Friedrich Gerstaecker: “Tres días de carnaval en Lima” (1860)*
p. 169-186
Texte intégral
1Cuando el 8 de febrero hube yo regresado del interior de Lima, ya mis amigos me habían dicho: “Por causa del Carnaval, usted no puede realizar nada aquí. No encuentra usted a nadie en su casa, pues todo el que puede, huye de la ciudad, y tampoco hay que dejarse ver en las calles, porque uno es mojado en todas partes”.
2Tomé esto como una exageración, y más todavía cuando a las 10 de la mañana, todo parecía silencioso y tranquilo, lo que quiere decir que los ciudadanos proseguían su camino y sus actividades, normalmente y sin estorbo alguno. Yo mismo, como de costumbre, me levanté a eso de las seis, me di un baño y me dirigí luego a un café italiano de la vecindad, para tomar mi café. Al regreso, un caballero muy decentemente vestido, tocado con un sombrero de Panamá, iba junto a mi —mientras una dama de muy respetable edad y de cabellos blancos miraba desde una ventana de arriba—, y cuando el señor estaba justamente debajo, repentinamente se desbordó sobre él un medio balde de agua como una catarata, empujándole el sombrero. La dama desapareció inmediatamente de la ventana, con una graciosa sonrisa, y yo supuse que el maltratado terminaría por ponerse fuera de sí.
3Si esto hubiese ocurrido en Alemania, el damnificado habría anotado en todo caso el número de la casa, y presa de la mayor indignación, acudido a la policía. El señor del sombrero de Panamá no hizo nada semejante. Inclinó la cabeza hacia delante, de modo que el agua se le escurriese convenientemente de los bordes del sombrero; se sacudió en seguida y sin lanzar siquiera una mirada a la ventana, desde la cual lo habían saludado con agua, siguió tranquilamente su camino.
4Esto me inquietó un poco, y como se dice: “había que poner la barba en remojo”, ya que también podría espiarme a mí una distinguida matrona desde una ventana. Llegué, no obstante, seco a casa, mientras una multitud de damas se dirigía a la iglesia, en lo más alto de la ciudad, de suerte que lo acontecido podía ser un caso desafortunado sufrido por el caballero del sombrero de Panamá.
5Desde mi ventana podía yo divisar una gran parte de la calle, a uno y otro lado —no mostrándose al parecer mala intención en ninguna ventana—, permaneciendo todo tranquilo y sin novedad, en tanto los hombres continuaban sin riesgo su camino.
6A las cuatro fui nuevamente a comer, teniendo que atravesar varias calles. Las casas están dotadas, en su mayor parte, de pequeños balcones, los cuales pueden ser cerrados, unos por vidrieras y cortinas, y otros por movibles celosías de madera. En algunos de estos balcones, especialmente en los que estaban en la parte de sombra, vi algunas jóvenes damas, observando debajo de ellas sospechosas manchas de agua. Y como en Lima no llueve nunca, debió haberse vertido agua allí. Yo me había vuelto grandemente desconfiado, por lo que no despegaba el ojo de las damas, cosa de la que no tuve que arrepentirme, pues eran, en primer lugar, muy lindas, y luego, porque vi que una de ellas hizo un sospechoso movimiento con el brazo, que fue seguido inmediatamente por un baldazo excelente dedicado a mi persona. Yo soy, por demás bastante rápido de piernas, cosa a la que debo agradecer de haber podido escapar con felicidad de este baño que se me había reservado.
7Con temerosa precaución proseguí mi camino, evitando con miedo aquellos lugares en los que la mojada acera delataba desde lejos la presencia de bellas y maliciosas damas, al acecho. No pasó para mí inadvertida la llamativa provisión de huevos, que hoy parecía haber sido traída al mercado en cantidades desproporcionadas. En todas las esquinas había muchachos con canastas que vendían huevos, pregonándolos a “cuatro por un real”. En todos los mostradores de las pulperías había huevos en grandes cubos, así como en muchos cafés y hasta en las cigarrerías. Yo no podía comprender de dónde provenía tan de súbito esa gran cantidad, a no ser que hubiese arribado un cargamento de la China. Esto llegué a saberlo al día siguiente, pues ahora parecía la ciudad todavía relativamente tranquila. Así volví de nuevo a mi hotel a fin de escribir algunas cartas el próximo vapor.
