrillas ya van altas, / la luna va revelada; / las ovejas de un cornudo / no paran en la majada» (cf. Romancero, ed. de Giuseppe Di Stefano, Madrid, Taurus, 1993, no 161, p. 430). Gonzalo Correas ya citaba estos versos bajo la forma siguiente: «Las kabrillas se ponían,/la kaiada ia enpinava, / las ovexas de una puta / no kieren tomar maxada» (Vocabulaire de refranes y frases proverbiales, ed. de Louis Combet, Bordeaux, Institut d'Études ibériques et ibéro-américaines, 1967, p. 211 a).
Notes de bas de page
1 Véase nuestro trabajo «La tradición carnavalesca en el Quijote» en Javier Huerta Calvo (ed.), Formas carnavalescas en el arte y la literatura, Barcelona, ed. del Serbal, 1989, pp. 153-181. Cf. pp. 153-154.
2 Véase la descripción de estas fiestas carnavalescas hecha por Felipe Gauna: Relación de las fiestas celebradas en Valencia con motivo del casamiento de Felipe III, ed. de Salvador Carreres Zacarés, 2 t., Valencia, Acción Bibliográfica Valenciana, 1926-1927. Puede compararse con otra celebración del mismo tipo, la del Carnaval aristocrático de Madrid, en 1637: véase A. Redondo, «Sociabilités et solidarités / ségrégations festives: Carnaval aristocratique et Carnaval populaire à Madrid vers le milieu du xviie siècle», en Raphaël Carrasco (ed.), Sociabilités et solidarités en Espagne ( xvie-xxe siècles), Besançon, Annales Littéraires de l'Université, 1991, pp. 63-76. Acerca de las relaciones entre las fiestas palaciegas y la segunda parte del Quijote, véase también Anthony Close, «Fiestas palaciegas en la segunda parte del Quijote», en Actas del segundo Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, Barcelona, Anthropos, 1991, pp. 475-484.
3 Véase Mateo Alemán, Guzmán de Alfarache, ed. de Francisco Rico, Barcelona, Planeta, 1987, p. 257.
4 Véase Tomé Pinheiro da Veiga, Fastiginia o fastos geniales, trad, y ed. de Narciso Alonso Cortés, Valladolid, Imprenta del Colegio de Santiago, 1916.
5 Véase A. Redondo, «La tradición carnavalesca en el Quijote», pp. 156-176.
6 Utilizamos la ed. del Quijote de Luis Andrés Murillo, 2t., Madrid, Castalia, 1978.
7 Véase Mijail Bajtin, La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento. El contexto de François Rabelais, Barcelona, Barrai Editores, 1974, pp. 16-17.
8 Véase Jean Lafond y Augustin Redondo (eds.), L'image du monde renversé et ses représentations littéraires et paralittéraires de la fin du xvie siècle au milieu du xviie, Paris, Vrin, 1979.
9 Entre los diversos trabajos sobre el bufón, pueden consultarse los de Francisco Márquez Villanueva, «Un aspect de la littérature du “fou” en Espagne», en Augustin Redondo (ed.), L’humanisme dans les lettres espagnoles, Paris, Vrin, 1979, pp. 233-250; id. (ed.), Literatura bufonesca o del loco en NRFH, XXXIV, 1985-1986. Véase asimismo Monique Joly, La bourle et son interprétation. Recherches sur le passage de la facétie au roman (Espagne, xvie- xviie siècles), Lille, Atelier de reproduction des thèses, 1982, pp. 283 sq. (artículo «truhán»); Maurice Lever, Le sceptre et la marotte-Histoire des Fous de Cour, Paris, Fayard, 1983.
10 Véase M. Joly, La bourle..., pp. 283 sq.
11 Acerca de las relaciones entre el escudero y la duquesa, véase Elias L. Rivers, «Sancho y la duquesa: una nota socioliteraria», Cervantes, XI, 1991, pp. 35-42.
12 Véase A. Redondo «De don Clavijo a Clavileño: algunos aspectos de la tradición carnavalesca y cazurra en el Quijote (II, 38-41)», Edad de Oro, III, 1984, pp. 181-199.
13 Acerca del sentido erótico de entretenerse, véase Pierre Alzieu, Robert Jammes, Yvan Lisssorgues, Poesía erótica del Siglo de Oro, Barcelona, Crítica, 1984, n° 36,37 y 141, 3. El hablar de «cabras», no sólo resulta del contexto y de la referencia a ciertas prácticas eróticas de los pastores –bien documentadas– sino de la probable alusión al personaje femenino que se halla implicado en el juego dialógico final entre el duque y Sancho (véase infra, nota 41 y texto correspondiente).
14 Tesoro de la lengua castellana o española, ed. de Martín de Riquer, Barcelona, Horta, 1943, p. 526 a. Sobre el particular, véase la obra significativa de fray Alonso Remón, Entretenimientos y juegos honestos y recreaciones cristianas, Madrid, Viuda de Alonso Martín, 1623 (BNM: R/1028).
