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    Plan détaillé Texte intégral 1. La misión de Miguel Cabello Balboa 2. La intervención de fray Alonso de Espinosa 3. La actuación de la Real Audiencia de Quito Notes de bas de page

    El negro en la Real Audiencia de Quito (Ecuador)

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    Table des matières

    Capítulo 2. La “tiranía de los negros y mulatos” en Esmeraldas

    p. 29-119

    Texte intégral 1. La misión de Miguel Cabello Balboa 1.1. El contexto 1.2. La “tiranía” del negro Alonso de Illescas La “entrada” de negros de 1553 - Toma del poder por Alonso de Illescas Enfrentamiento con los españoles 1.3. Las ambigüedades de Alonso de Illescas De enemigo a aliado La misión de Miguel Cabello Balboa Nuevas expediciones 2. La intervención de fray Alonso de Espinosa 2.1. Antecedentes 2.2. La solicitud del fraile 2.3. El sometimiento de Juan Mangache 2.4. Los desmanes del trinitario 3. La actuación de la Real Audiencia de Quito 3.1. Los intentos de control de los virreyes - El caso de Rodrigo Díaz de Ribadeneyra. - La fundación del pueblo de San Maleo de las Esmeraldas 3.2. La actuación del doctor Barrio de Sepúlveda - La sumisión de don Francisco de Arobe y de don Alonso Sebastián de illescas - El papel del licenciado Rodrigo de Aguiar y Acuña 3.3. La gestión del presidente Miguel de Ibarra 3.4. La “representación” de Martín de Fuica 3.5. Otras expediciones y otros proyectos - El camino del río Santiago y el temor a los “mulatos” El camino del río Mira y la evolución de los “muíalos” - El regreso al camino de Esmeraldas - El camino de Pedro Vicente Maldonado Notes de bas de page

    Texte intégral

    1Mucho se ha hablado de la dominación negra en la provincia de Esmeraldas1. En los últimos años del siglo xix, Federico González Suárez le dedicó unas líneas en su imponente Historia General2. Desde entonces no faltaron las referencias en la historiografía ecuatoriana e internacional3. Pero fue necesario esperar la segunda mitad del siglo xx para que los estudios se hicieran más precisos, con el capítulo dedicado por John Leddy Phelan en su monografía The Kingdom of Quito in the Seventeenth Century (1967)4, el artículo de José Al-cina Franch “El problema de las poblaciones negroides de Esmeraldas, Ecuador” (1974)5 y el estudio del padre Rafael Savoia, “El negro Alonso de Illescas y sus descendientes (entre 1553-1867)” (1988)6. En los umbrales del siglo xxi salió el libro de Rocío Rueda Novoa, Zambaje y autonomía. Historia de la gente negra de la provincia de Esmeraldas (2001)7 de contenido difícilmente superable. En estas líneas nuestro propósito consistirá principalmente en intentar valorizar, en la medida de lo posible, la evolución de las mentalidades a través de las referencias a la actuación de Alonso de Illescas y de sus descendientes, quienes supieron resistir de varias maneras a los intentos de control de parte de la sociedad dominante8.

    1. La misión de Miguel Cabello Balboa

    1.1. El contexto

    2Sabemos muy poco sobre el sacerdote Miguel Cabello Balboa a quien debemos gran parte de los conocimientos relacionados al personaje de Alonso de Illescas, presentados en Verdadera descripción y relación de la provincia y tierra de Esmeraldas, contenida desde el Cabo llamado de Pasao hasta la Bahía de la Buenaventura9, publicado en 1583 y dedicado al presidente de la Real Audiencia de Charcas, a quien conoció el autor cuando se desempeñaba de cura en el pueblo de San Juan del valle de Ica, en el Perú10, Nacido en Archidona, provincia de Málaga, entre 1530 y 1535, era sobrino nieto de Vasco Núñez de Balboa, descubridor del océano Pacífico. Después de participar en las guerras de Flandes, pasó a las Indias occidentales en 1566. De Cartagena o Santa Marta se trasladó a Santa Fe de Bogotá, donde conoció al conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada, con quien dio rienda suelta a su pasión por los orígenes de los indios, según confesó en la introducción de otra obra suya11. Merced a este “hombre docto y leído”, se conectó con un franciscano, fray Juan de Orozco, quien pensaba que los antepasados de los indios se separaron de los “demás nietos y bisnietos de Noé, en el tiempo y coyuntura que en Babilonia les sobrevino a los presuntuosos hombres, el castigo y confusión de las lenguas”. A la sazón era muy de moda hacer remontar los indios a tribus bíblicas12. Según Carlos A. Ribadeneyra no se sabe cuándo recibió las órdenes sagradas, aunque F. González Suárez afirma que se las dio en 1571 el obispo de Quito, fray Pedro de Peña, con quien precisamente organizó años después su misión a Esmeraldas. En 1576, tuvo la oportunidad de presentarle a fray Pedro de Peña el resultado de sus cavilaciones, según las cuales los indígenas de América serían los hijos del patriarca Ophir, nacidos después de su llegada a la India oriental. El prelado –aseveró Cabello Balboa– no se mostró insensible a semejante teoría, dado que no faltaban las islas entre la India oriental y el Nuevo Mundo, animándole a que buscase razones para corroborar esta opinión. Pero se mostró más interesado por otras cualidades, quizá suscitadas por la historia familiar y personal de Cabello Balboa, a saber su entusiasmo y su valentía, confiándole la tarea de trabar relaciones con el misterioso y poderoso negro que se había impuesto a los indios de Esmeraldas, en compañía de un diácono, Juan de Cáceres Patiño, quien también se había desempeñado en el oficio de las armas antes de recibir las primeras órdenes13.

    3La tierra, llamada después “Esmeraldas”, recuerda con énfasis M. Cabello Balboa, fue en 1527 la primera que pisaron los conquistadores del futuro virreinato del Perú. Salió tuerto Diego de Almagro de sus enfrentamientos con los indios que ya manifestaban su carácter indómito. Notemos de paso que la evocación de tales acontecimientos no carece de interés, por valorizar el éxito del negro Alonso de Illescas cuando se trató para él de dominar a los naturales14. A decir la verdad, insistió el cronista, no consiguieron los peninsulares mantenerse en estas regiones por varios motivos, como las discordias que se manifestaron en Compostela, el pueblo fundado por Juan de Ladrillero por comisión de Pascual de Andagoya entre los ríos San Juan y Pati, o como las guerras civiles que les obligaron a los capitanes Garcilaso de la Vega y Peña a abandonar la bahía de San Mateo que tanta importancia cobraría en la historia de la formación de la provincia. Tampoco logró aplicar más tarde sus derechos Andrés Contero, vecino de la ciudad de Guayaquil, como gobernador de ella.

    4Una relación destinada al virrey Francisco de Toledo, que había desembarcado en Manta para dirigirse a Lima por vía de tierra el 2 de septiembre de 1569, presenta unos datos en cuanto a este personaje. A principios de 1568, el licenciado Lope García de Castro, gobernador del Perú, envió una comisión al capitán Andrés Contero, corregidor de Guayaquil y “pacificador” de la provincia de los Quijos, para “pacificar y poblar” la de Esmeraldas con el título de gobernador. Interrumpiéronse los preparativos debido a las pretensiones de otro vecino de Guayaquil, Alvaro de Figueroa, quien reivindicaba el título por habérselo concedido la Audiencia de Quito. En agosto acabó por renunciar Figueroa, así que pudo salir Contero en octubre con cuarenta soldados15. El autor del texto, quien sería, según Marcos Jiménez de la Espada, el propio yerno de Contero, Martín de Carranza, cuenta las tribulaciones de la expedición que no evocaremos aquí por no hacer al caso. Sólo diremos que Contero mandó a su yerno en febrero de 1569 a pacificar la costa en los alrededores de Puerto Viejo16. Pero este corto texto no añade más al respecto, aunque trata rápidamente de los indios pidis y del río Atacames con quienes estaba relacionado Alonso de Illescas 17.

    5Según los títulos otorgados, precisa Cabello Balboa, la jurisdicción de Contero cubría el espacio que corría desde el Cabo Pasado (Pasao) hasta la bahía del Puerto de la Buenaventura, otro lugar de importancia para la empresa de Francisco Pizarro y de sus compañeros. Se le dio su nombre por la presencia de las famosas piedras preciosas que el cronista, que se las daba de hombre culto, ponderó como “tan buenas y de tantos quilates como las viejas de Alejandría o las que gozaba Etiopía”. Según sus informaciones, porque ni siquiera vio una, se hallaban más precisamente en las tierras de los ríos de Jama y Coaque, en las sierras de Campas18. A esto se añadía el oro de “muy soberbias minas” de cuya abundancia daban constancia los numerosos adornos que llevaban los indígenas en las orejas, las narices, los cuellos, las muñecas, las piernas y las gargantas de los pies. Unos de ellos pesaba hasta treinta pesos de oro, estipula con una codicia que le resulta difícil ocultar y que se manifestaría luego varias veces en su relato por mucho que dijera19.

    6No fue ninguna casualidad si los conquistadores tomaron tierra en la bahía de San Mateo20 que les brindaba un seguro puerto por unas costas de navegación particularmente peligrosa, dada la violencia de los vientos hacia el sur muy a menudo evocados en el relato21. La naturaleza, fértil y sana, fue, a modo de ver de Cabello Balboa22, una de las primeras razones que les incitaron a los negros naufragados en 1553 a instalarse en esta región, “pues siempre han residido y residen en su distancia”, lo cual no es muy seguro ya que, si nos atenemos a las empresas referidas, la gente de Alonso de lllescas se refugió más adentro, en lugares difíciles de acceso en una selva muy tupida que sólo se podía alcanzar por un sistema complejo de esteros.

    7Fuera lo que fuera, ello no quitaba que la bahía presentaba un interés estratégico en que hizo énfasis Cabello Balboa en la dedicatoria al presidente de la Real Audiencia de Charcas. Este sería el sitio más adecuado para el arranque del camino a Quito y Popayán que se planeaba trazar para fomentar los intercambios con Panamá, de donde venían los tan anhelados géneros de Castilla y adonde se podría dirigir con más facilidad los productos agrícolas de dichas regiones. Se abandonaría entonces “aquel camino monstruoso de la Buenaventura irónicamente así llamado”, que pasaba por el río San Juan de la Buenaventura en el sur del Chocó colombiano actual. Incluso, a fuer de arbitrista, imaginó el autor la construcción en bahía tan hospitalaria de un astillero que utilizase la buena madera abundante tierra adentro. Atraídos por estas actividades, la presencia de ricas minas de oro y de esmeraldas y la fácil pesquería de perlas, instalarían los españoles prósperos comercios. El lector de esta evocación prospectiva ya adivina adonde iría a parar la misión confiada al sacerdote: no se concretarían tales planes sin la reducción del indómito esclavo que había conseguido dominar buena parte de la región por donde había de pasar el futuro camino.

    8Se trataba también de “pacificar” esta provincia por otro motivo: se temía una posible alianza entre la gente de Alonso de Illescas y los piratas ingleses que recorrían las costas, al acecho de los galeones de plata. Urgía impedir que la bahía y su tierra se transformasen en “acogimiento y cueva de ladrones y malos cristianos”. Allí tendrían “un refugio como los erizos en las piedras”. Precisamente se interrumpió la preparación de la conquista de Esmeraldas en febrero de 1579 en parte por las empresas de Francis Drake que llegó a amenazar el puerto del Callao a principios del mes, como refiere el relato en el capítulo quince23.

    9Claro que no se puede pasar por alto la justificación religiosa de la pacificación: no se olvidó el sacerdote de esmaltar sus renglones de referencias recurrentes a la acción diabólica de Alonso de Illescas, cuyo comportamiento monstruoso era una ofensa a Dios. Ya no se podía tolerar que siguiera estorbando la evangelización de los indios sometidos por el terror a su yugo: “... y la mayor [razón] es que se le quitaría a la singular fiera el pasto de aquellas bastizadas ánimas que allí residen, a quien la infernal boca está amenazando”. De ningún modo le molestó al sacerdote la contradicción que no deja de surgir en su relato entre tales alusiones y la evocación de la benevolencia del “negro” –así suele calificarle por antonomasia– frente a la religión cristiana. No olvidemos en efecto que la mentalidad popular todavía no había abandonado los bien arraigados esquemas medievales según los cuales el demonio solía representarse con la tez y las facciones de un “etíope”24.

    1.2. La “tiranía” del negro Alonso de Illescas

    10El relato insiste pesadamente en la crueldad de Alonso de Illescas, el “negro”, quien se mostraba “odioso” para con los indios que no se doblegaban ante su sed de poder. Adoptando el vocabulario de la época, que aparece por ejemplo en las crónicas de las guerras civiles entre españoles que siguieron la conquista25, le calificó de “tirano cruel” en las primeras líneas del capítulo sexto, para dar a entender que, según el sentido que da a la palabra el diccionario de Covarrubias, se apoderó por “fuerza y maña', “sin razón ni derecho”, de los naturales y de su territorio26.

    La “entrada” de negros de 1553

    11La historia del negro Alonso es una auténtica odisea de la que se aprovechó Cabello Balboa para dar un giro ameno a su escrito. Lo que sí admitiremos hoy en día es que la vivencia del personaje no pudo menos de dejar en su psique una huella imborrable, lo cual explicaría en gran parte su actitud. Se entiende que, después de sufrir durante años de su condición servil en la península y de ser vendido para el Nuevo Mundo, no estaba nada dispuesto a someterse de nuevo a los representantes de la sociedad que le redujo a semejante estado, cuando podía seguir disfrutando de la libertad en un entorno no tan diferente de su tierra. Su libertad dependía pues de sus capacidades de imponerse a los indígenas.

    12Alonso, afirma el sacerdote, era oriundo de Cabo Verde. Permítasenos poner en duda afirmación tan precisa, por ser más bien el archipiélago luso un lugar de agrupamiento de esclavos raptados por la costa occidental de Africa. Era más probable que el joven fuera llevado de allí a las islas por los negreros. Su conocimiento de este litoral donde extensas lagunas se interponen entre playas arenosas y exhuberantes selvas húmedas explicaría en gran parte su habilidad en moverse por los esteros y los bosques de la provincia de Esmeraldas, en condiciones climáticas igualmente muy parecidas27. No era nada imposible que el joven “Alonso” –su nombre debía ser más bien bañol, berbesí, bioho, bran, etc.– fuera uno de esos jóvenes campesinos que se transformaban en briosos guerreros durante los enfrentamientos tribales suscitados posiblemente por las mañas de los factores portugueses. Llegaría a Sevilla, directamente o pasando por Lagos con motivo de los intensos intercambios existentes entre el puerto luso y la ciudad hispalense, a una edad que sólo podía girar alrededor de los dieciocho años. Según parece, se le dio primero el nombre de “Enrique”, quizá en honor al infante don Enrique el Navegante, el patrón de la expansión marítima por las costas africanas, y luego el de “Alonso”, que correspondía al santo del mercader que le compró y le hizo confirmar. En la capital del Betis, donde se quedó hasta los veinticinco años, consiguió hacerse ladino28, lo cual le permitiría luego conversar con mucha soltura con Cabello Balboa, adquirir ciertos conocimientos en el manejo de las armas y en música que manifestó tocando guitarra y cantando en los dos encuentros con los españoles29, adherir en parte a la religión de sus dueños, por la cual no dejó de expresar su respeto en las mismas ocasiones, y ... conocer la doblez de los blancos. Al fin y al cabo no era ningún “bozal”, y extrañaría algo que su dueño se hubiera separado de él para mandarle al Nuevo Mundo sin algún grave motivo: necesidad financiera, aunque la condición del mercader incita a descartar tal posibilidad, o carácter díscolo o reacio del siervo, hipótesis que encajaría mejor con su genio tal como lo esboza Cabello Balboa.

    13Si bien siguió Alonso la clásica ruta del esclavo desde Sevilla a Panamá, pasando por los puertos de Cartagena de Indias en el Nuevo Reino de Granada y de Portobelo en Tierra Firme, no lo hizo en los terribles galeones negreros que llegaban de Africa. Por cierto la aplicación de las Nuevas Leyes de 1542-1543 no tardó en favorecer el comercio negrero hacia la capital del virreinato del Perú; sin embargo todavía no habían surgido estas poderosas casas dirigidas por conversos de origen portugués que lo institucionalizaron un siglo después, como Manuel Bautista Pérez30. El traslado del esclavo Alonso se hizo en un barco de los más comunes que se dedicaba periódicamente a la carrera del Pacífico, con pequeños lotes de esclavos entre diversos “géneros de Castilla”. En este caso pertenecía al mismo Alonso de Illescas, asevera Cabello Balboa. La salida de Panamá hacia la Ciudad de Los Reyes tuvo lugar en el mes de octubre de 1553, época más favorable para el tráfico marítimo que siempre resultaba trabajoso31. Y no faltaron las dificultades, teniendo que bregar el navio contra mares y vientos. Buscó refugio en la ensenada del río Portete, al sur de la bahía de San Mateo, para que la tripulación y los viajeros pudiesen descansar algo y buscar víveres frescos y agua potable con la ayuda de 17 negros y 6 negras. En esto reanudó el temporal que tiró el barco a los arrecifes. Los siervos aprovecharon la oportunidad huyendo al monte, sin que les persiguiesen los marineros y los pasajeros, quienes prefirieron ponerse en camino hacia la población más próxima, es decir Manta, por arenales totalmente inhospitalarios, muriendo casi todos de hambre y de sed32.

    14Lo que les salvó a los negros sin duda alguna fue el que escogieron el camino opuesto por no amedrentarles la selva: en ella podían protegerse de una posible persecución, contando quizá, por lo menos algunos de ellos, con un buen conocimiento de semejante entorno, y seguramente con la impericia de los españoles. Es el momento de evocar la descripción suministrada por el cronista tanto de la costa como de tierra adentro. A cuatro o cinco leguas de la bahía de San Mateo desemboca el río Atacames (“Tacames” en el texto), extendiéndose en tortuosos e intricados esteros cubiertos por espesos manglares. Alude varias veces Cabello Balboa a la gran soltura de los negros para circular por estos lugares que constituyeron una protección natural, como lo fueron las lagunas del litoral africano frente a las expediciones negreras. En cambio no intentaron instalarse en las vegas anegadizas del río Portete, al sur del Atacames. En la sierra se aprovecharon de la abundancia de las frutas, la cual justificó en parte a no caber duda su política de expansión de la que trataremos a continuación33. Aunque se vieron obligados a detenerse en los límites del territorio de los belicosos campaces34, que practicaban un sistema político muy cercano a la anarquía, es de suponer que, en tierras próximas, gozaron de las mismas ventajas que las existentes en los dominios de dichos indios:

    Hay mucha caza, ansi venados como puercos de Castilla, procedidos de los que se han quedado perdidos de nuestros españoles que allí han entrado; hay muchos géneros de aves, como son pavas, pujíes, perdices, gallinas de Guinea, palomas y otras infinitas; hay muchas frutas y estremadas y gran suma de platanales, criados con mucho cuidado; hay yucas de que hacen pan para comer y vino que beben; finalmente en caso de fertilidad y abundancia, no creo le hace ventaja ninguna Provincia de las Indias35...

    15Pero volvamos al principio. Valiéndose pues de las armas sacadas del barco, se adentraron los fugitivos en la tierra. Llegaron a la población de Pidi36 cuyos hombres huyeron, abandonando a hijos y mujeres37. Luego, vueltos del susto, empezaron éstos a agredir a los invasores, aunque, frente a su terca defensa, pronto se vieron obligados a negociar. Así se formó la primera alianza, dominada por el negro Antón, de quien no dice más el documento. No sabemos si se impuso por la violencia, la fuerza de carácter o la inteligencia o por todos estos motivos. No se contentaron los antiguos esclavos con este primer éxito, conscientes de que no bastaría para darles la seguridad anhelada. Un segundo encuentro concretó su plan de expansión, esta vez con los indios campas. La muerte de seis negros y de algunos indios pidis durante el enfrentamiento patentizó lo encarnizado de la lucha. La muerte de sus coterráneos les incitó a los pidis a que sacudieran el yugo, pero la represión de parte de los once negros sobrevivientes fue particularmente cruel, a decir del sacerdote. Para suplir la gravísima inferioridad numérica, no le quedaba más al caudillo que imponer el terror: “dieron ocasión [los pidis] a que los negros, once que quedaron, por industria de su caudillo hiciesen tal castigo y con tanta crueldad, que sembraron terror en toda aquella comarca”. Solucionado este problema, surgió otro un año después, el de la rivalidad por el poder con la muerte de Antón.

    - Toma del poder por Alonso de Illescas

    16Esta pequeña guerra civil provocó la muerte de tres africanos, quedando sólo siete hombres y tres mujeres del grupo inicial. ¿Quién venció? Todo deja suponer que fue Alonso de Illescas. Si bien las condiciones favorecieron el crecimiento del grupo, efectuó una segunda toma de conciencia de que no podría seguir dominando a los naturales por las buenas, de modo que se dio en masacrar a buen número de los indios sumisos, según asevera Cabello Balboa con términos significativos de su juicio hacia los africanos:

    Y no dejaron vivos a más de aquella cantidad que ellos pudiesen subjetar buenamente; el cual decreto se puso a ejecución, con tanta crueldad, como se puede creer de gente desalmada y bárbara.

    17No disponemos de ningún elemento que nos permita hacer resaltar la subjetividad del relato. En cambio su dimensión cristiano-céntrica se sitúa obviamente en la representación diabólica del negro a que hemos aludido más arriba: califica el sacerdote esta decisión de “decreto que sólo ellos y el demonio lo pudiera imaginar”. Tal comportamiento les hizo aún más temibles para los otros indios, tales como los niguas. Se acercaron a los negros, ofreciéndole su amistad a Alonso. Este, con el transcurrir del tiempo, ya había aprendido su lengua. Incluso se casó con la hija de un indio principal, instaurando así una verdadera política matrimonial, posiblemente inspirada de las costumbres africanas. Se alió con los parientes de su esposa, en particular con el cacique de Bey, en la bahía de San Mateo, llamado Chilindauli, dueño de muchas riquezas: de oro eran sus armas y su silla. Convidados a una de sus numerosas fiestas, Alonso y sus compañeros esperaron que sus huéspedes cayesen en la más honda borrachera, según su costumbre, para matarles y apoderarse de sus tesoros. Se impuso de este modo a toda la tierra que recorría con tanta frecuencia y crueldad “que se hizo ser conocido de las gentes de toda aquella tierra y odioso no sólo a los naturales sino también a los españoles a cuya noticia vino su desvergüenza.”

    18Lo repetiremos para que no haya ambigüedad: la crueldad en que tanto énfasis puso Cabello Balboa no debía ser otra cosa que la manifestación desesperada del deseo de sobrevivir a todo trance. Porque si leemos entre las líneas, los negros no se contentaron con someter a los naturales de la manera más despiadada. Dominados éstos, no vacilaron en hacerles compartir ciertos conocimientos suyos. A los pueblos situados entre el río Atacames y el río Portete, les enseñaron cómo usar fraguas con fuelles hechos con pellejo de puerco montés. No olvidemos que en muchas etnias de la sabana africana, la metalurgia utilizaba herramientas de factura parecida38. Por si fuera poco, desde sus primeros contactos en tiempo de los antecesores de Alonso, les educaron a los niguas en las artes de la guerra para que dejasen de pelear de manera brutal, mostrándoles cómo valerse de “ardides y de cautelas” para vencer al enemigo39. Así que se estuvo gestionando, bajo el control de los negros, la formación de una federación de pueblos indios que antes vivían de un modo más primitivo40.

    19Además ya se había manifestado el mestizaje, predominando los enlaces con las indias, de quienes nacieron los famosos “mulatos”. Así les llamaron efectivamente los españoles, aunque se trataba más bien de zambahigos o zambos, palabra que todavía no era de uso común41. No obstante el poder permaneció entre las manos de los negros, bien determinados a quedarse con él mientras existiesen como grupo étnico42.

    20Un nuevo enfrentamiento consolidó esta situación. Unos años antes, (“Días antes que pasasen las cosas sobredichas...”, dice Cabello Balboa) en la bahía de San Mateo, habían logrado escapar unos esclavos negros de un barco procedente de Nicaragua que había echado el ancla en tal lugar. Les recibieron los naturales de Dobe. La diferencia trascendental de este primer grupo con el segundo consistía en que uno de sus miembros, Andrés Mangache según datos suministados por el capitán Pedro de Arévalo que veremos a continuación, estaba amancebado con una india nicaragüense del barco. Al poco tiempo ésta dio a luz a Juan y Francisco, quienes, por lo tanto, no eran zambos de la tierra, aspecto que facilita la comprensión de los hechos. A éstos la documentación les dio el nombre de “mangache” o “manganche”43. El retrato de Francisco (de Arrobe) y de sus dos hijos, Pedro y Domingo, obsequiado por el oidor Barrio de Sepúlveda al rey en condiciones que expondremos más abajo, permite situar la llegada de su padre antes de 1543. El cuadro, pintado por Andrés Sánchez Calque en 1599, pone la edad de cada uno de los personajes retratados, o sea 56 años para Francisco44.

    21En un primer tiempo se observaron los dos bandos, pero cuando Alonso de Illescas se percató de que no le sería dable reducir a estos posibles rivales, prefirió suprimir todo riesgo ordenando la muerte de su caudillo. Al serle necesario explicarse frente a Cabello Balboa, arguyó de sus buenas intenciones, siendo su único propósito defender a los españoles naufragados por la costa de los malhechos de los “mangaches”, justificación que valoriza un buen sentido diplomático. Si los hijos del finado acabaron por aliarse con el asesino de su padre, no habrían olvidado el agravio, apunta el cronista.

    Enfrentamiento con los españoles

    22Sería pecar de ingenuo creer que las primeras empresas de conquista de la tierra las motivó el deseo de librar a los indios del yugo de los negros y zambos. Fue más bien la codicia la que incitó a los españoles a organizarías para hacerse con las míticas riquezas de Esmeraldas. Salido de Quito, Juan de Rojas se vio obligado a renunciar ante la aspereza de la naturaleza y la hostilidad de los naturales. Le pasó igual al capitán Baltasar Balderrama, vecino de la misma ciudad.

    23Debíase de sospechar que la actitud de Alonso de Illescas tenía algo que ver con la resistencia de los naturales, y se tomó como pretexto sus abusos para con los indios de paz en la región de Puerto Viejo para reanudar las expediciones a los pocos años. Llegado a la evocación de tales acontecimientos, adoptó Cabello Balboa un vocabulario profundamente significativo de los prejucios de la clase dominante: era menester acabar de una vez con “tan pernicioso monstruo”. ¿Cómo no ver la gradación en las connotaciones ideológicas usadas por el sacerdote, el cual, refiriéndose al “negro”, pasó sin vacilar del demonismo a la monstruosidad45? No bastó la determinación para vencer los obstáculos: fracasaron también los capitanes Alvaro de Figueroa, salido de Guayaquil, y Alonso de Vera.

    24No por ello abandonaron sus proyectos los vecinos de Guayaquil, para quienes importaba pacificar la región de modo a disfrutar de sus riquezas y facilitar sus contactos con la sierra. Cabello Balboa se demora en la evocación de la quinta expedición que encabezó en 1570 Andrés Contero con la ayuda de su yerno, Martín de Carranza. A decir del cronista, pudo acertar la empresa sin la intervención de “un fulano Escobar”. Se trataba de un novicio mercedario de Panamá, abandonado por enfermo en la bahía de San Mateo por un barco que se dirigía al Perú. Le salvó la vida Alonso de Illescas, aprovechando su estadía forzosa el fraile para bautizar y educar en la fe cristiana a los hijos del jefe negro. Recobradas sus fuerzas, se dirigió a Puerto Viejo donde se asentó en las filas de Andrés Contero. Entre la gente de éste, había un tal Gonzalo de Avila, oriundo de Tenerife, que se había dedicado a la trata con Guinea donde se quedó diez años antes de pasar a Cabo Verde y luego a la Española y Panamá. Camino del Perú, se puso al servicio de Contero. Hecho preso en condiciones que no explicita Cabello Balboa, pero que tendrían algo que ver con un engaño de parte de Contero a juzgar por detalles suministrados al final de la relación, Alonso de illescas se hizo amigo suyo, debido posiblemente al común conocimiento de Africa y de Cabo Verde, aunque bien diferentes eran los papeles desempeñados en dichos lugares por los dos hombres. Según parece, borró la nostalgia las eventuales asperezas, aceptando el canario prestarle su ayuda al negro y a su familia para escapar. Les acompañó Escobar, pero quiso la suerte que se atascase en una ciénaga y, siéndole necesario presentar una explicación, pretextó que había salido en persecución de los fugitivos.

    25Alonso de Illescas tenía dos hijos, Enrique y Sebastián, y dos hijas, Justa que se quedó entre las manos de Contero y se casó con un esclavo suyo, y María, amancebada con Gonzalo de Avila. Estos aparte, tenía el caudillo otros muchos hijos con sus numerosas esposas, según la tradición africana de afianzar las alianzas políticas con tribus vecinas merced a múltiples enlaces matrimoniales, explicación de la poligamia de que muy a menudo se suele hacer caso omiso. De María nació una hija mulata, Magdalena, que tenía dos años cuando le vio Cabello Balboa.

    26Según éste, y bien se ha de creer su aseveración si tomamos en cuenta las antiguas costumbres africanas de la iniciación, la habilidad guerrera de los Illescas se debía al drástico entrenamiento militar ofensivo y defensivo impartido a los chicos. No cabe duda de que eran pertinentes las referencias del sacerdote, antiguo soldado, las cuales tenían también como propósito justificar los fracasos de los intentos represivos en el pasado:

    Es cosa maravillosa el ejercicio de las armas en que esta gente entretiene y ocupa a sus hijos, porque ansí se ejercitan y gastan el tiempo en tirar dardos a un terrero, como los bien nacidos en escuelas y letras; una o dos horas por la mañana, están tirando a un tronco que tienen hincado en una placeta, y otras tantas, por la tarde, se tiran los unos a los otros, para enseñarse a baraustar y obviar el golpe, y dando del contrario con aquellas rodelejas que decimos estar hechas de cuero de venado.

    27Pero no sería de creer que esta preparación militar sólo iba dirigida en contra de los españoles. El mismo Cabello Balboa suministra detalles que ponen de realce la benevolencia de Alonso de Illescas a su respecto, siempre y cuando no intentasen reducir su libertad y su poder. Prueba de ello es el hecho de que cuando los campaces mataron al capitán Martín de Carranza46 cerca de su santuario, situado no muy lejos de la bahía de San Mateo, el “negro y sus secuaces” vengaron su muerte.

    1.3. Las ambigüedades de Alonso de Illescas

    28En rigor buscaba Alonso un término medio que le permitiera mantener un statu quo provechoso para ambos bandos, intentando dar a los españoles pruebas patentes de que no era enemigo suyo.

    De enemigo a aliado

    29La superioridad momentánea de que gozaba, debida a los factores expuestos más arriba, no conseguiría contrarrestar el avance español en sus dominios. Supo mostrarse el caudillo negro lo bastante inteligente como para cambiar de estrategia. Al fin y al cabo, no sólo era un buen jefe militar sino que se hizo también un excelente negociador. Por eso puso en tela de juicio este cambio el cronista:

    Para soldar las pasadas quiebras y arraigarse en buena opinión con las gentes, Alonso de Illescas, y para que cesase la fama que tenía de tirano cruel, tomó y eligió un remedio,i no menos artificioso que los demás, de que había usado, y este fue, estar siempre a la mira, para ver si algún barco daba al través por aquella playa, y que llevase gente a quien poder socorrer o si pasaban españoles perdidos, cosas la una y la otra que muy de ordinario subceden en aquella costa, para que en viendo que hay necesidad de su ayuda, ofrecerla y darla con muy buena voluntad, mostrándose como se ha mostrado en este particular, muy caritativo y amigable, porque realmente muchas personas se hubieran perecido si su favor y ayuda no los hubiera puesto en salvamento ...

    30¿Hipócrita la actitud de Alonso? Es manifiesto el malestar del clérigo, quien no quiso incurrir en la contradicción de admitir que no era el “negro” el monstruo cuya crueldad esbozó renglones arriba. Al fin y al cabo le costaba harto trabajo reconocer la complejidad humana del protagonista de su relato. Por eso intentó reducir el alcance de una muestra de generosidad para con unos naufragados. A decir la verdad, sería posible que Alonso pusiera fin a unas prácticas comunes entre sus semejantes antes de que él tomase el mando del grupo. En una relación mandada al Consejo de Indias entre 1570 y 1571, el licenciado Salazar de Villasante, oidor de la Audiencia de Quito, afirmó claramente que los negros sobrevivientes del naufragio solían agredir y matar a los españoles que tomaban tierra para robarles47.

    31En 1577 se estrelló un barco con trece pasajeros en un punto de la costa situado entre la bahía de San Mateo y la de Atacames. Sanos e ilesos, los viajeros decidieron seguir el litoral hasta alcanzar Puerto Viejo. Dejaron con sus esposos a dos mujeres, una enferma y otra que criaba a una niña, prometiéndoles que, llegados a destinación, les mandarían un barco de socorro. Siete de ellos murieron de hambre y de sed, y los dos sobrevivientes llegaron al pueblo al cabo de muchos días de sufrimientos. Mientras tanto, Alonso de Illescas y su yerno, Gonzalo de Avila, dieron con los naufragados que estaban esperando ayuda. Se nutrían de mariscos y bebían del agua que destilaba una barranca. Creyeron primero ambas parejas que los recién llegados formaban parte de los auxilios mandados desde Puerto Viejo y luego se apoderó el miedo de ellas al enterarse de quiénes eran. Cuando se dio cuenta de que corría el riesgo de entrar en contradicción con la permanente manifestación de su prejuicio respecto a Alonso, acudió Cabello Balboa a la intervención divina para explicar la ruptura en el comportamiento del personaje: “y entendiendo el negro este temor en ellos, los aseguró con palabras amorosas y les prometió ayuda y favor para salir de un trabajo en que se hallaban”. Estaba preparando Alonso una canoa para llevar a los naufragados hasta Manta, aprovechándose de la bonanza nocturna del mar, cuando de Puerto Viejo llegaron los socorros después de cuarenta días de espera. De creer a nuestro cronista, Gonzalo de Avila informó a sus compatriotas de que él y su suegro estaban dispuestos a ponerse al servicio del rey, proposición de la que se habría retractado después frente al mismo sacerdote. Uno de los salvados, Juan de Reina, y su esposa, María Becerra, pasaron a Quito donde relataron las peripecias de su viaje al chantre de la catedral, don Diego de Salas. Así se enteraron el obispo, el dominico fray Pedro de la Peña, y el presidente de la Real Audiencia, el licenciado García de Valverde. Ambos nombraron a Miguel Cabello Balboa para reducir a Alonso de Illescas y a su gente “al gremio de la Santa Madre Iglesia y servicio de su Majestad”.

    La misión de Miguel Cabello Balboa

    32Comisionado por las más altas autoridades del territorio, el sacerdote llevó su propósito al conocimiento del virrey Francisco de Toledo por la mediación de Francisco de Grado, vecino del Cuzco que se dirigía de Quito a Lima. Recibió sus provisiones, libradas por el secretario de la Real Audiencia, el 28 de julio de 1577. Brindaban el perdón general para toda la gente de Alonso de Illescas y el nombramiento de éste como “gobernador de aquellas provincias”. Cabe subrayar un hecho que nos parece trascendental: tal medida, del todo excepcional si tenemos presentes los orígenes de Alonso, pone de manifiesto primero la impotencia de los españoles para reducir al negro y a sus “secuaces” por la fuerza, y el deseo de llegar a un acuerdo. De esclavo a gobernador de una rica provincia, no es poca la evolución.

    33A Cabello Balboa le tocó formar al grupo que le acompañaría en su empresa. Si no contamos a los indios de servicio, lo constituyeron el diácono Juan de Cáceres, también antiguo militar, natural de Jerez de la Frontera, Juan de Santa Cruz, oriundo de Aguilar del Campo, Diego de Mendoza, criollo, y Juan de Reina, el sobreviviente del naufragio de San Mateo, probablemente deseoso de expresar su agradecimiento al caudillo negro. Empezó la misión en Guayaquil el sábado 25 de agosto de 1577, haciendo escala en la Punta de Santa Elena de donde salió el jueves 5 de septiembre con destino a Manta. Siguió por tierra hasta Puerto Viejo. Allí se quedó hasta el 8 del mismo mes. El día siguiente, lunes 9, los miembros de la expedición se fueron al puerto donde tomaron el mar el domingo 15 en el barco de Andrés Franco de Ejío. La llegada a la ensenada de Atacames se verificó el 22 y el 23 sacaron los viajeros sus cosas a la tierra, dando la orden de regreso Cabello Balboa al maestro.

    34En este lugar, con palos, cañas y hojas, se construyó la primera iglesia dedicada a la Madre de Dios y una casa para la gente. El 24 se dijo la primera misa, y se empezó a tocar la campana que se había instalado para llamar la atención de los de la tierra, por no saber dónde estaba el negro. Hecha una balsa, Cabello Balboa y Juan de Reina, aprovechándose de la marea, siguieron la corriente, dejando en Atacames a los otros miembros de la expedición. Después de recorrer dos leguas, dieron con unos espesos manglares que estorbaban el paso, de modo que tuvieron que seguir otro estero y luego otro por la misma razón. El miércoles 25 de septiembre se mandó a Diego de Mendoza con tres indios a Puerto Viejo para pedir que, pasado un mes, viniese un batel con algunos socorros.