8Al día siguiente, muy de mañana, todo estaba todavía seco en las calles, mas cuando, a eso de las doce, regresé de almorzar la situación era completamente distinta, y sumamente peculiar. Había comenzado el Carnaval y se había declarado una guerra abierta entre balcón y acera. Las hermosas damas mantenían ocupados los balcones, entre una cantidad de baldes bien llenos, mientras blandían vasos de hojalata provistos de asas, al acecho del enemigo y al mismo tiempo de la presa. En cuanto era posible, se ocultaban detrás de las celosías y de cortinas, a fin de no espantar a destiempo a los que, sin resentirlo, se acercaban. Se les hubiera podido comparar mejor con las arañas encogidas en sus nidos, si esta comparación no fuese tan fea para rostros tan lindos y juveniles, iluminados por la picara alegría y goce en el mal ajeno.
9Como ya lo averigüé, los huevos eran parte, en todo caso, de la fiesta y constituían la munición de los atacantes, y de vez en cuando también de los sitiados mismos. Eran huevos vacíos (cascarones), que habían sido cuidadosamente almacenados durante el año para estos días por las pastelerías; cascarones que los hombres escrupulosos llenaban con agua olorosa, los indiferentes, con agua pura, simplemente, y los aviesos, con agua de la acequia, los que eran lanzados, con destreza o torpeza, en todas direcciones. Una vez llenos, los huevos son tapados con pez y con cera, y estallan, como es natural, cuando, al ser lanzados, encuentran la menor resistencia.
10En todas partes había puestos para la venta de aguas perfumadas, parte en hermosos frasquitos, parte en botellas de cerveza, con la etiqueta “Eau de Lavande”, y también en las tiendas de la plaza y en las calles transversales. Afuera, en los arrabales, en su mayor parte habitados por negros, los vendedores sabían muy bien que nadie necesitaría “Eau de Lavande” ni que podrían expenderla.
11¡Y se inició la batalla! En las calles se deslizaban mozalbetes y hombres, teniendo bajo el brazo, bien sospechosas jeringas de zinc, bien iguales instrumentos de latón. Detrás de ellos, negrillos arrastrando grandes cubos de agua limpia. Otros llevando al brazo cestas con huevos; hombres a caballo hacían estallar en el pavimento sus canastas pletóricas de munición; y así comenzaba, aquí y allá, una pequeña lucha de ráfagas, que generalmente terminaba con un gran baldazo que desde algún balcón le caía a un inocente transeúnte, el cual era incorporado entusiastamente a las huestes revanchistas.
12Debo hacer notar ante todo, que tanto las damas como los sitiadores, estaban completamente preparados para la batalla. En las casas en que se va a jugar (como se le llama burlonamente a este diluvio), son totalmente evacuadas las habitaciones que dan a la calle. Se quitan espejos y cuadros y hasta los mismos muebles de calidad. Las damas se ponen trajes muy ligeros, que son nuevamente lavados y que nos se estropean fácilmente.
13También los hombres saben lo que se les espera, y van en busca del poncho o del sombrero más viejo, a fin de tener defensa contra la amenazadora tempestad. En la plaza se venden hasta sombreros ordinarios por cuatro reales cada uno. Es así como van a la batalla, igualmente protegidos para el combate, y sólo los “mirones”, “los neutrales”, pagan inocentemente su imprevisión y asumen el gasto de una nueva chaqueta con el consiguiente desagrado.
14Pero aún en este segundo día, casi todo se mantuvo dentro de sus límites. Incontables baldes de agua fueron vertidos, es cierto, sobre todos los que se ponían al alcance de la mojadura desde ventanas y balcones; volaron innumerables cascarones, unas veces dando en el blanco, y otras, fallando, dirigidos a las burlonas bellas de arriba, quienes protegían sus rostros, en lo posible, con sombrillas plegables o con abanicos, del golpe no siempre suave. El contenido se derramaba en sus faldas o el cascarón estallaba en las molduras de las ventanas o en el interior de los cuartos, contra las tapicerías. En algunos lugares se podía evitar el desenfreno. Había todavía calles por las que se podía llegar a las partes principales de la ciudad, teniendo cuidado de utilizar ya una acera o ya la otra. En los suburbios no se podía arriesgar, en realidad, tal cosa. En el tercero y último día, se daba rienda suelta a todos los horrores, y quien salía, podía estar completamente seguro de que nos llegaría a su casa sin ser empapado.