15 Tesoro de la lengua castellana..., p. 887 b.
16 Véanse las observaciones de Monique Joly: La bourle et son interprétation..., p. 247 sq. (artículo «pulla»). Clemencín ya había apuntado que la respuesta final de Sancho, en el trozo que analizamos, tenía «aire de ser pulla» (Don Quijote, ed. de Clemencín, Valencia, Alfredo Orteils, 1980, cap. 41, nota 67, p. 1759 b).
17 Véase Floresta Española, 1a ed.: 1574, Madrid, Sociedad de Bibliófilos Españoles, 1953, p. 263.
18 Véase Gaspar Lucas Hidalgo, Diálogos de apacible entretenimiento en BÁE, t. 36, Madrid, Atlas, 1950, pp. 279-316. Cf. p. 292 a.
19 Véase Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha en Colección de Entremeses, loas, bailes, jácaras y mojigangas desde fines del siglo xvi a mediados del siglo xvii , ed. de Emilio Cotarelo y Mori, 2 t., Madrid, ed. Bailly-Baillière, 1911 (N.B.A.E., 17-18), t. I, pp. 198-203. Cf. p. 198 a.
20 Véase Fastiginia, p. 134 b.
21 Véase Tesoro de la lengua castellana..., p. 255 a.
22 Ibid., p. 257 b; 360 a.
23 Véase Fastiginia, p. 134 b.
24 Véase Diálogos de apacible entretenimiento, p. 301 b.
25 Véase José Luis Alonso Hernández, Léxico del marginalismo del Siglo de Oro, Salamanca, ed. de la Universidad de Salamanca, 1977, p. 149 a.
26 Véase A. Redondo, «De don Clavijo a Clavileño...», p. 191.
27 Fray Alonso Remón, en su libro Entretenimientos y juegos honestos y recreaciones cristianas, ya citado, indica lo siguiente: «No quiero dezir por esto que aprueve las truhanerías y chocarrerías disparatadas, ni el oficio de los truhanes y bufones en las casas de los Príncipes y señores, antes lo repruevo y condeno por muy nocivo y malo [...]. Su fin sólo es sacar dinero, causar risa, a costa del honor y fama agena, o rebentando, y descomponiéndose, con los gesticulares actos y mociones torpes que haze: y aun tal vez desvergonçándose a torcer y profanar nombres y palabras...» (fol. 43v°-44r°).
28 Clemencín decía ya que no alcanzaba el verdadero sentido de la respuesta de Sancho (Don Quijote, ed. de Clemencín, op. cit., cap. 41, note 67, p. 1759 b). Los editores siguientes del Quijote –aun los más concienzudos– han pasado sobre el trozo como sobre ascuas. Por ello uno de los últimos comentaristas del texto cervantino, Vicente Gaos, en su edición póstuma de 1987, no ha vacilado en escribir, al referirse a la contestación del escudero: «ningún comentarista posterior {a Clemencín} explica la réplica de Sancho (Don Quijote, ed. de Vicente Gaos, 3 t., Madrid, Gredos, 1987, H, p. 576, note 310). El mismo añade: «... ¿quiere insinuar Sancho acaso la baja alcurnia moral del duque?». Sin embargo, tal sugerencia tampoco resulta satisfactoria porque no aclara la respuesta del campesino.
29 Véase Don Quijote, ed. de Juan Antonio Pellicer, 5 t., Madrid, Gabriel de Sancha, 1797-1798, IIa parte, p. 350, nota.
30 Véase Francisco Fernández de Bethencourt, Historia genealógica y heráldica de la monarquía española. Casa Real y Grandes de España, t. V, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Enrique Teodosio, 1908, p. 500.
31 Don Carlos de Borja era conde de Ficalho y nieto del duque de Gandía, San Francisco de Borja (ibid.). Asimismo era primo hermano del duque de Lerma, el privado de Felipe III (véase Claude Gaillard, Le Portugal sous Philippe III d'Espagne. L'action de Diego de Silva y Mendoza, Grenoble, 1982, p. 88). Doña María tuvo que pleitar con su tío paterno, don Francisco de Aragón, quien reivindicaba la herencia de su hermano, el padre de la nueva duquesa. La sentencia definitiva sólo se pronunció en 1608: doña María guardaba el ducado de Villahermosa, pero don Francisco se quedaba con el condado de Luna, de creación reciente, y con el condado de Ribagorza (véase Fernández de Bethencourt, Historia genealógica y heráldica de la monarquía española..., t. V, pp. 500 y 502).
