¿Todo tiempo pasado fue mejor? Apuntes sobre nostalgia republicana en Colombia contemporánea
p. 111-127
Texte intégral
1Estamos en 1963 o 1964. Después de un intenso pero victorioso conflicto por el control de la asociación de vecinos1 con la “célula conservadora” de su barrio, rememora un líder liberal de la ciudad de Pereira, le llegaron con una delicada noticia:
...me dice un tipo: venga, al frente hay un señor que lo está esperando afuera para matarlo, y dije yo qué voy a creerle, y me fui a hablar con él, se llamaba Amador. Yo no lo conocía, él estaba sentado y me fui y me le senté y le dije “hermano qué le pasa”, no señor fue que usted fue el primero que dijo que me iba a matar a mi, entonces yo le dije cómo así y cuénteme: ¿usted cómo lo sabe? El me dijo: usted metió por debajo de mi puerta una carta, y el tipo no sabía ni leer ni escribir y le dije yo, muéstreme esa carta y la sacó y yo le dije venga le muestro mi letra, [yo le dije] quién le dijo a usted que esa letra era mía.
2El evento tuvo un final feliz y pacífico: los dos adversarios reconocieron que habían caído en una emboscada, y terminaron siendo amigos. No sólo por eso es sorprendente —en un país como Colombia— esta narrativa, sino también por la multiplicidad de motivos que contiene. El triunfo (con base en habilidad y carisma) del líder desarmado sobre un asesino decidido, que se representó en muchas viñetas sobre la gesta republicana, tomando su forma canónica en una conocidísima anécdota sobre Antonio Nariño que no sólo enfrenta a su eventual victimario sino que le da la oportunidad de ejecutar su fin y termina perdonándolo (mientras el criminal se derrumba y llora); las ventajas del letrado y su capacidad de vencer Y canalizar la fuerza bruta; la astucia como arma prototípica de los enemigos de la libertad: todo está ahí. ¿Cómo se forman y recogen esas tradiciones? Ignoro si el líder liberal que contaba su experiencia estaba al tanto de la imaginería decimonónica republicana y de las estructuras narrativas asociadas a ella; posiblemente no, pero esto, en lugar de anular la pregunta, la hace más interesante. Hay evidencias fuertes de continuidad en las subjetividades en juego en los conflictos políticos en Colombia y, en la medida en que ella no es producto de una transmisión mecánica, constituye un interrogante del máximo interés. Nótese que esa continuidad tampoco es “total”, en el sentido en que está construida también de adiciones, pérdidas y perturbaciones. Para ilustrar el punto: un líder liberal dé Cundinamarca que comenzó su carrera lanzándose al concejo con el grito de batalla de Jorge Eliécer Gaitán (“A la carga liberales, con Carlos Fernández2 al concejo”), preguntado por su visión acerca del líder respondió:
Lo que pasa es que yo nunca he estudiado a Gaitán... lo oí que era un caudillo liberal, un tipo populacho que trabajaba mucho por la gente, y que nos identificamos en el sentido de que de pronto por él se enfrentó a la oligarquía tradicional de este país... Sí he escuchado uno o dos discursos de Gaitán, pedacitos yo diría.
3Ese Gaitán portable sin embargo opera con máxima fuerza evocativa: lo que se pierde en contenido —cuál su programa, cuál su trayectoria— se gana en capacidad de comunicación.
4En la presente exposición, intentaré centrarme en un aspecto muy puntual de esa pregunta grande por la formación de tradiciones: ¿cómo imaginan los pequeños y medianos intermediarios políticos el pasado republicano? ¿qué evaluaciones normativas hacen? Creo que este tema específico comporta un doble interés. Primero, Colombia vive, como el resto del área andina, tiempos de asedio a la política. Su especificidad reside en la existencia de identidades políticas fuertes, apoyadas en la existencia de organizaciones extraordinariamente longevas. Como lo muestran sistemáticamente los sondeos de opinión, los escritos de formadores de opinión y decenas de intelectuales y diversos estudios de caso, el sector de la población que interpreta el régimen de los dos partidos históricos, liberal y conservador, como una historia de fracasos y traiciones aumenta día a día3. ¿Qué diferencias podemos identificar entre este sector de la opinión y los propios políticos? ¿Cuáles son las áreas de acuerdo y desacuerdo (narrativas y normativas) entre los dos sectores? En segundo lugar, la forma en que los políticos reconstruyen su pasado es una ventana para observar el mundo de sus identidades y formas de vivir tanto la política misma como la ciudadanía, el conflicto y la moral pública. Es común que las identidades de los dos partidos tradicionales se caractericen con marbetes genéricos —violenta, y/o clientelista—, y después se busquen ejemplos para ilustrar esa visión general. No niego que esta vía a veces ha ofrecido eficaces avances en la comprensión del problema. Pero en esta área mi sencillo programa consistiría en poner el método patas arriba y emprender un esfuerzo constructivista: encontrar mundos vividos, tanto en las narraciones como en las prácticas, descubrir su estructura interna, y sólo después ensayar algún(os) marbete(s) que cubra(n) la caracterización. En la medida en que este texto es un pequeño eslabón en esa dirección, resulta necesariamente bastante descriptivo. Más aún, me limitaré a revisar narrativas, sin ligarlas explícitamente con las prácticas y procesos políticos macro, que estudio en otras partes4. Ambos aspectos se funden en una hipótesis que recorrerá todo el texto: la memoria de los operadores democráticos es “corta”. Los esfuerzos autoritarios hacen llamados a la nación por encima de las “décadas perdidas”, y por consiguiente deben construir narrativas apoyadas en grandes héroes fundadores, mientras que los pequeños empresarios políticos arman —como bricoleurs laboriosos— sus memorias allí donde se entrecruzan la historia y la biografía. En la medida en que los dos partidos tradicionales efectivamente generaron identidades fuertes que hicieron posible y fecundo ese espacio de intersección entre la construcción de nación (ciudad, barrio) e individuo, hay una rica estructura de cadenas de interacciones vividas, a veces protagonizadas por el narrador. La memoria corta es, pues, un lugar privilegiado de la experiencia democrática, lo cual no quiere decir “atrayente”, “hermosa” o siquiera consistente: intentaré mostrar aquí los puntos fuertes y débiles de tales narrativas, la forma en que nombran la corrupción y la violencia, las distintas maneras que tienen de incluir y excluir.
