Introducción. Las crisis ecuatorianas en perspectiva
p. 13-22
Texte intégral
Los hechos y las ideas de crisis
1Es ya un lugar común mencionar que el Ecuador se encuentra en crisis. No sabemos, sin embargo, por lo general, a qué nos estamos refiriendo con ello. Identificamos hechos que, a juicio de cada cual, expresan una crisis: la inflación y el desempleo galopantes; el haber tenido tres presidentes en dos años; el hablar, frecuentemente, de un posible golpe de Estado; la inseguridad; la falta de referentes para actuar; la multiplicación de la protesta; las disputas políticas sin salida; la incertidumbre; la descomposición social; la generalización de la corrupción, etc. Es excepcional, por ejemplo, que un país (Ecuador) haya estado paralizado durante seis semanas; que, mientras a otros gobiernos se les pide atenuar su ritmo de decisiones, al Gobierno de Mahuad se le pida lo contrario; que, cuando el FMI está de acuerdo en firmar una Carta de Intención, una huelga general modifique lo convenido. Estos hechos y tantos otros que se pueden mencionar, de todos los ámbitos de la vida colectiva, nos están indicando que nuestra realidad no es “lo que debía ser” y que no logramos definir un camino de cambio.
2Esta es una primera noción de crisis: los comportamientos esperados en un marco dado -“lo que debía ser”- no se cumplen durante un tiempo, ya sea porque uno o más de los actores -sociales, políticos, económicos, etc. - tengan posiciones y comportamientos inesperados o porque éstos se acumulan tanto, que el conjunto de la vida colectiva, el sistema, deja de funcionar como antes y no es ya reconocible.
3Es, sin embargo, necesario tener presente que en los ámbitos de la vida social, en los comportamientos sociales, no existe lo imposible, percepción ésta que correspondería a expresiones actuales tales como “hemos topado fondo”, tan frecuentemente utilizadas en el Ecuador y en el continente. Este tipo de percepciones valorativas, manifestadas por personas en circunstancias caracterizadas por lo inesperado, revelan algo que se considera “no debe ser” o “ya no debería ser más". Las percepciones son unas, mientras que la vida social es un “continuum” que incorpora nuevas dinámicas, inclusive con aquellos hechos que pueden parecer imposibles. No existe, pues, un “fondo”
4Ahora bien, existen momentos durante los cuales esas incorporaciones se retardan, momentos de desfase e incertidumbre, que también podrían ser considerados como situaciones de crisis.
5Tras estas nociones de crisis pueden percibirse procesos de cambio social, que no logran ser asimilados por el conjunto de sectores de una colectividad o que encuentran oposiciones o frenos diversos. En esta perspectiva, la crisis aparecería como una fase de incorporación o rearticulación de cambios.
6En el caso del Ecuador contemporáneo, al detenernos en esta última noción de crisis, podríamos plantearnos diversas interrogantes: ¿Por qué el Ecuador no logra tomar opciones que definan un cambio? ¿Por qué en el Ecuador no acontece lo mismo que en los demás países del continente, que han incorporado todas las pautas promovidas por el FMI y el Banco Mundial? El Ecuador es un caso singular, que merece un tratamiento particular. Hasta inicios del 2000 no ha seguido el mismo camino que los demás países del continente, a pesar de encontrarse en el mismo contexto mundial de mutaciones generalizadas y ser un país integrado al mundo globalizado, con su economía y otros intercambios.
7Las referidas nociones sociales de crisis dejan ver que son distantes de sus originales griegas, en el ámbito médico, las cuales se referían a un paciente en condiciones que podrían ser las terminales, como acontece con tantas nociones provenientes de una ciencia y transferidas a otras, donde adquieren diferentes significados que, inclusive, son reincorporados a las primeras.