    35Siguiendo unas huellas dejadas por tres indios, el sacerdote y el diácono Juan de Cáceres intentaron hacerse notar de ellos. Al poco tiempo apareció una gran canoa capitaneada por el mismo Alonso de Illescas. Empezó un intercambio a gritos, manifestando Cabello Balboa el mayor respeto para con su interlocutor, lo cual no correspondía nada a la opinión que tenía de él:

    • Llegue señor don Alonso Illescas, goce del bien y merced que Dios Nuestro Señor y su Majestad le hacen en este día.
    • Alonso me llamo yo, dijo el negro, y no tengo don.
    • El rey que puede, repliquélo, da y pone el don, como más largamente entenderá, venido que sea a tierra.

    36Después de besarle la mano a Cabello Balboa el negro y su yerno, Gonzalo de Avila, se fueron a la capilla donde hicieron oración. El sacerdote le explicó a Alonso el motivo de su misión y le presentó las provisiones reales de indulto para él y los suyos, incluidos Gonzalo de Avila así como Juan, el capitán del segundo grupo de zambos, y su yerno Francisco, y el nombramiento como gobernador de la provincia y de sus naturales. Reconociendo las armas reales, Alonso, en señal de sumisión, puso las provisiones en su cabeza y pronunció las palabras siguientes:

    Señor Vicario, mi cabeza y las de mis hijos y compañeros os encomiendo, como a mi Señor padre; la tierra y cuanto hay en ella, es de su Majestad, y desde luego, en su real nombre, os doy la obediencia mía y de los que están a mi cargo; los mulatos, contenidos en esta provisión, residen nueve o diez leguas de mi casa; yo, en vuestro nombre, iré y los haré venir ante vos, para que, pues a mi no me quieren obedecer, a vos, en nombre de su Majestad, os obedezcan; y vos les diréis cómo deban acudir a aquello que yo como su Capitán les mandare.

    37Aparentemente, estas palabras, cuyo énfasis se debe a las ínfulas de escritor de Cabello Balboa, equivalen a un verdadero homenaje feudal. Pero, bien miradas, afirman con mucha solemnidad el deseo del caudillo negro no sólo de quedarse con todo su poder sino el de ampliarlo con la obligación hecha por la Corona al segundo grupo de zambos de someterse a su autoridad. Esta es otra prueba de inteligencia política de parte de Illescas, quien supo sacar fuerza de flaqueza para fortalecer su control de la región. Se trataba pues de un verdadero trueque, y el regalo propuesto al sacerdote no dejaría lugar a dudas, brindándole Alonso 1 000 pesos en oro para que pudiera comprarse esclavos de servicio. Es imposible saber si el vicario intentó valorizar su desinterés en su escrito, pero no ha de extrañar tal oferta de parte de un antiguo esclavo: ocurría en toda Hispanoamérica que un negro horro poseyera esclavos.

    38El día siguiente, le dio el sacerdote a su interlocutor los presentes brindados por la Audiencia: ropa, zapatos, sombreros, y para los indios mantas y camisetas y para todos hachas, machetes y cuchillos. Después de oir misa y sermón, escuchó Alonso la lectura de las instrucciones de los oidores relativas a la reducción de su gente en un pueblo que se edificaría cerca de la bahía de San Mateo, según la política elaborada para la reducción de los indios. Aceptó el caudillo el tenor de dichos textos antes de irse prometiendo que volvería pronto.

    39Se fue pues Alonso el viernes 27 de septiembre para regresar el martes 8 de octubre con una flota de balsas que seguía su canoa. Desembarcaron unos cincuenta indios adornados con mucho oro, los zambos Juan y Francisco, caudillos del segundo grupo de negros y zambos, y los dos hijos de Alonso, Enrique y Sebastián, con sus mujeres, siendo una de ellas hija del cacique Chilindauli, señor de Dobe. Alonso y Gonzalo de Avila venían también con sus esposas. Juan y Francisco entendieron la plática del sacerdote, a diferencia de los hijos de Alonso que sólo hablaban la lengua de los indios. Ofreció Alonso cien pesos en oro para el adorno del altar como manifestación de su adhesión. Sin embargo aplazó el momento de confesarse y de bautizar y casar a sus hijos, pretextando que prefería esperar la llegada de “madrinas y comadres españolas” para que enseñasen a sus esposas cómo servir a sus maridos y criar a sus hijos. No es de pasar por alto la habilidad de esta respuesta, que so pretexto de dar al futuro bautismo toda su solemnidad y todo su valor social, ocultaba la voluntad de Alonso de no romper los lazos matrimoniales establecidos por veinticuatro años de presencia entre los indios de Esmeraldas. Como tenía veinticinco años al naufragar su barco por la costa, Alonso habría alcanzado entonces en 1577 unos cuarenta y nueve años de edad. Al conocimiento que adquirió de los españoles en su juventud, se añadía una ya vieja experiencia de su nuevo entorno humano. No estaba dispuesto a renunciar a la estructura social construida con tanto ahinco que le valió la fama de crueldad varias veces aludida por Cabello Balboa. No escatimó sus esfuerzos para impresionar a sus huéspedes, y no sería muy arriesgado afirmar que contribuyeron en ello los dichos de su yerno Gonzalo de Avila, quien indicó a los compañeros de Cabello Balboa que seis hombres no podían alzar el oro de su suegro.

    40Corrobora esta hipótesis el hecho de que, al irse de nuevo Alonso sin comprometerse de un modo concreto, no consintió que le siguieran, so pretexto de lo malsano del sitio donde vivía. Sin embargo, para que no lo tomasen a mal sus interlocutores, propuso que le acompañase alguien designado por el sacerdote, quien escogió al diácono Juan de Cáceres48. El regreso tierras adentro de la comitiva se efectuó el jueves 10 de octubre.

    41El lunes 14 apareció un barco en la bahía. El día siguiente, a mediodía, regresó al campamento el diácono en compañía de Gonzalo de Avila, del mulato Juan y de los dos hijos de Alonso. Con el dinero dejado por Alonso, la gente compró mercancías al maestro del barco antes de que se hiciera de nuevo al mar. Los pasajeros, llegados a Manta, hablaron de lo que habían visto y dieron una carta de Gonzalo de Avila a un tal Mateo de Párraga. Tres días antes de que llegase el barco salió una balsa de Puerto Viejo con Benito Martín y seis indios de Manta con pertrechos, carne, bizcocho y maíz. Y tres días después de partido el mismo barco, Gonzalo de Avila y Juan el Mulato le avisaron a Cabello Balboa que pronto llegaría una flota de balsas para la fundación del pueblo. Ahora bien no se cumplió tan fácilmente lo prometido. Sólo llegó una canoa cuyos indios no se acercaron al campamento, quizá por ver que llegaba por el mar una balsa, la de Puerto Viejo49. Nos preguntaremos si estas precauciones no traducían la desconfianza de los indios sometidos a Alonso, quien al fin y al cabo quizá no era tan poderoso como se lo creían los españoles o si no buscaba un pretexto el caudillo para aplazar su decisión. El primero de noviembre la expedición abandonó la playa.

    Nuevas expediciones

    42El regreso se efectuó por la costa, dadas las grandes dificultades en usar balsas hacia el sur. Desde el camino vio la gente de Cabello Balboa la balsa armada por Mateo de Párraga que llevaba consigo a su mujer preñada de dos meses, un hijo de dos años, Diego de Mendoza y dos soldados. Se desvanecieron las esperanzas de éstos al enterarse del fracaso final de la empresa, y todos se preguntaban por la motivación del negro. Imaginaban que Alonso debió ceder a las presiones de los indios, quienes le evocarían la doblez de los españoles y su temor de caer entre las manos de los “barbudos”. No debían de estar muy lejos de la verdad. El 21 de noviembre, estaban de nuevo en Puerto Viejo: la misión había durado tres semanas. De allí pasaron a Guayaquil desde donde el vicario de Esmeraldas envió un informe al virrey Francisco de Toledo. Entraron en Quito el viernes 24 de enero de 1578.

    43Las autoridades, pensando en la posibilidad de llegar hasta Alonso por la sierra, confiaron otra misión a Cabello Balboa, recién nombrado vicario de los yumbos y de los niguas. Salido de Quito tan pronto como el 10 de febrero, lo cual patentiza el ansia que tenían los responsables religiosos y administrativos de reducir al caudillo negro de cualquier manera, el sacerdote bajó a la provincia de Niguas, donde encontró a dos indios que acababan de huir de su casa. Pero tal era el miedo de los caciques que se las arreglaban para desanimar a los españoles, arguyendo de los peligros que les acecharían por lugares tan inhospitalarios. Pese a todas las advertencias, empezó la expedición el 11 de marzo, navegando sus miembros en balsas por un río que acabaron por descubrir, al cual dieron el nombre de “el Negro” quizá en referencia a Alonso de Illescas50. Más tarde se enteraron de que efectivamente había remontado su corriente para agredir a los niguas. Los dos indios escapados de su campamento empezaron a expresar su temor, negándose por ejemplo a plantar una cruz en la orilla para que no entendiese que habían guiado a los españoles hasta allí y tratase de vengarse saqueando sus tierras. Aparentemente éste sería el método empleado por el negro para proteger los límites de su territorio de una posible traición.

    44Ya sabía bastante el vicario sobre la posibilidad de alcanzarle por la sierra, y regresó a Quito donde el obispo fray Pedro de la Peña decidió, a pesar de su dignidad y de su edad, integrar personalmente una nueva misión para buscar un camino hacia el mar. Con este motivo suministra Cabello Balboa a sus lectores una descripción de la provincia de los Yumbos, situada entre la cordillera y el Mar del Sur, con Quito al levante, la provincia de Sicchos al mediodía, la bahía de Atacames al poniente y la sierra de Lita al norte. Más abajo estaba la provincia de los Niguas. Se efectuó la salida de Quito el miércoles 13 de agosto de 1578. En Gualea encontró la expedición a cuatro niguas que le contaron cómo “habían venido a aquella tierra los atrevidos negros y mulatos”, prueba de que estaban por el buen camino. El obispo pudo volver a su sede episcopal y la Audiencia confió la dirección de la misión militar al capitán Andrés Contero de Guayaquil, que, como sabemos, pretendía tener derecho a la gobernación de Esmeraldas, y a su teniente gobernador, el capitán Bartolomé Marín, vecino de Archidona, en la gobernación de los Quijos. Pero la expedición se interrumpió con el levantamiento de los indios quijos en Baeza y Archidona, en cuya represión participó Cabello Balboa.

    45Así que bien tenía razón el caudillo negro en no fiarse de las proposiciones de la Real Audiencia. De reducirse a un pueblo en la bahía de San Mateo, no cabe duda de que las promesas de los oidores no habrían pasado de papel mojado a pesar de la solemnidad con que fueron expresadas. Contero no estaba dispuesto a renunciar a sus derechos, más por codicia que por el sentido de sus responsabilidades. Alonso de Illescas no había olvidado el trato que les infligió a él y a su familia. Por eso adoptó la mayor prudencia en sus negociaciones con Cabello Balboa, torciendo las razones de manera a aplazar una eventual sumisión que obviamente no era de su agrado, lo cual no engañó al vicario. La determinación de la Audiencia estaba a punto de encontrar el medio de alcanzar al jefe negro protegido por una naturaleza indómita, y posiblemente de abrir un nuevo camino hacia el mar, cuando la suerte estorbó sus proyectos con la rebelión de los indios quijos.

    2. La intervención de fray Alonso de Espinosa

    2.1. Antecedentes

    46Con la represión del levantamiento de los quijos, se olvidó el asunto de Esmeraldas. Pero, a los dos años, más precisamente el 22 de febrero de 1580, el licenciado Francisco de Auncibay, oidor de la Audiencia de Quito, llamó la atención del Consejo de Indias sobre la importancia de la bahía de San Mateo para la economía del territorio: por ella “las mercaderías entrarían más breue y barato y es la cosa más importante que ay agora en esta tierra51.” Por supuesto las reivindicaciones de Alonso de Illescas, tales como las presenta la carta, eran un estorbo de importancia para el establecimiento del camino necesario al traslado de las personas y de las mercancías: él y sus indios de guerra “dizen poseer las Esmeraldas”. Pero el retraso en la pacificación de la tierra se debería más, si nos atenemos al documento analizado, a una cuestión de competencia. El virrey revocó la decisión de su predecesor, el licenciado Castro, de nombrar a Contero para encabezar la expedición de pacificación. Los oidores de Quito le escribieron en vano varias veces para señalarle que la cuestión de los caminos era de su incumbencia52. Por eso solicitó Auncibay que el rey le diera el permiso necesario para la construcción de un pueblo en la bahía y la busca de un camino hasta Quito sin ningún gasto de parte del tesoro real. Esto suponía que se hiciese preso al negro y se le castigase “de los robos y muertes que a hecho”. Aparentemente pues, el cambio de actitud de parte de Alonso de Illescas no había conseguido mejorar la opinión que tenían de él los mayores responsables del territorio53.

    47Otras informaciones llegaron hasta el Consejo, en particular el proyecto de Rodrigo Díaz de Rivadeneira que proponía pacificar y poblar la provincia de Esmeraldas dominada por “un portugués y un negro alçados con los yndios”. Antes de tomar cualquier decisión al respecto, el rey manifestó el 13 de diciembre de 1583 el deseo de saber más acerca de dicha provincia54. A la sazón, los oidores ya habían nombrado a Diego López de Zúñiga para que encabezase una nueva expedición, como informó el licenciado Pedro Venegas de Cañaveral en su carta al Consejo fechada en 6 de mayo de 1585. Si nos atenemos a la “hoja de servicio” que redactó el 15 de abril de 1603 para solicitar alguna remuneración de la Corona, dedicó el que fue corregidor de Quito toda su hacienda al cumplimiento de la tarea:

    ... vno son de menos presumpcion los seruicios que hize a V. M. en la conquista de las provincias de esmeraldas pues auiendo entrado con gente y titulo de gouernador y capitan general en el auiamiento y sustento della gaste mi patrimonio y la demas hazienda que tenia quedando tan ympossibilitado que no puedo sustentarme ni a mi muger e hijos ...55

    48La hipérbole, muy clásica en semejante documento, hace resaltar la brava resistencia de los zambos e indios, protegidos por las defensas naturales del entorno.

    49Frente al poco éxito de la empresa, aceptó la Audiencia que un fraile trinitario entrase en contacto con los indios de paz de la región y con “el negro que allí ha estado alzado”. Escribieron una carta que cuatro indios presentaron a la Audiencia “a quien[es] se ha hecho buen tratamiento”. Informaron los oidores que se proveería lo que más conviniera “para traer de paz la gente de aquella tierra y al conoscimiento de la santa fe”56. No se descartaba en Quito toda posibilidad de reanudar las negociaciones con Alonso de Illescas.

    2.2. La solicitud del fraile

    50Sabemos más acerca del propósito de dicho fraile merced a una carta que dirigió al rey con fecha de 22 de mayo de 1585, en la que cuenta su experiencia de lo ocurrido en Esmeraldas entre 1583 y 158557.

    51Muerto el virrey Martín Enríquez, la Audiencia de Quito mandó una expedición a Esmeraldas compuesta de ochenta soldados, capitaneada por Diego López de Zúñiga. Dadas las dificultades de la tierra, todos habrían perecido, si no hubiesen encontrado a los sobrevivientes “dos mulatos nacidos en aquellas montañas”. Les dieron de comer y les aconsejaron que fuesen a Guayaquil para rehacerse de gente porque ellos estaban dispuestos a someterse cuando regresasen. Al enterarse de que no había sacerdote en la expedición, fray Alonso de Espinosa solicitó de la Audiencia el permiso de incorporarse en ella “para defender y amparar los naturales”.

    52Cuando Diego López de Zúñiga desembarcó en la bahía de San Mateo, lo primero que hizo fue mandar a un grupo de soldados para prender a los negros y zambos, no por los crímenes que hubieran cometido sino “con intinción de dalles tormento por la codicia y ansia del oro”. Era contar sin la habilidad de los perseguidos en valerse de su conocimiento del terreno. En cambio, cuando el fraile llegó a su población fue bien acogido. Escuchó las quejas y en particular las de Alonso de Illescas “gouernador nombrado por vuestra rreal audiencia de vuestros subditos y vasallos”. Es de notar el peso de la expresión bajo la pluma del trinitario, como si quisiera hacerle presente al rey que sus representantes habían comprometido su palabra, lo cual entraba en contradicción con los intentos de represión violenta. ¿Cuál fue la influencia de Espinosa sobre Alonso y sus allegados? Resulta difícil saberlo. El caudillo mandó a un hijo suyo a López de Zúñiga para informarle que él y los suyos se reducirían al servicio de Dios y de la Corona dentro de catorce días. Pero los españoles se fueron cinco días antes de que venciese el plazo, en busca de un río rico en oro. Al llegar Alonso, se enfadó por el poco respeto que merecía de los españoles:

    Corriose y afrentose del poco caso que del se hazia siendo como es la llaue de la tierra por estar como esta deuaxo de su mano y dominio y estas an sido las causas porque alçaron la vbidiencia que tenían dada a vuestro gouernador en nombre de vuestra magestad...

    53Subraya el fraile que si no se llevó a cabo la sumisión de los negros, zambos e indios de su obediencia, la culpa no la tenían éstos, quienes cumplieron, sino la codicia de los españoles, más preocupados por su interés personal que por el bien común. Pese al descontento de Alonso y de sus hombres, Espinosa consiguió convencerles de que escribieran a la Real Audiencia para expresarle su deseo de someterse. Dos indios principales le acompañaron hasta Quito, con sus atuendos tradicionales, para acreditar sus cartas que fueron remitidas al oidor Pedro Venegas de Cañaveral. Le entregaron también, como prueba de buena voluntad de parte de Alonso, a seis naturales que estaban presos entre su gente, ciertos de ellos desde hacía treinta años. Las cartas llamaban la atención de la Audiencia en el hecho de que ninguna empresa de pacificación había acertado “a causa de las ansias y codicias tan desordenadas que an tenido en buscar oro y esmeraldas”. Los dos caciques, a quienes no se les concedió la debida atención según el fraile, se hicieron portavoces de las condiciones de los negros y zambos de Esmeraldas: diez años de exención de encomienda para los indios, libertad y exención de tributo para los negros y zambos, otorgamiento del título de gobernador y protección contra cualquier reivindicación de parte de su antiguo amo para Alonso de Illescas. Según parece, el caudillo seguía con sus antiguos temores y no se había olvidado de la actitud de Contero unos años atrás: buena prueba de que las huellas de la esclavitud son imborrables, incluso para los genios más fuertes. Notemos que las exigencias se hicieron más precisas, si las comparamos con las expresadas a Cabello Balboa, tanto para los negros y zambos como para los indios sometidos por éstos. Y no carece de interés la intervención de los dos caciques, la cual daba a entender de un modo muy nítido que no se sentían como las víctimas de la “tiranía” del caudillo negro como se pretendía. Aparentemente la sumisión era voluntaria, encontrando los indios alguna ventaja en ella.

    54Pedro Venegas de Cañaveral no cambió de parecer, prefiriendo contar con la coacción para reducir a quienes seguía considerando como “alzados”. Se trataba pues, si tomamos en cuenta la versión de Espinosa, de un verdadero diálogo de sordos. Por eso habría renunciado el fraile a su misión, dirigiéndose personalmente al rey para que se diesen las órdenes necesarias al despacho de las provisiones que hacían al caso, “que viendo el dicho don alonso de yllescas vuestras rreales firmas y provisiones se humillara y rreduzira a vuestro rreal seruicio”. Dicha aseveración parecería gratuita si no se recordasen las manifestaciones de respeto que dio el caudillo negro ante el sello real de las provisiones mandadas por la Audiencia unos años antes. Insistió Espinosa para que no se diesen encomiendas sobre los indios sometidos al negro, los cuales deberían pasar bajo el control directo de la Corona. Parece pues que ésta era una preocupación fundamental de dichos naturales. Por fin informó el fraile al Consejo que la Real Audiencia se había opuesto a su regreso entre los “súbditos” de Alonso a quienes había empezado a predicar la fe cristiana. ¿Cómo interpretar esta reacción que contradice la primera decisión de los oidores? De momento, diremos que las posturas del trinitario les parecerían demasiado favorables a seres que no dejaban de ser considerados como rebeldes. Pero ya no podemos menos de reparar en una petición algo extraña de parte de un fraile. Solicitó del rey el favor de que, acabada la “pacificación de la tierra” merced a sus esfuerzos, no entrasen “clérigos” en ella que le echasen. En sí, esta exigencia no se podía admitir por posponer la salvación de las almas a la vanidad indigna de un hombre de Dios. Se empieza a entender por qué los oidores se opusieron a su regreso entre los “subditos” de Alonso de Illescas: tomaba demasiado a pecho Espinosa su relación personal con ellos, lo cual le hacía sospechoso de subjetividad.

    2.3. El sometimiento de Juan Mangache

    55No obstante la Corona se mostró interesada por la carta de fray Alonso de Espinosa, encargando el 1o de febrero de 1586 al doctor Miguel Barros de San Millán, recién nombrado presidente de la Audiencia de Quito, que suministrase más amplia información sobre lo referido por el trinitario, en particular sobre el gran deseo de “ciertos negros que auitan entre los naturales” de la provincia de “tener quien los doctrinasse” y que decidiese lo que más conviniese58. El Consejo de Indias se había olvidado de las referencias de los oidores al “alzamiento” de estos negros para fijar su atención en su petición de enseñanza religiosa transmitida por Espinosa.

    56En un informe general del 23 de septiembre de 1586, llevó al conocimiento del gobierno central la evolución de la situación59. A primera vista no había adelantado el control de la provincia de Esmeraldas, por falta de órdenes precisas al respecto. Todavía se estaban esperando las cédulas reales que nombraban al capitán Rodrigo de Ribadeneyra como jefe de la expedición, favor que habría obtenido directamente del Consejo. En cambio, las cosas habían progresado notablemente en cuanto al grupo de negros, ya que la Audiencia había aceptado que “viniese un don Juan Mangache a esta tierra, el qual a dado a V. Mgd el vasallaje en su nombre del y del Illescas negro y aqui fue regalado y baptisado y le vestimos...”. Conviene que nos demoremos un instante en esta breve referencia por su carácter hondamente significativo. Primero no acudió Alonso de Illescas en persona a este encuentro que podía ser trascendental para el porvenir de su comunidad. ¿Ya no estaría para estas andanzas el caudillo negro? Tendría a la sazón algo como 58 años, lo cual por cierto era mucho, dadas sus diversas experiencias y sus difíciles condiciones de vida. Pero no parece que era demasiado pedir para un hombre de su temple. Habría que explicar de otro modo su ausencia de una ceremonia tan simbólica para quien tanto había luchado por el reconocimiento de su autoridad de parte de los mayores representantes del poder real en nombre del cual se habían organizado hasta entonces varias expediciones con el fin de capturarle. Tampoco se presentó uno de sus hijos. Fue Juan Mangache, un zambo al fin y al cabo, el que rindió pleitesía ante la Real Audiencia en nombre del viejo caudillo negro, quien no debió fiarse de las promesas de indulto de los oidores por saber a qué atenerse. Los Mangache, si bien se aliaron con Illescas, nunca se mostraron muy presurosos a obedecerle por no olvidar quizá que ordenó la muerte de su padre. Por cierto la acogida fue cordial. El vestirse el “mulato” con la ropa española regalada por las autoridades correspondía al abandono de su estado de bárbaro al que aluden muy a menudo los relatos y al ingreso legal en la sociedad colonial. La ceremonia del bautismo fue el broche de oro del encuentro, significando la plena adhesión a los valores de dicha sociedad. De todos modos, es evidente que el caudillo seguía llevando la batuta: fue él quien pidió que se le mandase a un “padre trinitario” para que instruyese a sus indios que le tenían mucho amor. Se trata por supuesto de fray Alonso de Espinosa cuya influencia en los subditos de Illescas patentiza tal petición. Esta, además, nos permite evocar de nuevo una deducción que hemos sacado más arriba, conviene a saber la preocupación que tenía Alonso por los indios de quienes se sentía responsable. Poquito a poco se va esbozando la semblanza del “negro”, bien diferente del “monstruo” evocado por las primeras líneas de Cabello Balboa. Pero no pasemos por alto una última referencia de los oidores Auncibay y Venegas de Cañaveral: el provisor del obispado se negó a dar su permiso al regreso del fraile entre dichos indios. ¿Le indignaría al canónigo la presunción de Espinosa?

    2.4. Los desmanes del trinitario

    57El ocho de febrero del año siguiente 1587 el informe de los oidores sobre el estado de su jurisdicción facilitó amplias referencias en cuanto a las actuaciones de Juan Mangache y fray Alonso de Espinosa sin decir ni una palabra acerca de Alonso de Illescas. ¿Habría fallecido el viejo caudillo o le habrían apartado del poder? Por fin se le había permitido al trinitario volver a Esmeraldas con el zambo. Rodrigo de Ribadeneyra les prestó la ayuda de dos soldados Diego Felipe y un tal Medina, y de seis o siete indios yanaconas. Se enteraron los oidores de la muerte de Felipe, ordenada a su modo de ver por “el mangache” y el fraile. Volvió el segundo soldado con algunos yanaconas para entregar una carta suya a la Audiencia, cuyo contenido les pareció a los oidores “muy desbergonzado”. En ella, Juan reivindicaba la posesión de la tierra y amenazaba con no someterse de seguir Ribadeneyra como gobernador, puesto que afirmaba corresponderle. Tomando en cuenta los riesgos que pudieran correr los españoles en la costa, los oidores dicidieron hacer la vista gorda y seguir negociando. Se adueñaron, con la complicidad de don Carlos, el cacique de los indios niguas, de dos cartas que Espinosa mandó a Diego López de Zúñiga y Pedro de Arévalo, vecinos de Quito, para rogarles que fuesen a verle con el fin de tratar de cosas importantes. Estos dos personajes, obedeciendo las órdenes de los oidores, fueron a entrevistarse con el trinitario y así se prepararon con los consejos de un escribano las capitulaciones que él quería imponer a la Audiencia. Por fin aceptaron Espinosa y Juan Mangache salir de su refugio. Se presentó “el mangache” “con dos indios y su mujer y sus arcos y lencillos y flechas”. Pero los oidores hicieron hincapié en el aspecto del fraile que a todas luces no correspondía a su dignidad: “...salióse el fraile desnudo con una barba larga y bigotes y una langa y un indio pequeño por paje”. ¿Cómo interpretar tal apariencia si no como una manifestación de inculturación, o sea que el encargado de convencer a los zambos e indios de Esmeraldas a que adhiriesen a los esquemas de la sociedad dominante acabó por compartir sus modales y su ideología. Más aun: todo da a entender que Espinosa, tomándole por la mano a Juan Mangache, se había transformado en el más terco defensor de los derechos de los zambos y de sus aliados indios. De esto estaban convencidos los oidores, de manera que ordenaron la detención del fraile, entregándole a las autoridades eclesiásticas, sede vacante, por no existir representantes de la orden de la Santísima Trinidad en el territorio. Se detuvo también a Juan por el mismo motivo, es decir la muerte del soldado Diego Felipe. Según las primeras indagaciones efectuadas, se dedicaba el fraile, con poco respeto por su hábito, al comercio entre los naturales. Para darse importancia inventaba pretextos, a cual más estrafalario, como el haberse enfrentado con un inmenso barco de velas negras en la bahía de San Mateo60.

    58El 8 de marzo de 1587 confirmó el licenciado Auncibay al Consejo de Indias sus sospechas en cuanto a la responsabilidad de Juan Mangache en la muerte de Diego Felipe, aunque no adelantaban las indagaciones en Esmeraldas debido a lo crecido que estaba el río por las lluvias de invierno. En cambio se sabía más sobre fray Alonso de Espinosa. Si nos atenemos a los datos suministrados por el oidor, no quedaba muy claro el estatuto del fraile, quien no habría profesado ante un prelado. Se valdría del hábito de los trinitarios, que no tenían casas en la jurisdicción de la Audiencia, para encubrir sus fechorías sin correr riesgo de ser denunciado por los superiores de la orden. Aprovechó la ocasión Auncibay para señalar el vagabundeo de ciertos carmelitas y solicitar de la Corona una orden de expulsión en contra de estos frailes incontrolados. El colmo era que Espinosa había conseguido escapar de la cárcel donde le habían encerrado. Por poco tiempo61. Otra carta de los oidores informó al Consejo el 30 del mes de su expulsión a España por varios motivos entre los cuales su vida “relajada”, eufemismo que se aclararía más tarde. De momento importaba que bajo ningún pretexto volviese al territorio, “porque podría fazer mucho daño en lo de la provincia de Esmeraldas de mas que no es nada combeniente para esta tierra”62. Era contar sin la astucia del seudo religioso. Una vez en Panamá escapó de nuevo para intentar volver vestido de seglar. Le detuvieron antes de que pudiera cumplir su proyecto. Esta vez los oidores abandonaron las indirectas de sus precedentes cartas para acusarle abiertamente “de pecado nefando con indios” y de tractaciones con los ingleses para entregarles la provincia63.

    59El Consejo de Indias tomó en consideración las advertencias de la Real Audiencia, ordenándole por una cédula de 6 de noviembre de 1589 que recogiese a los religiosos carmelitas y trinitarios descarriados por la provincia, fuera del control de su jerarquía, y les mandase a España sin permitirles que anduviesen “vagando por essa tierra”. El tenor del documento patentiza los temores de la Corona:

    Fray Alonso de espinosa de la orden de la trinidad que decis estubo en la prouincia de las esmeraldas y se boluio ay en abito de seglar hauiendole mandado enbarcar para Tierra Firme por haver dado mal ejemplo y estar yndiciado del pecado nefando y de malos tratos con ingleses procurando darles puertos y assiento en aquella prouincia y que por la misma razon le bolbiades a enbiar no ha parecido por aca ...

    60Tomaron el caso a pecho los consejeros, a juzgar por las cédulas mandadas en 6 de noviembre de 1589 a la Casa de Contratación de Sevilla, a Cartagena, a Tierra Firme y al virrey del Perú para exigir que “con mucho cuidado y diligencia” se buscase al prófugo, acusado de “hauer dado mal exemplo y estar yndiciado de otros delitos feos”. Aprovecharon la oportunidad para darle a entender muy claramente que no estaban de acuerdo con el poco respaldo que la Audiencia concedía a la actuación de Ribadeneyra:

    En el descubrimiento de la prouincia de las esmeraldas que decis ser ynfructuoso por ser la tierra malsana y poco poblada y hauer salido de alli desbaratados muchos capitanes y que por esto no hauiades apretado a Ro. de riuadeneyra a que cumpliese la capitulacion y tambien por no descubrir puertos que puedan guardar, yo escriuo sobre esto al virrey lo que ha parecido conuenir64.

    61En lo que toca a la actitud de Espinosa frente a los ingleses, nos reportaremos a una carta al Consejo del mercedario Juan de Salas, cura de los Yumbos entre 1589 y 1590. Le extrañaron las preguntas que le hicieron los zambos acerca de “esta gente inglesa”. Aparentemente no sabían nada sobre ella sino que, y esto es lo interesante, el trinitario “los aguardaba”. Como había pocas posibilidades para que Alonso de Espinosa hiera un agente suyo, no es de descartar la hipótesis de que el seudo fraile fuera víctima de una obsesión maniática que le presentaba una posible alianza con los piratas como la solución al problema de los zambos e indios de Esmeraldas. El mismo documento evoca el fin de la estrambótica odisea del religioso, quien otra vez habría conseguido escapar de la vigilancia de las autoridades para perderse en la tierra sin que, en adelante, se supiera nada de él. ¿Muerte natural o violenta? se interroga el mercedario65.

    3. La actuación de la Real Audiencia de Quito

    62Con la detención de Juan Mangache, la documentación procedente de Quito casi dejó de evocar a los “negros” para hablar más bien de “mulatos”, con el sentido que hemos aclarado más arriba, en relación con el camino que se quería trazar entre la bahía de San Mateo, Quito y Popayán. Quedaba pendiente el proyecto de Ribadeneyra que haría correr mucha tinta.

    3.1. Los intentos de control de los virreyes

    - El caso de Rodrigo Díaz de Ribadeneyra.

    63Insistiendo en que ninguna de las empresas de “pacificación” anteriores consiguió concretar su propósito, el licenciado Auncibay no ocultó en su carta a la Corona con fecha del 8 de marzo de 1587 las pocas esperanzas que ponía en la actuación de Rodrigo Díaz de Ribadeneyra, quien se las había arreglado para obtener del rey el título de gobernador de Esmeraldas66. Incluso se refirió a la falsa información que entregó dicho personaje a la Corte. Un hombre que nunca dejó de ser mercader no disfrutaba, a su modo de ver, de las cualidades necesarias para desempeñarse como caballero67. Por eso Auncibay le aconsejó que se valiera de las capacidades de otros para llevar a cabo su misión sin dejar de ocuparse de sus negocios, esperando que mientras tanto cambiaría de parecer el Consejo de Indias. Se adivinan pues las tensiones que suscitó la mítica provincia, llegando hasta la Corte las diferentes protestas. Ribadeneyra no admitió que la Real Audiencia de Quito repartiera encomiendas de indios en su gobernación sin pedirle su parecer, porque si no le quedaba nada para poder gratificar a sus hombres pronto le abandonarían y no podría cumplir su compromiso. Dejóse convencer el rey por tal argumento. Exigió de los oidores el 10 de septiembre de 1588 la anulación de toda medida y la justificación de cualquier proposición al respecto, reservándose la decisión final. Según parece iban muchos intereses de por medio. Defraudado por la actitud de la Audiencia, la cual hacía cuanto podía para estorbar los pasos de Ribadeneyra evocando lo “infructoso” y lo “malsano” de la tierra y los fracasos de las precedentes expediciones, el Consejo de Indias le avisó el 8 de abril de 1589 que confiaba el expediente al virrey68. En realidad en la misma Audiencia había rivalidades. Si creemos al mercedario Juan de Salas, el oidor Moreno de Mera, cuñado de Ribadeneyra69, apoyaba las pretensiones de su pariente, de modo que, aconsejó el doctrinero de los Yumbos, lo mejor era conceder la gobernación a otra persona. De ser necesario, insistió en su carta de 24 de febrero de 1590, él le acompañaría en la “entrada”, valiéndose de sus buenas relaciones con los zambos, quienes no dejaban de acudir cuando les llamaba. Se mostraban muy deseosos de saber más en el dominio religioso, lo cual le indujo al mercedario a persuadirles que se sometiesen a la Corona. Le contestaron que lo habían intentado varias veces en vano. Primero cinco años antes, o sea en 1585, saliendo Juan Mangache con unos indios a Quito, y luego en enero de 1589. Había tomado la cabeza de la delegación el mulato Francisco de Arobe, bien conocido del mercedario por haber sido él quien le bautizara a petición suya. Si creemos al fraile, la mala acogida de la Real Audiencia les descontentó mucho, obligándoles a que mantuviesen su rechazo de cualquier sometimiento: “Quexaronse del poco caso que la rreal audiencia hizo a su pedimento y ansi de corrido y afrentados se bolbieron a alzar...”. ¿Cuál era la exigencia que le pareció desmesurada al presidente? Se habrían negado los zambos a acatar la autoridad de un gobernador que tomase a pecho más sus intereses que los de la provincia. A fines de febrero de 1590, después de su estadía entre los negros, zambos e indios de Esmeraldas, estaba persuadido fray Juan de Salas de que se someterían sin ninguna dificultad con la misma condición:

    Con esta jornada que hize los dexo asi a los indios como a los negros y mulatos puestos de tal manera que daran la paz y obediencia a vra. mag., cada y quando que se les prouea para que pueble y acabe de conquistar aquella tierra; que con el fabor de los negros y mulatos en breue tiempo estara todo llano y pacifico70...

    64Si las miramos bien, estas palabras, de un modo por cierto involuntario, destacan el hecho trascendental de que esta gente estaba plenamente consciente de su identidad. Aceptarían e incluso favorecerían la integración de su territorio en el conjunto colonial con tal que se les concediese el debido protagonismo en las responsabilidades al nivel local. Ahí estaba el quid: no se contentarían con vagas promesas que encubriesen la codicia de los “capitanes”, cualesquiera que fuesen. De ahí la insistencia de fray Juan de Salas: importaba confiar el asunto al mismo virrey.

    - La fundación del pueblo de San Maleo de las Esmeraldas

    65La crisis de las alcabalas alcanzó su punto álgido entre 1592 y 159371, de modo que los responsables dejaron de preocuparse por la pacificación de Esmeraldas y el establecimiento del camino hasta los primeros meses del año 1594. El 4 de abril de 1594, el visitador Esteban Marañón, encargado de restablecer la autoridad de la Audiencia, y el oidor Pedro Zorrilla72 volvieron a poner sobre el tapete el asunto del camino a la costa, precisamente porque, amén de las ventajas que se esperaban hasta entonces de su existencia, urgía que los contactos con Panamá y la península fueran más cortos:

    ...este camino que dezimos es cosa conveniente que se abra y trate porque estando abierto y siguiendole y haziendo una población en la costa y bahía de San Matheo en quinze dias se podra yr desde esta ciudad a la de Panama y en otros tales se verna de alla aca y se vernan con brevedad los avisos de España y de lo que ouiere en el rreyno de Tierra Firme para socorrello en tiempo de su necesidad73.