15Ese mismo día debía dirigirme a Chorrillos, balneario situado muy cerca de Lima, y donde se refugió la mayor parte de los tranquilos habitantes de Lima. Ya a eso de las seis, salí hacia la estación del ferrocarril, pues allí conduce una vía férrea; almorcé en la cercanía y logré pasar con felicidad. Alrededor de las once regresé, otra vez en primera clase, en un vagón protegido con ventanas, pues el tren atraviesa un trecho de los suburbios; y tuve el presentimiento de que en el vagón abierto de segunda clase, las cosas no pasarían tan tranquilamente. Y no me equivoqué.
16Cuando, a través de este barrio, llegamos nuevamente a Lima, el motorista encargado del manejo, hizo que el tren se deslizara lentamente, y una gritería y risas espantosas anunciaron que algo extraordinario ocurría delante del tren. Atravesamos luego a lo largo de una hilera de negras embadurnadas de rojo y de azul, completamente empapadas y enharinadas, quienes con sus baldes vacíos y sus caras sardónicas, se hallaban a ambos lados de la vía. Cuando descendí en la estación, vi la causa y el efecto de esta alegría en el triste y deplorable estado de los pasajeros varones del vagón. Jamás hubiera imaginado algo semejante.
17El primer vagón de segunda clase, completamente abierto en los lados —cajones largos e informes, con cerca de 32 pies de longitud y 9 de ancho—, lleno totalmente de pasajeros, fue el que recibió todo el ataque. Chorreando y empapados algunos con buenos trajes, bajaban y subían. El agua, además se había mezclado con el polvo del camino, por lo que acentuaba su deplorable aspecto. Dos de los pasajeros que intentaban expresar su cólera en palabras, fueron objeto de burla de los circunstantes. El vagón entero se había convertido realmente en una esponja, pues el agua se escurría afuera por los peldaños de fierro de la escalerilla.
18Este fue un buen comienzo; por felicidad, el largo muro de un convento me favoreció en un trecho de varias cuadras para llegar a la ciudad, y allí comencé a oponer a la más bella parte de la población una resistencia pasiva, utilizando diversas argucias para derivar la atención de los que habían ocupado mi camino, como era fingir un ataque, o también dando saldos a los lados para evitar los baldazos, en cuyo terreno había penetrado yo por fuerza. Sólo una vez fui realmente alcanzado, aunque muy suavemente, por un carcamal viejo y amarillento que me dio las espaldas y bajo cuyo balcón yo me sentí completamente seguro. Pero me espiaban bastante, y pude darme con una piedra en el pecho de no haber recibido todo el torrente, que hubiera sido suficiente para que un alano de tamaño medio se hubiese ahogado.
19Como era natural, no pude yo ir a mi casa por el cambio recto, sino que tuve que escoger las calles que me parecieron las menos peligrosas, a fin de llegar a ellas haciendo rodeos. Es casi como logré llegar a las proximidades de la Plaza, donde están las mejores cosas, y donde propiamente había más tranquilidad. Sin embargo, aquí se había luchado también, y yo me vi precisado a meterme pronto bajo los portales. Frente a mí estaba una atractiva muchacha en un balcón abierto, la que no parecía tomar parte alguna en el juego. Ella apoyaba el codo izquierdo en una balaustrada, y el rostro, ligeramente, en la doblada mano, ofreciendo una deliciosa visión. En estos días no se puede tener toda confianza en ella, y yo estaba considerando si debería osar ponerme de un salto ante ella, cuando un muchacho de quince años, saliendo de una de las calles y mirando a uno y otro lado, arrojó un cascarón a la bella. Mas él había apuntado tan mal, que fue a dar a dos pies debajo de ella, contra la pared del balcón, y él saltó riéndose a la calle.
20La muchacha apenas alzó la cabeza, pero su brazo derecho se extendió arrojando en el mismo momento un torrente de agua sobre el joven, en forma tal, que le hizo doblar el cuello. De todos los que contemplaban esta escena, sin exceptuarme a mí, se escapó, resonante, un brazo, pues todo había ocurrido con mucha gracia. La muchacha apenas se movió un poco, y sólo una ligera, triunfante sonrisa apareció en sus hermosos rasgos. Jamás había visto yo una figura más atractiva.