5Utilizaré libremente más de cincuenta horas de grabación de entrevistas y reuniones con y de pequeños y medianos intermediarios políticos en varios municipios del país5, la gran mayoría de ellos liberales6. Hay un amplio rango de opiniones entre los participantes de este Corpus, y no quiero de ninguna manera sugerir la ficción de que hay algo así como una posición oficial de los políticos. Finalmente, estos también son opinadores profesionales, y en este sentido están más sometidos a divergencias que cualquier otro sector de la población. Podría haber diferencias regionales, generacionales y, seguramente, por facción; este es apenas un primer acercamiento. Sin embargo, hay algunos temas en los que se presentan coincidencias sistemáticas. Estas tienen un gran valor, en la medida en que los políticos en relación con el presente análisis mantienen un doble estatus: de un lado, son parte interesada (y acusada), uno de los objetos de la evaluación; de otro, son expertos, que conocen mucho mejor que el resto de los ciudadanos, incluidos los analistas sociales, cómo se hace y se hacía la política7.
LAS LÓGICAS DE LA RECIPROCIDAD: CORRUPCIÓN VERSUS CLIENTELISMO
6Los políticos —como llamaré de ahora en adelante la población sondeada— están tanto o más convencidos que la opinión pública de que ha habido un serio deterioro en la vida pública8: antes había más moralidad que hoy. El contraste se da pues en dos etapas, una en donde funcionaba el clientelismo, caracterizado por valores morales y prácticas sociales como la amistad, la solidaridad, el compadrazgo y —por lo menos en el liberalismo— cierto espíritu de clase, alguna apertura hacia abajo. Es el deterioro del clientelismo el que le abre las puertas a la falta de convicciones y a la corrupción actual en la que “todo se puede comprar” y la única motivación es la ganancia económica.
...ese señor [el patrón clientelista de Pereira en la década de los 60, Camilo Mejía Duque] se sintoniza con usted, el tipo era como nuestro, y eso era lo que yo le veía a Camilo, en sus relaciones con toda le gente. Camilo era padrino de todo el mundo, de todas esas veredas, pero no de los ricos y había una lealtad de él hacia la gente. Qué pasa ahora, ahora lo compran, ahora usted está en la política porque yo le doy un millón de pesos, u otra cosa, hay un negocio, en ese tiempo era porque usted y yo éramos amigos, y Don Camilo era amigo mío. y en ese tiempo no habían regalos ni nada, allá [funcionaba] la amistad o el compadre o lo que sea, el señor era Don Camilo, y el tenía una manera de: “listo, lo qué hay que hacer hay que hacer”, y se hacía matar por eso (líder liberal pereirano).
7El pacto moral clientelista era controlable —accountable, si se prefiere la jerga en uso— a través de señas públicas que marcaban la trayectoria vital. En primer lugar, la motivación básica del patrón era el poder, no la riqueza, y por eso terminaba pobre. A veces invertía en la política, en lugar de sacar dinero de ella. En segundo lugar, era un empresario que tomaba riesgos y tenía que pagar las consecuencias en caso de perder. Un entrevistado sumamente crítico con el “sistema clientelista” sin embargo termina diciendo que
...ese tipo de personajes se sostiene sobre el servicio a la comunidad, y sobre una gran pasión y vocación política, entonces es el cuento paradójico que tú encuentras en esto; este tipo de personaje político casi nunca es rico, porque los dineros que percibe indebidamente en buena parte los gasta en la campaña y los gasta en la gente, por lo demás, si lo derrotan se lo llevó el patas y si gana vuelve y se tira la plata en eso, y eso es un ciclo, y tu ves que los tipos realmente no son ricos... (candidato de Medellín).
8¿Cómo funcionaba el clientelismo (siempre según las teorías vernaculares de los políticos mismos)? Hemos visto ya que no necesitaba respetar la legalidad para ser legítimo, si se me permite esta expresión un poco fácil. Estaba construido alrededor de derechos y deberes, de suerte que, como lo ha sugerido Fernando Escalante9, no necesariamente implicaba la negación de la ciudadanía (subjetiva). El líder clientelista prodigaba favores, pero estos terminaban generando efectos de dote muy similares a derechos. Había un pacto de reciprocidad, en el que los clientes no se sentían receptores sino coautores. Lo que distingue a esta economía moral, no es que individuos o grupos tengan acceso a derechos a cambio de deferencia o de ataduras precapitalistas, sino que existe una contabilidad de favores cruzados que en su estado ideal está en cero: se ha recibido tanto como se ha dado, una obsesión que se encuentra en líderes barriales de Bogotá pero también en municipios pequeños y en ciudades intermedias.
...y unas personas que nosotros tenemos que decir de que tenemos mucho que reconocer a Camilo Mejía Duque, en esa época porque llegó el momento en que nosotros lo necesitamos, a Oscar Vélez Marulanda, tenemos que agradecerle mucho, ¿o reconocerle cierto?, porque él nos dio y nosotros también le devolvimos, entonces quedamos como en paz (líder de Pereira).
9Esta pasión por “quedar en paz” tiene al menos tres fuentes. En primer lugar, el reconocimiento de que ambas partes estaban necesitadas, es decir, que no existen los llamados “votos amarrados” sino que hay una feroz competencia faccionaksta (nótese que en la cita anterior se nombra a dos patrones que durante un largo tiempo fueron adversarios), a través de cuyos intersticios se puede negociar favorablemente. Aquí, la competencia faccional, que tantos ceños fruncidos causa en otros sectores, se ve como la condición previa para un intercambio de favores que sea simultáneamente favorable y digno. En segundo lugar, la construcción de una modalidad de Estado de Bienestar a través de la Alianza para el Progreso, que entre otras cosas proponía un contrato entre el Estado y las “comunidades” (es decir, sectores populares parcelados territorialmente): inversión a cambio de trabajo colectivo. Esto desarrolló una noción de meritocracia —tienen éxito aquellos que se organizan mejor, que manejan más eficientemente los recursos— que pasaba por la solución de problemas de acción colectiva. Tercero, un efecto post boc de seguridad adquirida de manera relativamente reciente: los intermediarios pequeños y medianos han adquirido una gran centralidad en el sistema político colombiano en la última década y media, lo que sin duda perturba su memoria sobre las asimetrías pasadas.
