Formas del curso de la historia en Venezuela: ¿Historia con sentido o “juego de la oca”?
p. 93-109
Texte intégral
INTRODUCCIÓN
1Pienso, con Croce, que “toda historia es historia contemporánea”1. Así reconozco y expreso que mis intereses como historiador arrancan del presente y se explican por él y desde él. Quiere decirse que en él y desde él he gestado unas propias preocupaciones historiográticas. Soy, además, agente de mi propia vida, y ella se inserta, en Venezuela y en un siglo que han sido mi circunstancia histórica inmediata. Ese presente, al ser el mío, no puede haberme sido indiferente. En él, y desde él, he estado expuesta 1) a las grandes transformaciones de un país que ha cambiado espectacularmente en el lapso de mi propia vida. Las he padecido o disfrutado con conciencia proporcional y adecuada a mi propia situación personal y 2) por natural inclinación vocacional y profesional, he intentado explicarme mi propio tiempo. En ese intento, he percibido el fenómeno —tal vez inadvertido para algunos— que preside esta reflexión. Me percato de que si bien no cabe duda de que Venezuela ha sido objeto y escenario de muchísimos cambios que han trasformado desde el paisaje hasta la inserción en el mundo, el entorno urbano, las costumbres, los hábitos, los usos, e incluso la moral en contraste violento con el pasado mediato, por otra parte pareciera que la mentalidad del país referida a lo público en su sentido político2, estuviera detenida. Es percepción, además, de hemeroteca: la prensa de muchos hitos seculares de la vida nacional recoge, curiosamente, la misma preocupación e igual lamento en plumas demasiado alejadas en el tiempo3. ¿Por qué? ¿Por qué en los escritos de publicistas de comienzos del siglo xx y hasta del siglo xix es posible encontrar quejas análogas, igual talante que el de hoy en su denuncia de situaciones y problemas cuya vigencia conduce a percibirlos como aparentemente detenidos? Desde esta perspectiva, el siglo xxi en el que recién entramos, con todo su desarrollo tecnológico e informático, está mucho más cerca de los dos anteriores, lo cual conduce ineludiblemente a preguntarse por qué subsisten los problemas, los procesos no se cierran4 y las mentalidades no cambian. Sin duda por razón que merece esclarecerse, porque sin explicación razonable del suceder, 1) tienden a persistir las situaciones no deseadas, 2) es inseguro el acierto y el éxito de las soluciones propuestas y, en consecuencia, 3) es imposible el desarrollo de la conciencia histórica, e, 4) igualmente precaria la orientación del porvenir. La reflexión se nutre de inmediato, pues, de un lado, con la observación, desde la actualidad, del contraste entre los cambios aparentes y el estancamiento de la mentalidad, de otro, con otras reflexiones que buscan la explicación de una lógica histórica que devuelve recurrentemente el proceso —como reza el título de esta comunicación—, como en un olvidado “juego de la oca”, a casillas anteriores a las que ingenuamente no hubiéramos creído nunca regresar. Así la marcha de la historia, impulsada sin clara conciencia, sigue un curso azaroso en el cual, entre ignorancia, ideología e inconsistencia, a lapsos y ámbitos variables de la realidad, el país pareciera echar los dados de la política para jugar al cambio, mientras en las mentalidades de los agentes de la historia persisten imbatibles las razones ocultas del acontecer.
MEMORIA, CONOCIMIENTO Y CONCIENCIA DE LA HISTORIA
2Me gustaría establecer, de entrada, la posible distinción entre: 1) lo que pudiera entenderse como significado de la historia, y 2) lo que pudiera entenderse como sentido de la historia. El significado de la historia es lo que se desprende o se decanta de la aprehensión de los fenómenos que pasan, bien por la memoria de los contemporáneos, bien a través de la voluntad decidida de las generaciones de elaborar conocimiento histórico propiamente dicho. La simple enumeración de los términos memoria y conocimiento permite ver que —no obstante estar íntimamente relacionados y ser, incluso, interdependientes—, no es lo mismo recordar que saber; no es lo mismo la simple memoria personal de lo sucedido (basada en las vivencias de los hombres en el tiempo) que la explicación de los sucesos que a la vez anima y subyace al conocimiento histórico propiamente dicho (elaborado sobre una concepción del mundo y de las cosas con unos patrones gnoseológicos idóneos). Pero memoria y conocimiento tienen a su vez mucho que ver con lo que propiamente constituye el objeto de esta comunicación, a saber, con la posibilidad de darse cuenta de lo histórico, es decir, con el sentido de la historia, por el cual entendemos, de un lado, la razón de ser, el lagos del acontecer y, de otro, la orientación o dirección que asume el transcurrir en virtud de los cambios que significan los fenómenos en relación con logros referidos a principios y valores expresivos de necesidades o aspiraciones sentidas de la sociedad. Eso supone que lo histórico es explicable; es aprehensible en la medida en que se sea capaz de percibir el rumbo de los acontecimientos. Estos tienden por lo general a moverse con una dirección o tendencia, como ya hemos apuntado, con una orientación; dotados de tempo y ritmo; de velocidad y densidad, no menos que eventualmente expresivos de ciclos no siempre presentes, o tan presentes que ya ni se perciben. Cuando esto se descubre, es porque ya se posee una conciencia de los motivos de los cambios y las persistencias; del curso de los procesos; de su desenlace y duración; porque ha sido posible comenzar a apresar y a entender el sentido de la historia. Por eso puede decirse que todos podemos poseer memoria histórica más o menos extensa por la propia experiencia o por cercanas experiencias ajenas, pero no siempre esa memoria es coherente con una explicación o una conciencia clara de lo histórico: aquélla puede estar apresada por la inmediatez generacional sobre los sucesos, mientras éstas requieren perspectivas comparadas más amplias para cobrar sentido sobre el acontecer; tampoco está claro que el conocimiento histórico, con todo y ser imprescindible para aclarar esta conciencia, y ser elaboración más decidida y rigurosa, corra parejo con un óptimo grado de explicación y conciencia de los cambios. En todo caso, el transcurrir posee un significado para los contemporáneos5 y para los hombres de tiempos posteriores que está íntimamente relacionado con estos tres términos y sus significaciones, en virtud de lo cual todos tres han de considerarse relativos y complementarios. No existe la memoria histórica de validez universal y sempiterna, como tampoco existe la verdad definitiva decantada del conocimiento histórico, ni la conciencia histórica absoluta. Todo discurrir o sentir con respecto al pasado, es siempre relativo al presente, porque es siempre condición de lo histórico, esa perenne y repetida relación de lo que ocurre con lo que ocurrió. Del afán por conocer lo que ocurrió en función de lo que ocurre, del presente con el pasado en una palabra; en la que lo más difícil de lograr es la conciencia; en la que es muy fácil creer que se conoce la razón de ser y el rumbo del suceder, cuando lo más arduo es descubrir y decantar (y esta es labor de historiadores) el sentido de la Historia.