8Los hechos nos llevan, también, a interrogarnos sobre la pertinencia, si no de la idea de crisis, al menos de algunas nociones de ésta. En efecto, una de las variantes de la última noción de crisis mencionada consiste en identificarle a ésta con el desarreglo de un sistema, que, luego de ser reparado, vuelve a su funcionamiento anterior. Tanto esta idea como la clásica de algunas corrientes de análisis (en particular las funcionalistas), de entender a las sociedades como equilibrios y a la pérdida de éstos como una crisis, se encuentran en entredicho. Estas nociones no son aplicables, precisamente, a sociedades como la ecuatoriana, que viven durante muchos años en crisis (al no tratarse del paréntesis de un momento, dicha noción de crisis pierde sentido). En el caso del Ecuador, su crisis “contemporánea” dura ya más de una generación. Por otro lado, ni aquí ni en sociedades en las cuales las crisis duran menos se retoma la situación anterior. De suplemento, si en la actualidad no sabemos a ciencia cierta en qué sistema nos encontramos, mal podríamos pensar que regresemos a un estado anterior. Al contrario, lo que antes se consideraba “normal”, es decir, aquellos fenómenos o comportamientos que estaban asociados a otros también identificados, ahora no parece serlo. Por ejemplo, ahora el crecimiento económico está acompañado de un incremento o persistencia del desempleo, cuando antes aquél anulaba a éste. Podría ser, entonces, que esta situación se convierta en la norma del futuro inmediato; que se trate de un cambio de época. En todo caso, resulta impredecible, aleatorio o aún confuso el definirla como un hecho que durará por largo tiempo. Es propio de las épocas de grandes mutaciones el no poder percibirse o verse a sí mismas; para ello se requiere mayor distancia en el tiempo. Puede suceder, también, que el pasado predomine en las mentalidades a un punto tal que impida captar lo nuevo; de este modo, se continuaría viendo a lo nuevo con los ojos de antaño.
9Al parecer, en el Ecuador no vivimos o conocemos solamente un desarreglo o daño, que sería pasajero. Por ahora lo inesperado, “lo que no debía ser”, es parte del nuevo funcionamiento. Así, lo que “debe ser temporal” se convierte en permanente. Por ello se dice que puede haber una crisis del sistema, si la “máquina” en general funciona mal y sus componentes persisten en un funcionamiento inesperado. No obstante, si ese comportamiento inesperado persiste, ya se vuelve parte del sistema; no se podría, entonces, continuar entendiéndolo como parte de una crisis.
10Las sociedades dependientes tienen buen número de este tipo de comportamientos sociales -la inseguridad ciudadana, por ejemplo-, que en otras sociedades forman parte de los períodos de crisis, incorporados a sus sistemas. ¿Qué es parte del sistema y qué parte de la crisis? Contestar resulta, para el caso ecuatoriano, un desafío suplementario para el análisis, más allá de las nociones de crisis a las que hemos aludido.
Cambio, superposición de crisis y bloqueo institucional
11Para complicar la realidad en relación a estas nociones, añadamos que, en el mundo contemporáneo, los períodos de crisis son cada vez más próximos. De tal manera, es notorio que hay crisis de la idea de crisis o, al menos, que es cada vez más complicado identificarla o verla como excepcional. El análisis debe, justamente, diferenciar los distintos niveles de esta realidad. ¿Qué es propio a la personalidad, a la estructura o al sistema del Ecuador? ¿Qué forma parte de los cambios recién incorporados en el período de modernización anterior? ¿Qué es parte de la crisis actual? ¿Qué guarda relación con el cambio en curso, con lo nuevo que se construye?
12Una de las características de las sociedades dependientes es que deben asumir olas, cada vez más frecuentes, de grandes mutaciones que ellas no han engendrado, y que requieren de tiempo para ser interiorizadas. Las sociedades dependientes superponen, por consiguiente, los tiempos de cada ola de cambio, sin que las nuevas olas borren a las anteriores. Se superponen pasados y presentes, sin que necesariamente se vuelvan armónicos; la norma de estas sociedades es, más bien, que estos tiempos diferentes, juntos, formen su singular dinámica, su personalidad.
