Capítulo 5. El neoliberalismo en la región. Entre botas, votos y Chile como la tierra prometida
p. 153-192
Texte intégral
5. 1. Introducción
1La rebelión que estalló en Chile en octubre de 2019 evidenció la fragilidad de las bases sociales y económicas del experimento neoliberal trasandino haciendo crujir el andamiaje jurídico y político que garantizó su continuidad luego de la larga dictadura pinochetista. Una de las consecuencias de la implosión del neoliberalismo real chileno fue el derrumbe de su imagen de modelo exitoso, de faro de las políticas económicas que debían implementar los distintos gobiernos latinoamericanos.
2Esta construcción modélica de Chile se consolidó en la década del noventa con el retorno de la democracia al dotar al proyecto económico dictatorial de una legitimidad política de la que carecía. En esos años, la Argentina se convirtió en tierra fértil para el discurso neoliberal, luego de la profunda crisis económica que puso fin a la experiencia alfonsinista. Con la llegada de Carlos Saúl Menem al gobierno, la mayor parte de la clase dirigente asumió como propia la continuidad y profundización del proyecto económico inconcluso de la última dictadura militar. La desregulación de los mercados, la privatización de empresas públicas, la apertura económica, el proceso de endeudamiento, la pérdida de derechos conquistados por la clase trabajadora, la profundización de las desigualdades heredadas de la dictadura y el alfonsinismo y el alineamiento incondicional a la estrategia exterior norteamericana constituyeron algunas de las políticas que fueron moldeando la Argentina de fines del siglo xx.
3Las consecuencias económicas y sociales de las reformas neoliberales fueron regionalmente desiguales. En el caso de la Patagonia, las privatizaciones generadas en la actividad ferroviaria y energética, junto con las políticas de austeridad fiscal, impactaron profundamente en un entramado social y productivo que históricamente había tenido al Estado provincial y nacional como actor central. El crecimiento del desempleo y de la precarización laboral provocó una ola de movilizaciones y protestas sociales que eclosionaron en las puebladas de Cutral Co y Plaza Huincul de 1996 y 1997. Frente a los crecientes cuestionamientos que comenzaron a suscitar las políticas neoliberales, el discurso dominante en los medios de comunicación tendió a reforzar la construcción de Chile como horizonte, como una suerte de tierra prometida a la que se arribaría después de sufrir el tortuoso y necesario paso por el proceso de reformas de mercado.
4En función de lo expuesto hasta aquí, el capítulo propone abordar el impacto que tuvo la implantación de las políticas neoliberales en la Argentina, en general, y la Norpatagonia, en particular, así como la forma en que Chile se constituyó en una pieza central del discurso dominante en momentos en que se incrementaba el malestar social en la región debido al deterioro económico que experimentaba. Para ello, en la primera parte recorremos brevemente el surgimiento del neoliberalismo, sus características centrales y la forma que adquirió en Chile y la Argentina, primero mediante la imposición de gobiernos de facto y luego a través de regímenes democráticos que aseguraron su continuidad. La segunda parte del capítulo está centrada en el impacto que tuvieron estas políticas en el entramado productivo norpatagónico y en las distintas manifestaciones que, a mediados de los noventa, visibilizaron la crisis social que provocaron. En la parte final recorremos las páginas del diario Río Negro, el más influyente de la región, para identificar y analizar los discursos que construían a Chile como corolario de las reformas neoliberales desplegadas en el país y la región.
5. 2. La consolidación del neoliberalismo y su implementación en la Argentina y Chile
5. 2. 1. Crisis del fordismo y contrarrevolución neoclásica
5Luego de la crisis mundial de 1930, la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y la instauración de la Guerra Fría fue consolidándose un modelo de acumulación fordista bajo la hegemonía de Estados Unidos (Aglietta, 1999 [1979]). Este estuvo sustentado sobre la base del llamado pacto socialdemócrata y de las ideas keynesianas que argumentaban en favor de un Estado activo con el objetivo de regular los ciclos, evitar las crisis y sostener situaciones de pleno empleo.1
6En las economías periféricas, las políticas de desarrollo estuvieron vinculadas, principalmente, a impulsar estrategias de industrialización que permitieran avanzar en el proceso de sustitución de importaciones a partir de mecanismos de protección arancelaria e incentivos a la industria. Este proceso fue dominado por las grandes empresas multinacionales, principalmente de origen norteamericano, a través de sus filiales que producían para abastecer los mercados internos protegidos. Para Fernando Henrique Cardozo y Enzo Faletto, esta «internacionalización del mercado interno» expresó una nueva forma de dependencia industrializante (1969, pp. 130-160).
7Si bien durante el fordismo se produjo la llamada edad de oro del capitalismo que implicó cierta estabilidad económica general, elevadas y sostenidas tasas de crecimiento y bajos niveles de desempleo, en su devenir hacia fines de los sesenta fue mostrando sus tensiones y contradicciones a través de la caída de la tasa general de ganancia (Brenner, 2009; Duménil y Lévy, 2007; Mandel, 1979, 1986; Shaikh, 1996); y el retroceso relativo de la economía norteamericana (Arceo, 2011; Brenner, 2009; Duménil y Lévy, 2007).2
8La búsqueda de respuestas al problema de la rentabilidad por parte del capital fue generando condiciones para el surgimiento de un nuevo patrón de acumulación,3 el cual se desplegó en el marco de la llamada contrarrevolución neoclásica (Bustelo, 1998).4 La ruptura del sistema de Bretton Woods en 1971 dio paso al establecimiento de un sistema flexible de tipo de cambio, propiciando la consolidación de fracciones financieras como bloque dominante del nuevo patrón de acumulación. El fortalecimiento del mercado de capitales norteamericano permitió el reposicionamiento de Estados Unidos como potencia hegemónica mundial.5
9En este contexto se produjo una fuerte embestida neoconservadora cuyos objetivos principales fueron: frenar la inflación (interés principal de las fracciones del capital financiero), disciplinar a la clase obrera para reestablecer la rentabilidad, reducir la participación del Estado en la economía y generar espacios de inversión del capital mediante la privatización de empresas estatales (Arceo, 2011). La ralentización del gasto público y el aumento de la tasa de interés produjeron un enfriamiento de las economías y un debilitamiento de los obreros en cuanto a su capacidad de presión y negociación.6 Al tiempo que se avanzó en la desregulación de los mercados de capitales, la liberación de las tasas de interés, el desarrollo de fondos de inversión y la proliferación de instrumentos financieros, los cuales dieron paso al predominio de la valorización financiera por sobre las actividades productivas.7
10La liberalización del comercio en general y de los movimientos de capitales en particular, junto con el propio desarrollo tecnológico, dio lugar a una reorganización de la producción. Las grandes empresas multinacionales devinieron en transnacionales (Robinson, 2015)8 bajo las llamadas «cadenas globales de producción» (Gereffi y otros, 2005; Milberg y Winkler, 2013; Porta y otros, 2017).9 En este marco se produjo también una transformación del Estado, dando lugar a lo que Joachim Hirsch (1999) llamó Estado nacional de competencia, en el que su función principal pasó a ser la de generar condiciones óptimas de revalorización para el capital transnacional. La competencia entre los Estados nacionales para atraer dichos capitales en un mundo globalizado implicó también la reducción del Estado social, la privatización y desregulación de los mercados, la flexibilización del trabajo asalariado y la minimización de los estándares ecológicos (Robinson, 2015).
