Conclusion
p. 209-215
Texte intégral
Imágenes y perspectivas
1La belleza de los Andes encierra muchos dramas, pero no únicamente eso. La estación seca, la luminosidad del cielo, la transparencia de la atmósfera permiten ver en la lejanía de las punas: colinas arregladas en andenes, de tonos cobrizos, de rojos suelos, el azul profundo del lago Titicaca, con la verde orilla de los totorales y, más lejos, destacándose claramente, las cimas nevadas de la cordillera occidental. Este es un paisaje familiar para los que frecuentan el altiplano. También es un paisaje vivo, con vacas que pacen al borde del lago, con mujeres de múltiples faldas rompiendo terrones que los hombres roturan con la taklla. Se tiene la impresión de un tiempo inmóvil. A unos cuantos kilómetros de ahí, en la ladera oriental de la cordillera, las brumas se transforman en hilachas al subir las vertientes, que forman un anfiteatro al fondo del cual el poblado de Ambana parece suspendido por encima de las quebradas; techos de tejas, de paja a veces, pero con mayor frecuencia de calamina. Uno o dos caminantes atravesando la plaza del pueblo. Más arriba de éste, los campos amarillos del maíz que acaba de ser cosechado, el verde intenso de los cuadrados de alfalfales y por encima de Ambana, algunos campesinos preparan la oscura tierra para los próximos sembríos de papa. Ahí también todo está tranquilo, los ruidos de los animales se oyen con claridad. Y, sin embargo, las tensiones en la sociedad son fuertes, es una sociedad que se desmorona desde mediados del siglo; los vecinos más sagaces, miembros de las familias blancas y mestizas, emigraron a La Paz; los campesinos sobreviven gracias al dinero ganado en las yungas, o a las migajas de las ganancias que rodean la coca. Al desplazarse de Ambana al lago Titicaca, se atraviesa una mina abandonada, la mina Matilde, cerrada desde 1987, ahí también el desempleo es una cruda realidad, fuertemente sentida.
2Las cobrizas ondulaciones de la pampa Cangallo, no lejos de Ayacucho, conservan su sobria y austera belleza. En las proximidades, se encuentran las ruinas incaicas de Vilcashuamán, que Wiener dibujó en su viaje andino del siglo xix. A éstas se agregan otras ruinas en la vecindad, más frágiles y recientes: casas de adobe despanzurradas, la escuela incendiada; los caballos y sus caballeros “los morochucos” no recorren ya las punas; el ciclo “terrorismo y represión” ha sido de un vigor singular en esta región, en la que Sendero Luminoso se implantó en sus inicios. Más al norte, se divisan los camiones cargados de minerales, así como los de frutas y legumbres, los ómnibus repletos de pasajeros flanquean el paso de Ticlio, donde las nieves caídas recientemente se funden en lodo. Mucho más abajo, Lima, a más de un centenar de kilómetros, continúa animando, a pesar de la crisis, el tráfico trasandino.
3Al norte del Ecuador, la montaña es muy verde, nublada con frecuencia. El avión, que se posará en el aeropuerto El Dorado de Bogotá, sobrevuela el aún boscoso escarpamiento que limita la sabana al oeste, vuela a baja altura por encima de las haciendas ganaderas, de los cuidados y bien drenados prados, antes de aterrizar. A veces da una vuelta, sobrevuela de cerca los barrios que, de manera progresiva, se extienden sobre la planicie; casas bajas de las urbanizaciones, edificios de las administraciones, talleres de las empresas a lo largo de las carreteras rápidas y en contacto con la montaña, la ciudad que se estira sobre más de una treintena de kilómetros. Norte a sur: la gran aglomeración se ha vuelto, igualmente, una importante realidad andina, principalmente en Colombia.
4Imágenes entre muchas otras. Ellas sugieren varias interrogantes. Estas poblaciones campesinas de las orillas del Titicaca, más numerosas que nunca, son en sí supervivencias que portan los gérmenes de su desaparición, o, al contrario, son las bases del renacimiento de una agricultura diversificada, económica en insumos y capaz de vender en el mercado urbano de La Paz. Bogotá pasó, en una treintena de años, de poco más de un millón de habitantes a cinco o seis. Ni el espacio, ni el agua, ni la energía, hicieron falta. La ciudad se desarrolló sin que los barrios marginales tomasen un lugar exagerado. A pesar de las molestias, la circulación se hace, por ahora, en la superficie. Probablemente, lo más notable de la historia reciente es que esta urbanización acelerada se haya hecho sin crisis profunda. Por cierto que la miseria está casi en todas partes presente, y principalmente entre esos niños, esas chiquillas, de quienes la televisión mundial ha mostrado su aptitud para la supervivencia. Pero, también, la inseguridad se ha generalizado en la ciudad.
