11. San Bento
Texte intégral
1Mientras las kunhãtais de las aguas tratan de atraer con magias de amor a los muchachos para llevarlos hasta la selva, sumergiéndolos bajo la superficie de un lago oscuro y conduciéndolos hasta su padre, Tëpërësiki, quien les enseñará los cantos con los que, al nombrarlos, podrán vomitar a los seres maléficos, los blancos aprietan con fuerza al niño entre sus brazos y aceleran la carrera fatal de su montura a través de la noche y del viento. Cuando un muchacho es visitado en sueños por los xapiri —sus brazos revestidos de un tinte bermejo de urucú y engalanados de un plumaje caudal de guacamayo rojo y de una profusión de ramos de plumas brillantes y coloridas— y se despierta gritando, aterrorizado por la belleza de esa invitación a compartir el secreto de los espíritus, lo atiborran de galletas de naranja —Chamonix Orange, insiste en añadir el autor, que al nombrarlas acaso pueda vomitarlas— y, para que no se vuelva loco —más loco de lo que está—, lo conducen una o dos veces por semana a Meudon, a casa de Colette, una buena amiga de Filonenczewsko, una filósofa que se dedica a desencantar a los niños varones enseñándoles a interesarse más por la vulva que por sus visiones nocturnas. Por eso los blancos desconocen las palabras que podrían salvarlos. Están indefensos ante sus propias humaredas epidémicas, se hieren de muerte con cada nuevo gesto de liberación. No saben hacer bajar a los espíritus que saben reparar el cielo, y corren rumbo a la catástrofe. ¡Ayúdame, San Bento, ayúdame, Viejo-Negro, a vomitar mis humaredas! Hace falta valor y experiencia para mantenerse en pie, aunque sea encorvado. No sirve de nada salir del Liceo de las lenguas muertas, cebarse con mandarinadas de todo tipo y con examencitos y exameninas, encasquetarse el bicornio académico de plumas infantiles de los muelles del Sena. No se puede ser tan blandengue. Bien lo sé yo, que nací por accidente en la cuna de otro —en un cesto tejido para acoger a otro que nada tenía que ver conmigo. Yo, que era tan nervioso, nervioso DE VERDAD, y de un nerviosismo tan sereno —tan sin dolor y tan feliz— que, para mantenerme abúlico en la cuna acolchada y blandengue, tuvieron que endilgarme una enfermedad nerviosa. Simetrizar y mantenerse en pie son ahora una sola y misma cosa. De un modo que Galli Mathias no puede ni siquiera imaginar. Digo “ahora” porque eso solo se puede hacer ahora, y a condición de asir firme y religiosamente con la mano el instante presente, ese mismo instante en que morimos juntos –ahora– tú y yo, mi Bento. Solo me mantendré en pie, ahora, a condición de acoplar en este instante nuestras dos asimetrías, mi diferencia absoluta respecto a ti y tu diferencia absoluta respecto a mí, a condición de sostenerlas juntas, nuestras diferonças, pintadas fielmente cada una, como solo sabe hacerlo Clarice, en los dos batientes de un mismo portal; pero, escúchame bien, estrictamente idénticas la una y la otra —a condición de sostener y de ver juntas, pintadas de modo idéntico en cada uno de los batientes del portal, nuestras dos diferencias absolutas, difiriendo de modos diferentes, puesto que tú difieres de mí de un modo tal como yo no sabría nunca diferir de ti. Con el único propósito de que nuestras asimetrías al fin se encuentren. De que tu imagen se me aparezca y, dado que ambos estamos retratados de modo idéntico en cada una de las dos puertas, que también mi imagen se te aparezca como la imagen de un brasileño negro y mugriento bailando al alba en la cabecera de la cama de un filósofo luso-polaco, como la imagen de un Gallo-Bem-te-vi cantando en la aurora sangrante en los muelles de una bahía desdentada, de una Mujer Fantástica hechizando a sus serpientes en lo más hondo de una Selva-Mundo, de una Bruja nordestina montando de noche, cubierta de ungüento de carne, el caballo del rey del Sabbat, de Fatumbi-Descartes vestido de mujer en un terreiro de Salvador… de todo lo que niegan aquellos que tienen la osadía de pretender alcanzar lo real sin magia… por simple excitación nerviosa o, como quien dice, dándole al coco. Hete aquí, mi Bento, la plegaria matinal que así te escribo.
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