5. 2. 2. Neoliberalismo en la Argentina y Chile
11América Latina no estuvo al margen del cambio de patrón de acumulación y consolidación del neoliberalismo. De hecho, funcionó como una suerte de laboratorio de estas políticas (Anderson, 2003), dado que se impusieron a través de dictaduras en países como Chile o la Argentina varios años antes de que se consolidara como patrón de acumulación a escala global.10
12En Chile, luego del brutal golpe militar de 1973, se fue consolidando hacia 1975 una férrea ortodoxia liberal bajo los llamados Chicago Boys,11 que implicó: 1) la liberación del sistema financiero interno; 2) una paulatina apertura de la cuenta de capital (con mayor regulación sobre el sector bancario y el establecimiento de encajes por préstamos recibidos, según plazos de vencimiento); 3) un fuerte proceso de privatizaciones que revirtió las políticas de nacionalizaciones desarrolladas por el gobierno de Allende; y 4) una apertura comercial como ancla inflacionaria, desmembramiento del entramado industrial y desarticulación del poder de los sindicatos.12
13Resulta insoslayable destacar que, contrario a lo que dictaba la ola neoliberal, en el caso de Chile no fue privatizada codelco, una de las principales empresas encargada de administrar los recursos mineros del Estado.13 Esto le permitió a la dictadura disponer de los abundantes beneficios generados por la explotación del cobre, propiciando así condiciones financieras y de acceso a divisas que marcan un claro contraste con lo sucedido en la Argentina. En este caso, luego del golpe cívico-militar de 1976 se fue consolidando una ortodoxia liberal que aplicó medidas similares como: 1) desmantelamiento de la estructura de subsidios, políticas arancelarias y cambiarias en favor del sector industrial; 2) congelamiento de salarios y persecución al movimiento obrero organizado; 3) liberalización de precios; 4) eliminación de aranceles a las exportaciones agropecuarias y quita del tipo de cambio agropecuario, el cual incidía en una menor cotización de las divisas; y 5) una fuerte apertura económica que expuso a los productores internos de bienes transables a la competencia internacional.14
14Se buscaba estructurar un tipo de economía especializada sobre la base de la dotación de recursos naturales.15 Estas políticas generaron un fuerte impacto en las condiciones de realización y valorización de los sectores industriales que habían crecido bajo el abrigo de la economía en el modelo de sustitución de importaciones, a la vez que contribuyó, conforme a los intereses del capital, a debilitar a la clase trabajadora organizada en torno al sector fabril. En el nuevo modelo la distribución de ingreso tuvo una clara dirección: incrementar la rentabilidad empresarial mediante una drástica caída del salario real y un incremento de la productividad laboral.
15La liberalización comercial, aparte de la desarticulación industrial interna, generó fuertes incrementos en las importaciones y desequilibrios en la balanza comercial en ambos países, influido también por el deterioro de los términos de intercambio en el marco de las crisis del petróleo de los años 1973 y 1979. Sin embargo, el exceso de liquidez internacional y las bajas tasas de interés permitieron financiar inicialmente dichos desequilibrios sin grandes problemas. Para captar parte de esta liquidez, en ambos países se implementó una liberalización de las tasas de interés, lo que dio lugar a una expansión de entidades financieras y una mayor apertura de la cuenta de capitales. Al tiempo que bajo el argumento de la lucha contra la inflación se utilizó el tipo de cambio como ancla inflacionaria y se aplicaron políticas monetarias restrictivas. Esto elevó la tasa de interés interna con su consecuente desincentivo a la inversión productiva.16 El eje gravitatorio de las economías pasó a ser el aprovechamiento del diferencial de tasa de interés local mediante la colocación de los recursos obtenidos en el exterior en activos financieros internos como títulos, bonos, créditos bancarios y depósitos a plazo con el propósito de valorizarlos y aprovechar el spread de tasas de interés.17
16El cambio de contexto internacional hacia comienzos de los años 80, debido fundamentalmente al incremento de la tasa de interés por parte de la Reserva Federal de Estados Unidos, tuvo serias consecuencias en ambas economías. Los grupos concentrados del capital que se dedicaron al juego de la valorización financiera se vieron imposibilitados de asumir sus pasivos.18 Tanto la dictadura chilena como la argentina recurrieron al salvataje de los grandes grupos económicos mediante mecanismos de licuación de sus pasivos y el traspaso de deudas al Estado, entre otras medidas.19
17El incremento de la tasa de interés internacional y la estatización de las deudas privadas en divisas provocó un aumento considerable de los compromisos externos de los Estados, generando una fuerte dependencia financiera por parte de los gobiernos (Salama, 2006; Toussaint, 2004),20 lo que allanó el camino para profundizar la instauración del modelo neoliberal mediante los llamados créditos condicionados.21
18En este marco, a partir de la crisis del año 1981 se abrió en Chile un periodo denominado neoliberalismo pragmático, en el que hubo cierto retroceso o freno en el proceso de liberalizaciones, al tiempo que, por otro lado, se avanzó con rapidez en las privatizaciones de empresas estatales y servicios sociales.22. Dicho freno fue levantándose progresivamente a medida que la crisis fue menguando.
19En la Argentina, el fracaso del plan económico y el descrédito provocado por la derrota en la guerra de Malvinas (1982) generaron condiciones que clausuraron la etapa dictatorial. Sin embargo, a pesar de la trascendencia de la recuperación democrática, en el plano económico los problemas heredados se profundizaron durante toda la década en un contexto de fuertes restricciones y grandes repercusiones en términos de dinámica económica y empleo para América Latina, en general, y en particular para la Argentina. Al ajuste interno necesario para generar los superávits comerciales, dado los límites para acceder al financiamiento externo, se le sumaron los ajustes del Estado en inversión pública y gasto social tendientes a controlar el déficit fiscal sin modificar el sistema tributario regresivo heredado de la dictadura. De esta forma, los efectos de continuar pagando la deuda externa (ahora estatizada) ocasionaron un círculo vicioso de causaciones acumulativas del tipo Myrdal (1968): menor producción y empleo, pobreza, menor recaudación, déficits fiscales, inestabilidades macroeconómicas y así sucesivamente.23
20Entre fines de los 80 y principios de los 90 se produjeron profundos cambios en el escenario internacional. La caída del muro de Berlín y la posterior disolución de la urss consolidaron un campo unificado para el capitalismo global al amparo del modelo neoliberal (Robinson, 2015). En este contexto hegemonizado por el pensamiento neoclásico, presentado como la única alternativa posible, surgieron interpretaciones como la de Francis Fukuyama y «el fin de la historia» (1992).
21La expresión ideológica del neoliberalismo sobre los países subdesarrollados se plasmó en el llamado Consenso de Washington (Williamson, 1990) que definió un decálogo ahistórico a seguir por parte de los países del tercer mundo, que contemplaba: 1) disciplina fiscal; 2) reordenamiento de las prioridades del gasto público; 3) reforma fiscal; 4) liberalización financiera; 5) tipo de cambio competitivo; 6) liberalización del comercio; 7) liberalización de la inversión extranjera directa; 8) privatizaciones; 9) desregulación; 10) garantizar los derechos de propiedad.24 Debe destacarse que, tal como se trató en párrafos anteriores, muchos de estos puntos ya venían aplicándose en la Argentina y en Chile.
22En esos años también se produjeron importantes cambios institucionales en Chile, a partir de la derrota del dictador Augusto Pinochet en el plebiscito de octubre de 1988, que derivó en el posterior llamado a elecciones en las que triunfó el candidato de la Coalición por la Concertación Patricio Aylwin (1990-1994). A pesar de estos importantes cambios políticos e institucionales, el nuevo gobierno no pretendió modificar las características centrales del modelo impuesto durante el periodo dictatorial. Los objetivos de la Concertación se limitaron a morigerar los llamados «efectos colaterales del neoliberalismo», tales como la mayor desigualdad social y expansión de la pobreza (Almonacid, 2018; Muñoz Gomá, 2007; Saavedra, 2014), al tiempo que fueron otorgando concesiones de obras de infraestructura al sector privado que anteriormente quedaban dentro de la inversión pública (Saavedra, 2014, p. 123). El proyecto económico continuó basándose en un modelo de acumulación con un fuerte énfasis en la actividad privada, una política de bajas arancelarias, contención de los salarios, un régimen laboral tendiente a dar mayor fortaleza a las patronales y un tipo de cambio que no comprometiera las exportaciones, todo ello en el marco de un proyecto productivo basado en una división internacional del trabajo centrada en la abundancia de recursos naturales.25 En materia monetaria se tendió a aplicar una política restrictiva y con tasas de interés internas mayores a las internacionales, todo ello con el argumento de controlar el proceso inflacionario que se venía arrastrando desde la década anterior (Rojas, 2000).