    66Esta vez el virrey don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, tomó muy a pecho cumplir con las órdenes del Consejo. Tenía a su mano un memorial del cabildo de Quito sobre el proyecto del camino a la bahía de San Mateo. Contestó en 23 de noviembre que holgaría que se pusiera en efecto “por ser negocio de la consideración que se deja entender”. Pidió a los regidores que le propusiesen a alguien que se encargase de ello, en relación con el oidor Marañón. En realidad no esperó su respuesta, si nos referimos a una carta a dicha entidad del corregidor de Guayaquil, Francisco Arias de Herrera, con fecha de 23 de diciembre del mismo año, en la cual avisó que el virrey acababa de “encomendarllel la jornada de las Esmeraldas”74. Le correspondía efectuar la “entrada, pacificación y población de la provincia de las Esmeraldas”. AI parecer, a la expedición, compuesta de sesenta hombres, no le costó mucho trabajo convencer a los primeros “mulatos” encontrados para que formasen “una manera de poblacion de ciudad que intituló San Matheo de las Esmeraldas”. Interesa citar por entero la carta que el virrey mandó al rey con fecha de 20 de enero de 1595 por la visión muy clara que ofrece de la situación:

    Desde Guayaquil a Panama ay (en la costa) tierra de mas de 300 leguas de despoblados en que se incluye la gorgona y la prouincia (que llaman) de las Esmeraldas y las bahías de San Matheo y Jaramez, y por esta costa muy montuosa y de muchas cienagas, esteras y rios y poco fertil de comidas se ha dexado de poblar y el tiempo va mostrando los muchos ynconvinientes que se siguen de no estar poblada y lo que importaría que lo estuuiese, porque alli se han recoxido algunos negros, mulatos y otros españoles delinquentes, y aunadose con los yndios de guerra que ay por allí, y han dado en aquella costa algunos nauios, y perdidose, y aunque por tierra se ha escapado gente dellos los mas se pierden y los cosarios que este año entraron en este mar e fueron alli a refrescar y tomar agua, y para remediar estos y otros ynconuinientes que podria subceder, me ha parecido muy necesario que se pueble en la dicha bahia de San Matheo, lo que he encargado al capitan francisco arias de herrera (corregidor de guayaquil) que es soldado y de experiencia, y se corresponde con un capitan mulato que esta entre los yndios de guerra de aquella bahia y ha tratado con el de que (con los yndios) salga de paz y en rehenes, como de que lo hera assi, ha ynbiado un hijo suyo casado con su mujer y hijos y otros yndios como se vera por la carta que el mulato escriuio al corregidor cuya copia va con esto, y por ser forzoso ayudarle para hazer la dicha jornada y población con algunas armas, municiones y bastimentos, y con un nauio y barco por quenta de lo procedido de arbitrios y el negocio, estan del seruicio de Nuestro Señor y de Vuestra Majestad bien y segundad de aquella costa quanto se dexa entender, Vuestra Majestad se sirua de aprovar el socorro que yo hiciere (al dicho corregidor para el dicho efecto) que sera solamente lo necesario y forzoso75.

    67Informada de que se podría abrir fácilmente un camino hasta Quito se mostró la Audiencia totalmente dispuesta a sostener materialmente la expedición, solicitando un subsidio de parte de los vecinos que sacarían algún beneficio de la empresa “a que todos los moradores en esta tierra acudían con mucha voluntad por entender la utilidad y prouecho que recibían”. Sin embargo esta determinación no suscitó los efectos esperados, abandonando Arias de Herrera lo cometido. Los oidores le mandaron por auto que volviera a la provincia. Pero de Quito, el corregidor se dirigió a su ciudad de Guayaquil. Pronto se enteró la Audiencia de que

    por su salida y no auer cumplido con el asiento que tomo se auia despoblado el pueblo y que aquella tierra quedó en peor estado del en que estaua antes que en ella entrase con perdida y muerte de muchos españoles que metio.

    68No le quedó otro recurso que ordenar su detención y entablar un proceso, ya que se trataba de un caso de “mera justicia”. Ahora bien el virrey don Luis de Velasco embió por el proceso y el preso, viéndose obligados los oidores Juan del Barrio de Sepúlveda, Pedro Zorrilla y Esteban de Marañón a remitírselos “por escusar competencias”, lo cual no les impidió protestar con vehemencia ante el Consejo de Indias en 7 de junio de 1597:

    Suplicamos a V. Magd se sirua mandar proueerlo que en estos cassos quando acaezen se deua hazer como otras vezes lo auemos suplicado pues no es justo que guardando como guardamos al virrey su decoro en lo que le pertenece se quite a esta audiencia lo que es de su jurisdicción y con ello la autoridad que debe tener para mejor execuçion de justicia76.

    69El 29 de agosto de 1598 éste pidió explicaciones a Velasco, encargándole que tuviera “buena correspondencia con los oidores”77. Pero antes, más precisamente el 11 de agosto de 1596, le había informado de una súplica de Luis de Arcos que residía en pueblos de indios de paz que confinaban con otros de indios de guerra de Esmeraldas. Merced a su buen trato con los naturales, había conseguido que éstos convenciesen a dos caciques principales de los pueblos de guerra que pidiesen el bautismo. Llamados Pisiqui y Quisapa, estaban dispuestos a someterse a la Corona. Su ejemplo atraería a los demás caciques, y así sería fácil entrar en la provincia en busca de las minas de oro y de plata así como de un misterioso adoratorio que allí existía. Con el fin de reunir a la gente necesaria, solicitaba Luis de Arcos la concesión de encomiendas por tres vidas a sus hombres, según sus méritos personales, y de la hidalguía a sus descendientes. Además los dos pueblos que se fundarían quedarían libres de toda visita por cien años78. Era mucho pedir, pero aparentemente el Consejo de Indias no se negaba a tomar en consideración cualquier proyecto, aunque ninguno llegó a concretarse.

    3.2. La actuación del doctor Barrio de Sepúlveda

    70Como lo dio a entender muy claramente en una carta dirigida el 29 de marzo de 1601 al virrey don Luis de Velasco, el Consejo estaba harto de tantas veleidades: “...con diferentes personas se an tomado assientos y capitulaciones sobre el descubrimiento, pacificación y población de la provincia de las Esmeraldas [...] sin que ninguna de ellas aia hecho cossa de consideración en ello”. Por eso aceptó de buen grado que la misma Audienca tomase cartas en el asunto.

    - La sumisión de don Francisco de Arobe y de don Alonso Sebastián de illescas

    71Se encargó al doctor Juan del Barrio de Sepúlveda, oidor llegado en 1596 de Panamá durante la crisis de las alcabalas, de que se ocupase personalmente de dicha pacificación. Lo que se sabe respecto a la actuación de Barrio de Sepúlveda se debe en parte a la relación del capitán Pedro de Arévalo, vecino de Quito, hombre de confianza del oidor en este asunto79. Aparentemente Arévalo fue escogido por su capacidad de dominar la situación. Se interesó primero por los motivos de éxito de los negros en 1553: si llegaron a dominar la región, dio a entender que no fue únicamente por la violencia sino también por su capacidad de adaptarse, lo que llamaremos su “inculluración”:

    Los quales se mezclaron entre los dichos yndios y tomaron sus rritos y ceremonias y traje y las mugeres que les parecio de las mas principales y cacicas y se fueron apoderando y señoreando de aquella tierra e yndios della como lo an estado y estan de mas de sesenta años a esta parte.

    72Uno de los detalles más interesantes que facilita la relación concierne el número de los “mulatos” o zambahigos, que serían más de cincuenta. Poca cosa, al fin y al cabo, frente a los centenares e incluso miles de indígenas. Pero, por su nacimiento de indias principales y de cacicas, se transformaron en “señores absolutos” de la tierra. Dos se destacaron después de la muerte de sus padres. Francisco de Arobe, hijo de Andrés Mangache, tendría aproximadamente sesenta años, asevera Arévalo, lo cual es exagerado si tenemos en cuenta los datos presentados más arriba80. Entre sus hijos ya eran hombres Pedro, de 20 años, y Domingo, de 18 años. De creer al capitán, siempre se habría portado con mucha benevolencia frente a los españoles, de la cual dio una prueba patente a principios de 1600 con motivo del naufragio del barco San Felipe y Santiago salido de Panamá con 180 personas y mercancías por un valor de más de un millón de pesos. Sería Francisco el hermano de Juan Mangache de quien hemos hablado más arriba. El segundo difería mucho por su comportamiento guerrero y por su astucia: se trataba de Alonso Sebastián de Illescas, hijo del negro Alonso de Illescas, de unos 54 años, edad también exagerada, a no caber duda. Era padre de Juan de Illescas que tenía algo como 18 años. Retirado en las regiones de Campaz y Coacha que le había dejado su padre, ningún español le había visto, a pesar de las numerosas expediciones organizadas contra él.

    73Primero consiguió Barrio de Sepúlveda reducir a los indios cayapas81 en dos pueblos, Espíritu Santo y Nuestra Señora de Guadalupe, confiados para la enseñanza religiosa a un mercedario de Quito, fray Gaspar de Torres82. No fue tan fácil convencer a los zambos e indios de las regiones de Campaz y bahía de San Mateo, dando a entender Arévalo que el oidor se vio obligado a gastar de su propia hacienda. Pero aceptó Francisco de Arobe presentarse de nuevo ante la Real Audiencia en Quito, con sus dos hijos mayores y muchos indios para someterse al rey y a la iglesia, según capitulaciones preparadas de antemano. Para la enseñanza de los que se habían quedado en la tierra, se les dio a otro mercedario, fray Juan Bautista de Burgos83, quien se instaló en el pueblo de San Mateo.

    74Los libros de la Real Hacienda dejan constancia de la actuación del doctor. Era él quien, en nombre del presidente de la Real Audiencia y de los oidores, daba las órdenes requeridas para que el tesorero real suministrase las cantidades necesarias para el estipendio de los frailes descalzos y de un soldado que les acompañaba, mandados por el obispo fray Luis López a la provincia de Esmeraldas, y la compra de cuanto fuera imprescindible para el culto. Así en 17 de julio de 1598 se dio orden de pago por 253 pesos y 1 tomín, valor de las mercancías que el mercader Joan Martínez del Valle entregó a dichos frailes y que consistían en caliz, patena, vinajeras, etc84. Con fecha de 13 de octubre de 1598 se encuentran en dichos registros las órdenes para el pago de 53 pesos y 5 tomines por “el sustento y matalotaje de los mulatos e yndios de guerra de las provincias de las esmeraldas que se aguardan en esta corte que vienen a ella y a esta real audiencia a darla obidiencia de paz y reducirse al seruicio de su majestad, lo cual es en servicio y beneficio suyo”. Se debía por ejemplo a un mercader 84 pesos por 26 varas y una cuarta de damasco, una vara de seda de colores, tres sombreros, tres varas de tafetán de color, tres camisetas libradas con tres mantas, treinta y nueve sartas de chaquira, seis cuchillos, noventa agujas, diez y ocho trompas, mercancías que procedían de Castilla y de China85. Estos gastos correspondían tan sólo a una parte de lo que costó la reducción de los mulatos y de sus gentes: se había previsto en efecto un presupuesto de 1 000 pesos procedentes de los tributos del repartimiento de Otavalo86. Además de esto, se decidió aplicar a la empresa ciertas multas impuestas a los vecinos. Así en 1° de noviembre de 1598 se destinaron a esta finalidad los 30 pesos en que fueron condenados los arrieros Juan Fernández y Alonso Domínguez. En 18 de mayo de 1599 el tesorero Gaspar Alonso de Zúñiga ordenó, con el mismo motivo, que se pagasen 100 pesos, fruto de las multas recogidas87.

    75El doctor Del Barrio en su informe a la Corona del 12 de abril de 1599 confesó, con particular énfasis, que le costó harto trabajo convencer a los mulatos e indios de Francisco de Arobe:

    Deseando y por entender yo el seruicio grande que a dios y a V. Magd en la labor de esta heredad tan inculta nunca rompida y tan llena de espinas, trabas y todas malezas enuejecidas fui haziendo en ello las diligencias que pude y por los medios mas suaues y otras traças y mañas que con ellos se an tenido y lo mejor que a sido posible a sido dios seruido por su infinita bondad y misericordia que de dos años a esta parte que en esta guerra e estado ocupado trauajando de noche e de día, fiestas y no fiestas, sin cesar ni auer faltado en las otras cargas y obligaciones de mi oficio aunque a sido muy diferente de las guerras que tube en panama quando como vuestro presidente, gouernador y capitan general la defendi de los enemigos, tengo reducido al conocimiento de nuestra sancta fe catholica y sacadas de paz y a dar la obediencia a V. Magd como lo han hecho y tomandose dellas la posesion y puestose en vuestra real corona mas de tres mill y quinientas animas y entre ellos los dichos mulatos, cosa jamas ansi hecha ni vista despues que las yndias se descubrieron como todo consta y parece por la relación e testimonios y papeles hechos por mi que por la desta real audiencia se lleua a vuestro rreal consejo de las yndias.

    76Como prueba de lo afirmado, el doctor mandó al rey un retrato del capitán don Francisco de Arobe y de sus dos hijos don Pedro y don Domingo con una relación de los sucesos por parecerle “que Su magd gustaría ver una cosa tan nueua y extraordinaria y de unos barbaros que hasta agora an sido inuencibles88”.

    77Muy ufano de los resultados de su actuación, el doctor Del Barrio no dejó de volver sobre el asunto en su correspondencia con el Consejo. En la del 15 de abril de 1600 dio a entender muy claramente que si los mulatos de Esmeraldas y sus indios no se sometieron antes, la culpa era de los españoles, quienes no sólo no supieron arreglárselas para convencerles sino que se portaron de una manera contraproducente. Se valió, según aseveró, de la experiencia que había adquirido durante su presidencia de la Audiencia de Panamá. Se puede deducir de sus palabras: “...como [...] lo hize muchas vezes en tiempo de los 18 años que seruí a V. Magd en aquella audiencia de Panamá”, que fue él quien consiguió reducir a las buenas a los cimarrones de Ballano. Extraña pues la acusación ya que el oidor no vaciló en evocar sus “crueldades y malos tratamientos”:

    La conversion y población de los mulatos e yndios infieles y de guerra y el atraerlos a ser cristianos y dar la paz y obediencia a V. Magd y ser sus vasallos y estar poblados juntos y en dotrina y ser enseñados en las cosas de nuestra sancta fee catholica y abrir los caminos y nauegaciones por los rrios a la mar no se ha hecho a costa de V. Magd sino con los buenos medios y suabe proceder y con tal artificio y maña no visto ni ussado en las yndias en cassos tales y ansi se a hecho y a costa de los curacas, caciques, yndios y mulatos, con quienes por mi en nombre de V. Magd. para ello se trato y tomo el asiento que conuino y parece de los autos. Y cuando ansi an venido de sus tierras a dar la paz y obediencia a V. Magd. en esta rreal audiencia y tomadose de ellos la possesion en vuestro rreal nombre como se a hecho. Solamente a costa de V. Magd. como a sus basallos y para mas los aficionara traer y confirmar en vuestro real seruicio y nuestra sancta fe catholica se les a dado matalotaje para la venida a esta audiencia y buelta a su tierra y el aviamiento necesario y de comer el tiempo que aqui an estado y de vestir y algunas otras cosillas con gran moderación con que an buelto muy contentos y se an poblado y van poblando como lo estan ya muchos de ellos en tres pueblos y con sacerdote que los doctrina como esta dicho y parece mas largamente de la dicha relación y papeles y salen cada dia otros de mexor gana y perdido el temor que tenian y an cobrado a los españoles por las crueldades y malos tratamientos que siempre dellos an Reçeuido quando an entrado mano armada a los querer pacificar o por mejor decir rrobar y quitarles sus mujeres y hijos y venderlos como esclauos segun se a uisto por las obras y parecer de algunos processos cerca dello fechos.

    78Se entiende entonces mejor la sumisión de los indios a los “mulatos” y las reticiencias de éstos de tratar con los españoles. Hizo hincapié el oidor en la poca monta de los gastos ocasionados por la empresa que no pasaron de dos mil pesos pagados por las cajas reales para los ornamentos de las iglesias y los estipendios de los doctrineros. Como prueba de su compromiso personal, añadió que se vio obligado a invertir más de trescientos pesos de su propia hacienda. Sin embargo la opinión pública no vio estos gastos con buen ojo y, de creer al doctor Del Barrio, no faltaron las críticas dirigidas contra él, los oidores y el fiscal. Por eso solicitó de la Corona que le diera su satisfecít, ya que no le parecía adecuado abandonar los esfuerzos realizados; por lo contrario convenía cuanto antes edificar un pueblo de españoles en la bahía de San Mateo o en el lugar que pareciera más adecuado de modo a ayudar al capitán don Francisco de Arobe. Así se podría más fácilmente reducir a don Sebastián de Illescas, quien se había comprometido a someterse dentro de poco tiempo, y edificar otro pueblo de españoles en la costa hacia el río Portete o en la bahía del río Atacames89. El mismo día el fiscal don Blas de Torre Altamirano, quien había tomado posesión de su puesto el 23 de enero, corroboró lo dicho por el oidor: los fracasos pasados se debían al hecho de que los muchos gobernadores nombrados por la Corona o los virreyes no cumplieron con sus obligaciones, “por lo qual [costó] tanta gente y mucha cantidad de plata”90. El día siguiente, o sea el 16 de abril de 1600, el licenciado Miguel de Ibarra, presidente de la Real Audiencia desde el 23 de febrero, se agregó a los demás oidores para ensalzar “el limpíssimo zelo y afectuoso deseo de azertar” de Barrio de Sepúlveda, solicitando la aprobación de la Corona y la orden de seguir adelante en esta obra tan provechosa para el bien espiritual de los indios y mulatos y tan útil para el comercio con Panamá, lo cual justificaba los pequeños gastos de los que se dio cuenta91.

    79El informe redactado a fines de diciembre de 1599 por Andrés de Orozco, escribano de cámara de la Real Audiencia, a petición del doctor Del Barrio, recalca el éxito del oidor, cuando durante más de setenta años [sic] fracasaron todas las expediciones dirigidas por “gran número de capitanes y gente de guerra”. Suministra una descripción muy significativa del retrato de los mulatos que se mandó al rey, añadiendo un retrato psicológico que encaja perfectamente con los tópicos vigentes a su respecto:

    Son hombres bien dispuestos, agiles y mui sueltos. Acostumbran traer de ordinario argollas de oro llanas al cuello y las narigueras, orejeras, begotes y sortijas en la barba y botones en las narizes y aun otros en los carrillos todo de oro. Y los indios principales e yndios de la dicha prouincia y algunas otras usan también de la dicha gala. Y los collares, cadenas o sartas blancas que traen al cuello sobre el vestido dizen son de dientes de pescados y otras conchas. Suelen traer otros de otra hechura no tan galanos ni artificiosos. Traen de ordinario lancillas en las manos y tres o quatro dardos de madera rezia y aunque sin hierros mui agudos. Uan todos retratados mui al propio como son y andan de ordinario, excepto el vestido que luego que dieron la paz y obidiencia a V. Magd y dellos se tomo la posession y fueron puestos en vuestra rreal corona se les dio, como de sus retratos lo uno y lo otro parecen porque no son gente pulitica y en su tierra que es caliente no traen mas que mantas y camisetas corno los demas yndios. Tienen buen entendimiento y son muy astutos y sagaces, entienden la lengua española aunque la hablan torpemente. An sido grandes guerreros contra yndios de otras prouincias ynfieles. Temenles mucho porque matan muchos y de los que cautiuan se sirven como de esclauos con gran señorío y son terribles, determinados y crueles en el castigo.

    80Si nos atenemos a esta descripción, Francisco de Arobe y sus hijos habían adoptado las costumbres ornamentales de sus antepasados indios, prueba de su inculturación92.

    Image

    Don Pedro, Don Francisco de Arobe, Don Domingo. 1599 Museo de América (Madrid)

    81El 15 de octubre de 1600, Barrio de Sepúlveda se refirió largamente a la sumisión de don Sebastián de Illescas, “el mas dificultosso sin comparacion de allanar y atraer y que siempre a sido el mas valeroso y velicoso y señor de aquella tierra”. Con su hermano don Antonio y once indios entró en Quito en la tarde del jueves 14 de julio de 1600, después de más de dos años de negociaciones con el oidor, llevando consigo a Alonso Suárez de Cuéllar, maestro de un navio que naufragó en la punta de los manglares, al sur de la bahía de San Mateo. Había salido el barco de Panamá para la Ciudad de los Reyes con un millón de pesos de mercaderías, ochenta esclavos negros y cien españoles entre marineros y pasajeros. Casi todos pudieron salvarse, menos dos que se ahogaron. Cuéllar, once españoles y algunos negros llegaron al paraje donde vivían don Sebastián Illescas y los suyos, quienes les brindaron su ayuda. Sigue un retrato que merece la pena citar enteramente por lo elogioso que es, a la manera del que se esbozó antes a propósito de don Francisco de Arobe:

    Es un hombre bien dispuesto y fuerte, bien agestado y entiende nuestra lengua aunque hable poco en ella y parece de buen entendimiento, prudente y muy sagaz, valeroso y guerrero y al parecer de hedad de mas de quarenta años, y jamas de quantos gouernadores y capitanes y soldados an entrado a la conquista de la dicha prouincia le pudieron dar vista ni alcance ni hazer suerte en el y el si en muchos dellos y de la gente de nauios que alli se han perdido ninguno por alli se escapo ni salio con salbamento como agora los que el a traido como e dicho. A sido y es muy puntual y verdadero con todo quanto a puesto y tratado conmigo...

    82El oidor acogió a los recién llegados en su propia casa dando órdenes para que se les agasajase lo mejor posible y regalándoles elegante ropa. Como habían recibido el bautismo cuatro meses antes en San Mateo, Barrio de Sepúlveda se las arregló con el obispo para que les diera la confirmación de un modo solemne, en presencia del presidente, de los oidores y del fiscal de la Audiencia, así como del cabildo eclesiástico, de los regidores y del corregidor. Por si fuera poco aceptó ser el padrino de don Sebastián, quien, en conmemoración de su padre, cambió su nombre por el de don Alonso Sebastián de Illescas. Su hermano, don Antonio, cuyo padrino fue el fiscal don Blas de Torres Altamirano, se hizo llamar de entonces en adelante don Baltasar Antonio de Illescas: “Y también es mulato bien agestado, no muy alto, aunque fornido y espaldudo”. Dicho esto, apunta el oidor que ambos hermanos llevaban los mismos adornos que don Francisco de Arobe y sus hijos: “orejeras, narigueras y sarcillos y botones de oro en las narizes y argollas de oro”. Acompañaba también a don Alonso Sebastián su hijo más querido, llamado Juan, de unos veinte años. Solicitó Barrio de Sepúlveda de la Corona que no dejara de manifestar en el porvenir su benevolencia para con los mulatos, dando órdenes a los presidentes y oidores para que procurasen “acariciar, honrar y tratar bien a los dichos mulatos, caciques e indios” que se habían sometido de esta manera93.

    83Volviendo al relato del capitán Pedro de Arévalo, diremos que resultó mucho más arduo atraer a Alonso Sebastián de Illescas y a sus hijos que a Francisco de Arobe: precisó Arévalo que al oidor “le fue necesario husar de mayores medios e yndustrias”. Se referirían estas palabras no sólo a sus habilidades de negociador en la preparación de las capitulaciones sino también a gastos personales. Por fin aceptó someterse Alonso Sebastián de Illescas con su hermano Baltasar Antonio y unos doce indios de su parcialidad. Llegó a Quito en julio de 1600, con, afirma Arévalo, la tripulación, los esclavos y los pasajeros del barco San Felipe y Santiago. Les acompañaba fray Juan Baptista de Burgos, que jugaría un rol de primera importancia en las negociaciones. Dada la personalidad de Alonso Sebastián, quien, según las disposiciones de las capitulaciones, gastaría de entonces en adelante el “don” honorífico y el título de capitán, igual que Francisco de Arobe, la acogida fue más solemne. Vestidos a la española, él y sus hombres fueron recibidos por el presidente, los oidores y el fiscal. Como habían sido bautizados en San Mateo por fray Juan Bautista de Burgos, don Alonso Sebastián y don Baltasar Antonio, su hermano, solicitaron la confirmación que, después de algunos días de instrucción en el colegio de los jesuitas, les fue conferida en la parroquia de San Blas por el obispo fray Luis López, en presencia de la Real Audiencia, del corregidor de Quito, general don Diego de Portugal, de muchos regidores, del cabildo eclesiástico, de muchos religiosos de todas las órdenes y de numerosos españoles e indios. El doctor Del Barrio aceptó ser padrino de don Alonso Sebastián y el licenciado Blas de Torres Altamirano, fiscal de la Audiencia, lo fue de don Baltasar Antonio. Después de doce o trece días en la ciudad, que les permitieron visitar las iglesias y los conventos, se volvieron a su tierra el 19 de julio de 1600 con muchos regalos, en particular con herramientas para construir su iglesia. Les acompañaron el capitán Pedro de Arévalo, quien les había traído desde el embarcadero del río de Guayllabamba, a unas treinta y dos leguas de Quito94, Baltasar de Medina, vecino de la ciudad, y fray Juan Bautista de Burgos hasta el pueblo de San Mateo, donde estaba el capitán don Francisco de Arobe. Además, Arévalo se vio confiar la misión de suministrar a la Audiencia la información más completa sobre el recorrido hasta la bahía de San Mateo y el río Santiago95. Don Francisco de Arobe le sirvió de guía por la costa, y don Alonso Sebastián vino a entrevistarse de nuevo con él en San Mateo con un hijo suyo, llamado don Juan, un hermano, don Gerónimo, un cuñado, el cacique don Juan Mangache (¿el hijo de Andrés Mangache, quien había sido preso en Quito, o un nieto?) y un grupo de treinta indios. A los tres días don Alonso Sebastián volvió a su campamento, situado a unas quince leguas de San Mateo en la provincia de Campaz, después de obtener que fray Juan Bautista de Burgos fuera a casarle con su muger, según los ritos de la Iglesia, después de bautizar a ésta y a sus hijos. Antes de su salida, prometió don Alonso Sebastián que cumpliría con la palabra dada a la Real Audiencia de reducirse luego en un pueblo.

    84En el “asiento y concierto” firmado el 13 de julio de 1600 entre “don alonso Sebastián de yllescas mulato principal de la provincia de las esmeraldas y campaz reduzidos al servicio del Rey nuestro señor” y los oidores de la Audiencia, el jefe de los Illescas suministra detalles en cuanto a su sumisión. Se dejó convencer por las palabras de Francisco de Arobe a quien había recibido la Audiencia en noviembre de 1598. Este salió de San Mateo “de su agradable voluntad”, con sus hijos, “otros yndios a el subjetos” y un fraile descalzo de la orden de San Francisco. Fue él quien obtuvo del doctor Del Barrio el indultola “rreal prouission de perdon y seguro”– para que don Alonso pudiera llegar sin dificultad hasta Quito “con sus hijos, deudos y parientes y los demas a [él] subjetos”. La preparación del viaje se efectuó en San Mateo donde el que todavía seguía llamándose don Sebastián, acompañado por dos hermanos suyos, su hijo don Juan, otros parientes e indios, se reunió en febrero de 1600 con don Francisco, fray Juan Bautista de Burgos, Baltasar de Medina y Juan Baez. En señal de aceptación de las proposiciones de la Audiencia, el caudillo mulato besó la carta y se la puso en la cabeza. Como había alguna duda sobre si estaba bautizado, recibió en la iglesia del pueblo el bautismo (¿sub conditione?) de mano del fraile mercedario quien lo impartió también a don Juan y a algunos indios. Se decidió que don Sebastián se presentaría en julio en Quito, es decir en pleno verano, época en que las condiciones de viaje serían óptimas. Al poco tiempo dos indios sometidos a don Sebastián, que estaban pescando en el río Bunchi, encontraron cerca de su pueblo de Coacha al capitán Alonso Sánchez de Cuéllar, maestre del barco naufragado el 6 de enero con once españoles y cuatro negros. Deseoso de dar una prueba de su lealtad a la Corona, don Sebastián les acogió en su casa durante un mes antes de llevarles a San Mateo. Cuando estuvo listo para emprender el viaje hacia Quito, pasó de nuevo por el dicho pueblo para recogerles y dirigirse con su hermano don Antonio hacia la capital de la Audiencia adonde llegaron el jueves 6 de julio de 1600. El capitán Pedro de Arébalo, por orden de los oidores, se adelantó ocho leguas para ofrecer a los recién llegados “bastimentos, matalotaje y cauallos”. La recepción solemne se efectuó en la sala del Real Acuerdo de la suprema administración en presencia del presidente Miguel de Ibarra, de los oidores Juan del Barrio de Sepúlveda, Pedro de Aguiar y Acuña, Ferrer de Ayala, y del Fiscal Blas de Torre Altamirano. El doctor Del Barrio se ocupó de la manutención de los huéspedes de la Audiencia.

    85En nombre de ellos, de sus propios hijos, deudos, parientes, descendientes y de los indios a ellos “subjetos” don Alonso Sebastián y don Baltasar Antonio y sus hijos, se sometieron de su “propia y agradable voluntad” a la Corona real. Esta expresión, en sus labios, no era meramente convencional. No se presentaron los jefes zambos de Esmeraldas como los hijos de los esclavos que sometieron a los indios de la región por la violencia, sino como hijos y señores naturales de la tierra vinculados con los indígenas. Se situaron de un modo extraño en un contexto nítidamente feudal, dando a entender el texto que bien podrían extender su poder sobre los indios en el porvenir, si fuera conveniente para la misma Corona:

    ...nos entregamos y ofrecemos por basallos y subjetos de vuestra rreal perssona el Rey don philipe tercero deste nombre y los demas sus subçessores de su rreal corona de castilla y como a tal a nuestro rrey y señor natural damos la paz y obediencia de la dicha tierra y prouincia de las esmeraldas donde nosotros nacimos y nos emos criado y rresidido y bibimos y poseemos con nuestras mujeres hijos y descendientes deudos e yndios de la parte y parcialidades que en la dicha prouincia habitamos y tenemos y tubieremos y adquiriremos en su rreal nombre y para su rreal seruicio...

    86Con este texto, los zambos pasaron de hijos de esclavos, aunque libres por su condición de hijos de indias, a señores feudales que, según los esquemas medievales, se ponían al servicio del rey a cambio del reconocimiento de sus feudos establecidos y de su posible extensión en conformidad con los intereses reales. Como en todo convenio de este tipo, se comprometieron los nuevos vasallos a no agredir a los otros vasallos del soberano, tratándose en este caso de los indios de paz, lo cual podía ser para la Audiencia una manera de controlar la “tiranía” de los zambos. Pero en realidad no renunciaron del todo a sus empresas dominadoras, y éste nos parece un elemento trascendental del acuerdo que no olvidaron los zambos en el futuro:

    ...y de no hazer la lla guerra] a los yndios comarcanos a las dichas prouincias que son y fueron xpianos y le ouieren dado paz y fueren sus obedientes vasallos, ni a otros algunos sin su expresa licencia y desta audiencia en su rreal nombre so pena de caer en mal casso si lo contrario de lo susodicho que ansi juramos y prometemos hizieremos.

    87Bien mirado la aparente evolución de la mentalidad de los Illescas disfrazaba su deseo de mantener e incluso aumentar el poder adquirido por su padre. Así las cosas, no había dificultad para que los Illescas y sus indios “subjetos” admitiesen juntarse en “pueblos formados en la parte y lugar que mejor pareciere”, según el principio colonial de la reducción por motivo religioso, siendo la fe cristiana el telón de fondo de cualquier pacto feudal. Fieles a la táctica ideada por el fundador de la línea prometieron seguir brindando su ayuda a los naufragados o viajeros que pasasen por su territorio, so pretexto del mismo pacto feudal:

    Y que a los españoles yndios y negros xpianos que por la dicha nuestra tierra y pueblo, mar o rrios a el y a ella aportaren les haremos todo buen tratamiento y rregalo en quanto nos fuere posible y de lo que ouiere y subcediere por una via o por otra daremos luego quenta y auiso a vuestra altesa en esta rreal audiencia...

    88Tomadas estas precauciones, manifestaron los zambos su voluntad de participar en la empresa del camino del mar a Quito:

    Yten nos obligamos y ofrecemos según de suso por nosotros y los nuestros de que siendo vuestra rreal persona seruida mandar se haga y pueble alguna ciudad o villa de españoles en algún puerto de la mar del sur que con la dicha nuestra tierra confina y se eligiere y señalare de que ayudaremos a ello en quanto nos fuere posible y segun se ordenare y mandar y nos parece seria muy acomodado entre el portete y los quiximies.

    89Así pues cada una de las dos partes sacaba un provecho de este acuerdo que firmaron por los zambos fray Juan Bautista de Burgos, el capitán Pedro de Arévalo, Balthasar de Medina y Juan Baez, vecino de Quito, quienes, es de suponer, desempeñaron un papel importante en las negociaciones.

    90Incluso se dio a la ceremonia una evidente connotación feudal, que extraña algo en el contexto americano, con el protocolo de posesión:

    Los quales dichos mulatos siendo alli preguntados si la presentaban y venian a dar la obediencia de su agradable voluntad, dixeron que si y luego yncontinenti auiendoseles dado a entender la fuerça del juramento juraron a dios y a la cruz que tocaron con sus manos derechas de que guardaran y cumpliran todo lo en la dicha su peticion contenido seguir y como en ella lo tienen dicho y jurado y prometido y de ser siempre buenos y fieles y leales basallos del rey nuestro señor y como a tal le daran y dieron la paz y obediencia y a los dichos señores presidente y oidores en su real nombre y lo pidieron por testimonio.
    Y los dichos señores presidente y oidores y fiscal dixeron que aceptaban y aceptaron en nombre y por el rey nuestro señor el ofrecimiento fecho por los dichos don alonso y don balthasar de yllescas y todo lo demas por ellos dicho prometido y jurado en la dicha su petición [...]
    Y luego yncontinenti este dicho día y mes y año el dicho señor licenciado don blas de torres altamirano fiscal en cumplimiento de dicho auto y aceptandolo en el contenido como dixo lo aceptaua y acepto se lebanto y en señal de possesion tomo por la mano al dicho don alonso y clon balthasar de yllescas y les quito los sombreros que tenían y se les bolvio a poner sobre sus cabeças y por ellos y sus hijos y los demas de la dicha su tierra y prouincia y de toda ella dijo tomaba y tomo la posesión en nombre y por el Rey nuestro señor96...

    91Efectivamente cumplieron los zambos lo prometido, como lo declaró en sus escritos administrativos el mismo doctor Del Barrio el 16 de marzo de 1601. Evocó primero el establecimiento de la alianza con el capitán don Francisco de Arobe, “mulato y caudillo principal” de la tierra de San Mateo y con el capitán don Alonso Sebastián de Illescas “otro mulato, el mas principal valeroso y guerrero de la dicha prouincia de las esmeraldas, que rreside en ella hazia la parte que dizen de campaz”. Este, después de presentar en Quito, como prenda de su buena voluntad, a los naufragados socorridos, entre ellos un esclavo, mandó que se enviase a la Audiencia a otro negro del mismo grupo, encontrado por sus hombres, Felipe, marinero y buzo. El hecho es hondamente significativo si lo relacionamos con los orígenes de los zambos, quienes pospusieron una posible solidaridad racial a la defensa de su identidad americana, actitud que encontramos en varias negociaciones con cimarrones en otras provincias de las Indias occidentales desde fines del siglo xvi, en particular con el pacto establecido entre el virrey Cañete y los negros de Ballano, en el Darién97. Para mejor valorizar la actitud de Illescas, el oidor evocó la suerte de otros pasajeros del barco naufragado, el español Juan Ortega de la Torre, y de cuatro esclavos, un hombre y tres mujeres, quienes cayeron entre las manos de indios de guerra, y de su cacique Alpán. Les habrían comido o reducido a servidumbre sin la intervención de un cacique de paz, don García Tulcanaza, gobernador de la provincia de Tulcán, encargado por el doctor Del Barrio de buscar posibles sobrevivientes del naufragio en tierras de naturales indómitos. Añadiremos que el oidor dio la orden que se vendiesen a los dichos seis esclavos como bienes de difuntos, sirviendo el producto de la venta para premiar los servicios de los zambos, del capitán Pedro de Arévalo y del cacique de Tulcán98.