10Como se verá más adelante, esta economía moral basada en un balance adecuado de favores mutuos no borra las memorias de corrupción y, más en general, el espíritu de deferencia. Pero sí lo transforma. Crea una base contractual para la demanda y para la exigencia; también permite la formulación de apuestas —esto es, en lugar de la noción de “complicidad” o por lo menos de “armonía preestablecida” que prevalece entre numerosos observadores, comentaristas y ciudadanos colombianos, los políticos entienden el “baile de los favores” como un delicado proceso en el que cuentan no sólo los intereses materiales sino también los modales (ser “agresivo sin ser grosero”), la capacidad de hablar bien (que en toda la pequeña política colombiana es crucial) y la proclividad al riesgo. Cuando el presidente Lleras Restrepo fue a un barrio popular en Pereira, los activistas liberales de base dudaban a la hora de presentar sus demandas más urgentes. Cada uno pasaba al otro la responsabilidad de intervenir:
...no que hable usted, no que usted, no que usted Julio, y me iba dando rabia, a mi me fue dando rabia, llegó el presidente una cosita así chiquitica10, lo sientan en un asiento de obispo y quedo por allá, yo me puse a ver como era posible que unos señores que tenían tanta fuerza y tanta necesidad le tuvieran miedo a un señor chiquitico y créame eso y no exagero en eso, me dio rabia, y digo –yo hablo–: señor presidente si te da la gana arreglas el problema así le doliera, así eso quedó, pues nunca mucha gente olvida ese cuento, pues porque es la cosa agresiva sin ser grosera, pero yo veía eso, ese señor que tiene todo ese poder, si él quisiera con una sola palabrita, esto se organiza, señor presidente si quisiera con una sola palabrita arreglas eso, yo me recuerdo por la tarde..., se nos abrieron muchas puertas...
11Una vez más, final feliz. Nótese el desenfadado tuteo, que sin embargo puede a la vez interpretarse en el contexto de una larga tradición de tuteo del súbdito personificado de su propia dignidad en frente del soberano, que se relaciona también con un pedido implícito de pasar por encima de los intermediarios y “solucionar todo con una sola palabra”. Nótese la relación explícita entre “arreglar esto” y “organizar”, que reinterpreta la fuente de poder “en ese entonces”, cuando había clientelismo, organizaciones comunitarias y líderes vinculadas a ellas. Ellas, las organizaciones, construían su pacto con las “instancias superiores”, intentando saltar en el camino a los funcionarios y a las disposiciones formales. Es decir, tenemos por un lado un conjunto de prácticas que no pueden dejar de calificarse de democráticas, en cuanto dan el poder a la mayoría11; y por otro, indisolublemente ligadas, prácticas que evaden bruscamente las regulaciones universales y abstractas apoyándose tanto en argumentos de eficacia como en los vínculos directos entre la comunidad y el poder superior (no necesariamente el presidente, pero sí el político capaz de saltar por encima de las regulaciones). Aquí tenemos en toda su fuerza la ambigüedad de la democracia colombiana, pero también la fuente de poderosas tensiones que se desarrollarían entre la política y la técnica en la década siguiente. El pacto entre la comunidad y el Estado para construir país daba enorme poder a los políticos a costa de las regulaciones burocráticas y de las lógicas de la tecnocracia. Al respecto, no resisto la tentación de traer a colación otro relato, que me parece emblemático, también proveniente de Pereira:
...entonces en un momento dado el gerente de Empresas públicas no nos quería prestar las volquetas con toda razón, el nos hizo un calculo cuando fuimos, todo el desgaste que tenían esas volquetas y que eso era más costoso pues que cualquier cosa, nos fuimos donde el secretario de Gobierno de ese entonces y era de las juntas de Empresas. Le dijimos: “Oiga doctor, que no nos prestan la volqueta porque se daña”, y llama ese tipo al gerente de empresas y le dice: “oiga hombre, a usted quién lo nombró” —” La junta de Empresas doctor”. “Sí, y a la junta de Empresas quién la nombró”. — “El consejo municipal”— “Sí y al consejo municipal quién lo nombró”. “El pueblo doctor”. Dijo: “¿sí? Entonces el pueblo es su patrón. ¿Usted quiere que lo echen?” Oiga, somos tan de malas que ese día se fundió una volqueta, se fundió y vino a las 12 de la noche a trabajar ese tipo, y le pagábamos algo pues por el rendimiento y se fundió la volqueta.
12Los políticos representaban al pueblo, y junto con él eran los patrones, porque ponían votos12 pero se les fundían las volquetas.
CORRUPCIÓN, CLIENTELISMO, RENOVACIÓN
13En la medida en que el clientelismo era un obstáculo para la corrupción, esta aparece (en la memoria, vale la pena insistir a estas alturas) como un fenómeno bastante reciente, básicamente de la década del setenta. El expresidente Julio César Turbay Ayala es asociado por algunos a “un período nefasto”, en el que precisamente el clientelismo benévolo se contaminó de corrupción (genuina: las transgresiones de la otra época no son identificadas como corrupción). Pero en el corpus de registros hay muchos partidarios de Turbay, así que en este terreno no hay unanimidad. Donde sí se produce una amplia área de intersección —que además creo describe de manera bastante aproximada lo que en realidad debió de haber sucedido— es en los procesos que acompañaron lo que los políticos interpretan como un profundo deterioro. Primero, la política empezó a expresar procesos de movilidad social ascendente, que yo atribuiría básicamente a una profunda revolución educativa, a los circuitos del narcotráfico, a los efectos laterales de la guerra y al poder mismo que una política con una feroz competencia intrapartidista estaba dando a los pequeños intermediarios locales, cuyo gradiente de asimetría con respecto del patrón se hacía cada vez más “chato”.