23Pero ante el cambio de contexto internacional de principios de los 90 y la llegada masiva de capitales externos,26 se fue dando una tendencia a la apreciación cambiaria. Para no comprometer el patrón de acumulación exportador, dicha tendencia buscó limitarse mediante el control de capitales de corto plazo a través de una política de encajes. Control que fue reduciéndose en el transcurso de la década conforme fueron ganando terreno en las fracciones de clase dominante los intereses del sector financiero.27
24En materia fiscal, los noventa se enmarcaron bajo la lógica de una fuerte austeridad.28 La política de gastos sociales tendiente a paliar los efectos perversos de la dinámica de acumulación neoliberal fue financiada mediante una reforma tributaria.29 Asimismo, al comienzo de su mandato el gobierno de la Concertación logró un acuerdo entre trabajadores y empresarios que permitió leves incrementos del salario mínimo, lo que logró disipar reclamos más profundos que se empezaban a dar ante la llegada de la democracia (Gárate, 2014, p. 369). Esto último no quita que se haya avanzado en mayores gastos sociales destinados a una política asistencialista que permitiera mejorar las condiciones de los sectores más desfavorecidos. La pobreza entre 1990 y 1998 se redujo un 44 %, aunque tal como remarca Manuel Gárate (2014, p. 386) estos esfuerzos no se tradujeron en mejores índices de distribución del ingreso, aspecto que permite mostrar que dichas políticas tampoco atacaron las condiciones en las que se organizaban la producción y el empleo, que abarcan no solo el salario, sino también las formas en que se regula el proceso laboral y el acceso a ciertas pautas de consumo de quienes viven de su trabajo.30
Tabla 5. 1. Pobreza, indigencia (% sobre población total)
| 1987 | 1990 | 1992 | 1994 | 1996 | 1998 | |
| Indigentes | 17,40 | 12,90 | 8,80 | 7,60 | 5,80 | 5,60 |
| Pobres no indigentes | 27,70 | 25,70 | 23,80 | 19,90 | 17,40 | 16,10 |
| Total pobres | 45,10 | 38,60 | 32,60 | 27,50 | 23,20 | 21,70 |
Fuente: Cuadro obtenido de Gárarte (2014), midplan, datos nacionales de la encuesta casen.
25Por otro lado, en la Argentina luego de las dos hiperinflaciones, y la crisis económica y social desatada durante el final del gobierno de Alfonsín y el comienzo del de Menem, se abrió paso a una nueva etapa denominada Convertibilidad (1991-2001/2), en la cual se llevaron a cabo profundas reformas estructurales y de estabilización enmarcadas en el paradigma neoliberal. Se implementó inicialmente un amplio y profundo proceso de privatizaciones (telefonía, aerolíneas, ferrocarriles, electricidad, puertos, correo, petróleo, gas, petroquímicas y siderurgia) que incidieron también sobre el mercado laboral,31 pues generó una fuerte reorganización productiva con una reducción del empleo en aproximadamente 130.000 trabajadores y trabajadoras (Ferreres, 2010).
26Se aplicó una política monetaria y cambiaria del tipo caja de conversión, al tiempo que se realizó una acelerada apertura comercial y una fuerte liberalización sobre los movimientos de capitales.32 La convertibilidad estableció una relación fija por ley del peso con el dólar de los eeuu atando la expansión/contracción de la base monetaria al ingreso/salida de divisas, política que actuó como un fuerte seguro de cambio. Uno de los efectos más visibles que tuvieron los nuevos marcos normativos fue la estabilización de precios, habida cuenta de que durante los años 1989 y 1990 la economía tuvo dos fuertes brotes hiperinflacionarios. Pero teniendo en cuenta que la paridad de la moneda se mantuvo fija, la estabilización paulatina en el nivel general de precios produjo un fuerte proceso de apreciación cambiaria que comprometió la competitividad de la economía y los déficits comerciales pasaron a ser recurrentes durante todo el periodo.33
27Si a los déficits estructurales iniciales que poseía la economía por ser un país altamente endeudado, se le agrega otro déficit estructural provocado por el régimen de competencia instaurado en los sectores transables es evidente que para sostener la convertibilidad de la moneda se hace necesario un ingreso permanente de capitales que garanticen las divisas internacionales que esta lógica de comportamiento requiere.34 Aun así, durante buena parte del periodo pudo observarse un relativo crecimiento asociado a sectores no transables (especialmente los privatizados) y aquellos vinculados a las producciones primarias, commodities industriales y los pocos sectores que quedaron relativamente protegidos con un claro retroceso del sector industrial en general. Pero dicho crecimiento no estuvo asociado a un proceso de absorción de mano de obra, sino más bien de expulsión, habida cuenta del proceso de restructuración de grandes empresas privatizadas y la restructuración productiva de los sectores transables (apertura económica mediante).
28La situación de relativa bonanza (1991-1998),35 sin absorción de mano de obra, se fue disipando conforme se reducían los aumentos en la productividad laboral. El salario real y el disciplinamiento de la clase trabajadora pasaron a ser las principales variables de ajuste para mantener la rentabilidad del capital (Lanza, 2016). Pero cuando las tensiones sobre la rentabilidad se hicieron notar, el contexto ya estaba anunciando mayores dificultades en términos de dependencia financiera y desajustes de medios de pagos internacionales.36 Para intentar seguir sosteniendo el patrón de acumulación se tomaron una batería de medidas, tales como recortes presupuestarios, incrementos en los impuestos indirectos, generalización del iva e incremento de la alícuota, disminución del mínimo no imponible del impuesto a las ganancias, flexibilización laboral, etcétera. Pero para ese entonces el desmantelamiento del patrón de acumulación ya se estaba produciendo, los desequilibrios externos y las necesidades crecientes de financiamiento fueron insostenibles, aun recurriendo en el año 2001 a blindajes financieros y canjes de deuda. Finalmente, en diciembre de 2001 ante la reticencia del fmi de financiar compromisos del gobierno nacional se produjo el colapso del patrón de acumulación de la convertibilidad y el país se hundió en una de las mayores crisis económicas y sociales de su historia.
5. 3. El ajuste neoliberal en la Patagonia: ¿un destino anunciado?
29Sin duda alguna la etapa neoliberal abierta con el menemismo en nuestro país produjo importantes transformaciones en la estructura económica, pero también en el tejido social ocasionando la fragmentación del arco de solidaridades, la precarización o pérdida laboral y el deterioro general de las condiciones de vida de la población. Al interior del territorio nacional, su impacto fue desigual, ya que dependió de la estructura productiva de cada región, de la capacidad de presión y de acción de los sectores dominantes, de la resistencia y organización de los grupos subalternos, pero también de las decisiones de los Estados provinciales en lo atinente a la promoción del bienestar de la población.
30En el caso de la Patagonia, las transformaciones desplegadas durante la década de 1990 acabaron integrándola en forma subordinada a las redes económicas transnacionales y los circuitos de acumulación globales (Schweitzer, 2004). Las cinco provincias patagónicas compartían el mismo trayecto histórico desde 1878 con una estructura centralizada en la que el poder del Estado nacional operaba sobre el territorio a través de la infraestructura, el control social y la distribución de la tierra.37 En este sentido no sorprende que fuera una de las regiones en las que el ajuste neoliberal se sintió con mayor crudeza debido a que el retiro del sector público produjo una retracción cuasi irreversible en el orden económico alterando o destruyendo la estructura económica existente y ocasionando profundas mutaciones en el ámbito sociopolítico.
31Como vimos en el apartado anterior, durante el modo de acumulación fordista las economías periféricas impulsaron distintas estrategias tendientes a avanzar en el proceso de sustitución de importaciones. Las políticas desarrollistas implementadas en la presidencia de Arturo Frondizi (1958-1962) habían incluido a la Patagonia entre los ejes de un futuro polo de desarrollo industrial como parte de un imaginario de la Patagonia-energía o Patagonia-recurso. En consonancia, la planificación estatal incluyó la explotación integral de los yacimientos de carbón de Río Turbio y de hierro en Sierra Grande (Río Negro), la construcción de centrales hidroeléctricas para el aprovechamiento del río Limay y el establecimiento de centros siderúrgicos en Puerto Madryn, que se sumarían a la explotación petrolera llevada adelante por Yacimientos Petrolíferos Fiscales (ypf) en Neuquén –Cutral Co y Plaza Huincul–, la localidad de Catriel en el norte de Río Negro y Comodoro Rivadavia en Chubut. En ese marco, la Patagonia –especialmente su zona norte– se convertiría en una región nodal por su capacidad en la producción petrolera e hidroeléctrica. Sin embargo, la crisis del modelo industrial acabará imponiendo en la región una profunda reconfiguración socioproductiva.