21Un poco más arriba se preparaba entre tanto otra escena distinta. Un mulato, con un paquete de bujías en la mano bajaba por la calle, la cabeza descubierta. Una de las casas junto a la Plaza, debía de ser un edificio público, pues dos soldados hacían allí la guardia. A un lado, arriba, un pequeño y estrecho balcón. Sobre éste se encontraba una negra alta, con un gran recipiente amarillo, de hojalata, que contenía quizás tres o cuatro botellas de agua. Como el mulato pasaba debajo del balcón, levantó ella el recipiente y trató de vaciarlo. Más, por torpeza, se le resbaló de la mano, dando sobre el mulato con todo su peso, y en forma tal contra su cabeza que éste cayó de rodillas. Esto hubiera matado a un blanco. Como es natural, el mulato se encolerizó, pues tal cosa puede ofender al hombre más bueno. Los presentes echaron a reír, empero, mientras la negra se disculpaba desde lo alto del balcón con muchas gesticulaciones: alegando haber sido una casualidad. El mulato continuó su camino, frotándose sólo la cabeza y mirándose los dedos con el temor de que estuvieran sangrando. Naturalmente, resultó, por añadidura, totalmente empapado.
22Una patrulla pasó por allí a caballo, pues como ocurre todos los años, el arrojar agua estaba también prohibido esta vez por la policía, la cual como es fácil de comprender, no se enteró en absoluto de ello, y un poco más lejos, un oficial de la patrulla recibió también un baldazo en la espalda, sin que siquiera volteara para mirar. Los soldados se rieron. Los que más mojados resultan, son los oficiales de estas patrullas.
23De la ventana de la casa en que almorzaba a mediodía, vi todavía otra variación de este juego. La acera del frente estaba completamente seca. Varias figuras de muchachas podía distinguir yo detrás de las corridas celosías. Un caballero de edad pasaba por debajo, justamente cuando algo se descolgó del balcón, haciendo un terrible ruido, quedó colgando a ras de su cabeza. El bueno hombre, que se imaginó que todo el balcón se precipitaba sobre él, anduvo, la cabeza entre los hombres, perdió el sombrero, dio un elástico salto hasta la calle, mientras en torno suyo gritaban de alegría. Se trataba de un saco lleno de fragmentos de porcelana, hojalata, vidrio y fierros, el cual estaba amarrado al balcón por una segura cuerda, y, colgando a siete u ocho pies de altura sobre la calle, era arrojado hacia abajo. Como es natural, toda esta mecánica hacía un ruido infernal en cuanto era súbitamente detenido el saco en su caída; y mientras el saco era nuevamente levado para otra víctima, el damnificado retrocedía avergonzado en pos de su sombrero, a fin de levantarlo. De todos modos recibía nuevamente medio balde agua, que con seguridad mortal le era vertido.
24A las cinco, estaba yo bastante seco felizmente, de nuevo en mi habitación, habiendo decidido no volver a salir ese día, y pasar el resto del día en seguridad. Empujé mi mecedora hasta el balcón, encendí un cigarro y me puse a contemplar la calle, por la que pasaba en ese instante el grupo más extraordinario. Hasta ahora no había visto máscaras sino pocas veces, aunque algunas de las damas —bien es cierto que no las más lindas—, llevaban máscaras, a fin de no ser alcanzadas por los cascarones en plena rostro. Ahora desfilaba una comitiva de enmascaradas calle abajo, y en verdad era nadie menos que Garibaldi con su Estado Mayor, teniendo a caballo la tricolor bandera italiana. Llevaba sombrero con plumas y blusa tal como lo retrató el viejo Haudegen, pistola al cinto y sable al costado. En el brazo izquierdo, en todo caso, un canastillo con cascarones, de los cuales llevaban una considerable cantidad sus oficiales (algunos de ellos debían haber sido tostados por el sol en el cuello, o era negros).