    92El 30 de diciembre de 1600 el padre Juan Bautista de Burgos informó al doctor Del Barrio de su estadía entre los zambos. Por concordar en gran parte su relación con la del capitán Pedro de Arévalo en lo que se refiere a los preparativos hasta San Mateo, sólo aludiremos a lo que pasó a partir del 4 de noviembre de 1600, día en que se efectuó la salida del religioso de este pueblo hacia la desembocadura del río donde le esperaban don Alonso Sebastián y su cuñado. Tardaron cuatro días para llegar al asiento, porque se dedicaban a la pesca por los esteros. El once, día de San Martín, entraron en el pueblo que por este motivo llamaron San Martín de los Campaces. Construyeron una casa para el padre y una iglesia que se acabó para la Presentación de la Virgen, o sea el 21. En ella dijo la primera misa el mercedario con motivo de la fiesta de la Inmaculada, es decir el 8 de diciembre. Luego, según lo convenido, se dedicó el religioso a bautizar a la esposa, a los hijos, a los criados de don Alonso Sebastián y a los indios sometidos al zambo. Su regreso a San Mateo estaba previsto para el principio del mes de enero de 1601. Como prueba de afecto, don Alonso Sebastián y don Baltasar le enviarían cien lizas saladas de regalo a sus padrinos, el doctor Del Barrio y el fiscal99.

    93La presencia del religioso fue el pretexto para adelantar una fiesta tradicional que solían hacer los zambos e indios cada seis años. La describió Baltasar de Medina en una carta al oidor fechada igualmente en 30 de diciembre:

    Tambien quiero dar auiso de un brauo recibimiento que le hizieron al padre vicario toda la gente de esta tierra; y es ansi que esta gente solian hazer una fiesta señalada, de seis años, y agora por la venida del Padre Vicario a esta tierra la hizieron antes del tiempo, y fue la fiesta que todos los mulatos y yndios, chicos y grandes, vinieron cargados de pajaros, de faisanes, de perdizes, y pabas y paugies y pajaros de mil maneras, y animalejos y sabandijas de muchas suertes. Que fue cierto, para reciuir gran contento, y duro la fiesta diez dias100...

    94Así fueron testigos fray Juan Bautista y su compañero de un evento cuyo significado no entendieron. A juzgar por su periodicidad y su solemnidad, dicha fiesta correspondería a una manifestación de vasallaje de parte de los indios de la región para con don Alonso Sebastián. Pero, más que una prueba de adhesión, andando el tiempo, estos diez días de regocijo comunitario debieron de favorecer el surgimiento entre sus actantes de una toma de conciencia: la de pertenecer a un grupo social coherente y estructurado. A todas luces la presencia de los jóvenes servía para mantener y fortalecer estos lazos identificadores. Obviamente habían evolucionado las relaciones entre los zambos y los indios. De la violenta dominación evocada por las primeras relaciones, justificada con los motivos que hemos intentado destacar, aquéllos, debido al continuo mestizaje físico y cultural, habían pasado a una actitud protectora. ¿No habría querido don Alonso Sebastián darle a entender su responsabilidad al fraile para que les informase de ella a las mayores autoridades del territorio? Esta referencia de Baltasar de Medina contribuye, a nuestro parecer, a aclarar las reticencias de los zambos a doblegarse a una voluntad ajena que no tomase en cuenta sus especificidades. La reducción al seno de la Iglesia y la sumisión a la Corona no significaban para ellos, ni mucho menos, el abandono de su identidad, sino su reconocimiento, e quizá, como veremos más adelante, su reforzamiento101.

    95En esta cultura mestiza que acabamos de evocar, resultaría extremadamente difícil aquilatar el substrato africano, poniendo aparte la enseñanza militar impartida a los jóvenes que hemos evocado. Adoptaron muy pronto los zambos los usos y las costumbres de los indios, como lo patentiza el cuadro de Andrés Sánchez Galque de 1599. Fray Juan de Salas102 se refirió en 1590 a sus predicaciones “en su lengua que es de mucho gusto para ellos103”: es de suponer que se trata de la lengua de los campaces. No es imposible que se hubiera enjertado en ella algunos que otros términos específicos de origen africano, pese a la diversidad de procedencia de los dos grupos de esclavos naufragados a mediados del siglo xvi. No dista de pensarlo el jesuita Jerónimo Pallas, en su Mission a las Indias (1620). Después de hacer un rápido compendio de la historia de los “indiosmulatos”, al cual hemos aludido, añadió:

    Algunos ay que que saben hablar en lengua española porque van y vienen a la ciudad de Quito que dista pocas leguas y destos era uno el que habló con los padres en la plaia; los otros hablaran un lenguage que no aura calepino que lo interprete porque será mesciado y corrompido de una lengua india y de treinta differencias de guineo, porque cuantas castas uienen de negros tantas son las diuersidades de lenguas que ay entre ellos, y por esto se dize todos somos negros y no nos entendemos104.

    96Notaremos que los dichos del padre no pasan de hipótesis, fundamentadas sin embargo en la experiencia que tenían los jesuítas limeños de la gran variedad de lenguas entre los bozales, debído al “ministerio de negros” que solían desempeñar desde su llegada a la capital del virreinato.

    97De no ser así las cosas ¿cómo entender lo que dijo mucho más tarde, a saber en 1774, don Francisco Requena en su Descripción histórica y geográfica de la provincia de Guayaquil? A propósito de dos pueblos, el de Canoa y el de San Antonio de Tosagua, situados no muy lejos de la bahía de Caráquez y de Cabo Pasado, el ingeniero se refirió a la mentalidad particular de sus habitantes, unos zambos que pretendían descender de los negros bozales cuyo barco se había estrellado en la costa:

    En estos dos pueblos hay 230 hombres capaces de instruirse en el manejo de las armas y su carácter es humilde y de genios sencillos, sin las malicias ni vicios que se experimentan en los forasteros que comercian con ellos: son zambos de indios y usan de un dialecto particular diferente del inca. Según las noticias que ellos mismos han conservado de sus antepasados, parece que naufragó en esta costa una embarcación con negros bozales, los que se mezclaron con las mujeres del país y de este modo formaron un idioma particular, muy extraño de que se habla en el Perú105.

    98Habría pasado con el idioma de los naturales, que difería del quechua por mucho que dijese F. Requena, lo que pasó también con el castellano hablado por los bozales: a partir de esta lengua habrían forjado los zambos una “media lengua” que heredaron sus descendientes. No se puede negar de un modo tajante que la expresión de los zambos de San Martín de los Campaces hubiera experimentado una evolución semejante. Al fin y al cabo, todo dependía de la densidad del elemento étnico, y es de admitir que era muy floja en este caso.

    99Pronto tuvo el pueblo de San Martín su propio cura, otro fraile mercedario, a quien se le dio lo necesario “para decir missa y celebrar los distintos oficios y administrar los santos sacramentos” según afirmó el doctor Del Barrio en una carta dirigida al Consejo de Indias en 25 de abril de 1602106.

    100Los gastos que ocasionó la política de Barrio de Sepúlveda, en el caso de Alonso Sebastián de Illescas como en el de Francisco de Arobe, corrieron a cargo de las cajas reales. El tesorero Simón de Basauri no dejaba de justificar los libramientos despachados por el oidor en nombre de la Real Audiencia evocando la reducción al servicio de la Corona de los “yndios de guerra y mulatos de las esmeraldas, yambos y cayapas” y los acuerdos firmados con ellos, antes de dar las órdenes requeridas. Valgan por ejemplo una referencia sacada del Libro de los libramientos con fecha de octubre de 1600. A Pedro Ponce de Castillejo se le debía la cantidad de 240 pesos y 1 tomín por las compras que hizo en diferentes tiendas de la ciudad “para vestir a don alonso Sebastian de yllescas y a don baltasar antonio su hermano, mulatos principales de la provincia de las esmeraldas y a los yndios que con ellos vinieron a esta corte a dar la paz y obediencia a esta real audiencia en nombre de su magestad”. Según las instrucciones del tesorero, el cajero real acudiría al dinero correspondiente a las multas que era más que suficiente. Del mismo modo, estipuló el oficial real en 22 de octubre de 1600, se pagaría el vino que usaba para el culto divino “fray Juan Bautista de Burgos, vicario del pueblo nuevo de san matheo, de la prouincia de las esmeraldas y doctrinero de los mulatos y indios dellas”107. El mismo Libro de libramientos deja constancia de que se pagaban los estipendios de los doctrineros de los mulatos e indios de las Esmeraldas con el dinero procedido de los tributos de Otavalo. A fray Pedro Romero, doctrinero de San Martín de Campas, se le dio 67 pesos y 2 tomines por 273 días pasados en su doctrina, o sea del 1o de agosto de 1603 al 30 de abril de 1603. Fray Hernando de Hincapié cobró 75 pesos y 6 tomines por 153 días que sirvió la doctrina de San Mateo que empezaron a correr el 1o de agosto y acabaron a fines de diciembre de 1603108. Así se pagaban también los servicios de los sacristanes como el indio Francisco Allama, quien recibió 65 pesos por 8 meses de presencia en el mismo período109.

    101Según la legislación vigente, el tesoro real no podía encargarse de estos gastos sin una decisión oficial transmitida a sus servicios. Hemos visto más arriba que Simón de Basauri no se olvidaba de juntar a sus órdenes de pago una copia de los libramientos ordenados por el doctor Del Barrio en nombre de sus colegas, quienes le dieron los poderes requeridos merced a un “acuerdo de Hacienda”. En 1601, se inscribió en el Libro de acuerdos de Hacienda todo lo que estaba a cargo de los oficiales reales en relación con los mulatos e indios de Esmeraldas desde hacía tres años:

    -yten de mas de lo sussodicho el rey nuestro señor tiene por hazienda real y por patrimonio y en su rreal caxa los mulatos e yndios ynfieles y de guerra nueuamente de tres años a esta parte atraídos de paz y asi cristianos y basallos suyos por orden de la dicha audiencia, presidente, oydores y fiscal y oficiales rreales que en los acuerdos que para ello se hicieron se hallaron presentes y unanimes y conformes lo acordaron, es a saber el licenciado esteuan marañon que como oydor mas antiguo a la sazon en ella presidía y el licenciado pedro de zorrilla y el doctor joan del barrio de sepulveda y licenciado don rodrigo de aguiar y acuña oydores y el licenciado miguel de horozco fiscal y el contador francisco de caçeres y gaspar alfonso de çuñiga tesorero como parece de los dichos acuerdos que estan escriptos en otro libro de acuerdos de hazienda rreal que esta en poder de los dichos oficiales rreales.

    102Por si fuera poco la memoria presenta un resumen de lo ocurrido, primero con la instalación progresiva de Francisco de Arobe, “mulato y caudillo principal”, sus hijos y su gente en el pueblo de San Mateo, la enseñanza de la doctrina cristiana por fray Juan Bautista de Burgos, luego con la reducción de Alonso Sebastián de Illescas, “otro mulato el mas principal, valeroso y guerrero de la dicha prouincia de las Esmeraldas” que se presentó en la corte con muchos españoles que habían naufragado en la punta de los Manglares, pidió que fray Juan Bautista de Burgos se fuera a bautizar a sus familiares y solicitó que se le diera un religioso para asistirles en el pueblo de San Martín de los Campaces donde se construiría una iglesia puesta bajo la advocación de “la presentación de nuestra señora”110. Este formalismo patentizaba la importancia que se concedía a la reducción de los dichos mulatos que, al fin y al cabo, costaba su dinero.

    - El papel del licenciado Rodrigo de Aguiar y Acuña

    103De los informes recibidos, concluyó el Consejo de Indias que, donde las precedentes expediciones fracasaron, acertó el oidor Barrio de Sepúlveda sin acudir a la fuerza coactiva. Por lo contrario, “...él lo ha hecho con buenos y suaves medios y estan pacificos muchos de los dichos naturales y dispuestos para recibir la fee y baptismo”. El documento no se refiere de ningún modo a los procedimientos utilizados, pero no es de olvidar primero que, desaparecidos sus caudillos negros, una parte de los zambos había aceptado ya reducirse al pueblo de San Mateo, y luego que, así lo dio a entender Luis de Arcos en 1596, ciertos caciques de guerra se dejaron convencer por sus vecinos de paz de adoptar una actitud más acogedora. Ya estaban enseñando la doctrina ciertos religiosos en la provincia, prueba patente de que se podía ir adelante. Urgía pues que el virrey le concediese al presidente de la Audiencia de Quito los poderes necesarios (“la superintendencia de la execución dello”) para el nombramiento de un gobernador que se encargase de “pacificar y poblar la dicha provincia con la menor costa que fuere posible” de la hacienda real111.

    104El 12 de abril de 1601, el cabildo de Quito le expresó a la Corona su satisfacción por los resultados obtenidos por el doctor Barrio de Sepúlveda en la “pacificación y población” de los zambos e indios de guerra112. A decir la verdad, los regidores deseaban que las autoridades administrativas no se detuvieran en sus esfuerzos de manera a satisfacer sus intereses económicos. Convenía explotar las minas de oro de la tierra, ofrecer la mayor seguridad en la costa para los navios de comercio, y, por supuesto, abrir el camino a la sierra. No gastaron tinta en balde los regidores como lo prueban las instrucciones impartidas el 17 de noviembre de 1602 por el Consejo a la Audiencia113. El mismo día se avisó al cabildo de la medida114.

    105El virrey Luis de Velasco expresó a su sucesor, conde de Monterrey, su satisfacción por la actuación del doctor Juan del Barrio, quien había conseguido reducir “por medios pacíficos algunos indios y mulatos que residen en la bahía de San Mateo”, cuando todos los intentos precedentes habían fracasado. Pero no era de olvidar el motivo de esta “pacificación”, subrayado por la cédula de 29 de marzo de 1601:

    ...hay noticia de que por allí se puede entrar a otras provincias comarcanas y que podrían ser útiles al comercio y trato con Panamá, demás del servicio que se hará a Nuestro Señor en convertir las almas de los naturales.

    106Teniendo en cuenta las instrucciones, según las cuales los gastos no podían correr a cargo de la Real Hacienda, el conde de Monterrey se vería obligado a contar con alguna iniciativa personal para llevar a cabo esta empresa115.

    107Otro oidor le sucedió a Barrio de Sepúlveda en el cumplimiento del cometido. El licenciado don Rodrigo de Aguiar y Acuña le informó al Consejo del estado de las cosas el 12 de abril de 1604. Seguían llegando zambos de su plena voluntad al pueblo de San Mateo y se hacía lo necesario para que los indios pudiesen beneficiar de la enseñanza cristiana adecuada de modo que se afianzase su fidelidad. Este documento nos hace más nítida la política de Barrio de Sepúlveda, que, a nuestro parecer, consistía en separar a los zambos de los indios, según el esquema bien conocido de la separación de las “castas”, según el cual cabía separar a éstos de las “mixturas” cuya influencia les era hondamente perjudicial, en este caso con la herencia bélica transmitida por los antiguos esclavos. Con la desaparición de los primeros caudillos y el apoyo de una administración más poderosa y voluntaria, les resultaría menos dificultuoso a los doctrineros convencer a unos zambos de que su ventaja consistía en reducirse al pueblo de San Mateo, donde encontrarían una vida más de acorde con sus aspiraciones. Obviamente, la evolución de la situación se debía más a la sutileza política de los oidores encargados del asunto que al recurso a la violencia coactiva, del cual no obstante, darían a entender, se valdrían en caso de necesidad. Así que ciertos zambos se verían obligados a escoger el mal menor. Aprobó el Consejo el balance de don Rodrigo de Aguiar y Acuña, ordenándole que siguiera adelante hasta el final de su mandato en Quito116.

    108Una relación de 1605 hizo particular énfasis, en su descripción de los términos de Puerto Viejo que confinan con Esmeraldas, en la actuación de los mercedarios en la “pacificación” de los zambos que unos años antes “corrían toda aquella cordillera haciendo guerra y mucho daño a los indios de la tierra que son los llamados gibaros”. Entre ellos era muy conocido fray Pedro Romero

    a quien los mulatos, señaladamente los de la provincia de campaço, que es la más cercana a ésta y su mayoral que se llama D. Alonso Sebastian de illescas, tienen mucho respeto. Así que ahora goza esta tierra de paz117...

    109La Corona había tomado a cargo los estipendios de los frailes mercedarios y de sus sacristanes que se encargaban de la doctrina de los zambos e indios de Esmeraldas. Las relaciones de los obispos de Quito o de los presidentes de la Real Audiencia aluden a ciertos de ellos. Por 222 días que en el año 1624 estuvo entre sus fieles fray Baltasar Rodríguez con Mateo Rodríguez, se le abonó la cantidad de 167 pesos. Por los 243 días siguientes, cobró 183 pesos. Le sucedió en el puesto hasta por lo menos 1629 fray Manuel de Sosa. Luego le tocó a fray Alonso Méndez118. Según el informe del presidente Antonio Morga, con fecha de 26 de marzo de 1631, había tres curas en Esmeraldas: uno en San Mateo, otro en Cabo Pasado y un tercero en el pueblo de Cayapas119. La descripción del obispo don Agustín de Ugarte Saravia del 24 de marzo de 1650 atribuye la doctrina de la “bahía de San Mateo, puerto del mar” a la orden de la Merced120.

    110Dicho esto, los zambos no habían renunciado, frente a los indios que no les obedecían, al instinto guerrero y dominador que se les había inculcado desde la niñez. En el expediente presentado por Martín de Fuica en 1619 con la finalidad de solicitar el permiso de abrir el camino a la bahía de Caráquez, el testimonio del capitán Alonso de Cabrera no deja ninguna duda al respecto. En 1605, el corregidor de Quito le comisionó para encabezar la represión de “los mulatos mangaches y arobes” que habían agredido a los pueblos indios de Cotongo y Bolo, ubicándose posiblemente este último a orillas del río del mismo nombre, con la voluntad de reducir a los sobrevivientes a la servidumbre121.

    111Ha llegado el momento de preguntarnos por el optimismo del doctor Del Barrio y del licenciado Aguiar. De creerles, los mulatos de Esmeraldas y los indios a ellos sujetos daban pruebas de una benevolencia de la que no tardarían en surtir buenos efectos. Era contar sin la capacidad de resistencia pasiva de estos seres que aparece de un modo nítido en un informe que mandó a la Real Audiencia en 23 de mayo de 1607 el doctrinero de San Mateo, fray Hernando Hincapié122. Salido de Quito a primero de agosto de 1606, no tuvo la oportunidad de rendir cuentas de su actuación, debido al aislamiento más completo. Viéndose obligado a trasladarse a Puerto Viejo para recobrar fuerzas y adquirir lo necesario para la prosecución de su misión aprovechó la ocasión para presentar un balance de la situación de los mulatos que entra en contradicción con los informes mandados por los oidores a la Corona.

    112Primero asombra el hecho de que el fraile no se quedara mucho tiempo en su doctrina, a saber el pueblo de San Mateo. Parece que, contrariamente a lo que se daba a entender de un modo oficial, distaba mucho de ser efectiva la reducción al nuevo pueblo de la gente sujeta a Francisco de Arobe. Manifestaba ésta una obvia renuencia a las instancias del fraile, quizá excesivamente imperiosas, lo cual suscitó una tensión que le llevó a alejarse momentáneamente del pueblo, defraudado en sus ingenuas esperanzas. Al fin y al cabo, no quería admitir que no se podía tan fácilmente ir en contra de costumbres hondamente arraigadas:

    ...halle la gente de aquella provincia tan despoblada y tan dividida que me costo mucho trauajo el rreduzirlos a pulida christiana y visto que acudia tan mal a mis llamamientos y amonestaciones christianas para el bien de sus almas me parecio dexarlos por entonces.

    113Esta primera estadía en San Mateo no duró más de cuatro meses, poca cosa para un objetivo tan ambicioso. En noviembre, si nos atenemos a los datos suministrados por la carta, se trasladó al “aciento y población de don Sebastian de yllescas mulato gobernador de aquella provincia”. Es de suponer que a la sazón el pueblo de San Martín de los Campaces, donde residía el personaje, no disfrutaba de la presencia de un doctrinero, viéndose así Hincapié libre de tomar alguna libertad con la misión confiada por la Real Audiencia. En un primer momento también le decepcionó la actitud del caudillo, quien manifestó una abierta indiferencia frente a los objetivos del fraile: “estubo en sus principios muy rrebelde obstinado”. Necesitó valerse de su arte persuasiva para convencerle a don Sebastián, enfermo de gravedad, que consintiera a confesarse in articulo mortis. Murió reconociendo “a dios nuestro señor”: esta información, que podría asimilarse a un tópico en cualquier circunstancia, es de mucho peso en el contexto. La convicción religiosa del caudillo y de su gente bien podía ser más superficial de lo que afirmaron las autoridades años atrás, reduciéndose de hecho a un mero formalismo político destinado a adormecer las veleidades belicosas de la clase gubernativa, a no ser que el fraile quisiera valorizar su propia actuación, posibilidad ésta que no es de descartar del todo. Tercer momento: la introducción del plan ideado por el religioso de modo a convencer a los familiares del finado, desamparados frente a la desaparición de su jefe, de que abandonasen su asiento para reducirse a un lugar más fácil de controlar y donde pudieran ser de alguna utilidad.

    114El principal argumento esgrimido por el mercedario consistió en ponderar la necesidad para los mulatos y sus indios de encontrar un lugar más propicio al desarrollo de su comunidad: “y después de muerto persuadi a sus hijos y hermanos dexasen aquel aciento por ser malsano [...] y se rredugesen todos juntos a una población mejor sana y mas agradable para su conservacion...”. Aparentemente, el religioso ya sabía dónde instalar al nuevo pueblo, o sea en el cabo Pasado, donde los recién llegados podrían socorrer a las víctimas de los numerosos naufragios que ocurrían por la costa. El sitio escogido, aseveró el fraile, permitiría asegurar la manutención de los inmigrantes debido a la gran fertilidad del suelo, lo cual facilitaría la tarea del doctrinero. Pese a ciertas reticencias, logró que se le destacase un pequeño grupo de unos cincuenta mulatos e indios, encargado de preparar la futura mudanza desmontando tierra y sembrando lo necesario para acoger a sus compañeros en su debido tiempo. Fray Hernando se declaró seguro de que a partir de fines de junio de 1607 se podría empezar el éxodo. Veremos más abajo que llegó a concretarse el plan y a formarse el pueblo de cabo Pasado.

    115Así que no se puede negar cierta distorsión en la relación de los hechos por las autoridades. De ello eran conscientes los padres mercedarios, enfrentados con las dificultades en el terreno, si nos referimos a una crónica de mediados del siglo xvii, escrita por fray Pedro Ruiz Naharro, quien pertenecía al convento de Lima. Evocando la conquista de la costa del Ecuador actual por los hombres de Pizarro, valorizó el fraile las obras de sus hermanos en religión en favor de la evangelización de los indios de “aquella provincia de las Esmeraldas, y las demás de la tierra de Manta, Quipuaza, Charapato, Xipixapa y provincia de Guayaquil”, salvo en la bahía de San Mateo:

    Que habiendo llegado allí años adelantes un navio, se huyó de él a nado un negro, esclavo de un fulano de Illescas, que alteró la gente de suerte que no reconocían al rey, por haber levantado por tal a dicho negro que los defendía de los españoles; de tal suerte que mientras vivió no fue posible reducillos; y si bien después de muertos dos solos religiosos de mi orden, llamados fray Hernando Incapié y fray Juan Bautista de Burgos, los redujeron, y hoy los administran religiosos de dicha mi orden, habiéndose fundado un convento en la ciudad de San Gregorio de Portoviejo, seis leguas de Mantes, el año de 1535123.

    116Si bien no parece muy precisa la información documental del autor, es de notar lo acertado de su rápido análisis en cuanto a la legitimidad del poder de Alonso de Illescas sobre los indios de la provincia de Esmeraldas. Nada de imprecaciones, de referencias a la “tiranía” del negro, sino más bien una visión muy pragmática de los hechos. Consiguió imponerse a los indios y sobre todo mantenerse porque “los defendía de los españoles”. Esta aseveración es de mucho más peso de lo que parece a primera vista: admitió el cronista que entre dos males, los naturales escogieron el menor, o sea el control de los Illescas que les permitía vivir de acuerdo con sus antiguas costumbres a las que se adaptaron los recién llegados. Tan sólo después de la muerte de los padres Hernando Hincapié y Juan Bautista de Burgos, añadió, se consiguió reducir a los mulatos, debido a los esfuerzos de su orden realizados a partir del convento de Puertoviejo.

    3.3. La gestión del presidente Miguel de Ibarra

    117Volviendo a la actuación de fray Hernando Hincapié, a la sazón ya era presidente de la Audiencia el licenciado don Miguel de Ibarra. Le pareció que había llegado el momento de cumplir con las instrucciones reales de 17 de noviembre de 1602 tomando en cuenta las proposiciones de Hernán González de Sáa, quien se declaraba dispuesto a entrar en la provincia de Esmeraldas con unos hombres para fundar una o dos ciudades. De ello avisó a la Corona el 24 de octubre de 1606. Prudentemente, el Consejo de Indias le pidió el 1° de noviembre de 1607 que diese cuenta al virrey124, como si desconfiase de la capacidad de los oidores de resistir a las presiones de los particulares. El mismo día mandó un mensaje detallado al respecto al virrey, en que le expuso los argumentos de González de Sáa. A decir la verdad no diferían mucho de las razones manejadas por los proyectos precedentes si no fuera por su insistencia en ciertos aspectos. Evocaba la posibilidad de instalar un asiento de minas para explotar el abundante oro con los indios de paz y los de guerra que pronto se reducirían. Para el traslado de las mercancías se utilizarían los “ríos caudalosos y ondables”. En cuanto al proyecto de edificar una o dos ciudades, la evolución de la situación en gran parte de la provincia lo hacía más factible. Pero necesitaba González de Sáa, en compañía de otro vecino de Quito, reconocer la tierra con gente armada para saber cuáles serían los ríos navegables y ubicar los posibles puertos125.

    118Entretanto, más precisamente el 8 de mayo de 1607, el licenciado Miguel de Ibarra ya había suministrado al Consejo las conclusiones de la expedición de Hernán González de Sáa y de Diego Ramírez, vecino de Quito126. Había descubierto un buen embarcadero en el río de Santiago (al norte pues del río Esmeraldas donde estaba ubicado el pueblo de San Mateo). Pero no había hallado “camino apacible para poder traginar rrequas”. Por eso propuso sus servicios el capitán Cristóbal de Moya, corregidor de Quito, convencido de que con la abertura del camino y el comercio se apaciguarían los zambos e indios de la provincia de Esmeraldas. Moya, defendiendo los intereses de los mercaderes, volvió sobre un argumento tan trillado como llevado: para exportar los productos de la sierra hacia Tierra Firme, era preciso trazar el camino más corto posible hacia la costa. El pensaba que el enlace con Panamá podría efectuarse en tan sólo seis días. Según parece, habían pecado de optimistas los que creyeron que estaba a punto de desaparecer el obstáculo de los zambos: quedaban todavía algunos irreductibles con sus “secuaces” indios como solía decir Cabello Balboa. El Consejo se dio por informado el 4 de febrero de 1608127. Pero antes, el presidente había insistido en otra carta con fecha de 15 de abril en el interés de edificar un pueblo en la ribera de la bahía del río Santiago, al cual se podría “reducir y allanar los mulatos de las esmeraldas con muy poca costa y cuydado”. Se les obligaría “a venir a la obediencia y seruicio de Vuestra magestad aunque no quieran”128.

    3.4. La “representación” de Martín de Fuica

    119En realidad el proyecto del presidente Miguel de Ibarra no surtió los efectos esperados. El virrey ordenó al capitán Miguel Arias de Ugarte, corregidor de Otavalo y al padre fray Pedro Romero, de la orden de la Merced129, que tomaran la cabeza de una expedición de treinta soldados que se dirigió al río Santiago. Encontraron cerca de un lugar que se llamaba Ancón de las sardinas un estero que permitiría el acceso de barcos de buen porte. Cerca de él decidieron edificar un pueblo con el nombre de San Ignacio de Montesclaros cuya futura población se encargaría del trajín de las mercaderías desde el desembarcadero hasta Quilo, por una distancia de 45 leguas. Pero el principal obstáculo lo representaban los indios malabas, quienes, después de dar pruebas de benevolencia frente a la actuación del padre Romero, se rebelaron y mataron a tres soldados. No les quedó más a los sobrevivientes que dirigirse hacia San Mateo, viéndose obligados a volver a Quito con la ayuda de los mulatos, como informó el 9 de marzo de 1612 el superintendente de la empresa, el oidor Juan Fernández de Recalde130. Algún tiempo después, o sea el 1o de abril, el oidor Zorrilla puso el dedo en la llaga: se había gastado más de 10 000 pesos en vano. Las dificultades para trazar el camino eran grandes: “que todos los que an ollado aquella prouincia lo tienen por casi ympossible por ser toda la tierra de montaña cerradísima y de grandes pantanos”. Además faltaban los indios que pudieran acudir al trajín de las mercancías. De modo que sugirió el oidor el abandono del proyecto131.

    120Se buscaron otras soluciones, en relación con la “tierra de los mulatos”. Las encuestas pusieron de relieve las pésimas condiciones que imperaban en ellas: era tierra “caliente”, “enferma”, llena de mosquitos, culebras, tigres, leones “y otras sabandijas malas y perjudiciales”132. Sin embargo por carta del 19 de abril de 1615 se llevó al conocimiento del Consejo de Indias que otro corregidor de Otavalo, Paulo (o Pablo) Durango Delgadillo, también gobernador de los Quijos, había reanudado con el proyecto del camino de Quito hasta el puerto de Montesclaros133. Compró una fragata que trajo de Panamá con la cual hizo tres viajes. En el primero pudo socorrer el puerto con pólvora y alpargatas en menos de veinte días después de la agresión de los piratas holandeses, volviendo la fragata cargada de mercaderías. En el tercero llegaron cartas a Quito en menos de treinta días. Pero el sucesor de Montesclaros el príncipe de Esquilache, le quitó a Durango Delgadillo el corregimiento de Otavalo para darlo a don Diego de Avendaño, lo cual puso fin a las esperanzas, protestó el oidor Sancho de Mújica el 15 de abril de 1617134. No renunciaron por ello los oidores a apoyar el proyecto del río Santiago, como lo hicieron en una carta al Consejo de Indias del 20 de abril de 1618:

    ...esta prouincia tendrá muy conocidos aprouechamientos y granjerias con tener puerto tan a la mano para bender sus cosechas de trigo y otras legumbres, y los mercaderes más fácil su nauegación y con menos riesgos y costas...

    121Quedaba por vencer la oposición del virrey, por lo cual la Audiencia solicitaba órdenes al respecto de parte del Consejo135.

    122Dos años antes, el 10 de abril de 1616, el presidente de la Audiencia, el doctor Antonio de Morga, informó que fray Diego de Pacheco, el propio doctrinero de los mulatos y de los naturales, ubicado en cabo Pasado, planeaba trazar un camino desde la bahía de Caráquez (llamada a menudo “Caracas” en la documentación) hasta Canzacoto sin costa de parte de la real hacienda136.

    123La incesante búsqueda de un camino seguro que permitiera reducir las distancias entre Quito y la costa manifiesta el interés de los mercaderes quiteños. Uno de ellos, Martín de Fuica, gastaría toda su hacienda, o sea unos 10 000 pesos, en la apertura de un nuevo eje para la cual no dejó de hacer trámites de 1615 a 1620137. Arrancaría de la bahía de Caráquez, desembocadura del río Chone situada más al sur de San Mateo.

    124El mercader formó una compañía con fray Diego de Velasco, doctrinero mercedario de Pasado, situado cerca del cabo del mismo nombre, y de Coaque, ubicado a orillas del río así llamado, adonde se habían reducido muchos zambos con sus indios. El estado del fraile no le impidió presentar el 22 de marzo de 1616 un proyecto de capitulaciones a la Corona de modo a defender sus derechos en caso de acierto. Sus exigencias, para él y su sobrino, parecen exhorbitantes. No nos explayaremos en su examen porque no hace al caso si no para emitir la hipótesis de que su codicia desagradaría sumamente a sus superiores que le mandaron al Perú138. La tierra entre la bahía y Quito, de una gran fertilidad, no presentaba ningún obstáculo mayor. Lo interesante del plan es que, para las obras a efectuar, proponía acudir a los indios y zambos de los pueblos de Pasado y Coaque. Por ello solicitaba que se librasen provisiones reales que les ordenasen dedicarse a tal ocupación “honrrandoles sus perssonas de manera que ellos y los demas de aquella prouincia se alienten...”. El doctor Antonio de Morga, presidente de la Audiencia, exigió primero que se tratara bien a los mulatos. A la proposición de Fuica, contestó efectivamente del modo siguiente:

    Esto tiene dificultad rrespecto de la calidad y condicion de los mulatos que si sienten los quieren meter en subjecion por este camino dispararan con mayor daño y conuiene auenirse ellos con su cuidado. Pero si estos de su voluntad con sus subjetos quisiesen rreducirse a la nueua poblazon de caracas no seria malo procurarlo con buenos medios, persuasiones y comodidades que se les hagan139.

    125Por fin no vio inconveniente alguno en apoyar esta proposición el 12 de abril: “Proueyó su señoría en quanto a este capítulo que se hara con los mulatos todo lo que mas se pudiere hazer agradeciendoles el cuidado que tuuieren en acudir a esta obra a satisfacciOn suya”. En el asiento contestó de la manera siguiente a las proposiciones:

    En quanto al primer capitulo que para abrir el dicho camino, se ha de ayudar de los indios naturales de los pueblos de Pasao y Coaque, que seran sesenta indios gandules, y los mulatos, que assi mismo estan en los dichos pueblos por el tiempo que fuere necesario, pagandoles su trabajo.
    Su señoria manda que para este ministerio le [...] ayuden los indios gandules de los dichos pueblos de Pasao y Coaque, y los mulatos que ay en ese dicho distrito, con que no excedan de quarenta personas, tratandolos con suauidad, y pagandoles su trabajo140.

    126¿Qué significa esta aprobación?¿No estarían todos de acuerdo para valerse del poder de los zambos sobre los indios de modo a imponerles su participación en las obras? El mismo Martín de Fuica, en una carta al presidente de 1° de septiembre admitió que sin la ayuda de los zambos le resultaría muy trabajoso reconocer la tierra. Por eso le parecía imprescindible sacar provecho de la presencia de unos representantes suyos en Quito para convencerles de su utilidad, parecer que compartió el cabildo el 2 de septiembre. Pero hubo más. A los pocos días, se les pidió efectivamente su opinión respecto al proyecto. La respuesta de Juan, Baltasar y Jerónimo de Illescas, Juan del Barrio, Gonzalo y Pedro de Arévalo, de Coaque y de Pasado, es de sumo interés por varios motivos. Primero no podemos pasar por alto su manera de evocar a los indios que les obedecían: eran “sus indios”, como si existiera un lazo de vasallaje admitido de todos, incluso de las autoridades a quienes se dirigía el informe. En la relación que dieron del primer intento de reconocimiento con Fuica, efectuado con la mediación del teniente gobernador de Puerto Viejo, que se soldó por un fracaso, llama la atención la actitud de los zambos frente a los indios de Canzacoto:

    Hizieron segundo viaje a la dicha prouincia por el mismo camino aunque con algun rriesgo de sus vidas porque como los yndios de los niguas de cançacoto son enemigos de los dichos mulatos como supieron que auian llegado a su tierra se pussieron en armas contra ellos queriendo tener guerra y matarlos como lo hizieran si en aquella ocassion no se hallara como se hallo en aquella tierra un rreligioso del horden de sancto domingo doctrinero de aquel partido que los apaziguo y agassajo a los dichos mulatos y a su gente dándoles mantenimiento necessario.

    127No nos extrañaría que los zambos de Coaque y Pasado hubieran visto en su participación en el proyecto una manera indirecta de reducir a estos indios a su obediencia, con el consentimiento tácito de las autoridades. Claro que no lo dijeron claramente, justificando su ayuda por el deseo de disfrutar en sus pueblos, merced al camino, de la presencia permanente de un doctrinero: dadas las dificultades de acceso, el religioso que les servía de cura sólo se quedaba dos meses al año con ellos. Por si fuera poco, la delegación aprovechó la oportunidad para sugerir a la Audiencia que podría prestarles su ayuda a los zambos de Coaque y Pasado para obligar a 250 indios huidos de sus pueblos a que volviesen bajo su control, evocando muy hábilmente un pretexto religioso:

    Los cuales conuiene al servicio de Dios y de su magestad se rreduzgan a su población para que se enteren en la sancta fee catholica y se doctrinen y tambien para que acudan juntamente con los dichos mulatos al ministerio de abrir el dicho camino.

    128Se declararon los zambos dispuestos a sacarles del lugar donde se habían refugiado.

    129Luego patentiza su declaración que eran conscientes de la importancia de la bahía de Caráquez desde el punto de la navegación marítima. Confirmaron la posibilidad de fondear en ella sin la ayuda de la marea para los barcos de alto porte, lo cual sería de mucha utilidad para los intercambios entre la Nueva España, Tierra Firme y el Perú, principalmente después de un temporal. Era muy ventajosa también la cercanía de Manta y de Puerto Viejo al sur y de los pueblos de Pasado y de Coaque al norte. La fertilidad de la tierra y la riqueza en pescado de la costa permitirían suministrar víveres. En las montañas se encontraría la madera necesaria para la fabricación y el arreglo de barcos. No faltaban los pastos para las muías de las recuas. La presencia de salinas brindaría la sal que alcanzaba altos precios en Quito, distante tan sólo de cuarenta leguas de la bahía, que se podrían recorrer en diez jornadas de recuas. Además, se podría poblar la costa, como se hizo en Coaque y Pasado a órdenes del virrey marqués de Montesclaros, con más de 250 indios que se habían retirado en la montaña, entre los ríos de Daule y de Baba: otra vez surgió de un modo solapado el hegemonismo de los zambos que justificaron con el mismo argumento religioso.