32Sin embargo, la crisis general del modelo sustitutivo de industrialización puso en superficie las dificultades para sostener un desarrollo económico en el que el Estado nacional había jugado un papel primordial en la formación de enclaves productivos de capital intensivo. Desde la transición democrática, el gobierno de Raúl Alfonsín (1983-1989) puso en marcha en forma gradual la reforma de un Estado que aparecía como ineficiente, sobredimensionado y deficitario. En este sentido diversos planes como el Houston i (1985), ii (1987) y el Plan Olivos i y ii de 1988 iniciaron el proceso de desmonopolización estatal sobre la industria petrolera de la cuenca del Neuquén y aumentaron la injerencia del capital privado (Pérez Companc, socma, Techint), atraído por los recientes descubrimientos de Loma de la Lata y Puesto Hernández en el área de Rincón de los Sauces (Navarro Floria, 1999). Si bien se sostuvo en gran medida la administración nacional, empresas estatales, como Hierro Patagónico Sociedad Anónima Minera de Sierra Grande Sociedad Anónima (hipasam), fueron teniendo sucesivos recortes en sus gastos y subsidios. Asimismo, y a modo comparativo, el parque industrial de Chubut sufrió la paralización de las inversiones y los créditos con la consiguiente reducción de personal (Gatica, López, Monedero y Pérez Álvarez, 2005).
33Esta situación se agravó durante la gestión menemista. En cada provincia el modelo neoliberal introdujo transformaciones de mayor o menor densidad en función de la orientación económica, las actividades dominantes y la incidencia de las rentas originadas en dichas producciones sobre el presupuesto. El panorama de la Patagonia en la década de 1990 no era el más propicio para políticas neoliberales. Las provincias sureñas se hallaban escasamente pobladas,38 con espacios regionales aislados, poco integrados e históricamente desequilibrados, centros urbanos dispersos y una economía mayoritariamente dependiente de la gestión estatal (Salvia, 1999). En este contexto cualquier decisión relacionada con la eliminación de la protección de las economías regionales o la privatización de empresas estratégicas podría asestar un golpe definitivo a un entramado productivo fuertemente dependiente de la acción estatal.
34Podríamos preguntarnos si la onda neoliberal pudo ser anticipada o prevista por los gobiernos provinciales. En la Patagonia, el desarrollo regional producto de los megaproyectos hidroeléctricos y mineros se había asentado sobre bases frágiles con escasa inversión de capital e innovación tecnológica produciendo un crecimiento regional transitorio seguido de estancamiento y crisis (Manzanal, 2000). En el caso de las obras hidroeléctricas de la década de 1960, como Chocón-Cerros Colorados, el Estado nacional no previó los efectos socioeconómicos adversos vinculados al impacto ambiental. El abandono de las tierras como efecto de la inundación producida por los lagos artificiales o su carácter improductivo debido a las alteraciones ecológicas y las relocalizaciones forzosas de comunidades originarias y crianceros afectaron las condiciones de vida de la población aledaña (Ruffini y Martins de Souza, 2020).
35Los vectores del ajuste neoliberal basados en la idea de un Estado mínimo, la desregulación de las actividades económicas y la apertura comercial afectaron decisivamente la configuración social y económica del sur produciendo lo que Ernesto Bohoslavsky llama una desertización social (2008, p. 13). El ingreso de empresas privadas transnacionalizadas modificó desde la raíz las relaciones de producción en las economías de enclave (Schweitzer, 2004). A su vez, la contracción de las principales actividades profundizó el estancamiento. La frutícola en Río Negro y Neuquén (que había sido el motor del desarrollo altovalletano hasta fines de la década del setenta) ahondó su crisis a partir de 1990 registrando una fuerte caída en la producción de manzanas, tomates y en las actividades vitivinícolas. La apertura comercial sin protección estatal produjo ingentes perjuicios para los pequeños productores locales que se desplazaron hacia los grandes centros urbanos de las provincias. En esa coyuntura, Neuquén presenció lo que ha sido nominado por Joaquín Perrén y Laura Lamfre una «epidemia del desempleo», duplicándose la tasa del 8 al 16 % entre 1991 y 1995. Esta variable modificó la estructura urbana que presentó dos caras: por un lado la concentración de los sectores altos en la capital y en barrios cerrados, y, por el otro, la segregación y marginalización de los sectores más vulnerables en asentamientos periféricos carentes de los servicios básicos, agravado por el cambio de paradigma social habitacional que redujo el número de viviendas construidas (Perren y Lamfre, 2015, p. 576; Landriscini, 2017).
5. 4. Privatizaciones y protestas sociales. La avanzada piquetera en el sur
36Sin duda alguna la fiebre privatizadora fue la mayor responsable de las transformaciones estructurales regresivas en el sur dada la presencia ostensible del Estado nacional y la inversión realizada en la exploración, explotación y venta de los bienes y recursos. La desregulación de la actividad extractiva y la prioridad dada a la exportación alteraron el modelo de desarrollo vigente por lo que se aceleró el proceso de concentración del capital privado (mayoritariamente extranjero) en grandes empresas integradas. Pero la decisión estatal de eliminar los organismos reguladores de la actividad y de liberar la importación y la exportación de los productos facilitó a las empresas privadas desviar las rentas gasífero-petroleras en su propio beneficio (Perrén y Lamfre, 2015).
37La onda neoliberal fue llegando a las provincias, en primer lugar, como efecto de medidas financieras estatales. Así Mabel Manzanal (2000) deslinda tres fases sucesivas que en pocos años redujeron sensiblemente las posibilidades de los gobiernos de sostener un Estado paternalista. Desde 1991 las provincias fueron afectadas por disposiciones del Banco Central que restringían la ayuda financiera, a la vez que en virtud de la nueva Ley Federal de Educación sancionada en 1993 se producía la transferencia a las provincias (sin las partidas presupuestarias correspondientes) de los gastos sociales en educación y por la ley 24 061, en salud. Asimismo, fueron transferidas partes de las empresas públicas no privatizables, como ferrocarril u obras de riego. Para complejizar el panorama, el Estado nacional produjo un recorte a la coparticipación, restringió los subsidios a las provincias y limitó el poder tributario provincial (Manzanal, 2000).
38La cuestión de la coparticipación fue la medida más drástica que puso en jaque a las economías provinciales. En 1992 el gobierno menemista decidió disponer libremente y con uso discrecional del 15 % de la masa nacional coparticipable, elevando a la vez el piso de la coparticipación y deslindándolo de la recaudación nacional. Esta reforma redujo, por ejemplo, la coparticipación petrolera y modificó la forma de calcular las regalías gasíferas (Perrén y Lamfre, 2015; Giuliani, 2018). Este combo de medidas de ajuste afectó sensiblemente los ingresos de las provincias patagónicas y empujó a los gobiernos a instrumentar el recorte en los gastos, empleo y obras públicas al tiempo que disponer la privatización de las empresas estatales (Navarro Floria, 1999, p. 240).
39Pero la aplicación de las políticas neoliberales no provocó en forma inmediata una crisis en las provincias norpatagónicas. En los primeros años de la década de 1990 las economías patagónicas se expandieron, ya que las privatizaciones dispuestas por el gobierno nacional allegaron fondos a las arcas provinciales y la desregulación generó en el corto plazo posibilidades de inversión. Además, la convertibilidad incentivó el consumo dinamizando el mercado interno y permitiendo a las provincias patagónicas expandir el empleo público (Manzanal, 2000). La fase recesiva se advirtió principalmente a partir de 1995 debido al agotamiento del proceso de privatización combinado con los efectos de la crisis del tequila que provocó una fuerte devaluación de la moneda mexicana. Los indicadores negativos comunes para las provincias patagónicas fueron el desequilibrio fiscal, el endeudamiento estatal y empresarial, además del desempleo fundamentalmente en las áreas de la industria, la construcción y el petróleo. Los salarios públicos provinciales fueron recortados en un 20 % y se eliminó el plus o asignación por zona favorable en 1996.
40En los enclaves industriales o «capitalismo de Estado en enclave» (Klachko, 2002), el cambio en las relaciones entre capital y trabajo se tradujo en una creciente y hasta desenfadada precarización laboral y despidos que provocaron la desarticulación total del sistema. En la norpatagonia, los trabajadores desocupados migraron de los centros industriales tendiendo a concentrarse en los núcleos urbanos, circunstancia que se combinó (en el caso de Río Negro) con la migración rural hacia la zona altovalletana, producto de la crisis ganadera y de la industria agroalimentaria y vitivinícola (Bandieri, 2005). En el agro, el Estado rionegrino promovió la inversión privada empresarial facilitando el acceso a la tierra e incentivando la producción mediante subvenciones y privilegios fiscales, actuando como un verdadero agente subordinado del sector privado (Álvarez Sánchez, 2020). Empero, la reconversión de los procesos productivos afectó a los pequeños productores y ocasionó numerosas pérdidas de fuentes de trabajo (sobre todo en el Alto Valle) y la crisis social se agravó (Nicoletti y Navarro Floria, 2015, p. 96). Según Julieta Sartino, para 1999 Río Negro tenía embargada la totalidad de la coparticipación federal por la imposibilidad de pagar las deudas tomadas con los bancos acreedores.