13Podemos concluir que detrás de la idea o las ideas de crisis reconocemos una gran mutación, que choca con aspectos constitutivos o con la personalidad de la sociedad ecuatoriana. No se trata, pues, de un conflicto más.
14En nuestra hipótesis, el Ecuador sufre una acumulación de diversas condiciones de crisis en alguno o varios ámbitos de su vida colectiva, y, paralelamente, vive un bloqueo institucional, que le impide reconocer, proponer y asumir un camino de cambio. Evoquemos algo sobre estos dos aspectos, a manera de insistir sobre la complejidad de la crisis ecuatoriana.
Descubrir un nuevo Ecuador más allá de la crisis
15Es común concebir a la crisis ecuatoriana como una resultante de la “globalización” o nueva época de mundialización de las relaciones sociales. Si bien sería difícil comprender nuestra situación sin relacionarla con el sistema mundial y su incidencia creciente, éste no puede ser la causa determinante ni la variable que todo lo explique. Los temas y los análisis escogidos para el seminario y este libro demuestran, más bien, dinámicas entre lo endógeno y lo exógeno a varios niveles.
16Desde nuestro punto de vista, la crisis del Ecuador es, prioritariamente, fruto de cambios internos de largo plazo, que limitan su funcionamiento anterior. Vivimos concomitantemente la emergencia de un Ecuador diferente, más integrado, que ha redefinido sus canales de comunicación interna (lo cual dificulta que las partes que lo componen puedan entenderse y llegar a consensos), y, ante todo, el hecho de que los ecuatorianos lo continúen viendo y pensando con los ojos y categorías de antaño. Sin considerar las divergencias de los intereses inmediatos de cada cual, exacerbados en un contexto de nuevas precariedades y redefiniciones, esta situación limita los acuerdos. Emerge una nueva sociedad, una nueva cultura, pero seguimos pensando que el Ecuador es lo que fue. Este desentendimiento de lo que ahora somos es, posiblemente, una de las mayores crisis del Ecuador. A ello debemos añadir que el nuevo mundo global y virtual, aquel de vivir lo que es posible antes de ser, nos impone nuevos cambios. Así, convergen crisis por limitaciones internas, provenientes de nuestros propios cambios, crisis por el desentendimiento de un nuevo Ecuador, y crisis debidas a desarreglos por las dificultades de articularse a las presiones de nuevos cambios provenientes de afuera, que bien pueden significar la llegada de un nuevo tipo de sociedad o, acaso, de una nueva época histórica, como ya está claro en el resto del planeta.
17Demasiados procesos confluyen al mismo tiempo en un pequeño país, tan hecho de complejos equilibrios como el regional. Tanto por esto como porque la crisis abarca múltiples ámbitos de nuestra vida, podríamos afirmar que el Ecuador vive una crisis global.
Bloqueo institucional o cambio a contracorriente
18En efecto, si bien es típico de los comportamientos durante las crisis, que las visiones y las acciones -públicas y privadas- se circunscriban a lo inmediato, precisamente para “salir de la crisis”, no se producen reales salidas sino rebasando las miradas de lo coyuntural. Nos hemos habituado a los problemas del momento: a la subida del dólar, a la inflación, a la caída de los indicadores macroeconómicos, a las disputas n función de las elecciones venideras, al nuevo escándalo por reiteradas denuncias de irregularidades y corrupción. Gobernantes y gobernados/as invertimos tiempo, emociones, pensamientos y acciones en función del momento; circunscritos/as a la coyuntura, hemos dejado de actuar en relación a dinámicas de evolución de la sociedad. El futuro existe más como una ilusión que como un proyecto que se concibe y prepara. Contradictoriamente, todos los sectores sociales, empresariales y políticos reivindican el cambio, pero ni entre las élites económicas, ni entre las políticas, ni entre los sectores populares organizados existe un común acuerdo sobre el cambio a emprender. Ni las propuestas ni las acciones convergen; no funcionan los habituales mecanismos y espacios para construir consensos; tampoco existe sector o actor que pueda imponerse, y, de hacerlo, puede conocer una simple victoria a la Pirrus. Existe, en nuestro criterio, un bloqueo institucional para el cambio. De modo que, conscientemente, cada sector, al defender sus intereses o posiciones sin incluir al oponente, configura un espectáculo cotidiano que destruye el singular sistema político ecuatoriano.