25Frente a mí se alzaba una elegante casa, en que habitaban dos lindas. Una de ellas podía tener veinte o veintidós años, y la otra tendría diecisiete. Durante estos tres días aún no se había vertido de la casa ni una sola gota de agua. Las muchachas estaban muy gentilmente vestidas en la ventana, y la gruesa mamá, en vestido casero, amarillo, junto a ellas. Un joven pasó por allí —era en todo caso un conocido—, y saludó a las de arriba. Las muchachas se entretuvieron con él y debieron haberlo invitado, pues ingresó luego a la casa, habiéndolo visto yo algunos minutos después en la habitación de arriba, cuya ancha ventana estaba abierta de par en par, el sombrero al brazo, muy correctamente sentado. Una negrita joven trajo inmediatamente después una botella de cerveza inglesa, viéndose él obligado a beber lo que hizo inclinándose graciosamente. Él estaba muy elegantemente vestido, y en todo caso pertenecía a la mejor sociedad. Estaban sentados juntos, con gran compostura, cuando se puso de pie lentamente la mayor de las hermanas, atravesó el cuarto y vertió sobre la cabeza del atildado jovenzuelo un recipiente lleno de agua.
26Pocos minutos después, allí arriba todo estaba trastornado. El joven camarada, por mucho que pareciese de madera, al principio, no resultó de ninguna manera torpe en este juego, pues en cosa de un instante, se apoderó del recipiente de hojalata, descubrió detrás de la puerta el oculto cubo lleno de agua, y comenzó a echar baldazos a diestra y siniestra, hasta que pudo cubrir su retirada. Ciertamente, recibió medio balde de agua, cuando descendió por la escalera de la casa y estando cerca un vendedor de cascarones, y “mojado súbitamente”, comenzó entonces un ataque, por su parte. Se encontraban, además, algunos amigos y empezó a volar hacia arriba un verdadero tiroteo en pos de la abierta ventana, desde la que se defendían valientemente las damas con sombrillas plegables jarra en mano.
27En eso regresó Garibaldi con su cortejo, habiéndole caído en el sombrero certerísimo jarrazo de agua. Acto seguido, el grupo hizo frente común contra la casa. Atravesaba por allí un coche abierto, en el que cuatro jóvenes estaban sentados al lado de una gigantesca canasta de cascarones. El coche se detuvo, a fin de prestar apoyo al ataque general produciéndose una verdadera lluvia de cascarones contra la ventana. Llovían de todas partes, en todas direcciones, klatch, klatch, y llegaban hasta el interior del cuarto, contra las colgaduras, klatch, contra las cornisas de la ventana, habiendo alcanzado el blanco veinte o treinta en el mismo minuto, de suerte que las bellas sitiadas fueron bien empapadas. Esto resultó a ellas una dura experiencia pues estoy convencido de que en menos de cinco minutos fueron arrojados contra ellas como veinte docenas de cascarones. Ingresaron por eso al cuarto y lo cerraron, así como los compartimientos interiores, dejando los vidrios de las ventanas abandonadas a los cascaronazos, con lo que se retiraron del combate, a fin de dejar pasar sólo esta vez la peor acometida.
28Garibaldi se escurrió de allí con su comitiva, en busca de nuevas aventuras, siguiéndole el coche de punto, mas los muchachos se mantuvieron firmes y hasta llegaron a decidir tomar el fuerte mediante el audaz y alegre golpe de mano. Una de las escaleras, aquélla con la que encendían de noche las linternas, se encontraba cerca de ellos. La tomaron inmediatamente, salieron con ella hacia la calle, la apoyaron contra el balcón y uno de los jóvenes se dispuso a subir. Desde la ventana, fue visto él a través del postigo medio abierto, aunque no fuera descubierta su traicionera intención. No bien estaba ya a mitad de la escalera, cuando la ventana volvió a abrirse, dando paso a un balde lleno de agua que castigó la audacia del invasor. Más como ya “estaba empapado”, se mantuvo firme hasta que el baldazo se le vino encima, habiendo ganado el balcón inmediatamente después.
29Fue entonces que los demás se acordaron en todo caso de la puerta del balcón, pero... demasiado tarde. Antes que ella hubiera podido cerrarse, el vencedor ya había puesto un pie adentro, y su grito de auxilio atrajo rápidamente a los compañeros. Siguieron tres más, aunque no con la misma agilidad, la mampara fue forzada, haciendo los rotos vidrios un ruido tremendo —pero ¡qué importa en Carnaval un par de vidrios! Y la fortaleza fue tomada, más las sitiadas no se rindieron tan pronto. Casi medio minuto permanecieron ellas ocultas detrás de la pared, de modo que yo no podía verlas. Muy poco después vino a deshacerse la madeja. Las dos jovencitas, la gorda vieja y los tres muchachos estaban delante de la ventana, todas mojadas hasta los huesos, pintadas las caras con bermellón sin inmutarse, y con colores chocantes que se habían aplicado ellas mutuamente. El grupo hacía una vocinglera algarabía, no habiendo yo visto nunca una escena más plena de alegría y enajenamiento.