41En Neuquén, la crisis en el sector primario y secundario junto con la privatización de empresas públicas y la llegada de capitales transnacionales como Repsol, potenció la orientación exportadora de los recursos hidrocarburíferos a la vez que provocó efectos negativos sobre la población (Preiss y Zambón, 2004, p. 217). La privatización de ypf en 1991 significó un parteaguas para la sociedad local, pero también para la provincia. Cuando la empresa estatal que operaba la política petrolera se convirtió en privada, lo hizo en un momento de alto nivel de producción petrolera y gas natural (Favaro, 2005). Consiguientemente, la privatización implicó un aumento de producción de petróleo en el primer quinquenio. Empero, la sobreexplotación de los yacimientos incidió en el rendimiento y redujo las inversiones. En esa coyuntura, la norpatagonia disminuyó su producción sin perjudicar la renta empresarial, beneficiada con la desregulación extractiva que no obligaba a la reinversión en la provincia (Giuliani, 2018, p. 205). El perjuicio inmediato se trasladó a los trabajadores que carentes de protección estatal fueron cesanteados o vieron menguados sus ingresos empeorando sus condiciones laborales y de vida.
42La conflictividad y la resistencia de los sectores afectados era un correlato esperable, pero cuya tipicidad implicó un hito en la historia de la resistencia popular a los embates neoliberales. Uno de los focos de mayor conflicto fue la localidad rionegrina de Sierra Grande afectada con el retiro de la empresa estatal hipasam y el cierre del yacimiento ferrífero en 1991 acompañado del cese de la producción por tiempo indeterminado. Según Gómez Lende (2017), la decisión estatal de liquidación y cierre de la mina se vinculó con el desmantelamiento del complejo siderúrgico estatal ya iniciado y la necesidad de reformulación de la normativa minera, efectivamente realizada en 1993 (Ley 24.196).39 En Sierra Grande se organizaron cortes de ruta y bloqueos con participación de mujeres y estudiantes, así como marchas conjuntas en Buenos Aires con los obreros de la siderúrgica somisa recientemente privatizada (Gómez Lende, 2017).
43Empero, los cortes de ruta y movilizaciones no pudieron impedir el decreto de liquidación de hipasam y su impacto en la población obrera y en la sociedad local. A pesar de los mecanismos que intentaron atenuar los efectos de la pérdida salarial y a la vez desactivar la protesta (indemnizaciones, conservación del salario por un año y retiros voluntarios), Sierra Grande se convirtió rápidamente en un «pueblo fantasma» (Gournalesse, 2007). En 1993 la provincia se hizo cargo de la mina, pero no logró revertir la crítica situación económica y demográfica de la localidad.
44La razón por la que tanto la privatización de ypf como la desactivación de hipasam resultaron tan destructivas para la población se debe (entre otros factores) al rol promotor del bienestar que desempeñaban ambas empresas. En cada localidad donde se instalaban las company town, como las llamó Susana Torres (2004), construían infraestructura y viviendas para los trabajadores,40 aseguraban los servicios de salud, alimentación y educación, y se involucraban en la vida cotidiana organizando actividades deportivas y culturales para el tiempo libre; un verdadero Estado de bienestar keynesiano, como lo denominaron en su momento Enrique Mases y Carlos Rafart (1997). La empresa ypf pasó de tener 50 000 empleados en 1990 a 7000 en 1993 (Giuliani, 2018). Esta verdadera sangría laboral intentó atenuarse con indemnizaciones que fueron negociadas con la dirigencia sindical y financiadas por el Banco Mundial. Se crearon cooperativas y emprendimientos asociados o independientes de la empresa, pero la mayoría de las pymes no pudieron sostenerse. En Sierra Grande, las consecuencias no fueron menores: la población disminuyó en casi un 40 % entre 1991 y 2001 y 4576 obreros tuvieron que abandonar la localidad en el mismo lapso (Gómez Lende, 2017).
45Los efectos de las privatizaciones (desempleo, subempleo y precariedad laboral) generaron una ola de movilizaciones y protestas sociales. Como expresamos, se iniciaron en Sierra Grande ante el cierre de la mina y, posteriormente, el epicentro de la protesta fue la provincia de Neuquén.41 Para Orietta Favaro, las puebladas marcaron un antes y un después, y centraron la atención del gobierno provincial en la necesidad de diversificar la producción. Como expresa la autora, Neuquén pasó de ser «isla del bienestar» a «archipiélago del conflicto social» con nuevos sujetos colectivos surgidos de la fragmentación neoliberal (2005, p. 285). En las localidades petroleras de Cutral Co y Plaza Huincul se registraron puebladas en 1996 y 1997, un rasgo de continuidad con el proceso abierto en Sierra Grande y en 1993 con el santiagueñazo.42 En dichas movilizaciones confluyeron trabajadores ocupados y desocupados articulados con otras fracciones sociales en la demanda por la inclusión. Se impone como método de lucha el corte de ruta, las asambleas populares como mecanismo para la toma de decisión y emergen nuevos actores sociales entre ellos los piqueteros, arquetipo de las puebladas y expresión de la «movilización popular de los excluidos del sistema» (Bandieri, 2005, p. 367).43
5. 5. Chile, el faro en medio de la tormenta
46La prédica neoliberal no solo logró permear en los gabinetes económicos de los gobiernos sino también caló hondo en la población a través de instituciones de la sociedad civil y de los medios de comunicación construyendo así un consentimiento hacia estas políticas, del cual habían carecido durante las décadas previas (Harvey, 2005). En la Argentina, las transformaciones impulsadas por el menemismo contaron con un apoyo mayoritario de los medios, algunos de los cuales mutaron a multimedios gracias a la privatización de canales y frecuencias cuestionando solo la opacidad en su instrumentación y las consecuencias sociales, a la vez que desbarataban cualquier tipo de alternativa al modelo.44 En este sentido, el recorrido por las páginas del diario Río Negro revela que la Norpatagonia no fue una excepción.
47Fundado en 1912 por Fernando Emilio Rajneri en la ciudad rionegrina de General Roca, este periódico evidenció tempranamente su pretensión de erigirse en un actor político regional con capacidad de amplificar las demandas de sus habitantes y ejercer un permanente control sobre los poderes gubernamentales territorianos (Ruffini, 2001). En 1958 comenzó a publicarse en forma diaria convirtiéndose en el transcurso de la década siguiente en el medio más influyente de la Norpatagonia. En las décadas del setenta y ochenta, Río Negro se transformó en uno de los diarios más importantes a nivel nacional, lo cual da cuenta de la influencia de su discurso en la región. Más cercano a posiciones desarrollistas en los sesentas y parte de los setenta, a comienzos de la década del ochenta la línea editorial del diario evidenciaba un abierto apoyo a las políticas ortodoxas.