Más allá de las mentalidades, un sistema
19El Ecuador, a pesar de su agitada vida política, no ha tenido bloqueos de tan larga duración como los actuales; por lo general lograba acuerdos y consensos, inclusive con la protesta de por medio. Su reconocida figura de ser una “isla de paz” entre vecinos con turbulentos enfrentamientos en su vida pública no es un azar, como tampoco lo es su proceso actual de descomposición. Estas y otras características revelan un sistema en crisis, cuya descomposición resulta del bloqueo institucional. Desde hace aproximadamente veinte años en el Ecuador no se logra, por ejemplo, imponer medidas de ajuste con la misma intensidad y ritmo que en los demás países del continente, en los cuales éstas ya son la norma; tampoco han tenido el mismo éxito las propuestas de redefinir el Estado. Dichos fenómenos indican una singularidad del Ecuador, como sociedad y sistema político, más allá de las concepciones y orientaciones predominantes en los diferentes sectores de su sociedad. Dan cuenta de un complejo sistema social y político que, en primer lugar, se encuentra en contraposición a los cambios en curso, y, en segundo lugar, no favorece la construcción de propuestas a través de sus cambios internos.
20Parte de la crisis ecuatoriana consiste en que los cambios de todo tipo se imponen a contracorriente de las posiciones y situaciones de amplios sectores sociales, cuando, en lo fundamental, el Ecuador podría optar por ellos, e inclusive, en ciertos casos, construir una tercera vía. El Ecuador vive los cambios como una crisis y no como una transformación buscada.
Rebasar la mirada de lo inmediato
21Bien cabría, por lo mismo, dejar de circunscribirnos a lo inmediato, para captar el sentido del cambio y de la crisis; para averiguar por qué el Ecuador vive una crisis tan larga. Este análisis puede ser un modo de dejar de estar dominados por sus exigencias de inmediatez.
22Por tal razón, el desafío de los análisis aquí presentados es el de no limitarse a las circunstancias, sino examinar cada tema desde tres ámbitos: en perspectiva (diacronía), antes de situarlo en el actual contexto (sincronía) y de sugerir salidas. Nuestro rol de analistas consiste en desentrañar significados que generalmente no se captan; descubrir hechos, fenómenos sociales y procesos -no sólo acontecimientos- que construyen el largo plazo. Los procesos se acompañan de desarreglos y nuevas normas, de decadencia y creatividad, de lo antiguo y lo nuevo, de esperanzas, ilusiones y decepciones, del desplazamiento de unos y la emergencia de otros, de una nueva construcción y de lo caduco.
23A pesar de que, en el debate público, el análisis de la crisis se ha reducido al problema de la falta de crecimiento económico o al desarreglo de los fenómenos macroeconómicos, no podríamos nosotros, inclusive para el Ecuador del actual momento, tan sometido a sus avatares fiscales y financieros, reducir el análisis de la misma a tal concepción.
24No únicamente porque el divorcio predominante entre análisis económico, social o político se revela poco enriquecedor para el conocimiento, sino porque, en nuestra hipótesis, justamente este procedimiento forma parte de la crisis actual. Impregnados/as de los discursos predominantes, hemos olvidado que la economía es política, social o cultural; baste como prueba de ello una rápida mirada al modo como en Ecuador se produce, primero, y se enfrenta, luego, la crisis bancaria. No son dinámicas “técnicas” de una economía regida por la oferta y la demanda las que la explican. La racionalidad de los hechos económicos, contrariamente a los mitos actuales, no sigue un simple cálculo de beneficios o pérdidas, ni de ofertas y demandas. Se trata de fenómenos sociales que, como tales, son algo más complejos. Mientras más complejas son las sociedades y los sistemas, menos probable resulta que éstos obedezcan a una lógica predominante o única. A su vez, es ya reconocido el peso creciente de la cultura, del saber y de las decisiones políticas en el devenir colectivo, no habiéndose logrado establecer una jerarquía en cuanto a la incidencia de cada una de estas variables (mal haríamos, entonces, en limitar nuestro análisis solamente a una de ellas).