    130El 9 de noviembre de 1619, Fuica transmitió otro memorial al presidente de la Audiencia que le recordaba los argumentos expuestos en 1616, entre los cuales la presencia en Pasado y Coaque de “los mulatos e yndios y sus subjetos”. Notemos el empleo de este último sustantivo, muy significativo de la relación de dependencia que se quería subrayar. La empresa del camino ofrecería la ocasión de una ruptura con esta situación escandalosa, cortando el paso a los abusos de que sufrían los naturales: “se euitaran los agrauios y opresión en que tienen estos mulatos a los dichos yndios pues los tratan como a esclauos suyos quitándoles sus mugeres e hijas...”. Como acabamos de ver, los zambos tenían una visión totalmente diferente, aunque también evocaban un pretexto idéntico, el de la enseñanza religiosa en favor de los indígenas. Los testigos citados por Fuica para respaldar su plan insistirían pesadamente en este aspecto. El 3 de diciembre de 1619, el general Francisco Maldonado, antiguo corregidor de Quito, aseveró que sería muy provechoso acudir a los “yndios y mulatos rretirados en aquellas montañas”: cesarían así “en los agrauios y excessos que cometen”. Juan de Urquiza, Arias Fernández, Diego Ramírez, vecinos de Quito, compartieron el mismo parecer. Este último incluso habló de libertar a los indios de las montañas “de la esclauonia en que los tiene aquellos mulatos”. Miguel Alonso, residente en Puerto Viejo, apoyó de la misma manera el proyecto,

    para que los yndios rretirados en las montañas con los mulatos de coaque se pueblen y cathetizen [sic] en la sancta fee catholica y sean libres de la esclavitud en que los dichos mulatos los tienen de tantos años atrasados a esta parte141.

    131Según el capitán Pedro de Arévalo, cuyos servicios utilizó precedentemente el doctor Barrio de Sepúlveda, habría más de cien zambos en la provincia, contando a los de Coaque, conocidos como “yllescas”. Juan de Gibaja pensaba que los indios sometidos pasarían los quinientos. Así que podríamos, basándonos en estos guarismos, estimar la población de la “república tiránica” de los “mulatos” de Esmeraldas a unos 600 seres.

    132El 2 de enero de 1620, el presidente Antonio de Morga tomó en cuenta las razones aducidas por Martín de Fuica, en particular en lo que tocaba a los zambos. No se podía hacer caso omiso de su “calidad y condición”: “que si sienten los quieren meter en subjecion por este camino dispararan con mayor daño y conuiene auerse con ellos con suavidad”. Fuica se comprometió el mismo día en procurar “con el cuidado y conssideración combeniente atraer a buena paz a los zambos e yndios que tienen en su subjeción”. Obviamente, no se atacaría abiertamente a esta dependencia, sino que se las arreglaría para hacerla más llevadera con la mediación de la enseñanza religiosa impartida tanto a los dominadores como a los dominados. Intentaría convencer a los indios refugiados en las montañas por miedo a los zambos de que se redujesen a población.

    133Así que no se ha de tomar al pie de la letra el compendio idealizado de los sucesos presentado por el mercedario fray Felipe Colombo en 1790 a partir de las crónicas de su orden:

    En su tiempo fueron los mas principales [de los zambos] al convento de Puerto Viejo el año de mil seiscientos diez y seis a dar la obidiencia al Padre Vicario General que era el Reverendísimo padre Maestro Fray Melchor Prieto; y escribe en las relaciones que nos dejó que fueron de gala, llevando agujereados las narices y los labios, de donde colgaban unos botones de oro, y de ellos pendian unas cintas que entraban por los taladros de los labios, y caian sobre la barba, y con gran presteza los apartaban para beber. Están hoy tan domesticados, que habiendo dado algunos navios al través en sus costas, ayudan a sacar la hacienda, y acuden con bastimentos, quando antes se comian los navegantes, robando quanto llevaban; todo esto se debe al zelo de los Religiosos del Convento de Quito142.

    134Se adivina pues que no faltaban los cálculos tanto de parte de los representantes de la oligarquía quiteña como de los mismos zambos, celosos de preservar su preeminencia e incluso, como hemos sugerido más arriba, de aumentarla con el pretexto del establecimiento del camino de Caráquez143. Después de tan dilatadas encuestas, el presidente Morga decidió el 5 de enero transmitir el expediente al virrey, príncipe de Esquilache. Sin embargo se dirigió al rey el 25 de abril de 1621 para valorizar el proyecto: el camino de Guayaquil, de más de ochenta leguas, resultaba muy trabajoso una gran parte del año debido a la aspereza del relieve y a las lluvias. Pero ponía en duda la voluntad del virrey de interesarse por ese tema.

    3.5. Otras expediciones y otros proyectos

    135No faltaban los que se interesaban por las tierras situadas entre Esmeraldas y Barbacoas144. Temerosos de que se les escapasen los futuros beneficios que generaría su dominación, constituyeron grupos de presión de modo a obtener de parte de la Corona los privilegios tradicionalmente concedidos a los conquistadores en atención a sus trabajos, sin lo cual, insistió, según la información suministrada por el Consejo a la Audiencia en 13 de enero de 1616, don Sancho Fernández de Miranda, alférez real de la ciudad de San Ignacio de Montesclaros (Bogotá145), ninguno de los que se habían ofrecido para el descubrimiento y la población de dichas provincias se animaría a seguir adelante. Se referían a los derechos debidos al fisco real sobre los metales y piedras preciosas, al almojarifazgo, al reparto de tierras y solares, a la fundación de mayorazgos, a la concesión de títulos de hidalgos, etc. El Consejo tomaba muy en serio estas reivindicaciones que nos hacen pensar en el cuento de la lechera, como consta de la información que suministró al respecto a la Audiencia146.

    - El camino del río Santiago y el temor a los “mulatos”

    136Estos proyectos no hacían caso omiso de lo pasado. Sabemos ya que para la Audiencia de Quito no se había de abandonar la idea de trazar un camino entre Quito y el río Santiago, emitida por Hernán González de Sáa. El príncipe de Esquilache, Francisco de Borja y Aragón, se había negado en 16 de abril de 1618 a dar su visto bueno por varios motivos. Temía que Guayaquil sufriese de la competencia del nuevo puerto, que los piratas tomasen este camino para llegar hasta Quito147, e incluso que los mismos zambos de la bahía de San Mateo lo siguiesen con una finalidad parecida:

    ...de mas desto auitan por alli cerca los mulatos de la vaya de san matheo que es jente ynconstante y barbara y avnque agora estan rreconciliados con nosotros mañana haran lo mismo con quien les diere otros tantos vestidos como nosotros les dimos que es el medio con que los hemos grangeado y aunque son pocos son belicosos y crueles y es yncreyble la matança que en dibersas vezes an hecho en los yndios xibaros148.

    137Este reparo del virrey no carece de interés para nuestro propósito: daba a entender que, por mucho que se hubiera dicho precedentemente, la administración seguía desconfiando de la lealtad de los zambos. El 17 de marzo de 1619 el Consejo de Indias presentó las conclusiones del príncipe al examen de la Audiencia de Quito, la cual se apresuró a batirlas en brecha. El presidente Morga redactó en 1o de abril de 1620 una “descripción” de la provincia de Esmeraldas que concede un gran sitio a los zambos, mostrando cómo los esclavos del naufragio de 1555 consiguieron dominar a los indios e instaurar una economía que les fuera propia a partir de su conocimiento del entorno ecológico:

    Y estos an benido no solo a multiplicarse pero como mas balientes y alentados que los yndios han preualecido en aquel asiento y an consumido y muerto los más y los que han quedado los tienen en su seruicio y subjeción y tienen algunos surgideros y barras de rrios para salir a la mar con embarcaciones pequeñas sustentandose de las mismas pesquerías sementeras y rroças de maiz mucha caga de monte pajareriua y frutas de la tierra tienen algun oro y esmeraldas...

    138A pesar de considerarse como cristianos, dichos “mulatos” siempre fueron “gente soberbia y belicosa y continuamente estan con langas y rrodelas y otras armas en astadas en las manos por las guerras y diferencias que tienen con los yndios de la tierra adentro...”. Por cierto siempre se portaron bien con las víctimas de naufragios y tenían ahora sus iglesias en Pasado y Coaque donde se les impartía la doctrina. Sin embargo se iba “con ellos en todo con suauidad para mejor conserbarlos”. Esta última referencia pone de manifiesto los temores que seguían inspirando los zambos a las mayores autoridades del territorio, quienes, al fin y al cabo, hacían la vista gorda acerca de sus relaciones con los indios, con tal que manifestasen su adhesión a la Corona y a la religión. Dicho de otro modo, se mantenía un statu quo del que ambas partes sacaban provecho:

    ...vienen los principales mulatos a la ciudad de quito algunos años desde la mar por sus beredas y caminos a mostrarse al presidente y audiencia por vasallos y sujetos de Vuestra magestad buelben vestidos y rregalados a sus casas y adbertidos de lo que se les manda especialmente tocante a la doctrina y buen tratamiento de los rreligiosos que consigo tienen y de la guardia de la costa y surgideros de sus poblazones149.

    139Obviamente el príncipe de Esquilache no conseguía olvidarse de las amenazas de “Francisco Draque, Tomás Escander, Richart Olivier del Nort” y era constante su temor de una posible alianza de los piratas con los zambos. Desde el 15 de enero de 1616, contestó el presidente Morga que en la bahía de San Mateo y los puertos de Pasado y Coaque de ningún modo podrían fondear los navios de los enemigos150. Por fin el 1o de abril de 1620, repitió al virrey que, de penetrar los piratas en el río Santiago, no recibirían la ayuda de los zambos, por estar ubicados sus pueblos muy lejos:

    Quando el enemigo se pretendiera ayudar y ellos lo desearan hazer no pueden ni tienen puertos ni surgideros para tales nabios sus sitios y poblazones estan distantes del puerto de santiago y prouincia de las esmeraldas mas de beynte y quatro leguas mas arriba por la tierra adentro mucho mas por breñas y montañas dificultuosas de passar. Quando suben a Quito no ha sido por el dicho puerto ni camino nuebo de las esmeraldas sino por diferentes veredas de su misma tierra muy cerradas, asperas y difíciles de andar aun de gente tan suelta y ligera atrauesando Rios caudalosos y passos de mucho Riesgo. Suben por otra prouincia a los niguas y a cançacoto tan enemigos y encontrados con estos mulatos que para que no tomen las armas contra ellos ni los maten es necesario prevenirlos con particular diligencia para que los dexen passar de benida y buelta y asi entran a esta ciudad de quito mas de sesenta leguas de camino en muchas jornadas y tan asperas que muchas vezes mueren en ellas151.

    140Surgían de nuevo las discrepancias entre los intereses inmediatos de los particulares, representados por la Cancillería, y los intereses superiores defendidos por el supremo mandatario del virreinato. Así que el Consejo, por no saber a qué atenerse sobre “materia tan importante”, prefirió aplazar su decisión, pidiendo el 23 de agosto de 1621 al nuevo virrey, marqués de Guadalcázar, que hiciese lo que más conviniese a la vista del expediente152. Contestando a una petición de información del Consejo de Indias, Antonio de Morga informó el 24 de octubre de 1621 del fallecimiento de Pablo Durango Duradillo. Se vio obligado para llevar adelante el proyecto del camino del río Santiago a acudir al capitán Francisco Pérez Menacho. El Consejo dio su beneplácito el 7 de diciembre de 1626153. En cuanto al camino de Caráquez, estaba a punto de acabarse cuando pereció Martín de Fuica ahogado en el río Daule. Le sucedió en el asiento José de Larrazabal, vecino de Quito, “hombre honrado y de caudal”154. Ahora bien, dicho personaje, oriundo de Lima, era el cuñado del hijo del presidente y residía en la Ciudad de los Reyes155.

    141No tuvo más suerte Menacho que su predecesor. Cayó enfermo de tanto andar “por los trabajosos caminos”. Después de su muerte, según informó el doctor Antonio de Morga al Consejo en 28 de abril de 1629, el marqués de Guadalcázar nombró como corregidor de San Miguel de Ibarra a Héctor de Villalobos, soldado del reino de Chile156. Pero de nuevo, frente a la actuación de los piratas holandeses, se planteó el problema de saber si convenía seguir con el proyecto. No se mostró favorable el nuevo virrey, conde de Chinchón, quien se remitió en 12 de diciembre de 1629 al parecer de una comisión157. El 15 de abril de 1630 ésta emitió un parecer positivo: era imposible que el enemigo se juntara “con los negros [sic] y mulatos de la bahía de san matheo158”. El 20 de abril el presidente Antonio de Morga expresó su preocupación en cuanto a la decisión del conde, temiendo que renunciara un nuevo candidato, Francisco de Frías. Con dificultad se encontraría quién quisiera tomar a cargo tal empresa159.

    142El 15 de abril de 1631, se avisó al Consejo de que quedaba suspendido el proyecto del camino del río Santiago. En cambio, el camino de Caráquez, a cargo de José de Larrazabal, estaba acabado y se había fundado en la bahía un pueblo de españoles nombrado San Antonio160.

    143Para saber más sobre los mulatos de Esmeraldas, es preciso esperar el 30 de marzo de 1638, fecha en que el licenciado Francisco de Prado expresó su preocupación. Según ciertas relaciones, vivían muy libremente y no tenían de cristianos más que el nombre, a pesar de la doctrina que les impartían los frailes mercedarios. Tenían fama de gente alzada y el año anterior la Audiencia tuvo que contemplar una querella de parte de los representantes del duque de Ubeda, quien disfrutaba de una encomienda en Canzacoto. Los mulatos de la bahía de San Mateo habían subido por el río y matado a muchos de sus indios. Se cometió el castigo a don Francisco de Prado y Zúñiga que estaba a la sazón en Barbacoas. De allí se trasladó por mar hasta la bahía, pero tuvo que enfrentarse con los frailes mercedarios que protegían a los mulatos, movidos por su sed de oro, aseveró la relación. Para mejor controlarles, convenía fundar un pueblo de españoles cerca de la bahía

    asi por la seguridad de los dichos puertos que ay alli como para rrefrenar esta gente assi en su modo de vibir como en defender a los yndios miserables que viben cerca dellos, de los quales se siruen y los tienen como esclabos. Esta tierra es de mucho oro, y muy abastecida de bastimentos y acomodada para crianza de ganados.

    144De modo que el doctor Del Barrio se había mostrado demasiado optimista161. Los zambos, conscientes de que la Audiencia no deseaba correr el riesgo de ir en contra de lo capitulado, seguían imponiendo su dominio por la violencia cuando les parecía necesario. De nuevo se ponía sobre el tapete el tema de la conquista de la provincia162.

    145Notamos pues el desplazamiento del puerto de arranque del camino hacia el norte, más precisamente hacia la provincia de Barbacoas, muy rica en minas de oro por una parte, y, por otra, con un sistema fluvial digno de interés. De ello arguyó don Lorenzo de Villaquirán, gobernador recién nombrado de la provincia de Popayán, en su carta al Consejo de fines de mayo de 1635. En un río navegable en canoas halló fundado, tierras adentro, un puerto llamado Santa María y por la costa se comenzaba a poblar otro puerto, el de Santa Bárbara, donde podrían surtir barcos de alto borde. De allí a Panamá, los navios no se demorarían más de cinco días. Tales ventajas no hicieron más que despertar los antiguos temores de que los piratas intentasen valerse de ellas, con la posible ayuda de los indios de Sindagua que estaban alzados desde hacía más de sesenta años sin que se les hubiera podido reducir por ser gente muy belicosa. Así que, el 23 de noviembre de 1636, se remitían de nuevo los consejeros al parecer de los oidores163.

    146Este tipo de tergiversaciones explica que no se dio un solo paso adelante, aunque no se abandonó la idea de trazar un camino de Barbacoas hasta Pasto. Siempre encontraban los oidores un pretexto para oponerse a las vistas de los responsables locales. Valga por ejemplo su rechazo del proyecto del gobernador de Popayán, don Juan de Borja, quien había hecho capitulaciones con el virrey don Antonio de Mendoza para abrir el camino, so pretexto de que el Consejo de Indias todavía no había visto su juicio de residencia del tiempo que fue teniente gobernador de Pasto. El 25 de junio de 1640, se vio obligada la Corona a intimar la orden al presidente de la Audiencia de que no se le pusiera estorbo164. Luego se habló de un camino entre el puerto de Buenaventura y Cali, proyecto sostenido por don Juan de Salazar, gobernador de Popayán, en una carta al Consejo de 30 de junio de 1644, en el que había pensado también antes don Juan de Borja165. Pero nos detendremos aquí, por alejarnos demasiado de Esmeraldas. Lo que sí retendremos de estas nuevas proposiciones es que se había descartado la posibilidad de abrir el camino por esta provincia. A pesar de la aparente sumisión de los zambos, las autoridades seguían desconfiando de su carácter bélico.

    El camino del río Mira y la evolución de los “muíalos”

    147No obstante, quisiéramos dar un paso hacia adelante para llegar a una protesta de los zambos del pueblo de San Mateo en contra del gobernador de Esmeraldas, general Juan Vicencio Justiniano de Chávarri. El 1o de septiembre de 1667, don Gaspar Mendes, gobernador de dicho pueblo, se querelló ante la Audiencia contra los abusos cometidos por este personaje contra sus compañeros. Procedente de Panamá, donde estaba de comisario general de la caballería para Tierra Firme y la provincia de Veraguas, solicitó en 1651 de la Audiencia de Quito el permiso de abrir un camino que pasara por el río Mira y San Miguel de Ibarra. Los trámites duraron hasta 1657, año en que la Audiencia le concedió la licencia con el título de gobernador de la provincia de Esmeraldas y Mira, “tierras despobladas” donde sólo había dos pueblos de indios, los lachas166 y cayapas, y uno de zambos, San Mateo, así como el permiso de fundar una ciudad en el embarcadero del río Mira. También dio su visto bueno a la petición de sacar para las obras a 116 indios de entre los lapas y cayapas y 50 zambos de San Mateo. Como se eximiría a estos seres del tributo, Justiniano se comprometió en pagar cada año 825 patacones al fisco real167.

    148No diremos más acerca del expediente por no hacer al caso. En cambio la empresa que intentó llevar a cabo Justiniano puso de realce la evolución de los zambos de San Mateo de que interesa tratar aquí. Don Gaspar Mendes, nombrado en la cabeza del pueblo por el mismo gobernador de la provincia a proposición del doctrinero, protestó en contra de los abusos cometidos por Justiniano y su hijo. De los 20 zambos sacados seis meses antes para la construcción de un tambo en la bahía de Tumaco, distante de cincuenta leguas, perecieron seis y dos se quedaron con las piernas hinchadas y riesgo de perder la vida. Los demás sea permanecieron en Tumaco, sea se fueron a Guayaquil y a Cabo Pasado, acompañados por varios vecinos de San Mateo, por miedo a los agravios de que eran víctimas, dejando al pueblo desamparado. En realidad les empleaban el gobernador o personas de su familia para sus propios negocios, pesquería o corte de madera, olvidándose de pagarles e imponiéndoles hambre y malos tratos. Dada la situación, solicitó Gaspar Mendes del presidente que no se les compelase a los zambos a que saliesen de San Mateo, por ejemplo para poblar Tumaco, y que se diesen las órdenes adecuadas para reducir a los ausentes al pueblo. Sin tal medida, no podrían cumplir con su misión de ayuda a los barcos en dificultad por la costa. Siguen unas palabras que nos parecen patentizar la existencia entre los zambos de un sentimiento de pertenencia a su tierra, que hemos atisbado en otras circunstancias evocadas más arriba. Ya no se podía admitir que el hijo de Justiniano siguiera “despoblando nuestro pueblo como lo esta oy y desnaturalizandonos de nuestra propia patria y natural porque no haze caso de nosotros ni de las reales probisiones por no auer mas justicia que el y su padre”.

    149Detrás de tales acusaciones, pretendió el gobernador para defenderse, se encontraban los consejos del procurador de la orden de la merced y del doctrinero de San Mateo, fray Hernando de Ribera, autores del memorial de agravios. Veían con muy mal ojo su actuación que les privaba de la mano de obra necesaria para sus propios negocios, como la construcción por el cura de una fragata. Si se empleaba a ciertos zambos en el nuevo puerto, era por orden del gobierno y para el avío de los bajeles y de los pasajeros. Nunca pudo tratar mal a los vecinos de San Mateo por haber ido allí sólo una vez en 1660, visita que le permitió contar a cincuenta y un zambos casados, poniendo aparte a los solteros, a los niños y a las viudas que eran más de ciento cincuenta. Ahora bien, ocho meses antes, se presentó en Santa María de Mira fray Rodrigo Mejías, doctrinero que era a la sazón de San Mateo, con cuarenta zambos para pescar. Después de salarlo, envió el producto de la pesca a Barbacoas y a Quito, por el camino recién trazado, con la mediación de su sobrino. De creer a Justiniano, la mano de obra de San Mateo suscitaba la codicia de los doctrineros, olvidados de su misión, lo cual explicaría la acusación urdida por los mercedarios. A decir la verdad, si no le disculpaba el argumento a Justiniano, es de admitir que no era del todo inverosímil: bien conocidas son las preocupaciones materiales de los doctrineros en el Ecuador de aquella época. Así que los zambos de San Mateo habrían sido objeto de una rivalidad entre el gobernador de la provincia y sus doctrineros. Queda por saber cuál explotación era más perjudicial para ellos.

    150Intentó dar el toque de remate Justiniano acusando a su vez a Gaspar Mendes de haber cometido con otros dos zambos el asesinato de un indio que vivía en San Mateo, de que no pudo castigarle hasta entonces. Acabó su alegato esbozando un retrato negativo de los zambos de San Mateo que no se pasará por alto en la medida en que encierra todos los tópicos tan trillados como llevados que existían en las Indias occidentales sobre los negros, mulatos y “otras mixturas” como se solía decir por aquellos tiempos:

    Otrosi no conuiene que a estos mulatos de las esmeraldas se les despache prouision para que no trauajen en las obras que pertenesen a vuestro real seruicio ni que esten ociosos en el pueblo porque con esta ociosidad no se ocupan en otra cossa que en beuer y con su embriaguez se matan los unos a los otros a lansadas como es publico y notorio por ser su natural belicoso...

    151En realidad, aseveró Justiniano con mucha desfachatez, las ausencias de los zambos las ocasionaban los mismos doctrineros para sus pesquerías o sus cortes de madera en el monte, con el riesgo de que se alzasen las víctimas de sus excesos como varias veces lo hicieron en el pasado. Por si fuera poco, denunció lo ambiciosos que se mostraban los curas, exigiendo controlar enteramente al pueblo en lo eclesiástico y en lo secular: le hizo saber fray Hernando de Ribera que no consentiría la presencia de un teniente de gobernador en San Mateo168.

    152El argumento corrobora lo que llevamos dicho: eran obvias las tensiones entre los dos poderes, y bien era posible que se expresaran a expensas de los mismos zambos. No descartaremos forzosamente toda hipocresía en la actitud de ciertos mercedarios, posiblemente más atentos al lucro que a la salvación de su feligresía. No insistiremos en este aspecto, porque hay más, y en esto quisiéramos hacer hincapié para acabar con este caso. En San Mateo, los zambos que durante varios decenios primero dominaron a los indios de tierra adentro, como los terribles campaces, y luego defendieron a todo trance la existencia de una entidad territorial, social y cultural de una peculiar especificidad, se veían reducidos al estado de instrumentos de codicias rivales. Peor aun, y en esto quizá tenía razón en parte lustiniano: la marginalización de los zambos de Esmeraldas les hizo víctimas de los males de la sociedad colonial. Las riñas de los borrachos de San Mateo no tenían nada que ver con la altiva y valiente resistencia de los guerreros de Alonso de Illescas y de los primeros zambos169.

    - El regreso al camino de Esmeraldas

    153No sería de creer que los responsables administrativos habían renunciado del todo al primer proyecto del camino de Esmeraldas. En 13 de mayo de 1693, el presidente de la Audiencia, licenciado don Mateo de Mata Ponce de León, contempló de nuevo el tema a instancias de los propietarios de fundos agrícolas productores de harinas deseosos de despacharlas en el mercado del reino de Tierra Firme. Se trataba de utilizar el puerto de Esmeraldas, que conviene no confundir con San Mateo, “por ser más cercana la navegación”. Permítasenos hacer un rápido paréntesis para evocar la creación de este pueblo que incubió no a los frailes mercedarios sino al padre Onofre Esteban como indicamos más arriba. El jesuíta consiguió reducir a los indios de pequeños asentamientos de los ríos que entraban al Guayllabamba, formando las poblaciones de Nono, Mindo, Nanegal, Tambillo, Gualea, Bolaniguas y Cocaniguas. Por fin fundó, asevera Juan de Velasco, “el gran pueblo de los Esmeraldas” que se transfirió luego a la bahía del río del mismo nombre170.

    154El presidente, con la ayuda de los curas doctrineros, pensaba valerse de los indios de Nanegal, Gualea y Esmeraldas para “alegrar los caminos y cortar las ramas del monte y hacer puentes y palizadas para el tránsito de las muías”. Se verían los naturales obligados a trabajar a la abertura del camino so pena de cien azotes para los indios del común y de suspensión para los caciques y gobernadores. Los hacendados que se opusieran a la participación de sus peones serían privados de su servicio, viéndose infligir además una multa de cien pesos.

    155No era cuestión de hacer caso omiso de los mulatos que se habían reunido en el pueblo de Esmeraldas. Tendrían que cumplir las órdenes impartidas al respecto por el doctrinero

    para ejecutar la abertura del dicho camino y lo hagan sin excusa alguna, con apercibimiento que constando su omisión serán obligados a pagar el tributo que se tasare y perderán los privilegios de soldados de Su Majestad y de doscientos azotes que desde luego se ejecutarán en los transgresores sin remisión alguna171.

    156Nos interesa esta cita por dos motivos. Primero parece que se había llegado a un acuerdo entre la Audiencia y ciertos mulatos reducidos al pueblo de Esmeraldas donde desempeñaban un papel militar, ya que disfrutaban de la dignidad de “soldados de Su Majestad” y, por ello, no pagaban el tributo debido por cualquier subdito libre de la Corona. Habrían renunciado pues a su orgullosa autonomía para integrar plenamente los esquemas coloniales, poniéndose a la disposición de las autoridades para la vigilancia de la costa en contra de las empresas enemigas. La disposición, que ya se había aplicado a los negros y mulatos libres de Lima por ejemplo172, no carecía de habilidad, dado el temor expresado anteriormente por el virrey frente a una posible colusión entre dichos mulatos y los piratas. Así se había suprimido el peligro y no quedaba obstáculo para abrir el camino. Luego no se puede menos de hacer énfasis en el castigo con que se amenazaba a los mulatos recalcitrantes. Aparece por primera vez en los textos, lo cual patentiza la inversión de la relación de fuerza descrita más arriba. Por añadidura, se notará que para esta gente se dobló la pena reservada a los naturales quizá por miedo al resurgir de viejos resabios.

    157Con este nuevo episodio de la historia de los mulatos de Esmeraldas pasamos pues de la marginalización a una instrumentalización, estado final de la lenta evolución que hemos intentado valorizar. Este último aspecto, si fuera necesario, pondría de realce la poca estima de las autoridades por estos seres que, vencidos por la vanagloria de las apariencias, habían renunciado del todo a la autonomía tercamente defendida por Alonso de Illescas y sus hijos. Al fin y al cabo éste fue el resultado de la fundación del pueblo de Esmeraldas por el padre Onofre. ¿Se confiaba más en la actitud de los jesuítas que en la de los mercedarios?

    - El camino de Pedro Vicente Maldonado

    158Bastante se ha escrito sobre la empresa de don Pedro Vicente Maldonado para que nos demoremos en su examen. Sin embargo diremos algunas palabras del sitio que ocuparon los mulatos de Esmeraldas en su realización apoyándonos en los datos suministratos por el mismo empresario173. Para granjearse la benevolencia de las autoridades y de la Corona, Maldonado se había valido de los mismos argumentos que sus predecesores. El camino del puerto de Santiago a Quito se recorrería en 6 o 7 días. A cambio de su realización no exigió más de lo que se había prometido a Justiniano, o sea el título de gobernador y teniente de capitán general de la provincia de Esmeraldas para dos vidas, la suya y la de su hijo o heredero. Los caciques y gobernadores de los pueblos de indios de la montaña tendrían que suministrar al suplicante todos los indios necesarios para la apertura del camino, a quienes pagaría seis reales por su trabajo. A decir de Maldonado sólo quedaban en la provincia los pueblos de los cayapas que tenían más de cien hombres, el de San Mateo de las Esmeraldas con otros tantos mulatos, y la doctrina de los Lachas, Tambillo y Malbuches que tenía cuarenta indios. Como Justiniano, solicitó que el pueblo de Cayapas diese cincuenta hombres que servirían seis meses y volverían luego a sus sementeras. Les sustituirían los otros cincuenta habitantes en las mismas condiciones. Se aplicarían también estas normas a los mulatos de San Mateo. En cuanto a los pueblos de Tambillo, Lachas y Malbuches, sólo facilitarían a 16 hombres. Se comprometió Maldonado a pagar el sínodo de los tres curas doctrineros 174.

    159En 15 de abril de 1759, el testimonio de un viajero natural de Panamá da alguna información sobre los mulatos de Esmeraldas, que, dado el carácter del documento, no carecerá de cierta subjetividad. Leamos pues las palabras de don Pedro Laso, quien se dirigía a Quito para ingresar como colegial en el seminario de la ciudad. En Atacames, se había enterado de que había como cuarenta familias de mulatos, unos oriundos de los de Esmeraldas, y otros agregados por Maldonado. A indicación de un fraile mercedario, se dirigió al pueblo de Esmeraldas, situado a unas cuatro leguas de Atacames:

    ...en este auia vastantes sambos y que en ellos observo mucha barbaridad y supo a la mediana inteligencia que tenian en la lengua castellana se deuia a los esfuerzos que auia puesto el dicho gouernador por si y sus confidentes en rrasionalisarlos y que por mano de dicho gouernador auian conseguido el que no faltara cura doctrinero que los doctrinase y supo que un año antes auia viajado al dicho pueblo y costa el Doctor Don Joseph Maldonado hermano de dicho gouernador de visitador por el señor obispo de esta ciudad y que auia misionado e ynstruido en la doctrina christiana a los referidos sambos en quienes reconosio profesauan mucho respeto y afecto al dicho su gouernador175.

    160La empresa, según el testigo, sería del todo provechosa para los sambos, particularmente desde el punto de vista religioso. A este respecto, puso de manifiesto el empeño de Maldonado la actitud de su propio hermano. Con fecha de 15 de abril de 1739, confirmó esta visión el testimonio de fray Joseph de Rosas, de la orden de la Merced, cura doctrinero del pueblo de Esmeraldas. El de don Esteban Jurado, vecino de Quito, brinda algunos detalles a propósito de la actuación de los sambos de la costa, a quien llama “los Roseros”. Según parece así se denominaba a los “mulatos” de Atacames, cuyo verdadero nombre era Santa Rosa de Atacames. A uno de ellos, Francisco Rosero, le había dado Maldonado más de 400 pesos “para que diese principio a la apertura de dicho camino el que en efecto está auierto en la mayor parte por medio de las providencias”176. Se deducirá que dicho personaje era el jefe de los zambos enganchados para la obra.

    161En 27 de mayo de 1740, la Real Audiencia dio órdenes para que se reconociese el camino. En 22 de abril de 1641, Joseph de Astorga presentó su informe, advirtiendo que sólo los zambos de Esmeraldas podían manejar embarcaciones mayores que canoas en las aguas del río, debido a peligrosas corrientes,

    por ser estos los unicos que conocen los pasos adonde se deve hazer las atrabesias, adonde ay profundidad, y que tienen conocido, experimentado y medido a palmas el Río con tanto dominio que jamas temen suceso fatal ni para ellos lo es el que se boltee la canoa ni el caerse de ella, porque en cualquiera parte no solo salen ellos a nado, sino que también favorecen la canoa177.

    162En cuanto a la defensa del puerto de Atacames, Maldonado ya había significado las necesidades a la Real Audiencia. No ignoraba que los piratas buscaban refugio en este lugar. Durante su estadía de 1735 se enteró de que un navio holandés se había quedado allí muchos días para lograr “la más prolija refaccion de vastimentos” y reparar la embarcación con la ayuda de los mulatos. Por eso solicitó seis piezas de artillería178. Por si fuera poco, aseveró Astorga, preparó a los vecinos al manejo de armas, flechas y escopetas. En caso de necesidad, se acudiría a la ayuda de los zambos de Esmeraldas:

    y en las ocasiones que a estos se les hizo exerciçio de sus armas que son las flechas noto que eran no solo diestros en ellas sino valientes, y ynclinados a la milicia, y los que son capaces de armas no pasan de cinquenta179.

    163No habían desaparecido con el tiempo las cualidades militares inculcadas por los Illescas a sus descendientes. En 20 de diciembre de 1741, el mismo Maldonado se refirió al plan elaborado para la defensa del puerto. En Atacames se había constituido una compañía de treinta y cinco soldados, con un capitán, un sargento y un tambor. Cinquenta zambos de Esmeraldas, “toda gente de flecha”, conformaron otra compañía. Su capitán cobraba un sueldo de doce pesos, el sargento diez, el tambor cuatro y los soldados seis. Se formaron también compañías para la defensa de otros embarcaderos y puertos, como Tumaco180.

    164Otra dificultad le presentaron a Maldonado los doctrineros mercedarios, quienes se oponían a la obediencia que le debían los indios y zambos. Fue preciso que la Audiencia pidiese al padre provincial de la Merced en 22 de enero de 1742 que nombrase curas que manifestasen su benevolencia para con el gobernador181. No habían faltado los motivos de conflicto, atreviéndose por ejemplo el doctrinero de Esmeraldas a excomulgar a un teniente del gobernador del puerto de Atacames. Incluso solicitó el presidente en 7 de noviembre de 1741 que el rey confiriese a Maldonado el vicepatronato de los curatos y doctrinas de su jurisdicción que alcanzaban el número de siete. Cinco pertenecían a mercedarios: Nanegal, Gualea, Cayapas, Esmeraldas, Cabo Pasado (zambos), uno a dominicos, Santo Domingo, y otro a clérigos, Mindo.

    165Por muerte de Maldonado en Londres en 1749, solicitó heredar sus títulos sobre la gobernación su yerno, don Manuel Díaz de la Peña, corregidor de San Miguel de Ibarra, marido de doña Juana Maldonado y Sotomayor.

    166Estos datos bastan para deducir que la actitud de los “mulatos” de Esmeraldas, si bien seguían con algunas cualidades heredadas de sus antepasados, ya no eran más que instrumentos entre las manos del gobernador, lo cual no dejaba de suscitar las protestas de los doctrineros mercedarios cuya actitud no carecería de interés puramente material a juzgar por lo que hemos visto.

    Notes de bas de page

    1 Para quienes no tengan un conocimiento preciso de la geografía ecuatoriana, adoptaremos la definición siguiente sacada de José Alcina Eranch, Encarnación Moreno y Remedios de la Peña, “Penetración española en Esmeraldas (Ecuador): Tipología del descubrimiento” Revista de Indias 143, 1976, pág. 68: “En la actualidad, Esmeraldas es una provincia de la República del Ecuador, con una extensión de 15 030 kilómetros cuadrados y limitada al Sur y al Este por las provindas de Manabí, Pichincha, Imbabura y Carchi; al Norte, por la República de Colombia, y al Norte y al Oeste, por el océano Pacífico”; añaden los autores que “el área de Esmeraldas se inscribe en el contexto de lo que llamamos «Tierras bajas del Oeste» del Ecuador”.

    2 Federico González Suárez, Historia General de la República del Ecuador, Quito: Imprenta del Clero, 1893, t. 4.

    3 Como ejemplo de aseveraciones muy vagas sería de evocar la obra del padre Bernardo Recio, Compendiosa Relación de la Cristiandad de Quito, Madrid, 1947, págs. 407-408, citada por María Luisa Laviana Cuetos, Guayaquil en el siglo xviii. Recursos naturales y desarrollo económico, Sevilla: Escuela de Estudios Hispano-americanos / C.S.I.C., 1987, pág. 125. Trata el autor de “un pueblo que se compone todo de zambos” [La Canoa, situado al norte de la bahía de Caráquez], descendientes de unos esclavos “que en el siglo xvi –resume M. L. Laviana Cuetos– venían de Panamá en un barco destinado a Lima, se amotinaron y tras matar a los españoles, desembarcaron en esa zona del Cabo Pasado, mataron a los indios y se quedaron allí, casándose con sus mujeres”. Son también muy superficiales los datos suministrados por el jesuita peruano Rubén Vargas Ugarte sobre “un capitán mulato que vivía entre los indios de guerra de la comarca y ejercía cierta influencia sobre ellos”; véase: Historia General del Perú, op. cit., t. 2, págs. 536-337.