48Pese a los históricos vínculos que ligaban a Julio Rajneri, hijo del fundador y director del diario por ese entonces, con la Unión Cívica Radical (Azcoitia, 2013; Camino Vela, 2013), en los albores de la presidencia alfonsinista, el diario Río Negro asumió una postura crítica frente a las «pretensiones populistas» del nuevo mandatario.45 En sus editoriales cuestionaba lo que definían como «tabúes ideológicos» que impedían al gobierno adoptar con convicción y «pragmáticamente las medidas excepcionales» (Al diablo con las ideologías, 1984) que el diario reclamaba en materia de deuda externa, inflación, explotación de recursos naturales y privatizaciones. Cabe recordar que en los primeros meses de gestión radical, el ministro Bernardo Grinspun intentó implementar un programa tendiente a reconstruir el tejido industrial a través del estímulo de la demanda interna y la disminución del desempleo, junto con una estrategia de renegociación de los compromisos externos a través de la conformación de un frente común con el resto de los países deudores de la región (Ortiz y Schorr, 2006; Rapoport, 2006). Sin embargo, ante el incremento de la presión de los acreedores externos y el aumento de la inflación, en septiembre de 1984 el gobierno reorientó su política económica generando una caída del salario real, un aumento de las tarifas de servicios públicos y de las tasas de interés, corrigió el tipo de cambio y firmó un acuerdo stand by con el fmi (Rapoport, 2006). En su espacio editorial, el diario celebró este cambio del gobierno ante lo que definía como el fracaso de «su principio keinesiano de que el consumismo podría reactivar la producción» (La identidad radical, 1984). Para Río Negro el radicalismo debía modernizarse, superar su «crisis de identidad» y «rehabilitar el gusto por la empresa y la función de crear» (La identidad radical, 1984), la cual quedaba reservada solo para el sector privado. En 1988, el diario celebraría la evolución del alfonsinismo al señalar que había demostrado su capacidad de adaptarse al cambio mundial abandonando las posiciones adoptadas al comienzo de la gestión para plantear la necesidad de avanzar en el camino de la desestatización, la desregulación, la descentralización y la modernización, consignas que presentaba como predominantes en todas partes del mundo, incluso en China y la Unión Soviética (Etapas muy distintas, 1988, p. 10). La crisis económica que puso fin al gobierno radical se explicaría desde las páginas del diario por la oposición del peronismo y las organizaciones gremiales a las reformas necesarias y por la falta de convicción del oficialismo para profundizarlas.
49La defensa del diario a las transformaciones neoliberales impulsadas por el menemismo lo llevó a establecer una relación de causalidad entre el fortalecimiento de la democracia y el proceso de desregulación y privatización de la economía. En 1992, el diario afirmaba en uno de sus editoriales que para consolidar la democracia era necesario «adoptar políticas económicas liberales y por lo tanto impersonales», porque a través de ellas «los gobernantes de la región están obligando a la gente a depender de sus propios esfuerzos sin pedir nada a sus “amigos” en el Estado». De esta forma se vinculaba íntimamente el neoliberalismo con el surgimiento de «un código ético diferente del anterior» (El peso del pasado, 1992, p. 10) en el cual el Estado quedaba asociado a la corrupción y el clientelismo, mientras que el mercado se volvía fuente de virtud al garantizar la libertad del ciudadano y el buen gobierno.
50Para mediados de los noventa, las repercusiones de la crisis financiera mexicana comenzaron a evidenciar las endebles bases sobre las que se asentaba el denominado milagro argentino. Como recorrimos en el apartado anterior, la crisis impactó con gran virulencia en la región al desplegarse sobre un tejido económico y social profundamente dañado por el proceso de privatizaciones y ajuste estatal. La superficie redaccional de Río Negro daba cuenta de este complejo escenario a través de numerosas noticias que abordaban con dramatismo la pueblada de Plaza Huincul y Cutral Co, dos ciudades que crecieron al amparo del desarrollo impulsado por ypf. Asimismo, la crisis se manifestaba en las notas sobre los intentos de conformar un bloque de provincias patagónicas para definir una postura unificada frente al gobierno nacional y la discusión por la coparticipación, el proyecto de regionalización contenido en la segunda parte de las reformas neoliberales y sobre la resistencia de varias ciudades patagónicas a la implantación de un basurero nuclear en la zona. Estas noticias se inscribían en una agenda informativa signada por una crisis social creciente con altos niveles de desempleo que superaron el 17 % a nivel nacional. Sin embargo, en su espacio editorial el diario no cejaba en su defensa de la orientación general del modelo, afirmando que de la crisis del tequila la economía nacional «emergió ensangrentada pero así y todo robusta de una prueba imprevista muy dura, porque la convertibilidad, o sea la voluntad nada latinoamericana de defender a ultranza la estabilidad monetaria, resultó ser un instrumento mucho más eficaz de lo que muchos expertos habían creído» (La nueva independencia, 1996, p. 12). La nota planteaba que la Argentina había logrado independizarse de América del Sur al ser reconocida por los mercados como una economía sólida. Para Río Negro era necesario diferenciarse del resto de los países de la región a excepción de Chile, el cual emergía como una suerte de faro en medio de las turbulentas aguas de las transformaciones neoliberales.
51Si bien en Río Negro se publicaban notas críticas en torno a la pobreza y la concentración de la riqueza que generaba el modelo implantado en Chile, estas eran marginales frente a las que ponderaban el crecimiento del pbi y la modernización como resultado de la liberalización de su economía (Azcoitia, 2011). Ya en 1988, en el contexto del plebiscito que puso fin a la dictadura de Pinochet, el diario destacaba en sus editoriales que «después de muchos reveses» el proceso seguido allende la cordillera había permitido «inaugurar un periodo de crecimiento económico lo bastante impresionante como para hacer pensar a los chilenos que dentro de poco podrá sobrepasar a sus vecinos argentinos». Luego de conceder que amplios sectores de la población eran muy pobres y quedaban al margen de este proceso, cerraba su argumentación sosteniendo que «lo mismo que Europa, la mayoría parece preferir el crecimiento injusto que el estancamiento igualitario» (Una transición diferente, 1988, p. 10). A mediados de los noventa, los artículos informativos, de análisis y de opinión construían la imagen de Chile como una economía abierta al mundo, eficiente y con una política comercial altamente agresiva y competitiva. En su espacio editorial, el diario afirmaba en torno a Chile que su «progreso reciente refuta de manera contundente la teoría de que la mejor forma de avanzar consistiría en “integrarse” a un bloque económico mayor» (Crece el Mercosur, 1996, p. 12) cuestionando el Mercosur en tanto obstáculo para la plena globalización de las economías latinoamericanas.
52El diario Río Negro no solo destacaba el modelo aplicado más allá de la cordillera, sino también a sus ejecutores. En un artículo de Héctor Mouriño, esclarecedor desde el título «Lo que alumbran nuestros vecinos», se afirmaba que «El principal diario de negocios de Estados Unidos, The Wall Street Journal, dedica esta semana una nota a exaltar la admiración y hasta la envidia de los empresarios latinoamericanos por sus competitivos pares chilenos». La nota concluía que «incompetencia, corrupción y negocios políticos con el aparato del Estado, son sin duda fuertes componentes del costo argentino» (Lo que alumbran nuestros vecinos, 1996, p. 8). Se establecía así un juego de espejos en el que el empresario argentino emergía como el negativo de su par chileno, desde esta perspectiva los vicios vernáculos deberían superarse si se quería llegar a ser competitivos y eficientes como el empresariado trasandino. Este era (re)presentado como una suerte de llave para acceder al mundo debido al «“know how” trasandino para incursionar en el mercado asiático y la reconocida presencia de los empresarios chilenos en el comercio internacional» (El Comahue tendría saldo exportable a su favor, 1996, pp. 18 y 19).
53El diario apoyaba los acuerdos comerciales con Chile entendiéndolos como parte del proceso de modernización que debía transitar la economía argentina. En este marco advertía que en el caso de acuerdos vinculados con la producción de frutas y hortalizas debía tenerse en cuenta que Chile era «un país eficiente en ese rubro, contrariamente a lo que ocurre con los productores tradicionales del campo argentino» (Cómo incide en la región la asociación con Chile, el cual «traerá riesgos y oportunidades», 1996, p. 20). El hecho de que una «oleada de inversiones trasandinas», la mayoría de capitales internacionales, podría cruzar la cordillera era presentado como beneficioso para la región debido a que «los empresarios que están aquí, van a las reuniones del sector y suelen patalear cuando algo no les gusta. Están establecidos». En el plano regional se delineaban también dos campos contrapuestos, uno dinámico, eficiente y vinculado al capital trasnacional, y el otro tradicional, instalado, poco proclive a los cambios que, según el diario, el momento demandaba. «¿Vendrán desde Chile a comprar lo nuestro?», se preguntaba el analista de Río Negro, respondiéndose a continuación que: «Es posible que haya algunas operaciones, pero es más probable que haya asociaciones de beneficio mutuo. ¿Qué pueden ganar los exportadores argentinos? Saltar a la cuenca del Pacífico» (Cómo incide en la región la asociación con Chile, el cual «traerá riesgos y oportunidades», 1996, p. 20). En ese mismo artículo, que analiza los beneficios económicos del acuerdo, se señala a favor de Chile la estructura de costos «sobre todo en salarios» que en el caso del empaque era un tercio del que se pagaba en la Argentina. En la nota se afirma: «Chile tiene un pobre mercado interno. Su vocación y su obligación es comerciar con el mundo» (Cómo incide en la región la asociación con Chile, el cual «traerá riesgos y oportunidades», 1996, p. 20). En este punto es interesante observar la forma en que se llevan a cabo las causalidades, la precariedad del mercado interno es causa y no consecuencia de una economía estructurada para satisfacer la demanda externa. Tampoco se establece una relación entre la ventaja de los salarios baratos y la imposibilidad de constituir un mercado con capacidad de compra como si la naturaleza hubiera dotado a Chile de la cordillera, una amplia costa y una demanda interna insuficiente.