...y de la misma manera el ajetreo político era una de las mayores opciones de ascenso en la escala social, pero no es lo único, máxime con la globalización e internacionalizacion de la economía, la presencia de las transnacionales, como expresión de ello, porque hay, ha habido otras formas de ascender en esa escala social, desde la formales en el aspecto propiamente de la educación, hasta las informales como ahora se sugería con el fenómeno del narcotráfico, e incluso en otras, al margen de algunas otras consideraciones, como las mismas luchas armadas (excongresista antioqueño).
14Nueva paradoja: la pérdida de la majestad republicana va asociada a una incorporación perfectamente genuina que si no es masiva, es decir, no se cuenta por millones, sí es muy grande (se cuenta por miles). Los políticos sienten que se ha producido una apertura —en el sentido de una renovación social del personal político de los cuerpos colegiados en todos los niveles—, pero que el precio pagado por ese avance ha sido un enorme deterioro de las costumbres políticas. La razón es que cada nuevo entrante quiere demasiadas cosas, demasiado rápido. Es claro que aquí se presenta un claro dilema de acción colectiva, en el sentido en que a cada nuevo entrante le convendría que sus camara das-adversarios moderaran sus apetitos mientras que él se comporta desaforadamente. La optimización individual conduce a la catástrofe colectiva, a menos que: a) haya un coordinador central, o b) haya unas condiciones motivacionales (individuales) favorables, sobre todo una alta valoración de futuro, pero ninguna de las dos condiciones se da en Colombia. La inexistencia de b) seguramente se deba a la incertidumbre y la turbulencia continuas —piénsese únicamente en la cantidad enorme de políticos tradicionales que han sido asesinados o secuestrados en las dos últimas décadas— que dan origen a una pulsión de demandar recompensas aquí y ahora. Este podría ser un proceso con rettoalimentación positiva. Mientras que los liberales han logrado de alguna manera adaptarse a las nuevas condiciones, los conservadores han vivido el proceso como una verdadera catástrofe. Comparando el parado de Gilberto Alzate Avendaño (años cuarenta y cincuenta) y Alvaro Gómez Hurtado (décadas del sesenta al ochenta) con la situación actual, un líder conservador de Boyacá observa con desesperación que hay una crisis moral en el partido, porque “hoy somos el partido de Ciro y Carlina”, en referencia a dos miembros de la dirección de ese entonces caracterizados por su dominio de la pequeña política y el clientelismo y la falta de referentes nacionales. Antes predominaban las figuras que hacían “alta política”, como Alvaro Gómez y, en el partido adversario, Juan Lozano y Lozano. La diferencia es característica y diciente. En la memoria de los operadores políticos liberales, la incorporación social es simultáneamente una característica del partido y LA ideología —difusa— en nombre de la cual se actúa. Los conservadores no han contado con recursos análogos para enfrentarse a los profundos cambios que han afectado a la política colombiana en los últimos treinta años.
15El tema de la incorporación social no es ajena a los partidos tradicionales colombianos, sobre todo del liberal. Las clases y las fracturas (cleavages) sociales cuentan para definir la arquitectura faccionalista del partido en el nivel subnacional. No siempre, pero sí con frecuencia, las divisiones departamentales del liberalismo tuvieron un referente —difuso pero explícito— de clase. El liberalismo del Valle del Cauca, por ejemplo, se dividió ya desde comienzos del Frente Nacional entre populares-herederos de Gaitán (el movimiento de Carlos Holmes, a quien sus seguidores identificaban con un “pensamiento socialista”) y los elitistas, partidarios de Gustavo Balcázar Monzón13. El del Chocó entre Lozanistas, quienes preferían motivos obrero-sindicales, y Cordobistas, inclinados hacia los motivos étnicos. El de Risaralda estaba dominado por Gustavo Vallejo, “jefe de la gente bien del liberalismo”, pero muy tempranamente, en la década de los cuarenta, apareció Camilo Mejía Duque, quien llegaría a ser un poderosísimo cacique. “Entonces don Camilo desarrolló lo que yo llamaba una especie de lucha de clases a su manera, o sea él empezó a decir que una cosa eran los liberales blancos y otra los liberales negros”, y él era liberal negro. Estas divisiones qua expresión de fracturas sociales fueron muy estables, y duraron décadas. Aparte de estos casos, en la pequeña política local se construyeron bricolages de “pequeñas ideologías” que no tienen referentes macro pero que funcionan como conjuntos de ideas y tradiciones que de alguna manera mantienen a la facción cohesionada (y dentro del partido). Lo que ha producido una ruptura —y por consiguiente esa memoria de “dos tiempos” que se discute aquí— es la combinación de incorporación y atomización14.