25Por todo lo señalado hemos concebido el seminario y este libro con temas diversos: porque la crisis es a la par política, social, cultural, económica, de las instituciones y de los valores.
26La mayor parte de nuestros esfuerzos de análisis se han orientado hacia la interpretación de la crisis, sin que necesariamente hayamos llegado a captar el cambio que tras de ella se encuentra. Los indicadores de un nuevo Ecuador evidencian la superposición de nuevos sectores sociales -con otras razones, medios y condiciones- sobre los ya establecidos; el resurgimiento de las clases sociales que habían predominado desde la emergencia de la República y que, con los cambios estructurales de la sociedad ecuatoriana durante los años sesenta, perdieron peso. Los nuevos actores sociales, entre los cuales se encuentran los indígenas, revelan el cambio más por sus actos que por sus discursos, que son, frecuentemente, una réplica de los anteriores, construidos para otros sectores y circunstancias. Por otro lado, las condiciones de vida y de articulación de la producción con la política se han modificado, en algunos casos substantivamente, no necesariamente para mejoría de las condiciones de las mayorías. Descifrar este nuevo Ecuador, su nuevo ciclo de vida, que no es el de los discursos, es materia pendiente.
Salir de la crisis: de las emociones a las razones
27Todo pueblo y cultura tiene sus reglas y rituales de crisis, los cuales definen la idea que los humanos nos hacemos de ella. Para los griegos, de quienes -tal como señalamos al comienzo- nos viene el término crisis, ésta estaba asociada con la idea de sufrimiento y entrega al dolor, muy diferente de la idea de catarsis, en la cual, en cambio, el dolor o el mal quedaba conjurado a tal punto, que daba paso a un simbólico reinicio, a un renacimiento. Los sicoanalistas, a su vez, afirman que, durante las crisis interiores, las personas refuerzan las contradicciones de sus personalidades, sin resolver con el predominio de una. Lo complicado es que mientras más luchan por su reconciliación más caen presas de sus emociones. Eso es, precisamente, la crisis. Salir de ella implica abandonar ese dilema o subvertir esas emociones.1 Este análisis de R. Sennet parece calzar a maravilla con la actual coyuntura ecuatoriana.
28En el Ecuador, ahora, nuestras ideas y rituales sobre la crisis no funcionan para definirla ni para resolverla. No es cuestión de ceguera de unos o de otros; en las colectividades se trata de procesos y fuerzas sociales que favorecen o impiden salidas. Es frecuente, así mismo, que nuestras disputas no tengan razones sino que se deban a emociones, no únicamente relacionadas con lo político sino con todos los ámbitos, incluido el económico. Vemos con recelo lo que nos une, maximizamos las diferencias, olvidamos los desafíos externos, a los cuales debemos enfrentar unidos.
29La pretensión del CEDIME, con este seminario y esta publicación, es, entonces, la de invitar a un análisis de la crisis a partir de sus múltiples vertientes, para situarla en un antes y un después, virtual o posible, sin limitarnos al momento. Quizás así podamos contribuir a sobrepasar esta fase de predominio de emociones e incertidumbres. Necesitamos un norte para no incorporar el cambio como una fatalidad o una imposición, sino como un proyecto colectivo compartido, diferente del que pregonan los vendedores de nuevos milagros o del que otros prefieren anclado en el pasado.
Notes de bas de page
1 Sennet, Richard. “ La communauté destructrice” in Birnbaum, Norman et Al. Au-delà de la crise. Paris, Seuil, 1976.
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