30En estos días parecía que toda la ciudad había sido dominada por una semejante y salvaje vida desbocada. Al anochecer, se organizaron tropas de jinetes, los que lanzaban verdaderos diluvios de cascarones a las casas y a las cabezas de las hermosas que se asomaban. No había en toda la calle un solo hombres que estuviera seco, —y muchos corrían por doquier pintados de rojo, verde y amarillo. Debajo de muchos balcones había montones de cáscaras de huevo, y se escuchaban en cada esquina gritos de alegría y bulliciosas risotadas. Entretanto, pasaban lentamente a caballo las patrullas enviadas por la policía, con el objeto de impedir las mojaduras, aunque haciéndose mojar y participando también en la furiosa alegría.
31Sólo cuando reinó completa oscuridad, cesó el “juego”, o quizá sí lo continuaron en los arrabales los negros y los cholos (descendientes de indios y blancos). Mas en las calles centrales, ya no se echó más agua. Además, parecía que entre los combatientes se hubiesen establecido tácitas leyes: “ningún hombre debe echar agua en la calle”, por ejemplo. Cada uno debía tener consigo una potente jeringa, cuyo chorro sería dirigido donde quisiera, a condición de que no se usase agua de las acequias de las calles, que arrastran toda clase de inmundicias, pero no se debía buscar amparo detrás de las ventanas ni protegerse poniéndose bajo el balcón de las casas. A las damas, en cambio, todo les estaba permitido, y si alguien les hacía una broma pesada, encontraban la mejor manera de darle respuesta. Por eso son asaltados los balcones y las casas muy frecuentemente, y proteja Dios a las pobres mujeres, a las que se les devuelve con intereses, en el interior, los baldazos de agua. Las mamparas de las habitaciones que dan sobre la calle, llevan toda la huella de los cascarones lanzados contra ellas. ¡Qué significa una mampara o un cortinaje!
32Como es natural, en estos días no se dejan ver las mujeres en la calle. Eso sólo sucede muy de mañana, cuando van a la misa, pues luego son cuidadas.
33En estas tres noches, hubo, no obstante, bailes de máscaras en los teatros. Los enmascarados se deslizaban ya al anochecer en los cafés de la vecindad, sin ostentar mayores atractivos. Eran máscaras ordinarias, inexpresivas, pues el sudamericano, que bien podría mostrar su humor sin freno alguno en momentos de desenfreno, no tiene para ellas ingenio siendo la fineza del juego de máscaras un terreno desconocido para él. Ellos corren de un lado para otros con fingidas, finas y elevadas voces, y... bueno, esto es todo. Por lo demás, reinaba completa libertad de máscaras, y es siempre bienvenido, el disfraz de hermoso español antiguo o de turco, previo pago de su boleto de ingreso.
34Yo vivía justamente al frente del teatro, y la salvaje agitación se desarrollaba toda la noche delante de mi ventana. El alegre discurrir de los hombres en disfraz y de los espectadores, hacía un maravilloso contraste con las patrullas de caballería, cuyos soldados, con la carabina cargada en la mano, se mantenían a veces horas enteras delante del teatro, mientras sus caballos golpeaban ruidosamente el pavimento con sus herrajes.
35No se produjo el menor exceso; pero la fuerza armada se mantuvo alerta los tres días con sus noches, pues el general Castilla ha adquirido muy amargas experiencias con los ciudadanos peruanos, como para que no se confíe mucho en ellos.
36Al día siguiente fue miércoles de ceniza, con lo que terminó todo el barullo. En todas las iglesias se emitían aislados toques de campana llamando a la oración, y las bellas piadosas (parece que aquí van sólo las mujeres a la iglesia), se apresuraban a ir a misa, algunas con una cruz de ceniza en la frente, en medio de unos ojos que todavía brillaban hasta ayer traviesamente. Cuando yo me desperté, por lo demás, muy de mañana, escuché todavía los restos de la bacanal. En un café que se encontraba al frente, aún se maltrataba un piano y para acompañar a un sujeto que cantaba con voz ronca y trasnochada un cierto couplé, una multitud de invisibles asistentes gritaba y aplaudía frenéticamente.