DECADENCIA, PROGRESO Y OTROS RUMBOS
3El “sentido” de la historia se ha entendido de muy diversas maneras6. Desde la percepción relativa de los sujetos de la historia de los distintos tiempos y culturas, la historia occidental ha podido ser vista o sentida como decadencia o como progreso. La percepción de la Historia como decadencia supone que el devenir se orienta de una situación óptima a una situación pésima; es una concepción que está presente, a lo largo de los siglos, desde la Antigüedad hasta el presente en las diferentes versiones del mito de la Edad de Oro que encontramos en Hesíodo, o en la versión hebraica del Paraíso Terrenal, o en la teoría ilustrada del mito del Buen Salvaje. Es una concepción referida al suceder entendido como totalidad7 que puede ser recurrente, en la medida en que es típica de épocas de crisis en las cuales se piensa y vuelve a pensar que hubo un tiempo pasado que siempre fue mejor; desde la perspectiva de la sociología del pensamiento histórico, es una concepción vinculada a los sectores o estratos conservadores de la sociedad, nostálgicos de un pasado idílico perdido.
4La percepción de la Historia como progreso supone lo contrario, es decir que el devenir se orienta de una situación pésima a una situación óptima. Se entiende la Historia —igual que en el mito del “reino feliz de los tiempos finales”— como un proceso irreversible hacia un mundo mejor en que el acontecer es un movimiento constante hacia el advenimiento de formas más perfectas. Es la versión idílica de Horacio y Virgilio en el seno de la Historia de Roma. En la medida en que se entienda como irreversible, cada época estará más cerca del objetivo final, y cualquier vuelta atrás se considera como retraso superable, obstáculo para ser vencido. La totalidad de lo histórico es visto, así, en función de una meta situada en el futuro; los cambios son instauraciones, no restauraciones. Al revés de la concepción sociológico-historiográfica anteriormente expuesta, se trata de una concepción típica de sectores o estratos ascendentes de la sociedad, para la cual el pasado sólo interesa, en la medida en que haya engendrado los gérmenes para el avance hacia el progreso.
5Desde un punto de vista teórico o típico ideal ambas concepciones son susceptibles de combinación, en la medida en que la Historia pueda verse como expresión de épocas negativas (retrasos) y positivas (avances) hasta el advenimiento de la etapa de plenitud y permanencia, bien de la situación óptima, bien de la situación pésima8. La visión progresista de la Historia puede entender el desenlace como actualización transhistórica: “reino feliz de los tiempos finales”, o histórica: “paraíso socialista”. La visión decadente de la Historia puede entenderlo, a su vez, en dos versiones: como catástrofe irremediable, o como decadencia esperanzada en la recuperación. Así la teoría de la decadencia se vincula con la del progreso y surge la posibilidad de entender las teorías cíclicas de la historia sobre las cuales volveré. Volveré también sobre el hecho de que hoy por hoy es posible pensar que progreso y decadencia, o versiones cíclicas del suceder pueden ser eventualmente sectoriales y no coincidentes para todos los ámbitos de la realidad en su totalidad9.
LA CONCEPCIÓN TRADICIONAL CRISTIANA DE LA HISTORIA
6Una vez claros estos supuestos, examinemos la concepción tradicional cristiana de la Historia que, presente en el contexto de la antigua Venezuela gracias al carácter católico de la monarquía y al peso de la Iglesia española, perdura vigente en el espíritu de la época en América hasta la Independencia y —¿por qué no?— más allá, como veremos, hasta nuestros días.
7Dentro del pensamiento cristiano, y expresado en términos muy generales, el tiempo de la Historia se inscribe y discurre entre dos coordenadas eternas: la Creación y el Juicio Final. Desde una situación óptima como es, sin duda, la del Paraíso Terrenal, adviene la decadencia en virtud del pecado original. Al correr de los siglos, la redención del hombre por Cristo de aquel pecado original que a él no 1c afectó (recuérdese la significación de la inmaculada concepción de María) cancela la tendencia decadente, para convertirla en progreso para quienes, fieles a sus enseñanzas, lleguen al Día del Juicio en condiciones de acceder al advenimiento del reino feliz de los tiempos finales de la Vida Eterna con el que se cierra el ciclo transhistóricamente. Esta Weltanschaung cristiana supone un orden en el cual Dios, como árbitro de la Lev eterna, preside las condiciones de la existencia de todos los seres, incluido el hombre, privilegiado entre todos por haber sido creado a imagen y semejanza divina. La concupiscencia y el pecado, responsables de la caída, han generado el caos y del des-orden moral, sólo controlables si la sociedad está políticamente ordenada, es decir, subordinada y obediente al poder del gobernante. ¿Cómo así? En la medida en que todo poder viene de Dios, el gobernante es, así, el agente de Dios para la realización del orden de la Caridad, de la armonía y de la concordia de la sociedad. Esta Weltanschaung cristiana, construida al paso de los siglos, debió mucho, desde el punto de vista de la concepción histórica, a San Agustín, para quien la I listona constituye escenario de tensiones y pugnas maniqueas entre la Civitas Del y la Civitas Diaboli; entre el bien y el mal; entre lo sagrado y lo profano, el eón de lo mudable y la eternidad inmutable de que hablaba San Pablo10. El orden de la sociedad es, pues heterónomo, va que deriva del poder que transmite al gobernante un agente externo a ella (Dios), mientras la misma sociedad se estructura colectivamente en un orden corporativo en el que el hombre existe en función del bien común y de la Cristiandad11.