32 Por lo que hace a Góngora, véase la siguiente décima de 1600, relacionada con doña María y su hermana doña Juana: «Aquella belleza rara / que adora el Ebro por diosa / sol es de Villahermosa / hermosísima de cara; / aurora luciente y clara / deste sol aragonés,/ si no naciera después / fuera su hermana divina; / mas si no es Luna menina / estrella de Venus es» (véase Luis de Góngora, Obras completas, ed. de Juan Millé Giménez e Isabel Giménez, Madrid, Aguilar, 1950, no 111, p. 314; véase asimismo Robert Jammes, Etudes sur l'oeuvre poétique de don Luis de Góngora y Argote, Bordeaux, Institut d'Etudes Ibériques et Ibéro-américaines de l'Université, 1967, p. 266, note 41). Bartolomé Leonardo de Argensola escribió también un soneto en que exaltaba la gracia y hermosura de doña María cuando salió de menina y, haciéndose dama de la reina, se puso chapines: «Cuando el Amor sus flechas aprestaba / vuestra hermosa niñez Rea] Señora...» (véase B. Leonardo de Argensola, Rimas, en Rimas de Lupercio i del Doctor Bartolomé Leonardo de Argensola, Zaragoza, Hospital Real i General de Ntra. Sra. de Gracia, 1634 (BNM: R / 30621), no 166, p. 482). Por otra parte, Francisco Rodríguez Marín ha sugerido que el «grave eclesiástico» a quien don Quijote da tan severa réplica en el palacio de los duques (U, 31-32) sería Bartolomé Leonardo de Argensola, «rector de Villahermosa», conocido por su mal genio (véase Don Quijote, ed. de Francisco Rodríguez Marín, 10 t., Madrid, Atlas, 1947-1949, ed. del Centenario, t. VI, p. 21, nota 3). Éste y su hermano Lupercio –secretario del duque don Femando entre 1586 y 1592– fueron protegidos por la Casa de Villahermosa. Bartolomé fue primero amigo de Cervantes quien le elogió en la Galatea y en la primera parte del Quijote. En 1611, los dos hermanos salieron para Italia en el séquito del conde de Lemos, nombrado virrey de Nápoles, de quien Leonardo era secretario. Habían escogido a los intelectuales que acompañaron al nuevo virrey y apartaron a Cervantes y a Góngora que podían hacerles sombra. Es posible pues que la hipótesis adelantada tenga algo que ver con la realidad. Recuérdese asimismo que, en el Viaje del Parnaso, Cervantes arremete contra los Argensola (véase ed. de Francisco Rodríguez Marín, Madrid, C. Bermejo, 1935, X-XII).
33 Véase Juan Oleza y Teresa Ferrer, «Un encargo para Lope de Vega: comedia genealógica y mecenazgo» en Charles Davis y Alan Deyermond (eds.), Golden Age. Spanish Literature. Studies in honour of John Varey by Colleagues and pupils, London, Westfïeld College, 1991, pp. 145-154. Cf. pp. 147 y 154.
34 Véase la lista de estos escritos en F. Fernández de Bethencourt, Historia genealógica y heráldica de la monarquía española, t. V, pp. 496-497. Nos hemos servido de los Comentarios de Aragón, redactados por don Francisco de Aragón (el tío de doña María), a través de una copia anotada por Diego José Donner en 1651 (BNM: Ms. 2340) –el original es de finales del siglo xvi. Esos Comentarios los escribió don Francisco, en los últimos años del siglo xvi, para defender la memoria de su hermano difunto, el duque don Femando de Aragón (padre de doña María), implicado en el asunto de Antonio Pérez y los disturbios de Aragón de los años de 1590-1591.
35 Sobre el particular, véase J. Oleza y T. Ferrer, «Un encargo para Lope de Vega» y Teresa Ferrer, «Lope de Vega y teatro por encargo: plan de dos comedias», en Comedias y comediantes - Estudios sobre el teatro clásico español, ed. de Manuel V. Diago y Teresa Ferrer, Valencia, Universidad de Valencia - Departament de Filología Espanyola, 1991, pp. 189-199.
36 Véase Alberto y Arturo García Carrafa, Diccionario heráldico de apellidos españoles y americanos, t. I, Madrid, Imprenta Radio, 1953, p. 243.
37 Véase Francisco de Aragón, Comentarios de los sucesos de Aragón, con los apuntes de Diego José Donner (cf. supra nota 34), fols. 258r°-262r°.
38 Véase Alberto y Arturo García Carrafa, Diccionario heráldico..., I, p. 243.
39 Véase F. Fernández de Bethencourt, Historia genealógica..., t. V, pp. 495-496.
40 Véase supra, nota 34.
41 Aquí viene perfectamente al caso el comentario de fray Alonso Remón acerca de las chocarrerías de los bufones (cf. supra, nota 27).
42 Fray Alonso Remón dedica su obra. Entretenimientos y juegos honestos..., a Simón Martínez Cabreros, Secretario del Consejo de Hacienda, y en el emblema correspondiente figura una cabra. Bien se comprenderá que si se toma en cuenta lo que hemos dicho acerca de doña Luisa de Cabrera, los juegos eróticos sugeridos anteriormente (véase supra nota 13) cobran mayor alcance.
43 Véase Elenco de grandezas y títulos nobiliarios españoles, Madrid, Hidalguía, 1954, p. 538.
Auteur
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Augustin Redondo
Université de la Sorbonne Nouvelle-Paris
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