54En el suplemento dominical Producción y Economía se da cuenta de que «los procesos de integración regional, al igual que las transformaciones estructurales generadas por las privatizaciones, plantean serios desafíos: si las organizaciones no se adaptan a los cambios estarán condenadas a desaparecer», la forma de transformar estos desafíos en oportunidades para dar el salto hacia el Pacífico es a través de la «capacitación, no solo para trabajadores sino también para empresarios y profesionales», tarea que el artículo le asigna a los Estados provinciales y las cámaras empresarias (Cómo incide en la región la asociación con Chile, el cual «traerá riesgos y oportunidades», 1996, p. 20). El término desafíos cumple una doble función, por un lado se convierte en un eufemismo que encubre problemas estructurales que no impactan por igual en todos los agentes económicos; por el otro, atribuye la responsabilidad de beneficiarse y sobrevivir a la capacidad de adaptación del productor. No debemos olvidar que:
la exigencia de la competitividad internacional impone un proceso de modernización productiva, que es llevado adelante de modo parcial o total por agentes económicos que, en numerosos casos, no son los que históricamente poblaron y formaron la red de la agricultura familiar propia de cada región. (Rofman, 1998, p. 92)
55Si bien la mayor parte de los artículos que analizan el impacto de los acuerdos en la región se centran en la actividad frutícola del valle, no será la única.
56El sector energético constituyó otra de las ramas de la economía que se beneficiaría de las relaciones con Chile al exportar combustible, electricidad y gas. También se busca atraer inversiones para la construcción de una planta fertilizante ante el fallido proyecto impulsado por la canadiense Agrium, cuyo fracaso explicaba en parte el estallido de las puebladas de Cutral Co y Plaza Huincul, y también de explotación minera. Otra actividad presentada como clave con capacidad de aprovechar las oportunidades que brindaba la articulación con Chile fue el turismo. En una entrevista brindada a Río Negro el cónsul chileno en Neuquén afirmaba que en el marco del proceso de integración «el turismo es uno de los recursos más importantes para explotar» para rematar luego, casi como un improvisado agente de viajes, «es un boleto que se vendería en cualquier parte de Europa» (El Comahue tendría saldo exportable a su favor, 1996, p. 21). Una vez más el turismo se constituía en la base del proyecto económico en la región de los lagos. Sin embargo, el mercado que se busca captar ya no era el de una reducida élite nacional, como en las primeras décadas del xx, ni tampoco el turismo social igualitario impulsado por el peronismo de mediados de siglo, los tiempos del neoliberalismo marcaban la necesidad de generar un paquete atractivo para el turista global y una vez más Chile emergía como el país a la vanguardia de ese proceso.
5. 6. Reflexiones finales
57A partir de los golpes militares se instalaron en Chile y la Argentina las bases generales de un nuevo patrón de acumulación del capital, el cual desarticuló la lógica de la industrialización por sustitución de importaciones dominante hasta entonces; destruyó el pacto de clases sobre la que esta se asentaba (con un claro retroceso de la clase trabajadora en términos de empleo, condiciones laborales, derechos y salarios) y consolidó un nuevo marco institucional. Este nuevo patrón, conocido como neoliberalismo, se basaría fundamentalmente en las actividades vinculadas a la valorización financiera y a la exportación de los recursos naturales. El retorno de la democracia no hizo más que consolidar las bases del neoliberalismo a uno y otro lado de la cordillera.
58En Chile, los cambios institucionales producidos a comienzos de los noventa condujeron a dar viabilidad democrática al modelo impuesto por la dictadura. Para ello fueron necesarias políticas que generaran cierta contención social, limitadas principalmente hacia los sectores más desprotegidos, pero sin intención alguna de cambio, sino más bien de viabilizar socialmente el propio modelo neoliberal. En este modelo, que no reduce las contradicciones y acentúa su carácter antagónico y excluyente, puede comprenderse que en su lógica de desenvolvimiento está plantada la semilla de los acontecimientos que marcaran dos décadas después la génesis de un proceso de cambio social que aún se está escribiendo. Paralelamente, en la década del noventa se produjo en la Argentina un fuerte proceso de reformas estructurales, referenciadas en el decálogo del Consenso de Washington que acabó por consolidar un modelo neoliberal basado en la desregulación, la apertura económica y las privatizaciones de empresas públicas. Estas políticas no solo generaron fuertes desigualdades sociales, sino también profundas contradicciones en su dinámica de desenvolvimiento, lo cual condujo a una crisis del propio modo de regulación en el sentido de Gerard De Bernis (1988).46
59La aplicación de las reformas neoliberales en la Patagonia impactó profundamente debido a que, desde la segunda mitad del siglo xx, su entramado social y productivo fue configurándose en torno a un Estado que se asumía como pieza vital de un proyecto industrializador. Las políticas implementadas durante la última dictadura y profundizadas con el menemismo acabaron desestructurando dicho entramado generando condiciones favorables para que algunas actividades y regiones, de forma subordinada, se integraran a las redes económicas transnacionales y circuitos de acumulación globales. Otras comenzaron un largo e irreversible proceso de deterioro convirtiéndose en un dramático contraste de la pujanza y dinamismo del que supieron tener. La conjunción de privatizaciones y ajuste fiscal tuvieron como contracara el crecimiento del desempleo y de la precarización laboral. Sin embargo, la Patagonia dio cuenta una vez más de su rebeldía, la que se plasmó en una ola de protestas sociales que anticiparon la movilización popular que en 2001 evidenció la profundidad de la crisis del neoliberalismo en la Argentina.
60Frente a los crecientes cuestionamientos que comenzaron a suscitar las políticas neoliberales implementadas en la región, el diario Río Negro hallaba las causas de la crisis en la falta de competitividad de la economía argentina, la cual solo se alcanzaría a través del ajuste del Estado y de la modernización de empresarios acostumbrados al proteccionismo del pasado. Las consecuencias sociales de este doble proceso eran presentadas como inevitables, propias de décadas en las que imperó el esquema corporativo estatista. En este contexto de profundas transformaciones, Chile era (re)presentado como el modelo a seguir, como el ejemplo de políticas neoliberales exitosas impulsadas por un empresariado eficiente y un Estado que favorecía la plena inserción en el mercado mundial sin entorpecer el natural desenvolvimiento de la economía. En el discurso de Río Negro las empresas modernizadas y el capital trasnacional eran configurados como portadores del desarrollo del que carece la región. En este marco todo acuerdo económico con Chile era presentado como auspicioso. Permitiría a los agentes modernizados de la zona del Alto Valle acceder al mercado asiático a través de los puertos chilenos, a la vez que aportaría las inversiones necesarias para desplazar a los productores tradicionales. Estos acuerdos también redundarían en inversiones para la minería, plantas de fertilizantes, energía e infraestructura. La zona andina incrementaría sus ingresos a través del turismo con la posibilidad de integrar un circuito turístico con regiones chilenas. El discurso único de la globalización se plasma en la superficie redaccional del Río Negro, tanto en las exclusiones al no dar lugar a notas que desarrollen respuestas alternativas al neoliberalismo como en la jerarquización que se revela en el carácter marginal que asignan a las voces que critican sus consecuencias.
Comentario al texto
61Andrés Núñez
Pontifica Universidad Católica de Chile, Instituto de Geografía. Valparaíso, Chile.
62Desde la perspectiva de la hermenéutica filosófica uno puede inferir que lo que uno escribe (y lee) está cruzado o intervenido por la propia experiencia a la que pertenece la comprensión (del que lee o escribe). En otras palabras, la proyección que uno puede hacer del otro u otra está siempre mediada por (para decirlo en términos de Guattari) la «cartografía de la comprensión» desde la cual se fabrica dicha subjetivación. Esta lectura, por lo tanto, ha resultado muy interesante, porque me ha correspondido leer un texto escrito por manos argentinas siendo yo un nacido en Chile y, por lo mismo, me ha resultado intrigante saber cómo leen allende los Andes nuestra escritura social intervenida por el estallido social de octubre de 2019.