LA CONCEPCIÓN MODERNA
8Durante el siglo xviii, el pensamiento secularizador e ilustrado comenzó a minar los cimientos de aquellas concepciones al tiempo que el fenómeno histórico de la Revolucióm contribuía con la experiencia efectiva, a la configuración de una doble tendencia: de un lado, al debilitamiento de la concepción del mundo que hemos esbozado, la cual se vio sacudida por el impacto de un fenómeno que, desde esa perspectiva, era la reaparición del caos, de la concupiscencia, del pecado, de la corrupción en una palabra, la subversión del orden establecido que -para los reaccionarios—, se debía restituir. De otro, la perspectiva revolucionaria alimentada por la Ilustración, nutrida de adeptos, configuraba la Weltanschaung del nuevo tiempo surgido del entendimiento de que la Revolución, al obligar a mirar hacia el futuro (va no se trataba de la revolutio que volvía hacia atrás, sino del progreso decidido hacia otras formas por venir), dividía los tiempos para convertirse en umbral del advenimiento de un orden nuevo, autónomo, no heterónomo, porque se configuraría sobre los postulados de la Libertad entendida en sentido moderno, es decir, animadora de una sociedad distinta constituida por individuos libres, o sea, moralmente autónomos, responsables y garantes de ese propio orden12.
9El contexto hispanoamericano en general, y el venezolano en particular, no fueron extraños a estas consideraciones. La coyuntura de la independencia constituye un escenario estimulante para el historiador, nutrido de manifestaciones que, a grandes trazos, se inscriben en las corrientes que acabamos de esbozar. La versión tradicional —podría considerarse reaccionaria—, es perceptible (de modo tácito o expreso)13 en los testimonios del arzobispo Coll y Prat, del regente Heredia, de José Domingo Díaz, de Juan Manuel de Cagigal, del capitán Sevilla14. La versión moderna es perceptible a su vez, (de manera a veces fácil, más de una vez difícil de desentrañar) en los escritos de E J. Yanes, de Miguel José Sanz, de E J. Ustáriz, de M. Palacio Fajardo —por fijarnos en los “ideólogos”—, o en las memorias de Rafael Urdaneta, de José Félix Blanco, de A. J. de Sucre o del mismo Bolívar -por traer una muestra de los hombres de acción—15. Resultaba problemático digerir los significados modernos de la Libertad desde una mentalidad de tradición católica tan consustancializada con la concepción heterónoma del orden, en una sociedad de estructura y estratificación tan heterogénea y étnicamente tan dispar. Si resultaba difícil desentrañar corrientes encontradas en el pensamiento español del mismo tiempo (Tomás y Valiente lo ha hecho ver con claridad en sus páginas dedicadas a Martínez Marina16), donde la sociedad y el contexto eran menos problemáticos, tanto más proporcionalmente difícil resultaba en el mundo americano, donde estos temas están aún por estudiar.
CIVILIDAD Y PATRIOTISMO
10Las posibilidades que aquella sociedad podía manejar en esa coyuntura histórica como respuesta a los imparables y necesarios cambios que ocurrían en aquel clima de inestabilidad se reducían, (esquemáticamente asumo la osadía de trazarlas), a dos opciones: estaba abierto el camino de la civilidad, de la Libertad bien entendida como logro de una sociedad de hombres libres, responsables, autónomos y garantes de su propio orden. El clima de la guerra, la exaltación de las pasiones de partido, la inestabilidad de la época y el mimetismo abrían asimismo la vía del sentimiento patriótico capaz de exigir alma, vida y corazón al servicio de la Libertad; pero en una sociedad tan heterogénea y compleja la libertad no podía ser un principio coherente para la totalidad social. Se lo entendía en términos particulares (libertad del esclavo, del criollo, del blanco de orilla y así sucesivamente), sin claro sentido de su significación general para el todo social. Era la civilidad, la “sociedad civil” bien entendida, frente al “sentimentalismo moral de la república” que, en términos más acertados y eruditos trabajó reiteradamente mi colega Luis Castro Leiva en los sucesivos seminarios que coordinó en el Doctorado de Ciencias Políticas de nuestra Universidad Central de Venezuela. Las sociedades americanas17 en general, y venezolana en particular, difícilmente podían, no digamos ya adecuar, asumir como propio al modelo de la civilidad: era demasiado tiempo transcurrido entre hábitos sociales y políticos signados por el orden meramente posible dentro de comportamientos despóticos18 y esquemas tradicionales cristianos y/o sincréticos en los que la idea de la heteronomeidad del orden había calado tan profundo, que hacía difícil sentir sinceramente como propia, además, para impulsarla, la idea y la convicción de la civilidad en los términos modernos de la Libertad. Así las cosas, no se la asumió tanto en los términos de la razón cuanto en los del sentimiento y la pasión. Por eso fue posible adoptar, adecuar y asumir el patriotismo: poner el sentimiento (y el resentimiento) alma, vida y corazón al servicio de la causa patriota; algunos la razón; las lealtades (forma tradicional estamental de relación) al servicio del jefe y el jefe impulsado por su ascendiente y su prestigio en movimiento espiral ascendente sobre el pueblo libre, hasta el pedestal heroico de la gloria. El sentimiento y la pasión al servicio del triunfo; las ideas y los conceptos para los pocos espíritus cultivados y estudiosos capaces de entenderlas: los hábitos de todos, los mismos de tiempos anteriores, adaptados ahora a los nuevos símbolos, con signos diferentes y distinto color.
11Son trazos que deseo elocuentes —no menos que acertados— estos con los que intento reconstruir la mentalidad complicada y sincrética de la emancipación, en otras palabras, la complejísima Weltanschaung del nuevo tiempo. Quedaba la memoria de la guerra y sus secuelas; la conciencia de las cosas era confusa entre nociones foráneas opuestas, prácticas y rechazos arraigados e indelebles, nuevos modos; violencia social y miedos complacientes desatados por la rotura de los diques del orden y la tradición que, por necesidad de las cosas habían saltado con la guerra. El patriotismo podía ser unas veces sincero; sería sincero en medio de la enorme confusión de la post-guerra; otras, interesado y doblemente manipulador. El campo de la civilidad era inseguro y se prometía difícil en una sociedad carente de formación y educación liberal y agotada entre el resentimiento insensato, comprensible e irresponsable de los sectores populares, y los caldos godos del despecho, no menos resentido y temeroso e inseguro de los sobrevivientes del antiguo régimen, llamados todos a actualizar —sin tener demasiado claras las maneras de hacerlo en aquella república nueva e inexperta—, la nueva libertad.