    4 John Leddy Phelan, The Kingdom of Quito in the Seventeenth Century. Bureaucratic Politics in the Spanish Empire, Madison: The University of Wisconsin Press, 1967; cap. 1. “Esmeraldas: the failure of a conquest”, págs. 3-22.

    5 José Alcina Franch, “El problema de las poblaciones negroides de Esmeraldas, Ecuador”, Anuario de Estudios Americanos XXI, Sevilla, 1974, págs. 33-46.

    6 Padre Rafael Savoia, “El negro Alonso de Illescas y sus descendientes (1553-1837)” in: P. Rafael Savoia (coord.), Actas del primer congreso de historia del negro en el Ecuador y sur de Colombia, Esmeraldas 14-16 de octubre de 1988, Quito: Centro Cultural Afro-Ecuatoriano, 1988, págs. 29-62. Julio Estupiñán Tello evoca a los negros y mulatos de Esmeraldas en: Historia de Esmeraldas. Monografía integral de Esmeraldas, Portoviejo: Editorial Gregorio, 1977, págs. 67-77. También es de citar la rápida evocación, más reciente, de Marcel Pérez Estupiñán, Historia de Esmeraldas, Esmeraldas: Universidad Técnica Luis Vargas Torres, 1996, págs. 15-21.

    7 Rocío Rueda Novoa, Zambaje y Autonomía. Historia de la gente negra de la provincia de Esmeraldas. Siglos xvi-xviii, Quito: Ediciones Abya-Yala, 2001.

    8 Para tener una visión global de las diversas expediciones que intentaron dominar la provincia de Esmeraldas, se consultará: José Alcina Franch, Encarnación Moreno y Remedios de la Peña, op. cit., págs. 65-121.

    9 Miguel Cabello Balboa, Obras, vol. 1, edición de Carlos A. Ribadeneyra, Quito: Ed. Ecuatoriana, 1945, págs. 3-76. Utilizaremos esta edición en el desarrollo siguiente. Hay una breve biografía de Miguel Cabello Balboa en la presentación de otra obra suya: Miscelánea Antártica. Una historia del Perú antiguo (1586), Lima: Universidad Nacional Mayor San Marros, Instituto de Etnología, 1951. Hace unos años, José Alcina Franch publicó una nueva edición: Miguel Cabello Balboa, Descripción de la provincia de Esmeraldas, Madrid: C.S.I.C., Instituto de Historia, 2001. Nos referiremos cuando sea necesario a esta edición, y más particularmente a su introducción que reúne datos ya publicados por el editor en varios artículos utilizados en este trabajo.

    10 La “Verdadera descripción y relación de la provincia y tierra de las Esmeraldas...” fue descubierta en el Archivo General de Indias por Roberto Levillier. La entregó a Jijón y Caamaño, quien la publicó en las Obras de Cabello Balboa en 1945. Véase: José Alcina Franch, Introducción a la edición de “Descripción de la provincia de Esmeraldas”, pág. 14.

    11 Orden y traza para descubrir y poblar la tierra de los Chunchos y otras provincias, in: M. Cabello Balboa, op. cit., págs. 95-97.

    12 Véase: Lee Eldridge Huddleston, Origins of the American Indians. European Concepts, 1492-1729, Austin and London: University of Texas Press, 1967.

    13 Cabello Balboa también se interesaba, aunque de más lejos, al problema de la esclavitud, como lo da a entender el capítulo 9 de su Miscelánea Antártica (ver supra) publicada en 1586, donde trató de las causas naturales del color de los negros de Etiopía y del principio de la esclavitud de los africanos en España.

    14 Para entenderla mejor, es imprescindible situar la actuación de Alonso de Illescas en este contexto, lo cual no hizo el historiador Federico González Suárez al escribir que “Illescas era temido y acatado por todas las tribus indígenas, su voluntad era obedecida sin réplica y sus quereres se ponían por obra al instante...” In: Historia General de la República del Ecuador, op. cit., pág. 17.

    15 Se quejó Francisco de Toledo de la actitud de los oidores y en particular del licenciado Salazar, quien intentó nombrar a un yerno suyo para la entrada. La provisión que mandó a la Real Audiencia de Quito para oponerse a esta decisión llegó después de que la anulara la jurisdicción, un poco antes de la muerte del oidor, del capitán Contero y de su yerno. In: Gobernantes del Perú. Carlas y papeles. Siglo xvi. Documentos del Archivo de Indias. Publicación dirigida por D. Roberto Levillier, t. 4, Madrid: Imprenta de Juan Pueyo, 1924, págs. 92-95.

    16 Emplearemos la antigua grafía de la documentación, a la que se sustituyó la de “Portoviejo”.

    17 “Relación de las provincias de las Esmeraldas, que fue a pacificar el capitán Andrés Contero”, in: Relaciones geográficas de Indias. Perú, B.A.E. 185, op. cit., págs. 87-91. El texto fue de nuevo publicado en: P. Ponce Leiva, op. cit., t. 1, págs. 66-71.

    18 El licenciado Espinosa en una carta que mandó al emperador desde Panamá en 6 de noviembre de 1535 declaró que se había descubierto “un río donde nacen las esmeraldas”. Fray Tomás de Berlanga, unos meses más tarde, o sea en 3 de febrero de 1556, dijo algo parecido al soberano: “dizese que ay venero de Esmeraldas en un rrio que esta cerca de tumbez”; in: Colecrión de Documentos Inéditos para la Historia del Perú, vol III, Cartas del Perú (1524-1543), publicado por Raúl Porras Barrenechea, op. cit., págs. 173 y 196. Pedro Pizarro, el secretario del Conquistador, evoca la “cantidad de oro y esmeraldas que en leí pueblo de Coaque] se tomaron”: in: Relación del descubrimiento y conquista del Perú, ed. de Horacio H. Urteaga, Lima: Imprenta Sanmarti y co, 1917, pág. 14. El jesuita José de Acosta, en una época contemporánea a la de Cabello Balboa, evocó la abundancia de estas piedras en dicha región:
    Mas donde se ha hallado, y hoy en día se halla más abundancia, es en el nuevo reino de Granada y en el Perú, cerca de Manta y Puertoviejo.
    Hay por allí dentro una tierra que llaman de las Esmeraldas, por la noticia que hay de haber muchas, aunque no ha sido hasta ahora conquistada aquella tierra.
    Historial Natural y moral de las Indias. In: Obras del padre losé de Acosta, Edición de Francisco Mateos, B.A.E. 75, Madrid: Ed. Atlas, 1954, pág. 107.
    Más tarde, Garcilaso de la Vega el Inca evocó el defraude de los españoles:
    Las esmeraldas se crían en las montañas de la provincia llamada Manta, jurisdicción de Puerto Viejo. No ha sido posible a los españoles, por mucho que lo han procurado, haber dado con el mineral donde se crían; y así casi ya no se hallan esmeraldas de aquella provincia, y eran las mejores de todo aquel imperio.
    Comentarios reales de los Incas, Obras completas del Inca Garcilaso de la Vega, Ed. del p. Carmelo Sáenz de Santa María s. j., B.A.E. 133, Madrid: Ed. Atlas, 1963, pág. 325. El padre del cronista, Garcilaso de la Vega, quien acompañaba al conquistador Pedro de Alvarado, y sus compañeros juntaron en Manta “mucha cantidad de esmeraldas”. Los naturales del valle adoraban “una gran esmeralda que dicen era poco menor que un huevo de avestruz” (op. cit., pág. 342). Juan Meléndez recordó que con “esta gran suma de castellanos de oro y no menor cantidad de grandes y finissimas esmeraldas” embió Pizarro por gente, armas, caballos, y bastimentos a la Prouincia de Nicaragua para seguir su conquista”; in: Tesoros verdaderos de las Yndias, Roma: Imprenta de Nicolás Angel Tonasno, 1681, pág. 26.

    19 El oro procedía de los lavaderos que explotaban los indios que vivían junto a los ríos. Según José Alcina Franch y María Carmen García Palacios, “los datos de carácter histórico sobre el hallazgo de oro en toda la región de Esmeraldas, son muy abundantes desde, al menos, 1573 ...” In: “Materias primas y tecnología en Esmeraldas”, Actes du XLII Congrès International des Américanista, vol. IX-A, Paris: Société des Américanistes, 1979, pág. 310.

    20 La primera referencia textual a la bahía de San Mateo se encuentra en Francisco de Xerez, Verdadera relación de la conquista del Perú, Ed. de Concepción Bravo, Madrid: Historia 16, Crónicas de América, 1985, pág.66:
    ...y por ser trabajosa la navegación de aquella costa, se detuvieron más tiempo de lo que los bastimentos pudieron suplir, y fue forzado saltar la gente en tierra, y caminando por ella buscaban mantenimientos, por donde los podían haber. Y los navios por la mar llegaron a la bahía de Sant Matheo y a unos pueblos que los Españoles les pusieron por nombre de Santiago, y a los pueblos de Tacamez que todos van discurriendo por la costa adelante. Vistas por los christianos estas poblaciones que eran grandes y de mucha gente belicosa, que en estos pueblos de Tacamez, llegando noventa españoles una legua del pueblo, los salieron a recebir más de diez mil indios de guerra...
    Gonzalo Fernández de Oviedo se refiere al lugar por la facilidad de acceso que brindaba a los conquistadores: “E llegados al principio de la buena tierra, desembarcáronse la gente e caballos en un puerto, al cual pusieron nombre la bahía de Sanct Mateo; el cual es muy bueno e seguro, e pueden descender, con una plancha, en tierra los caballos e gente ...”. In: Historia general y natural de las Indias, Madrid: Ed. Atlas, B.A.E. 121, pág. 13. El piloto Bartolomé Ruiz le dio a la bahía el nombre del santo del día de su descubrimiento.

    21 J. Alcina Franch, E. Moreno y R. de la Peña, evocando las dificultades de navegación, se refieren a Antonio de Alcedo, Diccionario geográfico de las Indias Occidentales o América, Madrid, 1786-1789: “... los navíos y las fragatas que navegan más distantes de la costa, llevan el riesgo de engorgonarse en los remolinos de las Islas del Gallo y de la Gorgona, donde no tienen otra salida que volver de arribada al puerto de Perico, de la ciudad de Panamá, con pérdida del viaje y del tiempo”; op. cit., pág. 72.

    22 Las relaciones de la conquista, como hemos insistido en el primer capítulo, ponen de realce lo insano de la costa. Precisamente por esto los negros naufragados, acostumbrados por sus orígenes a condiciones climáticas muy parecidas, se creían más seguros en ella, y más particularmente en el interior de sus tierras.

    23 Se presentó en el Callao el 13 de febrero en busca de un barco con 200 000 pesos en barras de plata. Por el litoral de la Audiencia de Quito se apoderó del fabuloso cargamento de un navío estimado a 360 000 pesos.

    24 Véase: François de Medeiros, L'Occidenl el l'Afrique (xiiie-xve siècle), París: Karthala, 1983.

    25 Pedro Gutiérrez de Santa Clara califica de esta manera a Gonzalo Pizarro en Historia de las guerras civiles del Perú.

    26 Para mejor aquilatar el alcance ideológico del relato de Cabello Balboa, interesa citar una corta relación atribuida al capitán Fuenmayor, vecino de Quito, que Marcos Jiménez de la Espada en Relaciones Geográficas de Indias-Perú (B.A.E. 185, pág. 91) hace remontar al año 1569, aunque parece más tardío el documento a juzgar por sus referencias temporales:
    En un puerto de aquella cuesta el capitán dio un navío al través, y en ella quedó un negro que se salvó, que ha más de veinte años que está entre los indios. Tiene ya mucha suma de hijos y nietos, y de por sí tiene un pueblo poblado junto a los indios. Respétanle mucho porque está emparentado con todos los caciques de aquella provincia. Este habrá cinco que, aportando un navío a aquella costa, salió a hablar con los españoles y les dijo que si el Audiencia enviaba persona a capitular con él y un sacerdote que le bautizara sus hijos, que daría aquella provincia de paz. El licenciado Valverde, que presidía en Quito envió un clérigo que se decía fulano Cabello el cual estuvo con el negro y le bautizó sus hijos y él le dio algunas joyas de oro y le dijo que se volviese, porque con él no podía tratar cosas tocantes a la guerra, que enviasen un capitán con gente, que él ayudaría a la pacificación de aquella tierra, como se le diese perdón del daño que había hecho y se le diese de comer en la tierra y en este estado se está hasta ahora.
    El capitán Diego Díez de Fuenmayor tenía los pueblos de Perucho y Perugac he en encomienda, con 59 indios (véase: Javier Ortiz de la Tabla Ducasse, Los encomenderos de Quito. 1534-1660, Sevilla: Escuela de Estudios Hispano-americanos / C.S.I.C., 1995, pág. 101.

    27 En lo que se refiere a las dificultades que se opusieron al dominio del entorno esmeraldeño por los españoles, J. Alcina Franch, E. Moreno y R. de la Peña precisan lo siguiente que no es inútil para nuestro propósito:
    Por otra parte, el bosque tropical ofrece uno de los ambientes más hostiles para las instalaciones humanas: la densidad de la vegetación es tal que la visión del paisaje se hace imposible, dificultando tremendamente la comunicación y facilitando, por el contrario, el extravío; pero, al mismo tiempo, la vitalidad vegetal es de tal naturaleza, que cualquier camino abierto, requiere un esfuerzo continuo para mantenerlo en condiciones de utilización. Todo ello ha debido significar un cúmulo de obstáculos de gran magnitud para la operación de penetrar en el territorio de Esmeraldas.
    Op. cit., pág. 72.

    28 “...en lo demás, él es tan ladino, como se puede creer del que nació en casa de españoles en Cabo Verde”.

    29 “...está tan pronto en lo que en Sevilla aprendió, como si ayer saliera della y vídose por el tañer y cantar en una vigüela, jugar la espada y broquel.”

    30 Véase: Frederick P. Bowser, El esclavo africano en el Perú colonial. 1524-1650, México: Siglo Veintiuno, 1977, y más particularmente el capítulo dedicado al tráfico de esclavos en el Perú. Hasta la década de 1580 no pasaban por Lima más de 500 negros por año asegura el historiador estadounidense, pág. 112.

    31 En “Relación de la ciudad y provincia de Quito” (1570), el licenciado Salazar de Villasante, oidor de la Real Audiencia, aludió al episodio de la “entrada de los negros”. Según sus informaciones, el navío venía de Nueva España y estaba cargado “de sedas y otras cosas”. Se dedicaría entonces al traslado de las mercancías del galeón de Manila destinadas al Perú y en la escala de Panamá habría cargado a los esclavos negros. In: R.H.G.A.Q., op. cit, t. 1, pág. 92.

    32 Para entender las dificultades que tuvieron que superar los naufragados, véase el primer capítulo. Aludiremos a la descripción redactada antes de 1550 que presenta Pedro Cieza de León de las andanzas de los primeros conquistadores por estas costas:
    No dejaron de caminar los españoles pasando más trabajo que antes por los muchos mosquitos que había, que eran tantos, que por huir de su importunidad, se metían entre la arena los hombres enterrándose hasta los ojos. Es plaga contagiosa la de estos mosquitos. Moríanse cada día españoles de ella, y de otras enfermedades que les recrecieron.
    Descubrimiento y conquista del Perú, Ed. de Carmelo Sáenz de Santa María, Madrid: Historia 16, 1986, pág. 72.

    33 J. Alcina Franch insistió en el que “la capacidad de adaptación del grupo negro en esa región sería más bien alta o muy alta: problemas de vivienda, comunicación, subsistencia y otras, quedarían resueltos de inmediato, dada la semejanza del cuadro ambiental”. In: “Las poblaciones negroides de Esmeraldas, Ecuador”, op. cit., pág. 41.

    34 Los campaces se situaban en “la serranía de la costa, desde, aproximadamente, el cabo San Francisco hasta, quizá, la bahía de Caráquez”. ín: J. Alcina Franch, op. cit., pág. 36.

    35 Nos preguntaremos si Cabello Balboa no se inspiró en parte para esta descripción del texto de Pedro Cieza de León referente a estos lugares, en particular en lo que toca a los animales:
    También hay de los puercos de la casta de España y muchos venados de la más singular carne y sabrosa que hay en la mayor parte del Perú. Perdices se crían no pocas manadas dellas y tórtolas, palomas, pavas, faisanes y otro gran número de aves...
    La crónica del Perú (1553), Ed. de Manuel Ballesteros, Madrid: Historia 16, 1984, págs. 215-216.

    36 Los pidis formaban parte del grupo étnico de los niguas, que evocaremos más adelante. Los niguas, según J. Alcina Franch, ocupaban “una gran parte de la cuenca del río Esmeraldas, desde los Yumbos hacia el mar, y la costa, desde la desembocadura del Esmeraldas hasta el sur del cabo San Francisco y la zona de Portete, precisamente donde se señala el desembarco de los negros”. In: op. cit., pág. 36.

    37 Es de suponer que la tez de los recién llegados contribuyó no poco a asustarles. En Túmbez, cuentan las crónicas y en particular Cieza de León, los indios se dieron en lavar al esclavo que acompañaba a Alonso de Molina para quitarle el color: “Pero todo no era nada para el espanto que hacían con el negro: como lo veían negro, mirábanlo, haciéndolo lavar para ver si su negrura era color o confacción puesta”. In: Descubrimiento y conquista del Perú, op. cit., pág. 88.

    38 Véase lo que dicen H. Baumann y D. Westermann acerca de estas fraguas con fuelles de pellejo usadas por los wolofes, los peules, los mandès, los pueblos situados en el centro de Togo y los yorubas en: Les peuples et les civilisations de l'Afrique, París: Payot, 1970, págs. 381, 415 y 357.

    39 Incluso se puede emitir la hipótesis que el grupo inicial de negros adoptó los procedimientos de las sociedades secretas de Africa. Alonso de Illescas se portaba de una manera que bien se podría comparar con el papel desempeñado por el gran maestre del “poro” entre los kpelés, quien se encargaba de todo lo que tenía una relación con la preparación de los iniciados a la vida de la tribu: vida sexual, religión, baile, guerra, etc. Consúltese: H. Bauman y D. Westermann, op. cit., pág. 384.

    40 Por las razones que acabamos de exponer vamos más allá del valioso análisis propuesto por J. Alcina Franch: “El caso planteado, en mi opinión, es un caso de supervivencia de un grupo humano reducido en un medio socio-cultural hostil. La respuesta a esta situación de supervivencia se produce a través de tres actividades diferentes: agresión, adaptación y mestizaje”. In: op. cit., pág. 43.

    41 El mismo Garcilaso de la Vega el Inca señala que “al hijo de negro y de india, o de indio y de negra, dicen mulato o mulata”; in: Comentarios reales de los Incas, Libro IX, cap. XXXI, “Nombres nuevos para nombrar diversas generaciones”. De entonces en adelante se siguió empleando el término para designar a los zambos de Esmeraldas como veremos más abajo, aunque el vocablo zambahigo apareció hacia 1560 según asevera Corominas. Para más detalles al respecto, véase: Jean-Pierre Tardieu, “La taxinomie du métissage en Amérique latine. Quelques aspects sémiologiques”, Transgressions el stratégies du métissage en Amérique coloniale. Actas del coloquio organizado en la Sorbona por el C.R.A.E.C. los 28 y 29 de noviembre de 1997, Les Langues néo-latines 305, 1998, págs. 11-22.

    42 Interesa comparar la visión que quiere imponer Cabello Balboa con una referencia sacada de la obra Mission a las Indias (1620) del jesuita Jerónimo Pallas. Este italiano, llegado al Perú en 1617, llegó a ser “socio” del provincial y rector del colegio San Pablo de Lima. Se supone que sacaría sus informaciones de fuentes fidedignas:
    ...y obligados de la necessidad unieron de pelear con los indios que hallaron la tierra adentro, que aun entonces no estauan en el gouierno y doctrina de los españoles, digo, los de aquel distrito: y quedando vencedores los negros en los primeros encuentros se apoderaron de las mugeres y de la tierra porque los indios que escaparon viuos se huyeron a los montes y se passaron a otras partes. Los hijos pues destos negros conquistadores y de aquellas indias son los que hasta oy duran y se llaman indios mulatos. Viuen con algún modo de republica y anse diuidido en parcialidades y dellas algunos son christianos sugetos a los doctrineros de los distritos del contorno. Gouiernanse por capitanejos o caciques a quien obedecen y respectan fidelissimamente.
    A diferencia de Cabello Balboa, Pallas insistió en el hecho de que los negros se vieron “en la necessidad de pelear” y sus descendientes, los mulatos, se mostraban “fidelísimos” ante sus “capitanes”, lo cual hizo su fuerza. Gerónimo Pallas, Mission a las Indias. Con advertencias para los Religiosos de Europa, que lo huuieren de emprender, como primero se vera en la historia de un uiage, y después en discurso. Al muy lio Pe Mutio Vitelleschi VI Preposito General de la Compañía de Iesus. Por el Pe Geronymo Pallas de la misma Compañia (1620), Archivo Romano de la Compañía de Jesús (A.R.S.I.), Peru 22, pág. 194. Los datos biográficos sobre Jerónimo Pallas proceden de Carlos Sommervogel s.j., Bibliothèque de la Compagnie de Jésus, Bruxelles-Paris, 1896.

    43 El nombre procede de un río de la región nota Rafael Savoia (op. cit., pág. 53), quien recogió el dato de “El memorial de las cosas notables y suscesos ... del viaje del Fray Gaspar de Torres Mercedario de la Provincia de Cayapas, 20 de noviembre de 1597” citado por Fray Joel Monroy L., Los religiosos de la Merced en la Costa del Antiguo Reino de Quilo, t. 1, Quito: Editorial Labor, 1935.
    Es de precisar que, anclando el tiempo, se hizo muy vago el recuerdo de los hechos, como consta de las referencias del jesuita Juan de Velasco, quien describió así lo que sucedió después del naufragio:
    Cinco o seis españoles, tres o cuatro negros y otros tantos indios, que pudieron refugiarse en los montes y selvas, se volvieron con el tiempo bárbaros y mezclaron la sangre y la religion con la de otros residuos bárbaros, que hallaron en los mismos bosques. Los hijos de estos, que ni eran españoles ni negros, ni indianos, sino mulatos, zambos y mestizos, y que no eran cristianos ni dejaban de serlo, se mezclaron mucho mas con otras pequeñas tribus bárbaras que pudieron librarse en parte del estrago general. Se conservan hasta ahora dos parcialidades de esa descendencia híbrida; una con el nombre de Yungas, y otra con el de Mangaches, las cuales se han dilatado hasta el gobierno de Guayaquil.
    In: Historia del reino de Quito en la América Meridional Año de 1789, Quito: Imprenta del Gobierno, 1844, Libro 3, pág. 110.

    44 J. Alcina Franch, basándose en otros datos, propone como fecha de llegada 1540 o 1541. Véase: Introducción a Descripción de la provincia de Esmeraldas, op. cit., pág. 21.

    45 Recordaremos lo que dijo Baltasar Fra Molinero de la empresa de los naufragados:
    La llegada de estos náufragos es descrita por el cronista como una anticonquista, lo opuesto a la escena de la llegada profética a Guanahaní que Cristóbal Colón describe. Cabello Balboa habla de una conquista hecha por la gente equivocada y por un motivo nada heroico: un grupo de negros esclavos que se adentra en territorio indígena motivado por la necesidad y el hambre.
    “Ser mulato en España y América: discursos legales y otros discursos literarios”, in: Berta Ares Queija y Alessandro Stella (coord.), Negros, Mulatos, Zambaigos. Derroteros africanos en los mundos ibéricos, Sevilla: Escuela de Estudios Hispano-Americanos / C.S.I.C., 2000, págs. 138-139.

    46 En 5 de marzo de 1572, el virrey Francisco de Toledo avisó a la Corona de la muerte de Martín de Carranza, quien se había sustituido a su suegro difunto. In: Gobernantes del Perú. Cartas y papeles. Siglo xvi, op. cit., págs. 87-88.

    47 “Relación de la ciudad y provincia de Quito”, in: P. Ponce Leiva, op. cit., t. 1, pág. 92.

    48 Según datos presentados por F. González Suárez que todavía no hemos podido comprobar, se alojó Cáceres en la vivienda de los negros, “un enorme chozón, desaseado y sin ninguna comodidad”. ¡Vaya! ¿De qué “comodidad” podía disfrutar Illescas en la selva? Más interesante es la referencia a una riña entre Illescas y su rival, quien acudió para conocer al diácono. Este se habría interpuesto: “Las palabras del eclesiástico, dice el historiador, trocó los corazones de los dos negros, y, depuestos sus odios, acabaron por darse los brazos, olvidando sus rencores y jurándose amistad”. Op. cit., págs. 24-25.

    49 Tampoco hemos podido comprobar la veracidad de la versión presentada por F. González Suárez según la cual “a los veinticinco días, de repente, el rato menos pensado, se presenta, a lo lejos, uno de los negros y grita a los expedicionarios, que huyan, que se pongan en salvo, porque los indios están alzados y venían a dar de sorpresa sobre ellos, para exterminarlos”. Sólo habría podido salvar Balboa los ornamentos sagrados. Véase: op. cit., pág. 27. Extraña algo que el clérigo no haya aludido en su informe a este episodio novelesco.

    50 El río Esmeraldas recibe efectivamente por su derecha un afluente llamado El Negro. Ver: Manuel Villavicencio, Geografía de la República del Ecuador, New York, 1858, ed. de Quito: Corporación Editora Nacional, 1984, pág. 94.

    51 Como notan J. Alcina Franch, E. Moreno y R. de la Peña la sierra ecuatoriana, “con una economía típicamente agraria”, necesitaba un mercado de exportación para sus productos. De lo contrario corría riesgo de colapso (op. cit., pág. 70). Añadiremos que esta necesidad de exportar para alcanzar precios más altos fue la que, a nuestro modo de ver, justificó en gran parte el empeño del cabildo de Quito en “pacificar” la provincia de Esmeraldas, y las tensiones que surgieron al respecto entre los ediles y la Real Audiencia, que evocaremos más abajo.

    52 En lo que respecta al camino de Esmeraldas, veremos que no dejó de manifestarse cierta tirantez entre la Audiencia de Quito y los diversos virreyes que sucedieron a Toledo. Para más en cuanto a esta rivalidad, se consultará el capítulo II, “La organización del poder” de: Pilar Ponce Leiva, Certezas ante la incertidumbre. Elite y Cabildo de Quilo en el siglo xvii, Quito: Abya-Yala, 1998.

    53 Archivo General de Indias, Sevilla (A.G.I.), Quito, 8, R. 14, N. 41. Consultamos gran parte de los textos citados de ahora en adelante en la documentación digitalizada disponible en el A.G.I., y comprobamos que la numerotación de los folletos no coincide exactamente con la de los originales.

    54 A.G.I., Quito, 211, L 2, fol. 110 v.

    55 “Representación de Diego López de Zúñiga a S. M.” in: Documentos para la historia de la Audiencia de Quito (D.H.A.Q.). Investigación y compilación por José Rumazo, Madrid: Afrodisio Aguado, 1949, t. 5, pág. 38.

    56 A.G.I., Quito 8, R. 19, N. 50, 1.

    57 “Representación de Fray Alonso de Espinosa a S. M. Solicita se envíe persona autorizada para reducir la provincia de Esmeraldas. 1585 – mayo 22 – Quito”, in: D.H.A.Q., op. cit., págs. 7-14.

    58 A.G.I., Quito, 209, L. 1, fol. 66r.

    59 A.G.I., Quito, 8, R. 20, N. 53, 1.

    60 A.G.I., Quito, 8, R. 21, N. 54, 1.

    61 A.G.I., Quito, 8, R. 21, N. 57, 1.

    62 A.G.I., Quito, 8, R. 21, N. 59.

    63 A.G.I., Quito, 8, R. 21, N. 65, 1. En 1587 Guayaquil tuvo que defenderse contra el ataque del pirata inglés Cavendish.

    64 A.G.I., Quito, 209, L.l, fols. 82, 84.

    65 Carta del 24 de febrero de 1590; in: Hugo Burgos G., Primeras doctrinas en la Real Audiencia de Quito (P.D.RA.Q). 1570-1640, Quito: Ediciones Abya-Yala, 1995, pág. 507.

    66 En 12 de abril de 1587, el virrey conde del Villar informó al rey de que no dejaría de pedir cuentas al nuevo gobernador para que se cumpliera el asiento firmado con la Corona. In: Gobernantes del Perú. Cartas y papeles. Siglo xvi, op. cil., t. X, 1925, pág. 278.

    67 En esto la opinión de Auncibay no difería de lo comunmente admitido. La ley XII del título XXI de la segunda Partida de Alfonso X el Sabio declara: “Et aun dezimos que non debe seer cavallero home que por su persona andoviese faziendo mercadorías”. Citado por Christine Orobitg, Le sang dans l'Espagne d'Ancien Régime (Moyen Age-xviiie siècle), Dossier de candidature à l'Habilitation à Diriger des Recherches, Université de la Sorbonne Nouvelle (Paris III), 2002, vol. 1, pág. 311.

    68 A.G.I, Quito, 209, fol. 83r.

    69 Ribadeneyra se había casado con doña Ana de Zúñiga, heredera de la encomienda de Chumbo que pertenecía a su padre el conquistador Francisco Ramón de Arellano, fundador de Guayaquil en 1537. Al llegar a Quito el oidor don Matías Moreno de Mera, le convenció de que se desposara con la hermana de su mujer en cambio de una pingüe dote, a pesar de los obstáculos legales de que arguyeron posteriormente los otros oidores. Véase: Javier Ortiz de la Tabla Durasse, Los encomenderos de Quito. 1534 - 1660. op. cit.. págs. 271-272.

    70 Op. cit, in: P.D.RA.Q., págs. 306-307. El padre mercedario Luis Octavio Proaño publicó algunas partes de dicha carta, con unas diferencias. En vez de “... cada y quando que se les prouea para que pueble y acabe de conquistar aquella tierra” habría que leer: “... cada y cuando se les enviare gobernador, lo cual conviene con la brevedad se les provea, para que se pueble y acabe de conquistar aquella tierra ...”; in: “Labor cultural de la Orden Mercedaria en la Real Audiencia de Quito”, Analecta Mercedaria. Actas del I Congreso Internacional Mercedario. “Los Mercedarios en América”, Santiago de Chile, 6-9 de noviembre de 1991, Romae, 1991, vol. 1, pág. 404.

    71 Véase: Bernard Lavallé, Quito et la crise de l'alcabala (1580-1600), París: Editions du C.N.R.S., 1992.

    72 No es inútil recordar que Zorilla había sido nombrado general en jefe de las fuerzas represivas de la rebelión de las alcabalas.

    73 A.G.I, Quito, 8, R. 30, N. 132, 1.

    74 Libro de Cartas escritas por los Reyes Nuestros Señores, Sumos Pontífices, Virreyes y otros Ministros de esta Real Audiencia al Cabildo de Quilo-1589-1714, versión de Germán Chiriboga C, Quito: Publicaciones del Archivo Municipal de Quito, Mayo de 1920, págs. 23-26.

    75 Gobernantes del Perú. Cartas y papeles. Siglo xvi, op. cit, t. XIII, Madrid: Sucesor de Ribadeneyra S. A. y Artes Gráficas, 1926, págs. 228-229.

    76 A.G.I, Quito, 8, R. 31, N. 141, 1. Quito 8, R. 31, N. 145, 2.
    Francisco López de Caravantes evoca en 1630 el fracaso de la empresa, sin precisar que en San Mateo se habían de reducir los mulatos:
    Está despoblada esta Provincia [Esmeraldas], aunque se tiene noticia que en ella hay algunos indios de guerra, y un pueblo de mulatos de los negros que en un navío se perdió en aquella costa subiendo al Perú y de las indias naturales de la tierra. El Virrey Marqués de Cañete don García de Mendoza, hizo merced a Francisco Arias de Herrera, en 23 de febrero de 1595, de poblador desta provincia, dándole título de Gobernador y facultad de encomendar los indios y que en la bahía de San Mateo fundase una Ciudad que se llamase la Ciudad de la Bahía de San Mateo Y habiendo ido a ello no tuvo el efecto que se deseaba ...
    Noticia general del Perú, Estudio de Guillermo Lohmann Villena, Ed. de Marie Helmer, B.A.E. 292, Madrid: Ed. Atlas, 1985, pág. 201.

    77 A.G.I., Quito, 209, fol. 159r.

    78 A.G.I., Quito, 211, L 5, fol. 105.

    79 D.H.A.Q., op. cit., págs. 15-37.

    80 En particular los datos suministrados por el cuadro de Andrés Sánchez Galque.

    81 Los cayapas se situaban en la cuenca del río Cayapas, al norte del río Esmeraldas.

    82 Fray Gaspar de Torres, posiblemente oriundo de Quito, tomó el hábito en el convento de la Merced de esta misma ciudad en 7 de julio de 1577, según F. González Suárez, op. cit., t. 4, pág. 58.

    83 Fray Juan Bautista de Burgos era nativo de Nebrija en Andalucía. Véase: F. González Suárez, Historia General de la República del Ecuador, t. 4, op. cit., pág. 38.

    84 A.N.E., Real hacienda 1557-1607, caja 38, “Libro doce de los libramientos que se despachan para los pagos que en esta rreal caxa de san francisco del quito se hazen de principio de este presente año de 1598 en adelante”, fol. 22r.

    85 A.N.E., Libro doce de los libramientos que se despachan para los pagos op. cit, fols. 30r, 23r-24v.

    86 Id., fol. 35r-v.

    87 Id., fols. 35r, 50r.

    88 A.G.I., Quito, 9, R. 2, N. 15, 1, fol. lv. El conocido cuadro, firmado por Andrés Sánchez Galque y dedicado a “Philippo 3 Regi Hispaniar. Indiarí”. se encuentra en depósito en el Museo de América de Madrid. Lleva la mención: “Doctor Joannes del Barrio A Sepúlveda auditor sue cancellariae del Quito suis expenses Fieri Curavit. Anno 1599”. Representa a Don Francisco de Arobe, de 56 años, con, a su derecha, Don Pedro, de 22 años, y, a su izquierda, Don Domingo de 18 años, referencias que están escritas por encima de las cabezas de los personajes. Véase la reproducción más abajo, publicada con permiso del Museo de América (Madrid) de 28 de marzo de 2005.
    Se equivocó Rubén Vargas Ugarte al suponer que fue Francisco Arias de Herrera quien consiguió traer a Quito a Francisco de Arobe y a sus dos hijos Pedro y Domingo, representados en 1599 por el pintor quiteño “Adrián Sánchez Jaique” [en realidad Andrés Sánchez Galque] en el cuadro conservado en el Museo de Américas en Madrid. Véase: Historia General del Perú, op. cit, t. 2, 1960, págs. 336-337. Si aparecen los personajes vestidos con la ropa regalada por la Audiencia, gorguera, bocamangas y sombrero, tienen lanza en mano y arracadas en las orejas, la nariz y los labios, a usanza de los indios, prueba patente de su total inculturación, como veremos más abajo. No nos parece adecuado el comentario de Carmen Bernand: “Los jefes cimarrones son invitados a la capital, vestidos con las mejores ropas y retratados por un pintor indígena que los inmortalizó en el atuendo de guerreros indoafricanos vestidos como caballeros españoles”; in: Negros esclavos y libres en las ciudades hispanoamericanas, Madrid: Fundación Histórica Tavera, 2001, pág. 57. Francisco de Arrobe y los demás “mulatos” no eran cimarrones, o sea siervos fugitivos en rebelión contra la sociedad esclavista, sino hijos libres de la tierra que intentaron preservar su autonomía y la de los indios.

    89 A.G.I., Quito, 9, R. 3, N. 21, 1.

    90 A.G.I., Quito, 9, R. 3, N. 23, 1 fol. 4 v.

    91 A.G.I., Quito, 9, R. 3, N. 24, 1, fol. 5v.

    92 A.G.I., Quito, 9, R. 3, N. 21, 2.
    El jesuita Jerónimo Pallas, en su Mission a las Indias (1620), trata de esta inculturación. Suministra detalles en cuanto a los adornos y a la dieta de los “indios mulatos” que prueban que tuvo a mano información procedente de los primeros navegantes que se conectaron con los zambos (véase la alusión al “maestre de la fragata”):
    El vestido destos indios mulatos es el que pueden traher de Quito los que van alla, y alcançan de los españoles de otras partes, y con esto usan de la manta en lugar de capa que les cubre todo el cuerpo, y es trage comun de los indios. Las mugeres y muchachos andan desnudos de la cinta arriba. Usan los capitanes y los mas granados adornarse el rostro con differentes pieças de oro de diuersas figuras y vanamente labradas. Cuelga de la punta de la nariz uno como compaz largo medio palmo; son las planchuelas que hacen esta figura chatas y anchas un dedo, y para comer o beuer no se quitan este embaraço, solo que lo apartan a un lado. De los labios pende una como media luna de tamaño de la barba; y de las orejas los circulos en figura de antojos que simen de çarcillos; el oro es muy subido de quilates según se vio en uno destos çarcillos que rescató el maestre de la fragata por cuchillos. Los que son de mas baxa condicion traen en la punta de la nariz una tarhuela de oro con la cabeça grande y redonda y destas las mugeres diez o doce puestas en orden por el rostro.
    Comen bollos de mayz, yucas y carne de monte, crian gallinas, tienen plantaciones y pescan y cogen multitud de cangrejos que precian por regalos y los dan a los enfermos.
    In: op. cit., pág. 196.
    El carmelita Antonio Vázquez de Espinosa, en un viaje a Zaruma en 1614, pudo ver a estos “mulatos” de Esmeraldas y se refirió a ellos hablando de la ciudad de Puerto Viejo:
    Tiene junto a sí la provincia de Barbacoas y Esmeraldas de indios gentiles ricas, de grandes montañas y arboledas, y junto a ellas la provincia de los mulatos gentiles, que son de un navío que se perdió en aquel paraje de negros, de donde ha resultado esta nación; son muy dispuestos y todos traen moquillos de oro en las narices, y patenas en los pechos y orejeras, porque así los vi.
    In: Compendio y descripción de las Indias occidentales (1636), Edición de Balbino Velasco Bayón, Madrid: Historia 16, Crónicas de América, 1992, t. 2, pág. 523. Notaremos de paso que en el cuadro de Andrés Sánchez Galque no aparecen las patenas en los pechos debido a la ropa regalada por la Audiencia.