16La “democratización plebeya” que han sufrido los partidos políticos colombianos ha sido vivida por los operadores políticos simultáneamente como la apertura de ventanas de oportunidad y como deterioro profesional. Un político de Cundinamarca se queja de que un colega ha tenido un ascenso social “muy rápido”. Un líder de Caldas critica en los siguientes términos de Víctor Renán Barco, un destacado dirigente de ese departamento: “se reunió con lo más bajo del pueblo”, “empezó a socavar las bases de la sociedad, fue muy hábil en eso”, derrotando a líderes “que salían por su brillantez pero que no tenían ninguna connotación política”, esto es, incapaces electoralmente. Al menos una parte de la crítica a los partidos tradicionales ciertamente proviene del horror de la impotencia de la ilustración frente a la brutalidad del número. Y esto a su vez explica por qué muchos de los actuales conflictos políticos en Colombia pasan por la reacción indignada ante la incorporación / renovación como deterioro. Lo interesante para el tema que se está tratando es que este conjunto de tensiones puede disparar memorias políticas de más amplio espectro de las que hemos venido revisando. En casi todo el corpus en el que se basa este texto la memoria de los políticos es característicamente “corta”, y termina en esencia (al menos como referente vivo) con Gaitán y Laureano Gómez15. Pero a veces –sobre todo en las críticas a los partidos tradicionales– salta la liebre de referencias más remotas. El siguiente episodio es extraordinario, pero no es aislado en el sentido del renovado “descubrimiento” de la tensión entre incorporación y moralidad pública. Otanche es una población de Boyacá con una fuerte influencia de los patrones de las esmeraldas. Uno de estos, Pablo Elias Delgadillo, decidió en las últimas elecciones, apostarle a un candidato independiente, apartado de las fuerzas tradicionales16. Aparte de manifestar su “apoyo irrestricto” a su candidato y de asegurar que detrás de él no había “personas de dudosa conducta”, recordó “como prenda de garantía” que “es una persona con una situación económica definida, lo cual nos da seguridad de que no va a aprovecharse, en su propio beneficio” y que usaba en la campaña recursos propios. Además, era hijo de un patriarca de la población. Son exactamente los mismos criterios, casi textuales, que se usaron obsesivamente en varias campañas electorales decimonónicas, por ejemplo en las transformaciones de mitad de siglo; aunque por supuesto en el contexto que estoy describiendo adquieren un extraño giro. El lector interesado debería revisar con esta óptica la deliciosa novela de don Eugenio Díaz, La Manuela, en donde el malvado gamonal es un plebeyo que se enfrenta al notablato tradicional17.
17El evento de Otanche es más que una anécdota aislada. Buena parte de la política anti-bipartidista en Colombia, en lugar de dedicarse a construir sus propias memorias cortas, ha optado por el camino de apelar a héroes fundadores; tanto Bolívar, como su oposición a un supuesto “leguleyismo” de Santander, han jugado un papel particularmente prominente en esta operación. Obviamente, se trata de estrategias políticas, pero ¿por qué creen algunos agentes que determinada estrategia —retornar a motivos decimonónicos, por ejemplo— ha de resultarles eficaz? ¿Por qué esperan encontrar eco —¿por qué lo encuentran? ¿A qué se deben estos ciclos a una distancia de más de cien años? ¿Tradiciones sumergidas? ¿Problemas irresueltos, que afloran una y otra vez debido a que los patrones de interacción son similares? ¿Subjetividades que sobreviven a través de múltiples vasos comunicantes (¿pero entonces cuáles?)? Valdría la pena dedicarle algún tiempo a resolver esos interrogantes.
18El relevo social y generacional coincide con fenómenos como el encarecimiento de la práctica política, la descomposición tanto de las organizaciones como de los valores, etc. No necesariamente hay alguna inconsistencia en el hecho de que la política sea más cara y menos elitista a la vez (al menos en el sentido específico del que estamos hablando), porque han entrado a la liza nuevos financiadores que son también poderosos (y a veces letrados) de primera generación. Esto, en ocasiones, ponía incluso al personal político tradicional en desventaja.
Y allí hubo, eso contribuyó en su momento a una mayor atomización de la que se venía dando, esa progresión más o menos natural, y ahí me parece que ese punto no se puede perder de vista dentro de un análisis, porque genera una... incluso un relevo, porque dio el relevo en ese momento, porque entró la gente con grandes cantidades de plata, y yo me acuerdo que en ese momento los políticos tradicionales decían, pero cómo carajos hacemos, si es que no podemos, en ese momento se hablaba del orden de 100 — 120 millones de pesos para una curul en la cámara de representantes o en el senado de la república, no podemos, y mucha tomó la decisión cuando vio las cosas así de retirarse, y otros persistieron en la cosa pero fueron relevados por quienes metieron grandes de plata y ahí se viene una muy grande generalización de un fenómeno que tradicionalmente se presentaba mucho en la costa atlántica, que era la compra de votos.
19Parte básica de la visión de los políticos parece ser que “la corrupción en la parte política” no sólo apareció con esa poderosa oleada de movilidad social ascendente relacionada con nuevas fuerzas socioeconómicas, sino que también “dañó a la gente”. “La corrupción se produce con el apoyo del pueblo” (líder boyacense). Los votantes —digo yo— aprendieron rápidamente la racionalidad particularista, y empezaron a cambiar muy eficazmente sus demandas específicas por votos en contextos que pueden ser descritos aproximadamente por “mercados de oferta” [de votos]. En muchos casos, arrancaron de los políticos múltiples concesiones, y las amargas quejas por su brutal cinismo son frecuentes apenas entran (los políticos) en confianza y dejan disparar su elocuencia (hay excepciones, sin embargo, sobre todo allí en donde la base de “organización comunitaria” de la década de los sesenta sobrevivió bien). Antes el comportamiento de los votantes era mucho más generoso y las motivaciones correspondían tanto a ideas como a fuertes identidades partidistas. Ruego al lector que me permita salir de los límites que me he impuesto y utilizar información de otro Corpus, el de las diligencias judiciales, por la sencilla razón de que María Izquierdo —senadora acusada y condenada en el llamado proceso 8000 contra la participación del narcotráfico en política— expresa con más plasticidad que nadie esa sensación de que la pérdida de valores y el encarecimiento de la actividad pública se debe también a votantes cínicos:
...después de que se fue el candidato Samper, y acordamos que la plata se dividiría por el número de votos que cada cabeza de senado con sus respectivas cámaras, quemadas o no, harían esa repartición y que cada cual continuaría buscando recursos para el almuerzo de elecciones, para el transporte y para lo mal acostumbrados que teníamos a la gente, los políticos en cada departamento18.