LA PERCEPCIÓN DE LA HISTORIOGRAFÍA
12En medio de este clima, nació la historiografía republicana con la obra de Baralt19, mientras se estructuraba una República con Caudillo y Constitución20, de la mano de Páez. Este primer intento historiográfico, auspiciado oficialmente, fue seguido por otros. Las obras de otros historiógrafos aún confunden historiografía con testimonio: Montenegro y Colón, Austria, Juan Vicente González21, mientras la historia-suceder sigue su curso. Los historiógrafos posteriores (Gil Fortoul, Larrazábal, González Guinán22 y subsiguientes) ganados por los afanes del tiempo, comenzaron a explicarse la historia de los siglos de España en función del progreso conducente al advenimiento de la Libertad. Así, todos los movimientos anteriores, desde los del “Negro Miguel” hasta la conspiración de Gual y España, eran peldaños (Juan Francisco de León, José Leonardo Chirinos, Francisco Javier Pirela, la lucha antiguipuzcoana) al servicio del mito de la libertad de 1810.
DESENCANTO Y FRUSTRACIÓN DEL MEDIO SIGLO: LA APARICIÓN DEL MITO
13Pero era lo cierto que estos tiempos transcurridos desde 1810 no habían logrado actualizarla cabalmente: no se habían alcanzado los ideales de la construcción de una sociedad de individuos conscientes de sí, productores y libres, coherente con un verdadero Estado Liberal en el que funcionaran la división de poderes y las instituciones económicas, jurídicas y militares dentro de un verdadero estado de derecho garantizado para toda la sociedad. Por eso, a mediados del siglo, adviene la frustración en medio de una incapacidad manifiesta para explicar (o para admitir explicación sincera alguna) el fracaso de las exiguas élites de aquella sociedad en la construcción del nuevo orden liberal. La frustración no es sólo venezolana. He repetido hasta la saciedad cómo en las plumas de Lucas Alamán, de Fermín Toro y de Bartolomé Mitre se respira el mismo sentimiento, desde México hasta el Río de la Plata23. Con la frustración, para seguir viviendo, como no se encuentra a mano una convincente y razonable explicación del fracaso, se recurre al mito: mito de los orígenes y de la gesta heroica; mito del héroe y culto de Bolívar (de San Martin para el Río de la Plata), mientras desde el plano de la historia suceder se clama, ya no por Libertad sino por Igualdad. La Historia suceder es, así, el escenario propicio para el establecimiento de la Igualdad, convertida en consigna (como en los tiempos de Ezequiel Zamora) y se lo equivale al afán federal. Y llegados aquí, ante la inestabilidad y la desazón social, las fuerzas de la historia encuentran nuevo orden: un orden necesario, impuesto, que permita el progreso. Es el esquema positivista que, mucho antes de su formulación por Laureano Vallenilla Lanz encontró personaje para encarnar en Antonio Guzmán Blanco. Y la Historia es inestable hasta fines de siglo y entrado el siglo xx, cuando desde los tiempos inmediatos a la muerte de Gómez, pudo verse con mejor perspectiva la tragedla del siglo xix como secuencia de situaciones de enfrentamiento y guerra reiterada (a manera de mito constante de refundación) que obstaculizaban el desarrollo acumulativo natural de aquella aún inconstituida sociedad.
LA EXPLICACIÓN POR LOS CICLOS HISTÓRICOS
14Mirando atrás, el siglo xx comenzó a encontrarle explicación a aquel tremendo drama del sentido de la historia, con la teoría de los ciclos en sus más variadas expresiones. Así pudo entendérsela como la sucesión trágicamente repetida de formas de gobierno (Jane24): paso constante de la dictadura a la anarquía o al desorden, para volver al despotismo en un constante movimiento pendular, mientras el positivismo historiográfico (Vallenilla Lanz) encontraba la explicación científica aquietante en la necesidad histórica del gendarme como paso esencial e ineludible del proceso evolutivo.
15La teoría de los ciclos (clara muestra de filosofía especulativa de la historia) es relevante y recurrente en nuestra búsqueda impaciente de algún tipo de conformista Y apresurada conciencia histórica sin paciencia para buscar aciertos satisfactorios en el conocimiento profundo. Junto a la simplista versión pendular de la Historia de América de Cecil Jane, ha florecido más de una versión cíclica vernácula de nuestra historia. A estas alturas del siglo xx tiene interés recordar hoy la versión oral de José Antonio Giacopmi Zárraga25, para el cual la historia de Venezuela se encuadra en ciclos políticos sucesivos a lapsos generacionales en los cuales se agota la fórmula hasta encontrar relevo en un nuevo ciclo generacional. El ciclo que comienza en 1830 culmina con la guerra federal; éste, culmina con la Mata Carmelera; el ciclo siguiente, que inicia Cipriano Castro, con la muerte de Gómez; y así sucesivamente hasta la actualidad. Sugiere Giacopini además la importancia que adquieren ciertas figuras, ciertos personajes que, al inicio del ciclo abren la brecha, marcan la pauta que luego transita un protagonista o agente distinto de la historia. Alan Brewer Carías26 acaba de exponer su versión actual de los ciclos constitucionales en relación con acontecimientos contemporáneos: un primer período de construcción del Estado autónomo e independiente que va de 1810 a 1863; un segundo período se proyectaría desde 1863 a 1901, cuando la Revolución liberal restauradora cancela el liderazgo del liberalismo amarillo. Se retorna a la idea del Estado centralizado hasta la Revolución de Octubre de 1945, punto de partida del Estado centralizado democrático. La Revolución democrática de 1958 abre un nuevo período —reedición de octubre de 1945—, con amplia base política y constitución de 1961 —versión remozada de la de 1947—, El último período se inicia ante nuestros ojos, como cuarta y última etapa de esta historia de ciclos constitucionales en los que no se excluye el factor generacional.
16Hace muchos años, pensaba yo que no podía excluirse de nuestra historia —y que habría que estudiarla— la recurrencia de la voluntad democrática. Por eso me ha sorprendido positivamente la versión cíclica más optimista que de esta historia me ha recordado con ocasión de esta conferencia, Rafael Caldera27, al destacar la recurrencia democrática del pueblo venezolano, insujetable a la tiranía permanente. Su percepción concuerda con la versión criolla que del corsi y del recorsi de G. B. Vico revelaran los escritos de Betancourt, como se desprende del trabajo ya citado de Irayma Camejo28.