    93 A.G.I., Quito, 9, R. 3, N. 25, 1, fols. lr-6v.

    94 El río Guayllabamba desemboca en el río Esmeraldas.

    95 El río Santiago es un afluente del Cayapas, al norte de la bahía de San Mateo.

    96 “Asiento y concierto hecho en nombre del rey nuestro señor y en su real seruicio y augmento de su real corona y basallage. Con el capitan don alonso Sebastian de illescas mulato principal de la prouincia de las esmeraldas que rreside en el pueblo nueuo de san martin de los campaces y que por orden del doctor del barrio oydor mas antiguo de la rreal audiencia de quito fue traido por bien y por xpiano con toda su gente y basallo del Rey nuestro señor”. A.G.I., Quito, 9, R. 3, N. 23, 2, fols. lr-4v. Rocío Rueda Novoa (op. cit., anexo I, págs. 177-181) se vale de la versión sacada de Fr. Luis Octavio Proaño, Colección de documentos para la estructuración de la historia de la provincia mercedaria de Quito-Ecuador. Según la historiadora, el original se encontraría en el archivo del convento de Nuestra Señora de la Merced en Santiago de Chile. Sin embargo, después de alguna búsqueda, los frailes de dicho convento me aseguraron que no se encontraba tal documento en su archivo.

    97 A cambio de su libertad no pocos palenques aceptaban participar en la represión del cimarronaje. Véase: José L. Franco, “Rebeliones cimarronas y esclavas en los territorios españoles”, in: Richard Price (comp.), Sociedades cimarronas, México: Siglo Veintiuno, 1981.

    98 “Libro donde se asientan los acuerdos que se hazen por el oydor mas antiguo desta rreal audiencia que reside en esta ciudad de San francisco de Quito ...” in: P.D.RA.Q., op. cit., págs. 377-379, 384-385.

    99 P.D.RA.Q., op. cit., págs. 371-373.

    100 Id., págs. 574-375.

    101 Nos parece muy idealizada la visión que suministra el padre Jorge Villalba Freire de la aparente sumisión de los mulatos: “La esclavitud no les hizo odiar a sus amos ni al hombre blanco; y tampoco quebrantó su dignidad humana, pues los vemos tratar de igual a igual, de potencia a potencia, con el gobierno real, y exigir condiciones razonables, convirtiéndose en una provincia confederada y amiga, bajo un mismo rey y un mismo presidente”. In: El licenciado Miguel de Ibarra, sexto presidente de la Audiencia de Quito, su gobernador y capitán general, 1550-1608, Quito: Centro de Publicaciones de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, 1991, pág. 177.

    102 Fray Juan de Salas fue comendador del convento de la Merced de Cali antes de pasar como doctrinero a la montaña de Gualea. Véase: F. González Suárez, Historia General de la República del Ecuador, op. cit., t. 4, pág. 38.

    103 P.D.RA.Q., op. cit., pág. 306.

    104 Gerónimo Pallas, Mission a las Indias, op. cit., pág. 195.

    105 RH.G.A.Q., op. cit., t. 2, pág. 586.

    106 A.G.I., Quito, 9, R. 5, N. 44, 1, fol. 2r-v.

    107 A.N.E., “Libro doce de los libramientos que se despachan para los pagos ...” op. cit., fols. 78r-v y 80r.

    108 Veremos más abajo que efectuó el mercedario otras estadías en la doctrina.

    109 A.N.E, Id., fols. 211r-v, 221 v, 247r-v.

    110 A.N.E., Libro de acuerdos de Hacienda 1601-1657, Real Hacienda 1601-1657, caja 39. “Memoria y lista de la Hacienda Real que el rrey nuestro señor tiene en esta prouincia de san francisco del quito y que ordinariamente suele y deue entrar en su caxa y estar a quenta y cargo de sus oficiales rreales que en ella residen”.

    111 A.G.I., Quito, 208, fol. 148v.

    112 En la evangelización de los indios de guerra situados entre la sierra de Pichincha y el mar, desempeñó un papel de primera importancia el padre jesuita Onofre a fines del siglo xvi y a principios del xvii. Había sacado a varios muchachos de los pueblos que recorrió para instruirles en Quito y hacer de ellos catequistas. Fundó el pueblo de Esmeraldas a orillas del río doce leguas antes de su desembocadura. Luego se trasladó dicho pueblo a la bahía. Favoreció el padre la formación de poblaciones que se transformaron en parroquias confiadas luego a eclesiásticos seculares y regulares, In: Padre Juan de Velasco s. j., Historia Moderna del Reyno de Quito y Crónica de la Provincia de Jesús del mismo Reyno, Tomo I. Años de 1550 a 1685, Quito: 1841, ed. de Raúl Reyes y Reyes, Quito, 1940.

    113 A.G.I., Quito, 209, fol. 163v.

    114 A.G.I., Quito, 209, fols. 157r-v. y 165r.

    115 Ricardo Beltrán y Rózpide, Colección de las memorias o relaciones que escribieron los Virreyes del Perú acerca del estado en que dejaban las cosas generales del reino, Madrid: Imprenta del Asilo de Huérfanos, 1921, t. 1, pág. 139.

    116 A.G.I., Quito, 209, fol. 179v.

    117 R.H.G.A.Q., op. cit., t. 2, pág. 41.

    118 R.H.G.A.Q., op. cit., t. 2, págs. 164, 165, 171, 180, 189, 199.

    119 Id., pág. 139.

    120 Id., pág. 295.

    121 D.H.A.Q., op. cit., pág. 155. Para más detalles al respecto, se consultará: Frank Salomón, Los Yumbos, Niguas y Tsatchila o “Colorados” durante la Colonia española. Etnohis loria del Noroccidente de Pichincha, Ecuador, Quito: Ed. Abya-Yala, 1977, págs. 55-74. Según Pedro de Arévalo y el mercedario fray Alonso Téllez, los mulatos Arrobes e Yllescas capturaban indios yumbos para el cultivo de sus chacras.

    122 A.N.E., Presidencia de Quito, t. 1, 1600-1628, fols. 15v-16v. “Carta de Fray Hernando Hincapié misionero de los naturales de la Provincia de San Matheo de las Esmeraldas dirigida a la Real Audiencia comunicando que murió el gobernador de esa Provincia Don Sebastián de Yllescas”. 1607-V-25. Véase el texto completo en documento anexo.

    123 Relación de los hechos de ¡os españoles en el Perú desde su descubrimiento hasta la muerte del marqués Francisco Pizarra por el padre fray Pedro Ruiz Naharro de la orden de la Merced. In: Descubrimiento y Conquista del Perú por Pedro Pizarro, ed. de Horacio Urteaga, Lima: Imprenta Sanmarti y ca, 1917, pág. 195. Nota el editor lo siguiente en la nota 5: “El padre Naharro es el único cronista que cuenta lo acontecido con este negro en la bahía de San Mateo, donde pudo establecerse tan extraña soberanía”. Desgraciadamente H. Urteaga no ubica temporalmente el documento que no hemos conseguido determinar con más precisión. José Toribio Medina en La imprenta en Lima (1584-1824), t. 1, Santiago de Chile, 1904, citando otra obra del cronista titulada Apología por la Orden de N. S. de la Merced, por Fr. Pedro Ruiz Naharro, Lima, 1646, precisó en cuanto al autor: “No hallamos tampoco su nombre en la Historia de la Orden de la Merced en América, escrita en Lima por Fr. Diego de Mondragón en 1750 y que se conserva inédita en el Archivo de Indias”.

    124 A.G.I., Quito, 209, fol. 185v.

    125 A.G.I., Quito, 209, fol. 186v.

    126 A.G.I., Quito, 9, R. 10, N. 78.

    127 A.G.I., Quito, 209, fol. 189v.

    128 A.G.I., Quito, 9, R. 11, N. 80, 1.

    129 Castellano de origen, Fray Pedro Romero, a quien ya hemos evocado varias veces, tomó el hábito de la Merced en Lima. Ocupó el cargo de comendador del convento de Puerto Viejo antes de pasar a Esmeraldas como misionero. Véase: F. González Suárez, Historia General de la República del Ecuador, op. cit., t. 4, pág. 38.

    130 A.G.I, Quito, 9, R. 12, N. 103, 1, y Quito, 9, R. 15, N. 112, 1.

    131 A.G.I., Quito, 9, R. 15, N. 116, 1.

    132 A.G.I., Quito, 9, R. 15, N. 116, 2.

    133 A.G.I., Quito, 10, R. 2, N. 11, 1, fol. 6r; Quito, 10, R. 3, N. 17, fol. 12r.

    134 A.G.I., 10, R. 4, N. 31, 1, fol. 2r-v.

    135 A.G.I., Quito, 10, R. 5, N. 42, 1, fol. 3v.

    136 A.G.I., Quito, 10, R. 3, N. 15, 1, fol. 6v.

    137 D.H.AQ., op. cit., págs. 74-189.

    138 En 1618, fr. Diego de Velasco fue nombrado provincial de su orden en el Cuzco y, terminado su mandato, pasó a España y luego a Roma como procurador general de las provincias de Castilla y Andalucía. Para más sobre la biografía del fraile y sus tractaciones con el presidente Morga, véase: Fr. Joel L. Monroy, El Convento de la Merced de Quito, de 1617 a 1700, Quito: Ed. Labor, 1931, págs. 60-78.

    139 A.G.I., Quito, 10, R. 7, N. 57, 3, fol. 3v.

    140 “Asiento con el padre fray Diego de Velasco Religioso de la orden de Nuestra Señora de las Mercedes, y Martin de Fuica, y Pedro de San Martin y Velasco para el descubrimiento del puerto de Caracas, y nuevo camino que se ha ofrecido a abrir desde el dicho puerto a esta ciudad por el pueblo de Cançacoto”. A.G.I., Quito, 10, R. 7, N. 57, 2, fol. lr-3r.

    141 El concepto de reducción a la esclavitud de los indios por los “mulatos” perduró hasta hoy en día en los escritos de ciertos historiadores. Valga por ejemplo lo que dijo hace poco Linda A. Newson:
    The arrival of blacks on the coast and their attempts to dominate neighboring groups resulted in local Indians retreating inland and to the south. Some were killed in battles with mulattoes, and others were enslaved by them.
    In: Life and death in Early Colonial Ecuador, Norman and London: University of Oklahoma Press, 1995, págs. 263-264.

    142 Maestro Fr. Felipe Colombo, El Job de la Ley de Gracia, retratado en la admirable vida del Siervo de Dios Venerable Padre Fray Pedro de Urraca, Madrid, 1790, pág. 32. El retrato pintado por fray Melchor Prieto completa el cuadro efectuado a instancias del doctor Del Barrio por el pintor quiteño Adrián Sánchez Jaique. Se leerá el texto completo en Anexos, donde se verá que fray Felipe Colombo adoptó los tópicos corrientes, en particular en lo que se refiere a las relaciones con los indios reducidos al estado de esclavos por los zambos.

    143 Así que no nos parece inapropiado ir más allá de lo que propuso John Leddy Phelan en su acertada aseveración:
    The zambo caciques had tasted liberty; they had every intention of preserving it. They had no objection to swearing an occasional oath of loyalty to the Spanish king or accepting an honorary title from him, provided (he Spaniards made no attempt to enforce their overlordship in their villages by collecting tribute taxes or conscripting labor (op. cit., pág. 8).

    144 Lo repetimos, nuestro propósito no consiste en tratar de los diferentes proyectos de camino. A este respecto se consultará el capítulo 1 “Esmeraldas: The failure of a conquest” de John Leddy Phelan, The Kingdom of Quito in the Seventeenth Century, op. cit., págs. 3-22.

    145 No confundir con Santafé de Bogotá en la actual Colombia.

    146 A.G.I., Quito, 212, L. 4, fols. 83r-85v.

    147 Véanse las referencias de J. Leddy Phelan sobre estos temores, op. cit., pág. 12.

    148 D.H.A.Q., op. cit., pág. 229. Véase también otra copia de la carta en A.G.I., Quito, 10, R. 7, N. 56, 1, fols. lr-3r. En una carta de 22 de octubre de 1617 dirigida al cabildo de Quito, el príncipe puso de realce el principal inconveniente del proyecto, aunque no lo rechazó del todo:
    ...he tocado algunos inconvenientes que me detienen en la resolución de este punto, y el principal es que sería dar lugar, si esta puerta se abriese en tiempo que los enemigos frecuentan tanto estas mares, para que alguna vez tomasen esta entrada fácil en el Reyno, ayudados de los mismos mulatos, de quien se debe tener muy poca seguridad, que cuando no hubiera más que este inconveniente, debe preponderar más que las utilidades que se siguen; pero con todo se considerará despacio y se tomará la resolución que más conviniere al servicio de Dios y de Su Majestad.
    In: Libro de Cartas escritas por los Reyes Nuestros Señores, Sumos Pontífices, Virreyes y otros Ministros de esta Real Audiencia al Cabildo de Quito op. cit., pág. 52.

    149 D.H.A.Q., op. cit., págs. 251-252. En Anexos copiamos el texto de la carta sacada de A.G.I., Quito, 10, R. 7, N. 56, 1, fols. lr-13 r.

    150 Id., pág. 252.

    151 Id., pág. 257. A.G.E, Quito, 10, R. 7, N. 56, 1, fols. lr-13r.

    152 A.G.I., Quito, 209, L. 2, fol. 9r-v.

    153 A.G.I., Quito, 209, L. 2, fols. 33v-35v.

    154 A.G.I., Quito, 10, R. 9, N. 114, 1.

    155 A.G.I., Quito, 10, R. 9, N. 135, 1, fol. 2v.

    156 A.G.I., Quito, 11, R. 3, N. 46, 1, fol. 1r.

    157 A.G.I., Quito, 11, R. 3, N. 61, 1, fol. 1r.

    158 A.G.I., Quito, 11, R. 4, N. 70, 1.

    159 A.G.I., Quito, 11, R. 4, N. 81, 1, fol. lv.

    160 A.G.I., Quito, 11, R. 12, N. 102, 1, fol. 1.

    161 Lo antedicho en cuanto a la hábil política de los zambos permite aseverar que la visión asimiladora propuesta por el cuadro que mandó la Audiencia al Consejo de Indias distaba de corresponder a su recia genialidad histórica. Por eso no adoptaremos el juicio siguiente de Carmen Bernand: “De hecho, el cuadro célebre de los tres caciques cimarrones [ya llevamos dicho lo que pensamos del calificativo] ilustra un punto importante: el de la asimilación de los negros durante el siglo xvi” (op. cit., pág. 57). De los deseos de los oidores a la realidad había mucho trecho.

    162 A.G.I., Quito, 12, R. 5, N. 51, 1, fol. 4r.

    163 A.G.I., Quito, 209, L. 2, fol. 105v.

    164 A.G.I., Quito, 209, L. 2, fol. 135r.

    165 A.G.I., Quito, 209, L. 2, fol. 197v.

    166 Los lachas vivían en la cuenca del río Lacha, afluente del río Santiago, el cual desemboca en el Cayapa.

    167 R.H.G.A.Q., op. cit., t. 1, págs. 48-97.

    168 A.N.E., Sección Esclavos, Caja 1, Exp. 4.

    169 Véase la presentación de los hechos por Baltasar Fra Molinero, en particular en lo que concierne la “declaración original e insólita de amor patrio a Esmeraldas” de parte de Gaspar Mendes; in: op. cit., pág. 140.

    170 Juan de Velasco s. j., op. cit, págs. 108-109.

    171 Autos acordados de la Real Audiencia de Quito. 1578-1722, Guayaquil: Corporación de Estudios y Publicaciones, 1971, págs. 247-248.

    172 Una cédula real con fecha de 16 de diciembre de 1631 mandó al virrey, conde de Chinchón, que satisfaciera la demanda de los milicianos negros y mulatos libres que se habían portado con mucho denuedo para rechazar la incursión holandesa en el Callao en 1624. Véase: Jean-Pierre Tardieu, “Le soldat noir au Pérou (xvie-xviie siècles)”, op. cit., págs. 95-99.

    173 A.G.I., Quito 179, Expediente sobre la apertura de un camino desde Quito a la Mar del Sur, por la prouincia de las Esmeraldas ofrecido hacer por Pedro Vicente Maldonado. 1735-1755.

    174 Id. Testimonio de los Autos obrados sobre la apertura del camino de la Prouincia de Esmeraldas y Puerto de Atacames seguidos por el gouernador Don Pedro Vicente Maldonado Sotomayor actuado en el oficio, fols. 5-40.

    175 Id., fol. 123r.

    176 Id., fol. 139r.

    177 Id., fol. 199r.

    178 Id., fol. 12ór.

    179 Id., fol. 202r.

    180 Id., fol. 242r-v.

    181 Id., fol. 237r.

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    1 Para quienes no tengan un conocimiento preciso de la geografía ecuatoriana, adoptaremos la definición siguiente sacada de José Alcina Eranch, Encarnación Moreno y Remedios de la Peña, “Penetración española en Esmeraldas (Ecuador): Tipología del descubrimiento” Revista de Indias 143, 1976, pág. 68: “En la actualidad, Esmeraldas es una provincia de la República del Ecuador, con una extensión de 15 030 kilómetros cuadrados y limitada al Sur y al Este por las provindas de Manabí, Pichincha, Imbabura y Carchi; al Norte, por la República de Colombia, y al Norte y al Oeste, por el océano Pacífico”; añaden los autores que “el área de Esmeraldas se inscribe en el contexto de lo que llamamos «Tierras bajas del Oeste» del Ecuador”.

    2 Federico González Suárez, Historia General de la República del Ecuador, Quito: Imprenta del Clero, 1893, t. 4.

    3 Como ejemplo de aseveraciones muy vagas sería de evocar la obra del padre Bernardo Recio, Compendiosa Relación de la Cristiandad de Quito, Madrid, 1947, págs. 407-408, citada por María Luisa Laviana Cuetos, Guayaquil en el siglo xviii. Recursos naturales y desarrollo económico, Sevilla: Escuela de Estudios Hispano-americanos / C.S.I.C., 1987, pág. 125. Trata el autor de “un pueblo que se compone todo de zambos” [La Canoa, situado al norte de la bahía de Caráquez], descendientes de unos esclavos “que en el siglo xvi –resume M. L. Laviana Cuetos– venían de Panamá en un barco destinado a Lima, se amotinaron y tras matar a los españoles, desembarcaron en esa zona del Cabo Pasado, mataron a los indios y se quedaron allí, casándose con sus mujeres”. Son también muy superficiales los datos suministrados por el jesuita peruano Rubén Vargas Ugarte sobre “un capitán mulato que vivía entre los indios de guerra de la comarca y ejercía cierta influencia sobre ellos”; véase: Historia General del Perú, op. cit., t. 2, págs. 536-337.

    4 John Leddy Phelan, The Kingdom of Quito in the Seventeenth Century. Bureaucratic Politics in the Spanish Empire, Madison: The University of Wisconsin Press, 1967; cap. 1. “Esmeraldas: the failure of a conquest”, págs. 3-22.

    5 José Alcina Franch, “El problema de las poblaciones negroides de Esmeraldas, Ecuador”, Anuario de Estudios Americanos XXI, Sevilla, 1974, págs. 33-46.

    6 Padre Rafael Savoia, “El negro Alonso de Illescas y sus descendientes (1553-1837)” in: P. Rafael Savoia (coord.), Actas del primer congreso de historia del negro en el Ecuador y sur de Colombia, Esmeraldas 14-16 de octubre de 1988, Quito: Centro Cultural Afro-Ecuatoriano, 1988, págs. 29-62. Julio Estupiñán Tello evoca a los negros y mulatos de Esmeraldas en: Historia de Esmeraldas. Monografía integral de Esmeraldas, Portoviejo: Editorial Gregorio, 1977, págs. 67-77. También es de citar la rápida evocación, más reciente, de Marcel Pérez Estupiñán, Historia de Esmeraldas, Esmeraldas: Universidad Técnica Luis Vargas Torres, 1996, págs. 15-21.

    7 Rocío Rueda Novoa, Zambaje y Autonomía. Historia de la gente negra de la provincia de Esmeraldas. Siglos xvi-xviii, Quito: Ediciones Abya-Yala, 2001.

    8 Para tener una visión global de las diversas expediciones que intentaron dominar la provincia de Esmeraldas, se consultará: José Alcina Franch, Encarnación Moreno y Remedios de la Peña, op. cit., págs. 65-121.

    9 Miguel Cabello Balboa, Obras, vol. 1, edición de Carlos A. Ribadeneyra, Quito: Ed. Ecuatoriana, 1945, págs. 3-76. Utilizaremos esta edición en el desarrollo siguiente. Hay una breve biografía de Miguel Cabello Balboa en la presentación de otra obra suya: Miscelánea Antártica. Una historia del Perú antiguo (1586), Lima: Universidad Nacional Mayor San Marros, Instituto de Etnología, 1951. Hace unos años, José Alcina Franch publicó una nueva edición: Miguel Cabello Balboa, Descripción de la provincia de Esmeraldas, Madrid: C.S.I.C., Instituto de Historia, 2001. Nos referiremos cuando sea necesario a esta edición, y más particularmente a su introducción que reúne datos ya publicados por el editor en varios artículos utilizados en este trabajo.

    10 La “Verdadera descripción y relación de la provincia y tierra de las Esmeraldas...” fue descubierta en el Archivo General de Indias por Roberto Levillier. La entregó a Jijón y Caamaño, quien la publicó en las Obras de Cabello Balboa en 1945. Véase: José Alcina Franch, Introducción a la edición de “Descripción de la provincia de Esmeraldas”, pág. 14.

    11 Orden y traza para descubrir y poblar la tierra de los Chunchos y otras provincias, in: M. Cabello Balboa, op. cit., págs. 95-97.

    12 Véase: Lee Eldridge Huddleston, Origins of the American Indians. European Concepts, 1492-1729, Austin and London: University of Texas Press, 1967.

    13 Cabello Balboa también se interesaba, aunque de más lejos, al problema de la esclavitud, como lo da a entender el capítulo 9 de su Miscelánea Antártica (ver supra) publicada en 1586, donde trató de las causas naturales del color de los negros de Etiopía y del principio de la esclavitud de los africanos en España.

    14 Para entenderla mejor, es imprescindible situar la actuación de Alonso de Illescas en este contexto, lo cual no hizo el historiador Federico González Suárez al escribir que “Illescas era temido y acatado por todas las tribus indígenas, su voluntad era obedecida sin réplica y sus quereres se ponían por obra al instante...” In: Historia General de la República del Ecuador, op. cit., pág. 17.

    15 Se quejó Francisco de Toledo de la actitud de los oidores y en particular del licenciado Salazar, quien intentó nombrar a un yerno suyo para la entrada. La provisión que mandó a la Real Audiencia de Quito para oponerse a esta decisión llegó después de que la anulara la jurisdicción, un poco antes de la muerte del oidor, del capitán Contero y de su yerno. In: Gobernantes del Perú. Carlas y papeles. Siglo xvi. Documentos del Archivo de Indias. Publicación dirigida por D. Roberto Levillier, t. 4, Madrid: Imprenta de Juan Pueyo, 1924, págs. 92-95.

    16 Emplearemos la antigua grafía de la documentación, a la que se sustituyó la de “Portoviejo”.

    17 “Relación de las provincias de las Esmeraldas, que fue a pacificar el capitán Andrés Contero”, in: Relaciones geográficas de Indias. Perú, B.A.E. 185, op. cit., págs. 87-91. El texto fue de nuevo publicado en: P. Ponce Leiva, op. cit., t. 1, págs. 66-71.

    18 El licenciado Espinosa en una carta que mandó al emperador desde Panamá en 6 de noviembre de 1535 declaró que se había descubierto “un río donde nacen las esmeraldas”. Fray Tomás de Berlanga, unos meses más tarde, o sea en 3 de febrero de 1556, dijo algo parecido al soberano: “dizese que ay venero de Esmeraldas en un rrio que esta cerca de tumbez”; in: Colecrión de Documentos Inéditos para la Historia del Perú, vol III, Cartas del Perú (1524-1543), publicado por Raúl Porras Barrenechea, op. cit., págs. 173 y 196. Pedro Pizarro, el secretario del Conquistador, evoca la “cantidad de oro y esmeraldas que en leí pueblo de Coaque] se tomaron”: in: Relación del descubrimiento y conquista del Perú, ed. de Horacio H. Urteaga, Lima: Imprenta Sanmarti y co, 1917, pág. 14. El jesuita José de Acosta, en una época contemporánea a la de Cabello Balboa, evocó la abundancia de estas piedras en dicha región:
    Mas donde se ha hallado, y hoy en día se halla más abundancia, es en el nuevo reino de Granada y en el Perú, cerca de Manta y Puertoviejo.
    Hay por allí dentro una tierra que llaman de las Esmeraldas, por la noticia que hay de haber muchas, aunque no ha sido hasta ahora conquistada aquella tierra.
    Historial Natural y moral de las Indias. In: Obras del padre losé de Acosta, Edición de Francisco Mateos, B.A.E. 75, Madrid: Ed. Atlas, 1954, pág. 107.
    Más tarde, Garcilaso de la Vega el Inca evocó el defraude de los españoles:
    Las esmeraldas se crían en las montañas de la provincia llamada Manta, jurisdicción de Puerto Viejo. No ha sido posible a los españoles, por mucho que lo han procurado, haber dado con el mineral donde se crían; y así casi ya no se hallan esmeraldas de aquella provincia, y eran las mejores de todo aquel imperio.
    Comentarios reales de los Incas, Obras completas del Inca Garcilaso de la Vega, Ed. del p. Carmelo Sáenz de Santa María s. j., B.A.E. 133, Madrid: Ed. Atlas, 1963, pág. 325. El padre del cronista, Garcilaso de la Vega, quien acompañaba al conquistador Pedro de Alvarado, y sus compañeros juntaron en Manta “mucha cantidad de esmeraldas”. Los naturales del valle adoraban “una gran esmeralda que dicen era poco menor que un huevo de avestruz” (op. cit., pág. 342). Juan Meléndez recordó que con “esta gran suma de castellanos de oro y no menor cantidad de grandes y finissimas esmeraldas” embió Pizarro por gente, armas, caballos, y bastimentos a la Prouincia de Nicaragua para seguir su conquista”; in: Tesoros verdaderos de las Yndias, Roma: Imprenta de Nicolás Angel Tonasno, 1681, pág. 26.

    19 El oro procedía de los lavaderos que explotaban los indios que vivían junto a los ríos. Según José Alcina Franch y María Carmen García Palacios, “los datos de carácter histórico sobre el hallazgo de oro en toda la región de Esmeraldas, son muy abundantes desde, al menos, 1573 ...” In: “Materias primas y tecnología en Esmeraldas”, Actes du XLII Congrès International des Américanista, vol. IX-A, Paris: Société des Américanistes, 1979, pág. 310.

    20 La primera referencia textual a la bahía de San Mateo se encuentra en Francisco de Xerez, Verdadera relación de la conquista del Perú, Ed. de Concepción Bravo, Madrid: Historia 16, Crónicas de América, 1985, pág.66:
    ...y por ser trabajosa la navegación de aquella costa, se detuvieron más tiempo de lo que los bastimentos pudieron suplir, y fue forzado saltar la gente en tierra, y caminando por ella buscaban mantenimientos, por donde los podían haber. Y los navios por la mar llegaron a la bahía de Sant Matheo y a unos pueblos que los Españoles les pusieron por nombre de Santiago, y a los pueblos de Tacamez que todos van discurriendo por la costa adelante. Vistas por los christianos estas poblaciones que eran grandes y de mucha gente belicosa, que en estos pueblos de Tacamez, llegando noventa españoles una legua del pueblo, los salieron a recebir más de diez mil indios de guerra...
    Gonzalo Fernández de Oviedo se refiere al lugar por la facilidad de acceso que brindaba a los conquistadores: “E llegados al principio de la buena tierra, desembarcáronse la gente e caballos en un puerto, al cual pusieron nombre la bahía de Sanct Mateo; el cual es muy bueno e seguro, e pueden descender, con una plancha, en tierra los caballos e gente ...”. In: Historia general y natural de las Indias, Madrid: Ed. Atlas, B.A.E. 121, pág. 13. El piloto Bartolomé Ruiz le dio a la bahía el nombre del santo del día de su descubrimiento.

    21 J. Alcina Franch, E. Moreno y R. de la Peña, evocando las dificultades de navegación, se refieren a Antonio de Alcedo, Diccionario geográfico de las Indias Occidentales o América, Madrid, 1786-1789: “... los navíos y las fragatas que navegan más distantes de la costa, llevan el riesgo de engorgonarse en los remolinos de las Islas del Gallo y de la Gorgona, donde no tienen otra salida que volver de arribada al puerto de Perico, de la ciudad de Panamá, con pérdida del viaje y del tiempo”; op. cit., pág. 72.

    22 Las relaciones de la conquista, como hemos insistido en el primer capítulo, ponen de realce lo insano de la costa. Precisamente por esto los negros naufragados, acostumbrados por sus orígenes a condiciones climáticas muy parecidas, se creían más seguros en ella, y más particularmente en el interior de sus tierras.

    23 Se presentó en el Callao el 13 de febrero en busca de un barco con 200 000 pesos en barras de plata. Por el litoral de la Audiencia de Quito se apoderó del fabuloso cargamento de un navío estimado a 360 000 pesos.

    24 Véase: François de Medeiros, L'Occidenl el l'Afrique (xiiie-xve siècle), París: Karthala, 1983.

    25 Pedro Gutiérrez de Santa Clara califica de esta manera a Gonzalo Pizarro en Historia de las guerras civiles del Perú.

    26 Para mejor aquilatar el alcance ideológico del relato de Cabello Balboa, interesa citar una corta relación atribuida al capitán Fuenmayor, vecino de Quito, que Marcos Jiménez de la Espada en Relaciones Geográficas de Indias-Perú (B.A.E. 185, pág. 91) hace remontar al año 1569, aunque parece más tardío el documento a juzgar por sus referencias temporales:
    En un puerto de aquella cuesta el capitán dio un navío al través, y en ella quedó un negro que se salvó, que ha más de veinte años que está entre los indios. Tiene ya mucha suma de hijos y nietos, y de por sí tiene un pueblo poblado junto a los indios. Respétanle mucho porque está emparentado con todos los caciques de aquella provincia. Este habrá cinco que, aportando un navío a aquella costa, salió a hablar con los españoles y les dijo que si el Audiencia enviaba persona a capitular con él y un sacerdote que le bautizara sus hijos, que daría aquella provincia de paz. El licenciado Valverde, que presidía en Quito envió un clérigo que se decía fulano Cabello el cual estuvo con el negro y le bautizó sus hijos y él le dio algunas joyas de oro y le dijo que se volviese, porque con él no podía tratar cosas tocantes a la guerra, que enviasen un capitán con gente, que él ayudaría a la pacificación de aquella tierra, como se le diese perdón del daño que había hecho y se le diese de comer en la tierra y en este estado se está hasta ahora.
    El capitán Diego Díez de Fuenmayor tenía los pueblos de Perucho y Perugac he en encomienda, con 59 indios (véase: Javier Ortiz de la Tabla Ducasse, Los encomenderos de Quito. 1534-1660, Sevilla: Escuela de Estudios Hispano-americanos / C.S.I.C., 1995, pág. 101.

    27 En lo que se refiere a las dificultades que se opusieron al dominio del entorno esmeraldeño por los españoles, J. Alcina Franch, E. Moreno y R. de la Peña precisan lo siguiente que no es inútil para nuestro propósito:
    Por otra parte, el bosque tropical ofrece uno de los ambientes más hostiles para las instalaciones humanas: la densidad de la vegetación es tal que la visión del paisaje se hace imposible, dificultando tremendamente la comunicación y facilitando, por el contrario, el extravío; pero, al mismo tiempo, la vitalidad vegetal es de tal naturaleza, que cualquier camino abierto, requiere un esfuerzo continuo para mantenerlo en condiciones de utilización. Todo ello ha debido significar un cúmulo de obstáculos de gran magnitud para la operación de penetrar en el territorio de Esmeraldas.
    Op. cit., pág. 72.

    28 “...en lo demás, él es tan ladino, como se puede creer del que nació en casa de españoles en Cabo Verde”.

    29 “...está tan pronto en lo que en Sevilla aprendió, como si ayer saliera della y vídose por el tañer y cantar en una vigüela, jugar la espada y broquel.”

    30 Véase: Frederick P. Bowser, El esclavo africano en el Perú colonial. 1524-1650, México: Siglo Veintiuno, 1977, y más particularmente el capítulo dedicado al tráfico de esclavos en el Perú. Hasta la década de 1580 no pasaban por Lima más de 500 negros por año asegura el historiador estadounidense, pág. 112.

    31 En “Relación de la ciudad y provincia de Quito” (1570), el licenciado Salazar de Villasante, oidor de la Real Audiencia, aludió al episodio de la “entrada de los negros”. Según sus informaciones, el navío venía de Nueva España y estaba cargado “de sedas y otras cosas”. Se dedicaría entonces al traslado de las mercancías del galeón de Manila destinadas al Perú y en la escala de Panamá habría cargado a los esclavos negros. In: R.H.G.A.Q., op. cit, t. 1, pág. 92.

    32 Para entender las dificultades que tuvieron que superar los naufragados, véase el primer capítulo. Aludiremos a la descripción redactada antes de 1550 que presenta Pedro Cieza de León de las andanzas de los primeros conquistadores por estas costas:
    No dejaron de caminar los españoles pasando más trabajo que antes por los muchos mosquitos que había, que eran tantos, que por huir de su importunidad, se metían entre la arena los hombres enterrándose hasta los ojos. Es plaga contagiosa la de estos mosquitos. Moríanse cada día españoles de ella, y de otras enfermedades que les recrecieron.
    Descubrimiento y conquista del Perú, Ed. de Carmelo Sáenz de Santa María, Madrid: Historia 16, 1986, pág. 72.

    33 J. Alcina Franch insistió en el que “la capacidad de adaptación del grupo negro en esa región sería más bien alta o muy alta: problemas de vivienda, comunicación, subsistencia y otras, quedarían resueltos de inmediato, dada la semejanza del cuadro ambiental”. In: “Las poblaciones negroides de Esmeraldas, Ecuador”, op. cit., pág. 41.

    34 Los campaces se situaban en “la serranía de la costa, desde, aproximadamente, el cabo San Francisco hasta, quizá, la bahía de Caráquez”. ín: J. Alcina Franch, op. cit., pág. 36.

    35 Nos preguntaremos si Cabello Balboa no se inspiró en parte para esta descripción del texto de Pedro Cieza de León referente a estos lugares, en particular en lo que toca a los animales:
    También hay de los puercos de la casta de España y muchos venados de la más singular carne y sabrosa que hay en la mayor parte del Perú. Perdices se crían no pocas manadas dellas y tórtolas, palomas, pavas, faisanes y otro gran número de aves...
    La crónica del Perú (1553), Ed. de Manuel Ballesteros, Madrid: Historia 16, 1984, págs. 215-216.

    36 Los pidis formaban parte del grupo étnico de los niguas, que evocaremos más adelante. Los niguas, según J. Alcina Franch, ocupaban “una gran parte de la cuenca del río Esmeraldas, desde los Yumbos hacia el mar, y la costa, desde la desembocadura del Esmeraldas hasta el sur del cabo San Francisco y la zona de Portete, precisamente donde se señala el desembarco de los negros”. In: op. cit., pág. 36.

    37 Es de suponer que la tez de los recién llegados contribuyó no poco a asustarles. En Túmbez, cuentan las crónicas y en particular Cieza de León, los indios se dieron en lavar al esclavo que acompañaba a Alonso de Molina para quitarle el color: “Pero todo no era nada para el espanto que hacían con el negro: como lo veían negro, mirábanlo, haciéndolo lavar para ver si su negrura era color o confacción puesta”. In: Descubrimiento y conquista del Perú, op. cit., pág. 88.

    38 Véase lo que dicen H. Baumann y D. Westermann acerca de estas fraguas con fuelles de pellejo usadas por los wolofes, los peules, los mandès, los pueblos situados en el centro de Togo y los yorubas en: Les peuples et les civilisations de l'Afrique, París: Payot, 1970, págs. 381, 415 y 357.