20May pues dos períodos, el primero abarcando las décadas de los sesenta y setenta, y el segundo los años siguientes. En ninguno de los dos períodos el jefe —en abstracto— puede dar órdenes a sus votantes. En el primero, porque estos tienen conciencia, y pueden negarse a obedecer en caso de que el jefe traspase ciertos límites. A la mamá de un líder liberal pereirano le habían pedido que en las elecciones de 1970, y siguiendo la disciplina partidista vigente durante el Frente Nacional, apoyara al candidato conservador Misael Pastrana. “Mi mamá fue una que no votó, aquí dijo voto por don Camilo pero yo por Pastrana no voto y no votó y así eran los viejos de esa época, nuestros abuelos, nuestros padres, eran netamente liberales, con un sentimiento muy profundo”. En el segundo período, los votantes son mucho más desideologizados, pero también más tumultuosos: se salen del redil simplemente porque alguien les ofrece más. El tránsito de un tipo de indisciplina a otra sale costosísimo a los políticos, que [ahora] continuamente deben mejorar sus ofertas. Empíricamente, la idea de que los votos son endosables (voto amarrado vs. de opinión), tan común en nuestras ciencias sociales, no parece sostenerse del todo. Haríamos bien en aprender de los “expertos” a matizar entre disuntos tipos de [in]disciplina, y sus tránsitos y relaciones mutuas.
LA OTRA CARA DE LA MONEDA
21Los políticos deploran a menudo la corrupción, pero a veces algunos la celebran. La celebran cuando está narrada en el lenguaje de la amistad. En alguna ocasión, un líder cundinamarqués me caracterizó a otro, con más votos y poder que él, como una persona “muy humana”: cada vez que alguno de su red le pedía un contrato le decía: mándeme un primo suyo que sea ingeniero civil y después entre ustedes se las arreglan. Era capaz de ponerse en los zapatos de los demás. Aquí encontramos el motivo canónico de uso privado de los recursos públicos, mediado por un conjunto de valores; Gupta tiene toda la razón al sugerir que la corrupción se apoya en una sólida, a veces sofisticada, normatividad19. En nuestro caso, al parecer la amistad es uno de los eslabones perdidos (hay otro, como sugeriré enseguida) entre clientelismo y corrupción, que permite el tránsito entre uno y otro. Véase esta anécdota, que puede ser por supuesto apócrifa; lo importante es la moraleja que hay detrás:
...entonces un día tomando tinto yo le dije: “verdad que Turbay es tan bruto; bueno, no se ponga bravo conmigo, mas bien lo voy a elogiar, ya que es tan buen amigo”; me dijo: “por ahí si”. “Te lo pregunto porque el Turbayista más grande de Colombia eres tú”. Me dijo: “venga le voy a contar una historia para que usted conozca a Turbay. Siendo yo Ministro de Desarrollo, me llamó Turbay un día y me dijo: necesito que usted me haga incluir en la lista de la Asamblea de Cundinamarca a fulano de tal; le dije: presidente eso es casi imposible, porque fulano de tal es el tipo que tiene más fama de bruto de todo el departamento; dijo: me tiene sin cuidado, tiene que meterlo, elegible además; bueno, cuenta Iván que hizo todas las gestiones, no había podido formar coalición; volvió y le dijo: presidente no soy capaz, no puedo; el problema es que tienes que hacerlo, así de sencillo; lo hizo nombrar. Una vez elegido se fue donde el presidente a preguntarle la razón: muy sencillo, ese hombre ha sido mi amigo toda la vida y mi mas leal elector, y te voy a contar el secreto, es que el tipo está enfermo de cáncer, tiene por ahí tres meses de vida, y el gran sueño de él es ser velado con la bandera de Cundinamarca y de Colombia encima del ataúd en el recinto de la Asamblea del Departamento. Dicho y hecho, a los dos meses el tipo murió y lo velaron en el recinto con las dos banderas como era su sueño”. Fíjate ese tipo de comportamiento, tan especial, y eso es lo que hace que Turbay sea lo que es. Turbay es un hombre que no olvida el nombre de ningún pueblo...
22Compárese con el pacto social en Pereira en el que aparece la figura de Carlos Lleras que se vio unos párrafos atrás. Aquí encontramos una contabilidad moral completamente distinta: favores sin reciprocidad, con su implicación respectiva, generosidad infinita (porque el favor es decisivo en un momento crítico) y respectiva deferencia. A la vez, hay aspectos comunes: toda una batería normativa (humanitaria) de justificación20; intensa imaginería patriótica basada en la noción de distancia (que a propósito sugieren también expresiones como “alta política”, etc.); el pacto entre gente del común y una figura con poder para saltar por encima de las regulaciones formales y de las objeciones de burócratas y tecnócratas. Siempre que hablemos de “clientelismo”, “identidades tradicionales”, etc., deberíamos ser muy cuidadosos de identificar a qué nos estamos refiriendo y de recordar que hay varias modalidades de práctica, de valoración y de memoria que con un instrumento demasiado tosco de análisis pueden resultar idénticas.
23La familia es el otro eslabón. Como ha dicho Marco Palacios (1995) se trata de un tema sobre el que sabemos muy poco, casi nada, a pesar de su extraordinaria importancia en la política colombiana (y la de otros países, sin duda). Aunque el tema merece una reflexión aparte, baste decir que hay una fuerte tradición de mutualismo familiar, que produce genuino orgullo. “Tengo ocho hermanos, y a todos les ayudé”. Los cambios de los últimos años, sobre todo la Constitución de 1991, dificultan cada vez más la participación familiar en la política, dando origen a continuas reyertas; además, si el tipo de personal político ha cambiado, también lo ha hecho el tipo de familias al que pertenece21.
24A la vez que se estigmatizan los problemas de la atomización, se pueden recordar las ventajas de la apertura. Los políticos recuerdan con recelo —aunque no con rabia— la época del bolígrafo, es decir, el periodo en que la conformación de las listas electorales dependía estrictamente de la organización superior del partido, o de redes muy verticales. En ese tipo de mundo, ellos no hubieran tenido la menor oportunidad: era asfixiante, “cerrado”, y dependía de recursos que venían con el nacimiento. La pregunta sobre si pesa más la apertura o el deterioro es explícita, y la respuesta a menudo consiste en un recuento de lo que se ha ganado y lo que se ha perdido:
Es que Sánchez manejaba todo como tan cerrado que es lo que él dijera, ta,ta,ta, entonces no hay una persona que diga yo voy a hacer lo mismo que hacía él porque el poder económico de él era lo bastante grande y la capacidad intelectual de ese tipo era una capacidad del carajo, eso hay que admirárselo...