5Es claro que las imágenes de las grandes ciudades andinas y sus estereotipos se encuentran en otros lugares del Tercer Mundo, en los que la urbanización se desarrolla dentro de un contexto general de pobreza, de crecimiento demográfico y de debilidad de los encuadramientos administrativo, financiero y social ejercido por las autoridades municipales y el Estado. Asimismo, con colores y olores diferentes, la miseria de las poblaciones andinas e indias del altiplano se asemeja a la de los habitantes del Sertao, en Brasil, bamboleadas entre la emigración y la presión ejercida por los grandes terratenientes. La inseguridad, que prolifera, casi por todas partes en el mundo de fines del siglo xx, no es una exclusividad andina; los Andes, felizmente para ellos, no han conocido las tristes vicisitudes de las poblaciones de Afganistán en la década de los años 80 ni las de los habitantes del sur de Sudán en el mismo período. Finalmente, la debilidad esporádica de los Estados, se encuentra esta vez, de manera permanente, en numerosos Estados de Africa, los que por cierto no han obtenido su independencia sino desde hace unas pocas décadas.
6Esta competencia, entre los más desgraciados, es tal vez siniestra y vana, ya que, en la clasificación bastante formal y basada en los datos económicos combinados y no siempre muy confiables, las estadísticas del Banco Mundial colocan a los países andinos en la “franja inferior de los países con ingresos intermedios”, es decir, aquellos en los que el PBN por habitante está comprendido entre 500 y 1,000 dólares US por año... Todavía existen unos cincuenta países, poblados por 2,8 millares de millones de hombres que viven en los Estados en los que el PBN per cápita es inferior al de Bolivia, el más pobre de los Estados andinos.
7Sin embargo, me parece más interesante regresar sobre aspectos ya mencionados en este libro. En Colombia, los Andes han estado plenamente incorporados dentro del espacio nacional, en el “cuadrilátero pesado”, centro de Colombia, que anima la economía del país y engloba a las ciudades de Bogotá, Cali y Medellín. Este “cuadrilátero” es andino en lo esencial. Las periferias son andinas indiferentemente (sur de los Andes), litorales (costa del Pacífico), o mesetas del bajo Magdalena, más arriba de la desembocadura del río. Y por esta incorporación de los Andes, aun planteando problemas a las comunicaciones terrestres, la rugosidad de los relieves ha sido reducida. Sin embargo, aunque bastante reales, los Andes son ignorados o tomados en cuenta muy poco, en la imaginación de los colombianos. Por el contrario, en el Perú, los Andes, los andinos, son a la vez glorificados en la historia y desvalorizados en el presente. Lo andino es celebrado por los historiadores, etnólogos y novelistas, pero en la costa se desprecia al serrano diciendo que es un patán y que al bajar de su sierra contribuye al poblamiento de los suburbios autoconstruidos, de aquellas barriadas, haciendo de ellos lugares de peligro potencial. En la imaginación criolla, estas poblaciones serían “clases peligrosas”, casi como lo fueran en Europa las poblaciones obreras del siglo xix para la burguesía dominante. Luego, las relaciones “sociedades/medios” son siempre mediatizadas por las creencias, las ideologías, las visiones que las poblaciones tienen de su medio ambiente, al que llenan de defectos y cualidades. En Colombia, la urbanización, que fue hecha a partir de los Andes, ha contribuido a borrar las montañas de la imaginación. Los Andes en el Perú son ese pasado que se glorifica, un presente del que se recela, un desarrollo en que desde hace varias generaciones los responsables del país ya no creen, salvo en el basado en la extracción de materias primas o la utilización del agua (muy escasa en la costa), importantes aportes para la economía peruana de los que casi no aprovechan sus lugares de origen. Pero aquí, la ciudad que decide, Lima, se encuentra en la costa. Esto es lo irónico de la historia, el semillero de las ciudades en la América colonial, a fines del siglo xvi y principios del xvii, da ahora todos sus frutos a fines del siglo xx.
8El futuro no se muestra solamente en la prolongación de las tendencias pesadas — como las ligadas al dinamismo de las poblaciones y a sus movimientos —. También resultan bifurcaciones, con mucha frecuencia ignoradas cuando se producen y de consecuencias imprevisibles. El futuro de los Andes y de sus poblaciones es incierto y nada traduce mejor el sentido que da la lengua aymara al pasado y al futuro. Para los “aymara”, el pasado está ante nosotros, podemos ver que se aleja. El futuro está detrás nuestro, invisible, por lo tanto irreversible.
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