17En relación con estas distintas versiones de la teoría de los ciclos que intentan comprender la historia venezolana desde 1810-1830 hasta el presente puede expresarse que: 1) se inscriben por lo general en una visión progresista mixta de la Historia, al combinar el retroceso y el avance, dando lugar a la posibilidad de extraer de ambas expresiones (progreso y decadencia) el sentido de la historia; la combinación brinda, a su vez, la posibilidad de destacar hitos históricos culminantes de una u otra tendencia, a manera de cimas y depresiones desde las cuales y en función de las cuales apreciar los sentidos, tanto parciales como general del proceso29; 2) están signadas por un fuerte ingrediente generacional. En contextos de débil desarrollo y perdurabilidad institucional, los lapsos generacionales son los que determinan, casi exclusivamente, el sentido de la historia; 3) están signadas por la presencia tácita o expresa de ideologías, en virtud de las cuales se pueden distinguir para el siglo xix —al menos— tres momentos: a) de hegemonía de la visión tradicional cristiana de la historia y de la vida; b) de presencia de la concepción moderna y liberal derivada de la Ilustración y la Revolución; c) de presencia de la visión evolucionista-positivista, ganada por las ideas del orden y de la necesidad de las cosas. En relación con el siglo xx se pueden distinguir las derivaciones y persistencias del xix, así como el desenvolvimiento de una tendencia democrática y liberal que no ha sido ajena a la presencia de una Weltanschaung progresista de tono socializante debida al auge de “lo social” estimulado a partir de la vigencia delas concepciones marxistas, social cristianas, socialistas, etc. En algunas versiones radicales —paradójicamente ávidas de tradición- el igualitarismo del siglo xx se ha presumido derivado del igualitarismo contemporáneo de las frustraciones del siglo xix que mencionáramos antes.
LLEGADOS A LA ASUNCIÓN DEL SIGLO XX
18Una cosa parece quedar clara: en el siglo xx la historia cambia de ritmo v de sentido a la muerte de Gómez. No en vano se repite que con Gómez finalizó para Venezuela el siglo xix; en cierta forma Gómez fue, a la manera de ciertos reyes medievales europeos, el impulsor de la gestación del Estado y de las instituciones públicas venezolanas con sus esfuerzos por instaurar el orden y echar las bases de la hacienda y del ejército. Mariano Picón Salas veía, por eso, el advenimiento del siglo xx en 1936, cuando parecía quedarse atrás aquel pasado sombrío, violento y de opresión. De hecho, los tiempos de López Contreras sacan a la generación de opositores a Gómez de la visión “del venezolano de la decadencia”, brindando aliento para mirar al futuro con el optimismo tranquilo y económicamente solvente que persistió en los tiempos de Medina Angarita.
19Pero, si bien el tema político parecía resuelto, no parecía ocurrir lo mismo con el tema social. Aquella tendencia al igualitarismo que parecía olvidada entre las frustraciones liberales y la guerra federal, no había desaparecido, y retomó fuerzas del brazo de la revolución cívico-militar del 45, para mostrar que el advenimiento de ]uan Bimba y el partido del pueblo ni admitían demora, ni se harían esperar. Olvidaban que tampoco estaba dispuesta a hacerse esperar la tendencia militarista de los socios, tentados por la conciencia de su propia fuerza y por la ineficiencia civil, para salir gananciosa por toda una década de régimen militar.
20La Constitución de 1961 y el Pacto de Punto Fijo echaron las bases del lapso que conduce hasta hoy —signado por la presión de la tendencia democrática y el democratismo de partidos— y que todos conocemos desde particulares perspectivas, por haberlo vivido.
LA COYUNTURA DE FIN DE SIGLO
21La Historia es un proceso abierto en el que, dependiendo de las perspectivas y valoraciones desde las cuales se contemple el presente, se van cerrando etapas susceptibles de análisis en función de la información (fuentes) asequible al historiador. En la medida en que el proceso no se hubiera cerrado, la dispersión y abundancia de las fuentes -siempre susceptibles de crecimiento— hace difícilmente aprehensible el sentido de los sucesos, sólo discernibles pertinentemente si se cuenta con la posibilidad de contrastarlos suficientemente con procesos, significados y sentidos de otras épocas o contextos.
22En la situación actual de Venezuela, y a la luz de lo que hemos recorrido en busca del sentido del suceder, resulta hoy perceptible la clausura de una etapa de la historia del siglo xx ante la que los protagonistas y analistas han intentado ver signos y significados aún no suficientemente definidos y, sobre los cuales no me atrevería a asegurar intento alguno de aproximación segura; mucho menos de elaboración de counterfactual history. Eso no quiere decir, sin embargo, que no se puedan percibir líneas de análisis suficientemente coherentes como para sustentar-conjeturas verosímiles que permitan hacer más comprensible la circunstancia presente.
23Desde las perspectivas que acabo de mostrar, incluida alguna expresión presumiblemente vigente de la teoría de los ciclos, el lapso de los 40 años que van de la Constitución de 1961 y el Pacto de Punto Fijo hasta hoy, si bien constituye una coyuntura temporal susceptible de captación en bloque, en la cual se actualiza una voluntad dirigida a lograr la vigencia de la democracia, en ella se perciben varios cortes entre lapsos signados por distintas contingencias que no entro aquí a especificar. Sí expresaré que, en conjunto abarca, no sólo el lapso generacional de una cohorte política que —curiosamente— se desliza en pocos nombres hasta el nuevo tiempo actual30, sino, además, un período histórico en el que ese lapso generacional (32 a 35 años) ha coincidido con un sistema político democrático de hegemonía partidista que, afectado por la bonanza económica desproporcionada de 1973, se convirtió en el democratismo corrupto y politically correct que comenzó a hacer crisis en el punto de viraje crítico de 1989-1993. En esta forma, frente a la crisis ética-económico-social que comenzó a vivirse, y que en el medio académico no había pasado desapercibida31,1) los intereses y cometidos del gobierno dejaron de ser los del partido ganador y este pasó a ser —paradójicamente— portavoz trágico de oposición; 2) la posibilidad de consenso para hacer frente a la crisis económica y sus consecuencias sociales se ahogó entre la emergencia de una débil sociedad civil que merecía ser protagónica, pero era escasa, y un sector oficial desprestigiado y sumergido en corrupción; 3) la debilidad de un codicioso y omnipresente sistema político de partidos cuya incapacidad para renovarse lo había esterilizado y cuya avidez lo había llevado a encallar en sus intereses y opciones de corrupción más inmediatos. Los partidos habían perdido representatividad para convertirse sin trabas ni pudor, sin responsabilidad ni previsión, sin conciencia de su papel fundamental, en maquinarias electoreras y corruptas adversas a toda sana institucionalidad: impedidos de garantizar el funcionamiento normal de las instituciones, no menos que de la renovación y perdurabilidad del sistema y de las débiles estructuras del Estado incoado que vivía por ellos.