Sin el visto bueno y sin la venia de ios antiguos poderes, eso es novedoso en la política colombiana, cuando un concejal cualquiera madrea al hijo del presidente López en el concejo de Bogotá no le pasa nada, en este momento, y antes si porque quedaba por fuera de la política de por vida, o que eso genera ciertas autonomías. Entonces, digamos indudablemente que esas empresas micro electorales, esa incursión de ciudadanos del común en la actividad política si ha democratizado de alguna manera el acceso a los cuerpos colegiados.
MÁRTIRES
25Hasta el momento, he puesto énfasis en la diferencia entre los dos tiempos de la memoria de los políticos. Pero hay importantes lineas de continuidad. En lo que al partido liberal se refiere, un aspecto que tiene una gran centralidad es la memoria del martirologio, que tiene a su vez dos dimensiones, una civil y otra militar. Los eventos liberales con una gran regularidad abren con una referencia a los mártires de ayer y de hoy (en el actual período la sangría de liberales también ha sido enorme). Aquí de nuevo parecen producirse pérdidas; Obando, el gran proscrito del siglo xix, desapareció del panorama, y Rafael Uribe Uribe sólo aparece fugazmente en los grandes eventos y en las reflexiones de los doctos del partido, cuando quieren referirse críptica pero ilustradamente al socialismo. Sin embargo, nos encontramos de nuevo con el fenómeno de una gran coincidencia entre la adoracicín de los mártires del “pasado corto” y de hoy, por un lado, y los del pasado lejano, por el otro. Como dije atrás, no creo que interpretar esas reapariciones cíclicas de patrones de figuración tenga una explicación fácil.
26También es interesante intentar entender la estructura de la memoria del martirologio. La Violencia es una importante cesura, primero por la magnitud del evento, y segundo porque permitió una intensa identificación entre la violencia ejercida contra el liderazgo y el acoso permanente a la membresía liberal, que podía ir de lo molesto a lo letal. Una gran cantidad de políticos liberales tienen un nutrido repertorio de relatos en los que logran derrotar la violencia ejercida contra ellos. En algunos casos, como en la anécdota que presenté al principio de esta exposición, a través de la astucia y del “espíritu superior”; otras, por medio de uso de la fuerza. En todos, sin falta, el liberal está en inferioridad de condiciones (desarmado contra armado, pequeño contra grande, etc.). Pero a medida que nos vamos acercando al presente aumenta el recuerdo de reyertas faccionales, frecuentes y brutales, un aspecto que no puede dejar de maravillar en el partido del “libre examen”. Aquí nos encontramos con un juego de continuidades-discontinuidades, en donde el martirologio es la invariante, mientras que la transformación consiste en el paso del conflicto inter al conflicto intrapartidista o con otras fuerzas.
27La memoria del martirologio tiene una gran flexibilidad: los recursos identitarios son de “plastilina” y pueden cambiar espectacularmente de contexto manteniendo su vigencia22. En el caso de los liberales, el martirologio logró articularse con los procesos de incorporación particularista, en el sentido en que casi invariablemente los perseguidos por la justicia por violar la ley se declaraban perseguidos porque eran, o provenían, del pueblo23. En algunos casos, lograron construir verdaderas cruzadas de autovictimización, como en el caso del ex senador Alberto Santofimio Botero. La formalidad legal aparece aquí como un mecanismo de exclusión. Sin embargo, la plasticidad tiene sus límites. Los héroes oficiales del partido son, creo, genuinos: Uribe, Gaitán, Galán... Los corruptos autoconvertidos en mártires carecen de recursos culturales para transformar sus episodios de reivindicación en algo más permanente. Pienso que una de las razones para que ello sea así es que aparecen demasiado cercanos: hemos visto ya que su eficacia depende de que sean “buenos amigos” o parientes o padrinos. Los políticos los recuerdan con cariño, a veces pueden admitir que tienen verdadera estatura intelectual —como oradores, o ejecutores, o negociadores— pero no logran considerarlos modelos normativos.
28La contracara de esto es que los héroes genuinos son por lo general perdedores. Por eso no se pueden convertir en modelos activos. No son ganadores electorales, ninguno de ellos (tampoco Benjamín Herrera, uno de los próceres caros al liberalismo nacional es sus esferas más altas). Se les recuerda porque fueron asesinados, o desterrados, o porque perdieron. Naturalmente, en el caso de Galán hay además una corriente subterránea de tensión, porque muchos de los políticos que actúan hoy se le opusieron salvajemente en las luchas faccionales de la década de los ochenta; ninguno de nuestros entrevistados sin embargo introduce un recuerdo de conflicto con él.
29Parece haber en el liberalismo una profunda esquizofrenia entre ganadores desagradables y perdedores heroicos.
CONCLUSIONES
30En este texto he tratado de revisar un conjunto de temas que no sólo tienen, según creo, interés académico sino que están de alguna manera en el primer lugar de la agenda del debate en los países andinos. No he querido ni escribir un “Lo que el viento se llevó” de la política tradicional colombiana, ni calificar, sin más, el tipo de percepciones que tienen de la evolución polídca e institucional en el país. Pienso que tenemos algo que aprender de tales percepciones, tanto en términos de “saber experto” como en términos de “objeto de la evaluación reaccionando ante ella”. Obviamente, los políticos leen (entre otros, a los analistas políticos), toman ideas y las transforman, y construyen sus propias teorías vernaculares que sirven para explicar el mundo y orientarse en él; un mundo que, en el caso colombiano, no sólo es ancho y ajeno sino muy, muy peligroso.