    39 Incluso se puede emitir la hipótesis que el grupo inicial de negros adoptó los procedimientos de las sociedades secretas de Africa. Alonso de Illescas se portaba de una manera que bien se podría comparar con el papel desempeñado por el gran maestre del “poro” entre los kpelés, quien se encargaba de todo lo que tenía una relación con la preparación de los iniciados a la vida de la tribu: vida sexual, religión, baile, guerra, etc. Consúltese: H. Bauman y D. Westermann, op. cit., pág. 384.

    40 Por las razones que acabamos de exponer vamos más allá del valioso análisis propuesto por J. Alcina Franch: “El caso planteado, en mi opinión, es un caso de supervivencia de un grupo humano reducido en un medio socio-cultural hostil. La respuesta a esta situación de supervivencia se produce a través de tres actividades diferentes: agresión, adaptación y mestizaje”. In: op. cit., pág. 43.

    41 El mismo Garcilaso de la Vega el Inca señala que “al hijo de negro y de india, o de indio y de negra, dicen mulato o mulata”; in: Comentarios reales de los Incas, Libro IX, cap. XXXI, “Nombres nuevos para nombrar diversas generaciones”. De entonces en adelante se siguió empleando el término para designar a los zambos de Esmeraldas como veremos más abajo, aunque el vocablo zambahigo apareció hacia 1560 según asevera Corominas. Para más detalles al respecto, véase: Jean-Pierre Tardieu, “La taxinomie du métissage en Amérique latine. Quelques aspects sémiologiques”, Transgressions el stratégies du métissage en Amérique coloniale. Actas del coloquio organizado en la Sorbona por el C.R.A.E.C. los 28 y 29 de noviembre de 1997, Les Langues néo-latines 305, 1998, págs. 11-22.

    42 Interesa comparar la visión que quiere imponer Cabello Balboa con una referencia sacada de la obra Mission a las Indias (1620) del jesuita Jerónimo Pallas. Este italiano, llegado al Perú en 1617, llegó a ser “socio” del provincial y rector del colegio San Pablo de Lima. Se supone que sacaría sus informaciones de fuentes fidedignas:
    ...y obligados de la necessidad unieron de pelear con los indios que hallaron la tierra adentro, que aun entonces no estauan en el gouierno y doctrina de los españoles, digo, los de aquel distrito: y quedando vencedores los negros en los primeros encuentros se apoderaron de las mugeres y de la tierra porque los indios que escaparon viuos se huyeron a los montes y se passaron a otras partes. Los hijos pues destos negros conquistadores y de aquellas indias son los que hasta oy duran y se llaman indios mulatos. Viuen con algún modo de republica y anse diuidido en parcialidades y dellas algunos son christianos sugetos a los doctrineros de los distritos del contorno. Gouiernanse por capitanejos o caciques a quien obedecen y respectan fidelissimamente.
    A diferencia de Cabello Balboa, Pallas insistió en el hecho de que los negros se vieron “en la necessidad de pelear” y sus descendientes, los mulatos, se mostraban “fidelísimos” ante sus “capitanes”, lo cual hizo su fuerza. Gerónimo Pallas, Mission a las Indias. Con advertencias para los Religiosos de Europa, que lo huuieren de emprender, como primero se vera en la historia de un uiage, y después en discurso. Al muy lio Pe Mutio Vitelleschi VI Preposito General de la Compañía de Iesus. Por el Pe Geronymo Pallas de la misma Compañia (1620), Archivo Romano de la Compañía de Jesús (A.R.S.I.), Peru 22, pág. 194. Los datos biográficos sobre Jerónimo Pallas proceden de Carlos Sommervogel s.j., Bibliothèque de la Compagnie de Jésus, Bruxelles-Paris, 1896.

    43 El nombre procede de un río de la región nota Rafael Savoia (op. cit., pág. 53), quien recogió el dato de “El memorial de las cosas notables y suscesos ... del viaje del Fray Gaspar de Torres Mercedario de la Provincia de Cayapas, 20 de noviembre de 1597” citado por Fray Joel Monroy L., Los religiosos de la Merced en la Costa del Antiguo Reino de Quilo, t. 1, Quito: Editorial Labor, 1935.
    Es de precisar que, anclando el tiempo, se hizo muy vago el recuerdo de los hechos, como consta de las referencias del jesuita Juan de Velasco, quien describió así lo que sucedió después del naufragio:
    Cinco o seis españoles, tres o cuatro negros y otros tantos indios, que pudieron refugiarse en los montes y selvas, se volvieron con el tiempo bárbaros y mezclaron la sangre y la religion con la de otros residuos bárbaros, que hallaron en los mismos bosques. Los hijos de estos, que ni eran españoles ni negros, ni indianos, sino mulatos, zambos y mestizos, y que no eran cristianos ni dejaban de serlo, se mezclaron mucho mas con otras pequeñas tribus bárbaras que pudieron librarse en parte del estrago general. Se conservan hasta ahora dos parcialidades de esa descendencia híbrida; una con el nombre de Yungas, y otra con el de Mangaches, las cuales se han dilatado hasta el gobierno de Guayaquil.
    In: Historia del reino de Quito en la América Meridional Año de 1789, Quito: Imprenta del Gobierno, 1844, Libro 3, pág. 110.

    44 J. Alcina Franch, basándose en otros datos, propone como fecha de llegada 1540 o 1541. Véase: Introducción a Descripción de la provincia de Esmeraldas, op. cit., pág. 21.

    45 Recordaremos lo que dijo Baltasar Fra Molinero de la empresa de los naufragados:
    La llegada de estos náufragos es descrita por el cronista como una anticonquista, lo opuesto a la escena de la llegada profética a Guanahaní que Cristóbal Colón describe. Cabello Balboa habla de una conquista hecha por la gente equivocada y por un motivo nada heroico: un grupo de negros esclavos que se adentra en territorio indígena motivado por la necesidad y el hambre.
    “Ser mulato en España y América: discursos legales y otros discursos literarios”, in: Berta Ares Queija y Alessandro Stella (coord.), Negros, Mulatos, Zambaigos. Derroteros africanos en los mundos ibéricos, Sevilla: Escuela de Estudios Hispano-Americanos / C.S.I.C., 2000, págs. 138-139.

    46 En 5 de marzo de 1572, el virrey Francisco de Toledo avisó a la Corona de la muerte de Martín de Carranza, quien se había sustituido a su suegro difunto. In: Gobernantes del Perú. Cartas y papeles. Siglo xvi, op. cit., págs. 87-88.

    47 “Relación de la ciudad y provincia de Quito”, in: P. Ponce Leiva, op. cit., t. 1, pág. 92.

    48 Según datos presentados por F. González Suárez que todavía no hemos podido comprobar, se alojó Cáceres en la vivienda de los negros, “un enorme chozón, desaseado y sin ninguna comodidad”. ¡Vaya! ¿De qué “comodidad” podía disfrutar Illescas en la selva? Más interesante es la referencia a una riña entre Illescas y su rival, quien acudió para conocer al diácono. Este se habría interpuesto: “Las palabras del eclesiástico, dice el historiador, trocó los corazones de los dos negros, y, depuestos sus odios, acabaron por darse los brazos, olvidando sus rencores y jurándose amistad”. Op. cit., págs. 24-25.

    49 Tampoco hemos podido comprobar la veracidad de la versión presentada por F. González Suárez según la cual “a los veinticinco días, de repente, el rato menos pensado, se presenta, a lo lejos, uno de los negros y grita a los expedicionarios, que huyan, que se pongan en salvo, porque los indios están alzados y venían a dar de sorpresa sobre ellos, para exterminarlos”. Sólo habría podido salvar Balboa los ornamentos sagrados. Véase: op. cit., pág. 27. Extraña algo que el clérigo no haya aludido en su informe a este episodio novelesco.

    50 El río Esmeraldas recibe efectivamente por su derecha un afluente llamado El Negro. Ver: Manuel Villavicencio, Geografía de la República del Ecuador, New York, 1858, ed. de Quito: Corporación Editora Nacional, 1984, pág. 94.

    51 Como notan J. Alcina Franch, E. Moreno y R. de la Peña la sierra ecuatoriana, “con una economía típicamente agraria”, necesitaba un mercado de exportación para sus productos. De lo contrario corría riesgo de colapso (op. cit., pág. 70). Añadiremos que esta necesidad de exportar para alcanzar precios más altos fue la que, a nuestro modo de ver, justificó en gran parte el empeño del cabildo de Quito en “pacificar” la provincia de Esmeraldas, y las tensiones que surgieron al respecto entre los ediles y la Real Audiencia, que evocaremos más abajo.

    52 En lo que respecta al camino de Esmeraldas, veremos que no dejó de manifestarse cierta tirantez entre la Audiencia de Quito y los diversos virreyes que sucedieron a Toledo. Para más en cuanto a esta rivalidad, se consultará el capítulo II, “La organización del poder” de: Pilar Ponce Leiva, Certezas ante la incertidumbre. Elite y Cabildo de Quilo en el siglo xvii, Quito: Abya-Yala, 1998.

    53 Archivo General de Indias, Sevilla (A.G.I.), Quito, 8, R. 14, N. 41. Consultamos gran parte de los textos citados de ahora en adelante en la documentación digitalizada disponible en el A.G.I., y comprobamos que la numerotación de los folletos no coincide exactamente con la de los originales.

    54 A.G.I., Quito, 211, L 2, fol. 110 v.

    55 “Representación de Diego López de Zúñiga a S. M.” in: Documentos para la historia de la Audiencia de Quito (D.H.A.Q.). Investigación y compilación por José Rumazo, Madrid: Afrodisio Aguado, 1949, t. 5, pág. 38.

    56 A.G.I., Quito 8, R. 19, N. 50, 1.

    57 “Representación de Fray Alonso de Espinosa a S. M. Solicita se envíe persona autorizada para reducir la provincia de Esmeraldas. 1585 – mayo 22 – Quito”, in: D.H.A.Q., op. cit., págs. 7-14.

    58 A.G.I., Quito, 209, L. 1, fol. 66r.

    59 A.G.I., Quito, 8, R. 20, N. 53, 1.

    60 A.G.I., Quito, 8, R. 21, N. 54, 1.

    61 A.G.I., Quito, 8, R. 21, N. 57, 1.

    62 A.G.I., Quito, 8, R. 21, N. 59.

    63 A.G.I., Quito, 8, R. 21, N. 65, 1. En 1587 Guayaquil tuvo que defenderse contra el ataque del pirata inglés Cavendish.

    64 A.G.I., Quito, 209, L.l, fols. 82, 84.

    65 Carta del 24 de febrero de 1590; in: Hugo Burgos G., Primeras doctrinas en la Real Audiencia de Quito (P.D.RA.Q). 1570-1640, Quito: Ediciones Abya-Yala, 1995, pág. 507.

    66 En 12 de abril de 1587, el virrey conde del Villar informó al rey de que no dejaría de pedir cuentas al nuevo gobernador para que se cumpliera el asiento firmado con la Corona. In: Gobernantes del Perú. Cartas y papeles. Siglo xvi, op. cil., t. X, 1925, pág. 278.

    67 En esto la opinión de Auncibay no difería de lo comunmente admitido. La ley XII del título XXI de la segunda Partida de Alfonso X el Sabio declara: “Et aun dezimos que non debe seer cavallero home que por su persona andoviese faziendo mercadorías”. Citado por Christine Orobitg, Le sang dans l'Espagne d'Ancien Régime (Moyen Age-xviiie siècle), Dossier de candidature à l'Habilitation à Diriger des Recherches, Université de la Sorbonne Nouvelle (Paris III), 2002, vol. 1, pág. 311.

    68 A.G.I, Quito, 209, fol. 83r.

    69 Ribadeneyra se había casado con doña Ana de Zúñiga, heredera de la encomienda de Chumbo que pertenecía a su padre el conquistador Francisco Ramón de Arellano, fundador de Guayaquil en 1537. Al llegar a Quito el oidor don Matías Moreno de Mera, le convenció de que se desposara con la hermana de su mujer en cambio de una pingüe dote, a pesar de los obstáculos legales de que arguyeron posteriormente los otros oidores. Véase: Javier Ortiz de la Tabla Durasse, Los encomenderos de Quito. 1534 - 1660. op. cit.. págs. 271-272.

    70 Op. cit, in: P.D.RA.Q., págs. 306-307. El padre mercedario Luis Octavio Proaño publicó algunas partes de dicha carta, con unas diferencias. En vez de “... cada y quando que se les prouea para que pueble y acabe de conquistar aquella tierra” habría que leer: “... cada y cuando se les enviare gobernador, lo cual conviene con la brevedad se les provea, para que se pueble y acabe de conquistar aquella tierra ...”; in: “Labor cultural de la Orden Mercedaria en la Real Audiencia de Quito”, Analecta Mercedaria. Actas del I Congreso Internacional Mercedario. “Los Mercedarios en América”, Santiago de Chile, 6-9 de noviembre de 1991, Romae, 1991, vol. 1, pág. 404.

    71 Véase: Bernard Lavallé, Quito et la crise de l'alcabala (1580-1600), París: Editions du C.N.R.S., 1992.

    72 No es inútil recordar que Zorilla había sido nombrado general en jefe de las fuerzas represivas de la rebelión de las alcabalas.

    73 A.G.I, Quito, 8, R. 30, N. 132, 1.

    74 Libro de Cartas escritas por los Reyes Nuestros Señores, Sumos Pontífices, Virreyes y otros Ministros de esta Real Audiencia al Cabildo de Quilo-1589-1714, versión de Germán Chiriboga C, Quito: Publicaciones del Archivo Municipal de Quito, Mayo de 1920, págs. 23-26.

    75 Gobernantes del Perú. Cartas y papeles. Siglo xvi, op. cit, t. XIII, Madrid: Sucesor de Ribadeneyra S. A. y Artes Gráficas, 1926, págs. 228-229.

    76 A.G.I, Quito, 8, R. 31, N. 141, 1. Quito 8, R. 31, N. 145, 2.
    Francisco López de Caravantes evoca en 1630 el fracaso de la empresa, sin precisar que en San Mateo se habían de reducir los mulatos:
    Está despoblada esta Provincia [Esmeraldas], aunque se tiene noticia que en ella hay algunos indios de guerra, y un pueblo de mulatos de los negros que en un navío se perdió en aquella costa subiendo al Perú y de las indias naturales de la tierra. El Virrey Marqués de Cañete don García de Mendoza, hizo merced a Francisco Arias de Herrera, en 23 de febrero de 1595, de poblador desta provincia, dándole título de Gobernador y facultad de encomendar los indios y que en la bahía de San Mateo fundase una Ciudad que se llamase la Ciudad de la Bahía de San Mateo Y habiendo ido a ello no tuvo el efecto que se deseaba ...
    Noticia general del Perú, Estudio de Guillermo Lohmann Villena, Ed. de Marie Helmer, B.A.E. 292, Madrid: Ed. Atlas, 1985, pág. 201.

    77 A.G.I., Quito, 209, fol. 159r.

    78 A.G.I., Quito, 211, L 5, fol. 105.

    79 D.H.A.Q., op. cit., págs. 15-37.

    80 En particular los datos suministrados por el cuadro de Andrés Sánchez Galque.

    81 Los cayapas se situaban en la cuenca del río Cayapas, al norte del río Esmeraldas.

    82 Fray Gaspar de Torres, posiblemente oriundo de Quito, tomó el hábito en el convento de la Merced de esta misma ciudad en 7 de julio de 1577, según F. González Suárez, op. cit., t. 4, pág. 58.

    83 Fray Juan Bautista de Burgos era nativo de Nebrija en Andalucía. Véase: F. González Suárez, Historia General de la República del Ecuador, t. 4, op. cit., pág. 38.

    84 A.N.E., Real hacienda 1557-1607, caja 38, “Libro doce de los libramientos que se despachan para los pagos que en esta rreal caxa de san francisco del quito se hazen de principio de este presente año de 1598 en adelante”, fol. 22r.

    85 A.N.E., Libro doce de los libramientos que se despachan para los pagos op. cit, fols. 30r, 23r-24v.

    86 Id., fol. 35r-v.

    87 Id., fols. 35r, 50r.

    88 A.G.I., Quito, 9, R. 2, N. 15, 1, fol. lv. El conocido cuadro, firmado por Andrés Sánchez Galque y dedicado a “Philippo 3 Regi Hispaniar. Indiarí”. se encuentra en depósito en el Museo de América de Madrid. Lleva la mención: “Doctor Joannes del Barrio A Sepúlveda auditor sue cancellariae del Quito suis expenses Fieri Curavit. Anno 1599”. Representa a Don Francisco de Arobe, de 56 años, con, a su derecha, Don Pedro, de 22 años, y, a su izquierda, Don Domingo de 18 años, referencias que están escritas por encima de las cabezas de los personajes. Véase la reproducción más abajo, publicada con permiso del Museo de América (Madrid) de 28 de marzo de 2005.
    Se equivocó Rubén Vargas Ugarte al suponer que fue Francisco Arias de Herrera quien consiguió traer a Quito a Francisco de Arobe y a sus dos hijos Pedro y Domingo, representados en 1599 por el pintor quiteño “Adrián Sánchez Jaique” [en realidad Andrés Sánchez Galque] en el cuadro conservado en el Museo de Américas en Madrid. Véase: Historia General del Perú, op. cit, t. 2, 1960, págs. 336-337. Si aparecen los personajes vestidos con la ropa regalada por la Audiencia, gorguera, bocamangas y sombrero, tienen lanza en mano y arracadas en las orejas, la nariz y los labios, a usanza de los indios, prueba patente de su total inculturación, como veremos más abajo. No nos parece adecuado el comentario de Carmen Bernand: “Los jefes cimarrones son invitados a la capital, vestidos con las mejores ropas y retratados por un pintor indígena que los inmortalizó en el atuendo de guerreros indoafricanos vestidos como caballeros españoles”; in: Negros esclavos y libres en las ciudades hispanoamericanas, Madrid: Fundación Histórica Tavera, 2001, pág. 57. Francisco de Arrobe y los demás “mulatos” no eran cimarrones, o sea siervos fugitivos en rebelión contra la sociedad esclavista, sino hijos libres de la tierra que intentaron preservar su autonomía y la de los indios.

    89 A.G.I., Quito, 9, R. 3, N. 21, 1.

    90 A.G.I., Quito, 9, R. 3, N. 23, 1 fol. 4 v.

    91 A.G.I., Quito, 9, R. 3, N. 24, 1, fol. 5v.

    92 A.G.I., Quito, 9, R. 3, N. 21, 2.
    El jesuita Jerónimo Pallas, en su Mission a las Indias (1620), trata de esta inculturación. Suministra detalles en cuanto a los adornos y a la dieta de los “indios mulatos” que prueban que tuvo a mano información procedente de los primeros navegantes que se conectaron con los zambos (véase la alusión al “maestre de la fragata”):
    El vestido destos indios mulatos es el que pueden traher de Quito los que van alla, y alcançan de los españoles de otras partes, y con esto usan de la manta en lugar de capa que les cubre todo el cuerpo, y es trage comun de los indios. Las mugeres y muchachos andan desnudos de la cinta arriba. Usan los capitanes y los mas granados adornarse el rostro con differentes pieças de oro de diuersas figuras y vanamente labradas. Cuelga de la punta de la nariz uno como compaz largo medio palmo; son las planchuelas que hacen esta figura chatas y anchas un dedo, y para comer o beuer no se quitan este embaraço, solo que lo apartan a un lado. De los labios pende una como media luna de tamaño de la barba; y de las orejas los circulos en figura de antojos que simen de çarcillos; el oro es muy subido de quilates según se vio en uno destos çarcillos que rescató el maestre de la fragata por cuchillos. Los que son de mas baxa condicion traen en la punta de la nariz una tarhuela de oro con la cabeça grande y redonda y destas las mugeres diez o doce puestas en orden por el rostro.
    Comen bollos de mayz, yucas y carne de monte, crian gallinas, tienen plantaciones y pescan y cogen multitud de cangrejos que precian por regalos y los dan a los enfermos.
    In: op. cit., pág. 196.
    El carmelita Antonio Vázquez de Espinosa, en un viaje a Zaruma en 1614, pudo ver a estos “mulatos” de Esmeraldas y se refirió a ellos hablando de la ciudad de Puerto Viejo:
    Tiene junto a sí la provincia de Barbacoas y Esmeraldas de indios gentiles ricas, de grandes montañas y arboledas, y junto a ellas la provincia de los mulatos gentiles, que son de un navío que se perdió en aquel paraje de negros, de donde ha resultado esta nación; son muy dispuestos y todos traen moquillos de oro en las narices, y patenas en los pechos y orejeras, porque así los vi.
    In: Compendio y descripción de las Indias occidentales (1636), Edición de Balbino Velasco Bayón, Madrid: Historia 16, Crónicas de América, 1992, t. 2, pág. 523. Notaremos de paso que en el cuadro de Andrés Sánchez Galque no aparecen las patenas en los pechos debido a la ropa regalada por la Audiencia.

    93 A.G.I., Quito, 9, R. 3, N. 25, 1, fols. lr-6v.

    94 El río Guayllabamba desemboca en el río Esmeraldas.

    95 El río Santiago es un afluente del Cayapas, al norte de la bahía de San Mateo.

    96 “Asiento y concierto hecho en nombre del rey nuestro señor y en su real seruicio y augmento de su real corona y basallage. Con el capitan don alonso Sebastian de illescas mulato principal de la prouincia de las esmeraldas que rreside en el pueblo nueuo de san martin de los campaces y que por orden del doctor del barrio oydor mas antiguo de la rreal audiencia de quito fue traido por bien y por xpiano con toda su gente y basallo del Rey nuestro señor”. A.G.I., Quito, 9, R. 3, N. 23, 2, fols. lr-4v. Rocío Rueda Novoa (op. cit., anexo I, págs. 177-181) se vale de la versión sacada de Fr. Luis Octavio Proaño, Colección de documentos para la estructuración de la historia de la provincia mercedaria de Quito-Ecuador. Según la historiadora, el original se encontraría en el archivo del convento de Nuestra Señora de la Merced en Santiago de Chile. Sin embargo, después de alguna búsqueda, los frailes de dicho convento me aseguraron que no se encontraba tal documento en su archivo.

    97 A cambio de su libertad no pocos palenques aceptaban participar en la represión del cimarronaje. Véase: José L. Franco, “Rebeliones cimarronas y esclavas en los territorios españoles”, in: Richard Price (comp.), Sociedades cimarronas, México: Siglo Veintiuno, 1981.

    98 “Libro donde se asientan los acuerdos que se hazen por el oydor mas antiguo desta rreal audiencia que reside en esta ciudad de San francisco de Quito ...” in: P.D.RA.Q., op. cit., págs. 377-379, 384-385.

    99 P.D.RA.Q., op. cit., págs. 371-373.

    100 Id., págs. 574-375.

    101 Nos parece muy idealizada la visión que suministra el padre Jorge Villalba Freire de la aparente sumisión de los mulatos: “La esclavitud no les hizo odiar a sus amos ni al hombre blanco; y tampoco quebrantó su dignidad humana, pues los vemos tratar de igual a igual, de potencia a potencia, con el gobierno real, y exigir condiciones razonables, convirtiéndose en una provincia confederada y amiga, bajo un mismo rey y un mismo presidente”. In: El licenciado Miguel de Ibarra, sexto presidente de la Audiencia de Quito, su gobernador y capitán general, 1550-1608, Quito: Centro de Publicaciones de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, 1991, pág. 177.

    102 Fray Juan de Salas fue comendador del convento de la Merced de Cali antes de pasar como doctrinero a la montaña de Gualea. Véase: F. González Suárez, Historia General de la República del Ecuador, op. cit., t. 4, pág. 38.

    103 P.D.RA.Q., op. cit., pág. 306.

    104 Gerónimo Pallas, Mission a las Indias, op. cit., pág. 195.

    105 RH.G.A.Q., op. cit., t. 2, pág. 586.

    106 A.G.I., Quito, 9, R. 5, N. 44, 1, fol. 2r-v.

    107 A.N.E., “Libro doce de los libramientos que se despachan para los pagos ...” op. cit., fols. 78r-v y 80r.

    108 Veremos más abajo que efectuó el mercedario otras estadías en la doctrina.

    109 A.N.E, Id., fols. 211r-v, 221 v, 247r-v.

    110 A.N.E., Libro de acuerdos de Hacienda 1601-1657, Real Hacienda 1601-1657, caja 39. “Memoria y lista de la Hacienda Real que el rrey nuestro señor tiene en esta prouincia de san francisco del quito y que ordinariamente suele y deue entrar en su caxa y estar a quenta y cargo de sus oficiales rreales que en ella residen”.

    111 A.G.I., Quito, 208, fol. 148v.

    112 En la evangelización de los indios de guerra situados entre la sierra de Pichincha y el mar, desempeñó un papel de primera importancia el padre jesuita Onofre a fines del siglo xvi y a principios del xvii. Había sacado a varios muchachos de los pueblos que recorrió para instruirles en Quito y hacer de ellos catequistas. Fundó el pueblo de Esmeraldas a orillas del río doce leguas antes de su desembocadura. Luego se trasladó dicho pueblo a la bahía. Favoreció el padre la formación de poblaciones que se transformaron en parroquias confiadas luego a eclesiásticos seculares y regulares, In: Padre Juan de Velasco s. j., Historia Moderna del Reyno de Quito y Crónica de la Provincia de Jesús del mismo Reyno, Tomo I. Años de 1550 a 1685, Quito: 1841, ed. de Raúl Reyes y Reyes, Quito, 1940.

    113 A.G.I., Quito, 209, fol. 163v.

    114 A.G.I., Quito, 209, fols. 157r-v. y 165r.

    115 Ricardo Beltrán y Rózpide, Colección de las memorias o relaciones que escribieron los Virreyes del Perú acerca del estado en que dejaban las cosas generales del reino, Madrid: Imprenta del Asilo de Huérfanos, 1921, t. 1, pág. 139.

    116 A.G.I., Quito, 209, fol. 179v.

    117 R.H.G.A.Q., op. cit., t. 2, pág. 41.

    118 R.H.G.A.Q., op. cit., t. 2, págs. 164, 165, 171, 180, 189, 199.

    119 Id., pág. 139.

    120 Id., pág. 295.

    121 D.H.A.Q., op. cit., pág. 155. Para más detalles al respecto, se consultará: Frank Salomón, Los Yumbos, Niguas y Tsatchila o “Colorados” durante la Colonia española. Etnohis loria del Noroccidente de Pichincha, Ecuador, Quito: Ed. Abya-Yala, 1977, págs. 55-74. Según Pedro de Arévalo y el mercedario fray Alonso Téllez, los mulatos Arrobes e Yllescas capturaban indios yumbos para el cultivo de sus chacras.

    122 A.N.E., Presidencia de Quito, t. 1, 1600-1628, fols. 15v-16v. “Carta de Fray Hernando Hincapié misionero de los naturales de la Provincia de San Matheo de las Esmeraldas dirigida a la Real Audiencia comunicando que murió el gobernador de esa Provincia Don Sebastián de Yllescas”. 1607-V-25. Véase el texto completo en documento anexo.

    123 Relación de los hechos de ¡os españoles en el Perú desde su descubrimiento hasta la muerte del marqués Francisco Pizarra por el padre fray Pedro Ruiz Naharro de la orden de la Merced. In: Descubrimiento y Conquista del Perú por Pedro Pizarro, ed. de Horacio Urteaga, Lima: Imprenta Sanmarti y ca, 1917, pág. 195. Nota el editor lo siguiente en la nota 5: “El padre Naharro es el único cronista que cuenta lo acontecido con este negro en la bahía de San Mateo, donde pudo establecerse tan extraña soberanía”. Desgraciadamente H. Urteaga no ubica temporalmente el documento que no hemos conseguido determinar con más precisión. José Toribio Medina en La imprenta en Lima (1584-1824), t. 1, Santiago de Chile, 1904, citando otra obra del cronista titulada Apología por la Orden de N. S. de la Merced, por Fr. Pedro Ruiz Naharro, Lima, 1646, precisó en cuanto al autor: “No hallamos tampoco su nombre en la Historia de la Orden de la Merced en América, escrita en Lima por Fr. Diego de Mondragón en 1750 y que se conserva inédita en el Archivo de Indias”.

    124 A.G.I., Quito, 209, fol. 185v.

    125 A.G.I., Quito, 209, fol. 186v.

    126 A.G.I., Quito, 9, R. 10, N. 78.

    127 A.G.I., Quito, 209, fol. 189v.

    128 A.G.I., Quito, 9, R. 11, N. 80, 1.

    129 Castellano de origen, Fray Pedro Romero, a quien ya hemos evocado varias veces, tomó el hábito de la Merced en Lima. Ocupó el cargo de comendador del convento de Puerto Viejo antes de pasar a Esmeraldas como misionero. Véase: F. González Suárez, Historia General de la República del Ecuador, op. cit., t. 4, pág. 38.

    130 A.G.I, Quito, 9, R. 12, N. 103, 1, y Quito, 9, R. 15, N. 112, 1.

    131 A.G.I., Quito, 9, R. 15, N. 116, 1.

    132 A.G.I., Quito, 9, R. 15, N. 116, 2.

    133 A.G.I., Quito, 10, R. 2, N. 11, 1, fol. 6r; Quito, 10, R. 3, N. 17, fol. 12r.

    134 A.G.I., 10, R. 4, N. 31, 1, fol. 2r-v.

    135 A.G.I., Quito, 10, R. 5, N. 42, 1, fol. 3v.

    136 A.G.I., Quito, 10, R. 3, N. 15, 1, fol. 6v.

    137 D.H.AQ., op. cit., págs. 74-189.

    138 En 1618, fr. Diego de Velasco fue nombrado provincial de su orden en el Cuzco y, terminado su mandato, pasó a España y luego a Roma como procurador general de las provincias de Castilla y Andalucía. Para más sobre la biografía del fraile y sus tractaciones con el presidente Morga, véase: Fr. Joel L. Monroy, El Convento de la Merced de Quito, de 1617 a 1700, Quito: Ed. Labor, 1931, págs. 60-78.

    139 A.G.I., Quito, 10, R. 7, N. 57, 3, fol. 3v.

    140 “Asiento con el padre fray Diego de Velasco Religioso de la orden de Nuestra Señora de las Mercedes, y Martin de Fuica, y Pedro de San Martin y Velasco para el descubrimiento del puerto de Caracas, y nuevo camino que se ha ofrecido a abrir desde el dicho puerto a esta ciudad por el pueblo de Cançacoto”. A.G.I., Quito, 10, R. 7, N. 57, 2, fol. lr-3r.

    141 El concepto de reducción a la esclavitud de los indios por los “mulatos” perduró hasta hoy en día en los escritos de ciertos historiadores. Valga por ejemplo lo que dijo hace poco Linda A. Newson:
    The arrival of blacks on the coast and their attempts to dominate neighboring groups resulted in local Indians retreating inland and to the south. Some were killed in battles with mulattoes, and others were enslaved by them.
    In: Life and death in Early Colonial Ecuador, Norman and London: University of Oklahoma Press, 1995, págs. 263-264.

    142 Maestro Fr. Felipe Colombo, El Job de la Ley de Gracia, retratado en la admirable vida del Siervo de Dios Venerable Padre Fray Pedro de Urraca, Madrid, 1790, pág. 32. El retrato pintado por fray Melchor Prieto completa el cuadro efectuado a instancias del doctor Del Barrio por el pintor quiteño Adrián Sánchez Jaique. Se leerá el texto completo en Anexos, donde se verá que fray Felipe Colombo adoptó los tópicos corrientes, en particular en lo que se refiere a las relaciones con los indios reducidos al estado de esclavos por los zambos.

    143 Así que no nos parece inapropiado ir más allá de lo que propuso John Leddy Phelan en su acertada aseveración:
    The zambo caciques had tasted liberty; they had every intention of preserving it. They had no objection to swearing an occasional oath of loyalty to the Spanish king or accepting an honorary title from him, provided (he Spaniards made no attempt to enforce their overlordship in their villages by collecting tribute taxes or conscripting labor (op. cit., pág. 8).

    144 Lo repetimos, nuestro propósito no consiste en tratar de los diferentes proyectos de camino. A este respecto se consultará el capítulo 1 “Esmeraldas: The failure of a conquest” de John Leddy Phelan, The Kingdom of Quito in the Seventeenth Century, op. cit., págs. 3-22.

    145 No confundir con Santafé de Bogotá en la actual Colombia.

    146 A.G.I., Quito, 212, L. 4, fols. 83r-85v.

    147 Véanse las referencias de J. Leddy Phelan sobre estos temores, op. cit., pág. 12.

    148 D.H.A.Q., op. cit., pág. 229. Véase también otra copia de la carta en A.G.I., Quito, 10, R. 7, N. 56, 1, fols. lr-3r. En una carta de 22 de octubre de 1617 dirigida al cabildo de Quito, el príncipe puso de realce el principal inconveniente del proyecto, aunque no lo rechazó del todo:
    ...he tocado algunos inconvenientes que me detienen en la resolución de este punto, y el principal es que sería dar lugar, si esta puerta se abriese en tiempo que los enemigos frecuentan tanto estas mares, para que alguna vez tomasen esta entrada fácil en el Reyno, ayudados de los mismos mulatos, de quien se debe tener muy poca seguridad, que cuando no hubiera más que este inconveniente, debe preponderar más que las utilidades que se siguen; pero con todo se considerará despacio y se tomará la resolución que más conviniere al servicio de Dios y de Su Majestad.
    In: Libro de Cartas escritas por los Reyes Nuestros Señores, Sumos Pontífices, Virreyes y otros Ministros de esta Real Audiencia al Cabildo de Quito op. cit., pág. 52.

    149 D.H.A.Q., op. cit., págs. 251-252. En Anexos copiamos el texto de la carta sacada de A.G.I., Quito, 10, R. 7, N. 56, 1, fols. lr-13 r.

    150 Id., pág. 252.

    151 Id., pág. 257. A.G.E, Quito, 10, R. 7, N. 56, 1, fols. lr-13r.

    152 A.G.I., Quito, 209, L. 2, fol. 9r-v.

    153 A.G.I., Quito, 209, L. 2, fols. 33v-35v.

    154 A.G.I., Quito, 10, R. 9, N. 114, 1.

    155 A.G.I., Quito, 10, R. 9, N. 135, 1, fol. 2v.

    156 A.G.I., Quito, 11, R. 3, N. 46, 1, fol. 1r.

    157 A.G.I., Quito, 11, R. 3, N. 61, 1, fol. 1r.

    158 A.G.I., Quito, 11, R. 4, N. 70, 1.

    159 A.G.I., Quito, 11, R. 4, N. 81, 1, fol. lv.

    160 A.G.I., Quito, 11, R. 12, N. 102, 1, fol. 1.

    161 Lo antedicho en cuanto a la hábil política de los zambos permite aseverar que la visión asimiladora propuesta por el cuadro que mandó la Audiencia al Consejo de Indias distaba de corresponder a su recia genialidad histórica. Por eso no adoptaremos el juicio siguiente de Carmen Bernand: “De hecho, el cuadro célebre de los tres caciques cimarrones [ya llevamos dicho lo que pensamos del calificativo] ilustra un punto importante: el de la asimilación de los negros durante el siglo xvi” (op. cit., pág. 57). De los deseos de los oidores a la realidad había mucho trecho.

    162 A.G.I., Quito, 12, R. 5, N. 51, 1, fol. 4r.

    163 A.G.I., Quito, 209, L. 2, fol. 105v.

    164 A.G.I., Quito, 209, L. 2, fol. 135r.

    165 A.G.I., Quito, 209, L. 2, fol. 197v.

    166 Los lachas vivían en la cuenca del río Lacha, afluente del río Santiago, el cual desemboca en el Cayapa.

    167 R.H.G.A.Q., op. cit., t. 1, págs. 48-97.

    168 A.N.E., Sección Esclavos, Caja 1, Exp. 4.

    169 Véase la presentación de los hechos por Baltasar Fra Molinero, en particular en lo que concierne la “declaración original e insólita de amor patrio a Esmeraldas” de parte de Gaspar Mendes; in: op. cit., pág. 140.

    170 Juan de Velasco s. j., op. cit, págs. 108-109.

    171 Autos acordados de la Real Audiencia de Quito. 1578-1722, Guayaquil: Corporación de Estudios y Publicaciones, 1971, págs. 247-248.

    172 Una cédula real con fecha de 16 de diciembre de 1631 mandó al virrey, conde de Chinchón, que satisfaciera la demanda de los milicianos negros y mulatos libres que se habían portado con mucho denuedo para rechazar la incursión holandesa en el Callao en 1624. Véase: Jean-Pierre Tardieu, “Le soldat noir au Pérou (xvie-xviie siècles)”, op. cit., págs. 95-99.

    173 A.G.I., Quito 179, Expediente sobre la apertura de un camino desde Quito a la Mar del Sur, por la prouincia de las Esmeraldas ofrecido hacer por Pedro Vicente Maldonado. 1735-1755.

    174 Id. Testimonio de los Autos obrados sobre la apertura del camino de la Prouincia de Esmeraldas y Puerto de Atacames seguidos por el gouernador Don Pedro Vicente Maldonado Sotomayor actuado en el oficio, fols. 5-40.

    175 Id., fol. 123r.

    176 Id., fol. 139r.

    177 Id., fol. 199r.

    178 Id., fol. 12ór.

    179 Id., fol. 202r.

    180 Id., fol. 242r-v.

    181 Id., fol. 237r.

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