EL DERRUMBE DEL SISTEMA
24Así las cosas, fueron posibles descontentos sociales heterogéneos (1989) y conspiraciones (1992-1994) que, sin embargo, no fueron hitos trascendentes, hasta las elecciones de 1993, cuando la conjunción del prestigio, carisma y ascendiente del candidato más longevo y con más opción a la Presidencia, asociado al partido de corte familiar y aluvional que lo llevó al poder (más cercano a los grupos electoreros de leales del siglo xix32 o a intereses inmediatistas pragmáticos, que a partidos modernos), marca el inicio de una etapa distinta en la última mitad del siglo xx, en la que el personalismo del candidato, en paralelo con la mitificación del protagonista del movimiento frustrado de 1992, momentáneamente desacelerada en 1994, se convierte en opción ganadora sin más trascendencia programática que el muddk through personal más deudor de la gravísima debilidad institucional y moral del país.
25En 1998 se produce el derrumbe (no se sabe aún cuán) definitivo del sistema de partidos mientras paralelamente aflora, gracias a los media, con fuerza todavía informe, una importante dimensión pública de lo socia33, al tiempo que el candidato con opción de triunfo lo obtiene avasallante sobre sus adversarios, apoyado por un grupo electorero política y doblemente interesado e instrumentalizado, siempre aluvional, prolongando la vigencia del personalismo, esta vez demagógico, el más versátil que jamás se hubiera podido imaginar accediendo al ejercicio del poder por la vía institucional y democrática.
26En 1982 distinguía yo el voluntarismo político como ingrediente específico del momento de creación institucional, mientras imaginaba que para nuestros pueblos podía distinguirse un voluntarismo personalista y un voluntarismo institucionalizador. Los tiempos que corren me han puesto frente a un voluntarismo des-institucionalizador que es aquel que, no satisfecho con todas sus posibilidades de ser contrapartida inversamente proporcional a la institucionalización, se empeña en atropellar o segar en la incansable caza al exterminio de corruptos, cuanto rasgo institucional quede con posibilidad de medrar, acampar o hacer sombra silenciosa al riquísimo e inédito personalismo discrónico emergente en manos del cual y ante el cual se encuentra hoy el país. No puede explicarse de otro modo la deliberada confusión entre los continentes institucionales (que, en cierto modo han sido producto de un gran esfuerzo histórico perfectible), v los contenidos partidistas que los han ocupado: se ha agredido igual —sin discriminación- la leche podrida que la jarra útil.
LA NUEVA WELTANSCHAUNG
27Los logros institucionales, de perderse, serán difíciles de recuperar, y la situación coloca en la necesidad de precisar el mismísimo concepto de “institución”. Si las instituciones son, además de estructuras perfectibles ordenadoras de la vida histórica, un estado y estadio mental expresivo de grados avanzados de desarrollo social, la vida institucional en Venezuela no se perdería. Pero las mentalidades de la mayoría están hoy tomadas por señuelos demagógicos que provocan más bien la regresión.
28El régimen vigente parte de una concepción pugnaz de la política como antagonismo o lucha entre las fuerzas del bien y las del mal en una evidente concepción agustiniana de la historia de raigambre maniquea. El enfrentamiento es existencial, no agonal: so pretexto moral, se busca el exterminio del enemigo político, no la convivencia libre y respetuosa con él. Este parentesco con la concepción tradicional cristiana del poder y de la Historia, se retuerza tanto más cuando se recuerda las veces que más de un portavoz —incluso de sorprendente militancia política— ha sorprendido al auditorio con la recurrencia a la concepción descendente del poder de un gobernante aparentemente respetuoso del estado de derecho, en esencia tiránico o pintorescamente despótico, en todo caso, legibus solutus, sobre el cual sólo está Dios y, según la circunstancia, Bolívar.
29Esta referencia discrónica a Bolívar se relaciona con la contrapartida progresista de esta reflexión: el esquema revolucionario que en el siglo xviii adversaba a la concepción tradicional cristiana de la existencia: el esquema progresista de la Revolución. La alusión al tema bolivariano se remite a las fuentes rousseaunianas y al mito; al Poder Moral y a la imagen del héroe elevada a la gloria al amparo de la frustración del medio siglo. Pero el esquema progresista no sabría tomar la mano de la concepción moderna de la Libertad, entendida -como hemos dicho— como propia de individuos moralmente autónomos (dotados de Mundigkeit) responsables y garantes de su propio orden. En el umbral del siglo xix las dos opciones del nuevo ciudadano habían estado representadas en el patriotismo (acceso a la Libertad por la vía del sentimiento y la pasión) y en la civilidad (acceso a la Libertad por la vía conceptualizadora de la razón). La historia habría mostrado lo tremendamente difícil que era realizar la Libertad por la civilidad; aquellas sociedades complejas, heterogéneas e inconstituidas se quedaron en el patriotismo sin convertir al pueblo en sociedad civil. Las recurrencias actuales al Padre de la Patria, al mito fundacional de la República por la Constitución, a la entrega de todo por la Patria hasta el sacrificio y la inmolación, confundido todo con simpatías por algún rasgo de influencia fascistoide y un castrismo trasnochado que se ha venido revelando primero vergonzante y luego abiertamente hasta un grado de impudicia inexplicable, no se enrumban al logro de una civilidad que continúa pendiente; sólo tendrían la opción anacrónica, infecunda para el logro del país moderno, de volver a deambular por la misma ruta sin destino seguro ni rentable a casi dos siglos de 1810.