37Ya salí a la ventana. Era un contraste maravilloso el de este licencioso jaleo de toda la noche en la taberna del italiano, con el silencioso feriado de la calle, con las piadosas mujeres vestidas de negro, que iban a la iglesia, con los aislados toques de campana y el límpido sol de la mañana. Sin quererlo, pensó en aquella escena de “Roberto el Diablo” , en la que, exteriormente, está la cruz en las cercanías del Aria del Perdón, y dentro, en las proximidades del infierno, los diablos tienen un banquete y parecen divertirse grandemente.
38Al mediodía del miércoles de ceniza ya queda severamente prohibido el juego del carnaval, y un hombre decente no lo haría aún sin prohibición sólo para no estorbar a los que concurren a la iglesia. La policía es aquí de lo más tolerante que uno puede imaginarse. Parece ocupar para el Estado las diversas esquinas, y es llamada seriamente —como es natural, siempre demasiado tarde— cuando una revolución amenaza la seguridad del Estado (esto es, del Presidente).
39Por muy inocente que parezca desenvolverse el carnaval en Lima, no puede, con todo, terminar sin sangre. Como se me ha asegurado, cada año ocurren algunos casos fatales. En uno de los suburbios, una indígena compraba carne, en la mañana del tercer día, y se encontraba ocupada en cortar un trozo, cuando un mulato le arrojó por la espalda un cubo de agua en la cabeza. La chola se encontraba de mal humor esa mañana, pues sin voltearse siquiera, le clavó al mulato un cuchillo en el cuerpo, el cual murió pocos minutos después.
40También habrían ocurrido semejantes hechos en el Callao, aunque nada concreto se sabe sobre esto. Se cuenta más de lo que sucede.
41Al mediodía del miércoles de ceniza, el carnaval es completamente concluido y aquellos que ayer no más se habían divertido endiabladamente y que habían bailado hasta cerca de la madrugada, pasaban ahora con la cruz de ceniza pintada sobre la frente, rumbo a la iglesia, para orar, contritos, ante su Dios. A veces los excita quizás aún un extraño y pecaminoso pensamiento, en lo hondo de su corazón y de su mente —el recuerdo de los últimos días de gran expansión—, mas el canto del coro y los repiques de las campanas lo atolondran y lo aplacan, y el terrible tiempo de disipación ha terminado.
42También, afuera, en la calle, sucede todo lo necesario para extirpar las últimas huellas de esta maravillosa fiesta. Las cáscaras de huevos son barridas de los balcones y de las calles, pero en los balcones, están extendidos, no obstante, las ropas de mujer mojadas ayer. También han desaparecido los vendedores del “Eau de Lavande” en botellas de cerveza; y la ciudad ha recobrado su tranquila e inocente expresión.
43Sólo los que caminan por la calle no han olvidado todavía completamente los últimos días, y más de una mirada recelosa se clava involuntariamente en un balcón o en una ventana, en la que quizá vio moverse una figura. Pero no vuelve a caer ni una sola gota profana. En todas partes se estaba seguro.
44Cuántos huevos fueron arrojados en esos tres días, es cosa muy difícil de calcular. Tres jóvenes conocidos míos me aseguraron que lo que ellos habían utilizado en los tres días, oscilaba entre mil y mil quinientos. Si se considera solamente que en el primer día se vendían a cuatro, luego a cinco y finalmente a seis por un real, o lo que es lo mismo como máximo cuarenta y ocho a cincuenta por un dólar, puede uno entonces imaginar qué capital se ha arrojado al aire en ese corto tiempo, —sin tomarse en cuenta el “Eau de Lavande”.
Notes de bas de page
* En Estuardo Núñez, Cuatro viajeros alemanes en el Perú. Relaciones desconocidas. UNMSM, Lima, 1969, pp. 277-292. Originalmente titulado 18 Monates in Süd-Amerika (18 meses en América del Sur), y publicado en Berlín, Verlag Neufeld & Henius.
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