31Hemos visto que la nostalgia republicana de los políticos está apoyada en un marco de dos tiempos. El pasado, que comienza en los años cuarenta, a veces en los sesenta, y el presente, que comienza a finales de los setenta o comienzos de los ochenta. La nostalgia republicana está fundada en una preocupación obsesiva por la moral pública; en ese sentido, hay una convergencia plena entre la opinión pública y los pequeños operadores políticos. Sin embargo, los operadores dotan a esta preocupación de más estructura: debido a su experiencia directa, y al hecho de haber sido beneficiarios directos de la política bipartidista (en este caso liberal), construyen una historia de declive causada por el deterioro de los pactos tradicionales y formulan diversos dispositivos para explicar el funcionamiento de las redes clientelistas en sus distintas modalidades.
32Pero también hay por supuesto aspectos de la evolución de los últimos años que rebasan esa tensión democracia-moral pública. No sólo son relatos realistas y no gregarios sobre la función de gobierno, sino reflexiones sobre los desenlaces políticos. Dice un antioqueño, un nuevo entrante de esa política atomizada de la década de los ochenta a la que critica implacablemente: “Yo creo que en el país ha mejorado la participación y ha decrecido la representación”, en la medida en que hay muchos nuevos entrantes vía atomización de los partidos tradicionales (más participación) que sin embargo expresan intereses muy focalizados y rabiosamente particularistas (menos representación). Este feliz hallazgo se puede articular de manera inesperada con uno de los motivos centrales de la Constitución de 1991, que se proponía, desde una óptica completamente distinta, pasar de la democracia representativa a la participativa. Si algo tiene la historia es que es una excelente humorista.
Notes de bas de page
1 Junta de Acción Comunal, una institución que a la sazón recién comenzaba a funcionar.
2 Uso en este texto nombres ficticios, excepto para líderes nacionales.
3 No se trata, por supuesto, de un proceso irreversible.
4 Francisco Gutiérrez, “Historias de democratización anómala. El Partido Liberal en el sistema político colombiano desde el Frente Nacional hasta hoy” en F. Gutiérrez (Compilador): Degradación o cambio. Evolución del sistema político colombiano, Bogotá, Norma, 2002, pp. 25-78; Francisco Gutiérrez “Democracia dubitativa” en Varios, Colombia cambio de siglo. Balances y perspectivas, Bogotá, Planeta, 2000 pp. 113-144.
5 Principalmente pero no únicamente Bogotá, Pereira, Cali, Medellín, La Mesa, Factatativá, Girardot.
6 Eista advertencia es importante, porque a fin de cuentas sí creo que hay diferencias reales entre liberalismo y conservatismo, aunque el tema rebasa ampliamente los límites de este trabajo.
7 La muestra no es representativa, así que no reclamo ninguna validez estadística, aunque las regularidades son lo suficientemente fuertes como para ser tomadas en serio (y además aparecen en contextos “no artificiales” como campañas y reuniones de discusión).
8 El hecho de que puedan a la vez involucrarse en las prácticas que ellos mismos critican podría no obedecer a puro cinismo sino a complejos problemas de acción colectiva, como he sugerido en otras partes.
9 Fernando Eslante, “Clientelismo y ciudadanía en México” en Análisis Político, N° 26 sep-dic, 1995, pp. 31-40.
10 Se refiere a Carlos Lleras Restrepo, conocido por su baja estatura.
11 Con todas las reticencias que esa palabra pueda suscitar en el lector informado de las teorías de la decisión.
12 Insisto: el terror por “quedarle mal” a los intermedianos barriales debió ser completamente genuino. Como los partidos colombianos han sido siempre altamente faccionalistas, la amenaza de ofrecerle votos a otro políaco resultaba creíble, pues cambiar de patrón no conllevaba costos afectivos ni organizacionales como sí conllevaría cambiar de partido.
13 Balcázar casi siempre gozó de una leve mayoría dentro del liberalismo departamental. Las alianzas entre los partidos también tendían a seguir estas fracturas: Holmes-Holguín (conservador de derecha pero con más arraigo popular) y Balcázar-Lloreda (conservador centrista, menos tumultuoso).
14 Que, según lo que se acaba de decir, es un tanto diferente de la combinación entre incorporación y faccionalismo. En cambio los elementos de ilegalidad pueden haber sido una constante, aunque en diferentes modalidades y órdenes de magnitud.
15 Aquí hay una diferencia no sólo con los actores armados sino también con la propia memoria de los parados tradicionales en el pasado. Posiblemente el Frente Nacional mató para liberales y conservadores el debate Bolívar-Santander, aunque obviamente esto no excluve que resucite. En cambio, en la confrontación armada ese debate es extraordinariamente intenso.
16 A propósito, perdió.
17 Véase también el texto de Julio Arboleda en el que explica por qué los propietarios se comportan mejor en el poder.
18 Continuación de la indagatoria de la senadora María Florángela Izquierdo, Corte Suprema de Justicia, 12/02/96.
19 Akhil Gupta, “Blurred Boundaries. The Discourse of Corruption, the Culture of Politics, and the Imagined State”, en American Ethnologist, Vol. 22, 1995, N° 2, pp. 375-402.
20 Esta justificación obviamente NO es deliberante, porque no habla el lenguaje de lo público.
21 E. Gutiérrez y L. Ramírez, “Familias, redes y facciones”, Revista de Estudios Sociales, 11 de febrero 2002, pp. 17-26.
22 Otro ejemplo bastante espectacular es la transformación del liberalismo radical pro MRL de Puerto Boyacá en una fuerza bastante cercana de los paramilitares en la década de los ochenta, sin ninguna ruptura ideológica y manteniendo de nuevo grandes vínculos con los discursos del pasado.
23 Casi siempre esto correspondió a una manipulación cínica. Pero en algunos casos tenía serlos visos de verdad, como en el del ex senador Edgar Perea, un ex locutor y político bastante pobre pero que fue despojado de su curul con argumentos completamente traídos de los cabellos. Mi impresión es que le quitaron la silla en el congreso por razones puramente estéticas y racistas.
Auteur
-
Francisco Gutiérrez Sanin
Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales-IEPRI
Universidad Nacional de Colombia (Colombia)
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