EL JUEGO DE LA OCA
30Podemos terminar. En la actualidad, pues, en clima más abyecto y por tanto en circunstancia más confusa y difícil, se abren las mismas brechas, las mismas dos opciones del momento inicial. A las puertas del nuevo siglo, volvemos a topar, en aguas más contaminadas, con las viejas fórmulas del patriotismo y de la civilidad. La primera, ensayada, se probó insuficiente, y no parece bastar instrumentalizada y pervertida en el momento actual. El sentido de la Historia coloca, así, en la necesidad de ensayar la fórmula todavía inédita de la civilidad. Subyace empolvada en los escritos de Simón Rodríguez, del cual sólo se invoca hoy su frase más hueca v peor interpretada.: “o inventamos o erramos”. Y se inventa mal para errar peor. No se invoca, en contrario, su clamor angustiado por la educación cívica del pueblo para convertirlo en “sociedad” al dotarlo de autonomía moral, saberes, profesionalidad, capacidad ciudadana para estructurar el ámbito de la vida pública en un clima de Libertad. Ese clamor no fue escuchado; fue recurrentemente subestimado e incomprendido por gobernantes personalistas y oligarquías con intereses particulares prioritarios y preferentes a la creación de un contexto ciudadano eventualmente incómodo.
31Hoy por hoy, la fórmula del patriotismo y la invocación del pueblo soberano para entusiasmarlo con los mismos mitos, son más rentables frente a la ignorancia y la inconsciencia de habitantes impreparados expuestos a cualquier demagogia que quiera perdurar. Duraría más y sería sólida, la democracia capaz de estimular responsable y seriamente la fórmula de la civilidad. Ello sería posible cuando su actualización sea comprendida por gobernantes y ciudadanos que no se sientan “pueblo” sino “sociedad”, cuando lleguen a ejercer su ciudadanía como actividad consciente asumida con la convicción de que es la única fórmula para configurar una sociedad de hombres libres, no sólo responsables y garantes de su propio orden, sino capaces de percibir y de entender los significados y el sentido de su propia historia. Así, sabiendo que todo lo hay que empezar por el principio, desde cero, podría asumirse con seguridad, responsabilidad y conciencia el destino de un país de naturaleza y situación privilegiadas de cara al milenio, umbral difícil para la asunción plena de la propia historia34.
Notes de bas de page
1 Teoria e Storia della Sfonografía, Bari, Laterza, 1917.
2 En el Seminario sobre Lo público y lo privado convocado y reunido por la Fundación Manuel García-Pelayo (1993-1995) cuyos resultados (Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanidades 1996) se publicaron en Caracas, 1996, se dejó claro que las notas más esenciales de lo público han sido “su relación con lo más general, con lo espectacular y con lo político”.
3 La premura con la que escribo estas líneas con el fin de dictar la conferencia que se me ha pedido, me impide citar con precisión y rigor testimonios hemerográficos elocuentes de lo que digo. El interés que me suscita el tema me invita a profundizarlo en un trabajo ulterior más amplio y riguroso, pero sugiero a los lectores examinar textos de publicistas del siglo xix cuyo sentido, paralelo al de los publicistas actuales, es sorprendente.
4 Rómulo Carbia, historiador argentino de la historiografía, Historia de la historiografía Argentina, La Plata, 1925, se hacía esta reflexión en relación con las escuelas histonográficas, al observar que no se sucedían o superaban, cerrando sus posibilidades de análisis, sino que, por el contrario, podían estar simultáneamente vigentes.
5 Por eso posee un interés enorme la aproximación a la concepción que los hombres políticos tienen de la historia, porque es en ese marco de referencia que se inserta su acción. Véase el trabajo inédito de Irayma Camejo sobre el particular “Los actores políticos y la historiografía”, Caracas, Universidad Central de Venezuela, Doctorado de Ciencias Políticas, junio 1992.
6 A ese caudal de reflexión se refirieron precisamente las consideraciones preliminares del primer curso que escuché a Manuel García-Pelayo en la Escuela de Historia a fines de los años cincuenta. No vacilo en recordar aquellos viejos apuntes, complementados por mi propia preocupación por problemas que, hoy por hoy, como vamos a ver, pueden ser de inminente actualidad.
7 Hoy sería lícito pensar, a la luz de alguna concepción sistémica de la historia, que progreso o decadencia son relativos a las distintas áreas de la realidad histórica, porque un progreso técnico puede no estar acompañado de un progreso jurídico, y así en relación con todas las esferas de la realidad.
8 Puede verse al respecto la obra de Arthur Lovejoy y Franz Boas, Primitivism and Related Ideas in Antiquity, New York, Octagon Books, 1965, pp. 1-22.
9 Las recientes reflexiones que nuestro siglo tiene sobre el fin de la historia (Fukuyama) apuntan hacia el inmovilismo en una forma que invita a pensar en el modelo histórico-cultural del antiguo Egipto, repetidor de formas arquetípicas milenarias. El contexto histórico global del mundo actual, no obstante, lleno de influencias multiculturales, inquieto y pluridireccional, parece desmentirlo. Queda por ver, no obstante, cómo se resolverá en él, en lo venidero, la doble percepción de progreso y decadencia que simultáneamente, y en relación con los distintos ámbitos de la realidad, respira nuestra época.
10 Véanse M. C. D'Arcy, S. J., The Meaning and Matter of History, a Christian View, New York, Meridian Books, 1959; Urs Von Balrhasar, Teología de la Historia, Madrid, Guadarrama, 1959; Rudolf Sohm, Outlines of Church History, Boston, Beacon Press, 1958.
11 Es la concepción que se deriva de diversas obras expresivas de este pensamiento tradicional que, sin duda, fueron conocidas en la Venezuela de vísperas de la Independencia. Véanse, entre otros, Antonio Vila y Camps, El Vasallo instruido en las principales obligaciones que debe a su legitimo monarca, Madrid, Imp. de M. González, 1792; Joaquín Lorenzo Villanueva, Catecismo de Estado según los principios de la Religión, Madrid, Imp. Real, 1793; Antonio Xavier Pérez y López, Discurso sobre la honra y deshonra legal, Madrid, Blas Román, 1781; J. A. E. V, Et Reyno feliz. Sistema moral y político, y por prueba, la Religión, Madrid, Repullés, 1806.
12 Véanse Ernst Cassirer, Filosofía de la Ilustración, México, Fondo de Cultura Económica, 1943; Louis Villat, La révolution et l'Empire, París, Presses Universitaires de France, 1947; Graciela Soriano, “Sociedad civil e incivil en Venezuela”, en Vigencia hoy de Estado y Sociedad, Caracas, Fundación Manuel García-Pelayo, 1997.
13 Este tema fue objeto de un Seminario de investigación sobre “La disolución del orden civil en Venezuela durante la guerra de Independencia” en el post grado de Historia de la Universidad Católica Andrés Bello durante 1990.
14 Los títulos son, respectivamente, Memoriales sobre la Independencia, Caracas, Academia Nacional de la Historia, 1961; Memorias del Regente Heredia, Madrid, Editorial América, 1916; Recuerdos sobre la rebelión de Caracas, Caracas, Academia Nacional de la Historia, 1961; Memorias del Mariscal de Campo D. Juan Manuel de Cagigal sobre la Revolución de Venezuela, Madrid, Junta Superior de Archivos, 1960; Memorias de un militar: la guerra de América, París, Viuda de Bouret, s.f.
15 Respectivamente: Relación documentada de los principales sucesos ocurridos en Venezuela desde que se declaró Estado independiente hasta 1821, Caracas, Editorial Élite 1943; “Representación al Rey del 30 de julio de 1809” en BANH, xii, 52; Bosquejo de la Repolución en la América española, Caracas, x Conferencia Interamericana, 1953; Memorias del General Rafael Urdaneta, Madrid, Editorial América, s.f.; Bosquejo histórico de la revolución de Venezuela, Caracas, .Academia Nacional de la Historia, 1960.
16 Discurso de incorporación a la Academia de la Historia: Martínez Marina, historiador del Derecho, Madrid, 1991.
17 Véanse las obras de Simón Rodríguez, Las sociedades americanas, Caracas, Biblioteca Avacucho, 1986; Francisco Bilbao, El evangelio americano, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1988, y D. F. Sarmiento, Conflicto y armonía de las razas en América, Buenos Aires, 1883.
18 Es importante destacar el interés que tiene hurgar en la noción y el concepto de “despotismo” para entender muchos de los enigmas de las formas y comportamientos políticos hispanoamericanos en sus dificultades para asumir la autonomía moral y, por ende, la vida en Libertad. El seminario permanente sobre “Personalismos políticos hispanoamericanos del s. xix” que por décadas hemos coordinado en el Doctorado de Ciencias Políticas de la Universidad Central de Venezuela, ha insistido en la necesidad de especificar los significados de términos como “dictadura”, “tiranía” v “despotismo”, entre otros, en relación con este problema. Véanse los trabajos de Elena Plaza, La tragedia de una amarga convicción, Caracas, Universidad Central de Venezuela, 1996 y El último régimen del General José Antonio Páez Caracas, Universidad Central de Venezuela, 2001, elaborados en el clima de este seminarlo.
19 Resumen de la Historia de Venezuela, en colaboración con Ramón Díaz, París, Garnier, 1841.
20 Gobernante personalista y constitución son el binomio que preside la historia de las formas políticas hispanoamericanas de los siglos xix y xx. Salvo contadas excepciones (Rosas, Francia V Páez en su último régimen), son impensables el uno sin la otra.
21 Véase en el catálogo de la Academia Nacional de la Historia la lista de fuentes para el estudio de la Independencia publicadas entre 1960 y 1961.
22 Respectivamente Historia Constitucional de Venezuela, Caracas, Ministerio de Educación, 1953-1954; Vida de Bolívar, 1863; Historia Contemporánea de Venezuela, Caracas, Presidencia de la República, 1954.
23 Véase mi trabajo El personalismo político hispanoamericano del siglo xix. Proposiciones y criterios metodológicos para su estudio, Caracas, Monte Avila Editores, 1996.
24 Libertad y despotismo, Buenos Aires, Imán, 1942.
25 Entrevista concedida con ocasión de esta conferencia. Giacopini Zárraga es un caso interesante de la reflexión histórica presente. Es un pensador “ágrafo”, es decir, sin obra escrita que citar, lo cual no impide recurrir a él en la medida en que -dentro de una peculiar posición ideológica de tendencia autoritaria- posee una de las memorias más nutridas de la historia venezolana de los dos últimos siglos.
26 Declaraciones a El Universal. Octubre de 1999.
27 Entrevista concedida con ocasión de esta conferencia. Caracas, lunes 11-10-1999.
28 Ver nota 5.
29 En este sentido, las cimas son variables, según la ideología, partido, situación, inclinación ideológica que se tenga. Así por ejemplo, la posición democrática conservadora ve el punto culminante en los períodos de López y Medina; para simpatizantes y militantes de Acción Democrática puede ser el trienio o el 23-1; simpatizantes y militantes de AD y COPEI pueden compartir la cima de Punto Fijo. Conversación con Arturo Uslar Pietri del 4-10-1999; con Rafael Caldera el 11-10-1999.
30 Avala esta afirmación la presencia en la política venezolana de los últimos tiempos de algunos personajes cuya edad y “hoja de vida” permite vincularlos a algún ciclo histórico anterior.
31 En más de un seminario del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad Central de Venezuela, se realizaron estudios sobre el tema, muchos de cuyos resultados se recogieron, en su momento, en diferentes números de Politeia. Entre los resultados más notables, la tesis de Humberto Njaim sobre La corrupción, un problema de Estado, Caracas, Universidad Central de Venezuela, 1996. Véase también el minucioso trabajo de Ruth Capriles en Diccionario de la corrupción en Venezuela, Caracas, Consorcio de Ediciones Capriles, 1989-1992, 3 vols. Asimismo, mi trabajo “La virtud, el vicio, la corrupción y el despotismo”, en Revista de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas, N° 84, Caracas, Universidad Central de Venezuela, 1992.
32 Tirada interesante de los dados en una de las últimas “manos” de nuestro constante “juego de la oca” histórico. Curioso que ella se debiera, no a un político improvisado e irreflexivo, sino a una de nuestras cabezas políticas de mayor renombre intelectual.
33 Véase mi “Aproximación histórica a lo público y lo privado...” en Lo público y lo privado: redefinición de los ámbitos del Estado y de la sociedad, Caracas, Fundación Manuel García-Pelayo, 1996, pp. 44 y ss.
34 Una primera versión de este trabajo se elaboró en 1998 en el marco de las jornadas sobre el “V Centenario de Venezuela” coordinado por el Dr. Ramón J. Velásquez en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG). Fue publicada en folleto, de escasa difusión. Mi interés por el tema no se ha agotado allí, lo que me ha permitido enriquecer aquella primera versión hasta la redacción actual.
Auteur
-
Graciela Soriano
Universidad Central de Venezuela/
Fundación Manuel García Pelayo (Venezuela)
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