63La autora y los autores para tal efecto recurren a la memoria y nos muestran cómo se fue desenvolviendo la instalación de un tipo de comprensión económica, social, política que bien podríamos llamar la puesta en marcha de un tipo de cultura y que no es otra que la reconocida bajo el concepto de neoliberalismo. Considerar la memoria para tales efectos resulta interesante y, sin duda, necesario. En efecto, estimo que lo que se consolidó en América Latina a partir de los golpes militares, el Consenso de Washington y la caída del muro de Berlín, por nombrar algunos hitos relevantes, corresponde a la producción de un tipo de subjetivización o cultura a partir de la cual los humanos han sido organizados en las últimas décadas. Así, resulta sugerente el vínculo sobre la proyección de una imagen de Chile como paraíso u oasis, ya que justamente está muy anclada en el constante engranaje de producción de aquel tipo de cultura. Así, expresiones identificadas como «Chile, la tierra prometida» o «Chile no como alternativa sino como horizonte» son fiel reflejo de los impactos de aquellas imágenes culturales en el contexto latinoamericano. Finalmente, algunos países como el chileno han logrado encauzar de modo muy peculiar, virtuoso incluso, conceptos como modernización o desarrollo y lo han llevado a tal nivel aunque el 75 % de la población no supera los $ 500 mil de ingreso mensual (unos USD 700 aproximadamente) y presenta niveles precarios de acceso a la salud, la educación y la seguridad social. Su propia población dirá que Chile, como lo hizo ya el expresidente Ricardo Lagos años atrás, «avanza a tranco firme al desarrollo». Esa ciudadanía defenderá la idea de desarrollo pues es el lente cultural que nos ha ido moldeando, que nos representa. Es decir, es la comprensión intervenida por el despliegue de sentidos que un nosotros desarrollado fabrica desde el relegado sitial de un ellos no desarrollado. Desde esta postura, Bolivia no será como Chile, será un otro extraño subdesarrollado y exótico. La Argentina al tener un Estado menos liberalizado que el chileno seguirá, por tanto, el mismo derrotero de otros países que se alejan de la homologación entre desarrollo, democracia y liberalización.
64Por lo mismo, bien expresan la autora y los autores a propósito de la promesa u horizonte que representa el discurso y práctica neoliberal que «aquel fin […] se arribaría después de sufrir el tortuoso y necesario paso por el desierto». El oasis chileno significó eso, en definitiva, un modelo a seguir ante el actuar de vecinos cuyas prácticas parecían no seguir esos patrones culturales. De allí que resulte tan paradójico como cruel lo que expuso el presidente Piñera solo pocas semanas antes de la revuelta del estallido social chileno: «Chile está creciendo… Chile es un verdadero “oasis”… en una América convulsionada».
65Finalmente, todas estas imágenes son políticas. Por lo mismo, es significativo en tal contexto recurrir a la memoria y comprender la matriz de producción a partir de la cual va surgiendo este tipo de cultura neoliberal, tarea de la que en parte se encarga el capítulo que acá comentamos porque, en definitiva, expresan que a partir de «los golpes militares se instalaron en Chile y la Argentina las bases generales de un nuevo patrón de acumulación del capital, el cual desarticuló la lógica de la industrialización por sustitución de importaciones». Desde este punto de vista, resulta muy atractivo para visualizar dicho proceso y observar los resultados de la puesta en marcha de las políticas neoliberales, con un foco más específico puesto también en la Patagonia argentina.
66En efecto, nos muestra, en primer lugar, el proceso de configuración de un neoliberalismo que si bien se asocia a las dictaduras militares, también es visible a los regímenes democráticos que fueron los que, en definitiva, permitieron y aseguraron su continuidad. Este es un aspecto que me parece relevante porque finalmente los procesos posteriores a las dictaduras, lejos de remover y replantear los cimientos de un tipo de cultura capitalista, lo que hacen es volverla más sólida, perfeccionarla o agudizarla si se quiere. Los autores sostienen que:
En esos años también se produjeron importantes cambios institucionales en Chile, a partir de la derrota de Pinochet en el plebiscito de octubre de 1988 que derivó en el llamado a elecciones donde triunfó el candidato de la Coalición por la Concertación Patricio Aylwin (1990-1994). A pesar de estos importantes cambios políticos e institucionales, el nuevo gobierno no pretendió cambiar las características centrales del modelo impuesto durante el periodo dictatorial […]. El proyecto económico siguió basándose en un modelo de acumulación con un fuerte énfasis en la actividad privada, una política de bajas arancelarias, contención de los salarios, un régimen laboral tendiente a dar mayor fortaleza a las patronales y un tipo de cambio que no comprometa las exportaciones, todo ello en el marco de un proyecto productivo basado en una división internacional del trabajo sobre la base de la abundancia de recursos naturales.
67Desde otro prisma, la función mediadora del lenguaje ha hecho que ciertos marcos de este tipo de cultura capitalista devengan en patrones sociales, de los cuales resulta difícil escapar sin aparecer lejos de ese horizonte o promesa que pareciera proyectar países como el chileno. Así, algunos axiomas funcionan como normalizadores de aquel tipo de cultura: «Disciplina fiscal; reordenamiento de las prioridades del gasto público; reforma fiscal; liberalización financiera; tipo de cambio competitivo y liberalización del comercio». Todas estas, desde mi punto de vista, resultan conductas que enmarcan de manera binaria el éxito de esa proyección. Es decir, países que no se ajusten a esas normas de conducta no solo son considerados subdesarrollados sino particularmente extraños o raros. Por cierto, la prensa chilena es recurrente en recordarnos la rareza argentina de no seguir al pie de la letra esos axiomas.
68Finalmente, como han apuntado Giles Deleuze y Félix Guattari (2015), el capitalismo es un sistema de axiomas en tanto dispone de los límites de su propia expansión, es decir, una tecnología de poder que de manera activa construye los marcos de sus propios (móviles) códigos. Algunos ejemplos claros de esto me parece que son la absorción (o territorialización) que hace del veganismo que si bien surge como rebelión al sistema capitalista es rápidamente incorporado en su engranaje de producción. Por lo mismo, es posible observar pasillos en los supermercados repletos de oferta vegana. Pasa lo mismo con los procesos de conservación pues si bien con la crisis ambiental aparecieron como oposición al capitalismo también han sido reinstalados en el horizonte de enunciación del capital. Esto me parece muy interesante, porque visto así el capitalismo no trasciende nada, por el contrario, produce la trascendencia (es decir, sus propios límites de modo inmanente), sea esta vegana, carnívora, extractivista o conservacionista. En el fondo el sistema axiomático del capital es un sistema de gestión de tipos de cultura. Allí está la base de su sustentabilidad.
69La autora y los autores dan cuenta de aquello, aunque no desde el punto de vista de la teoría cultural, como he intentado exponer de manera muy breve. Con todo, es algo que se visualiza en la lectura. Otro aspecto que es interesante constatar es lo que resaltan a partir de su lectura del trabajo del historiador chileno Manuel Gárate. La pobreza entre 1990 y 1998 se redujo un 44 %, aunque, tal como remarca el propio autor (2014, p. 386), estos esfuerzos no se tradujeron en mejores índices de distribución del ingreso. En efecto, un reflejo del éxito del neoliberalismo es que redujo la pobreza. Sin embargo, han sido menos visibles las contracaras de esa reducción, ya que desde mi punto de vista surgió un nuevo tipo de pobre: el deudor. Es un tipo de humano que trabajó (lo sigue haciendo en realidad) para pagar las nuevas deudas surgidas al alero de la aparición de nuevos tipos de pagos como Visa, Mastercard o créditos de consumo/hipotecarios, pagos de retail. Esos fueron los dispositivos a través de los cuales la vida de las personas fue financiada e incorporada a los patrones de control del capital. Junto a ello, como bien expresa Gárate, los niveles de desigualdad en la distribución de la nueva riqueza se hicieron muy evidentes y han alcanzado niveles que solo son comparables con los del nivel planetario: el 1 % de la población chilena concentra más del 80 % de la riqueza nacional.
70Como este es un libro cuya centralidad y tradición es patagónica, está el impacto que estas políticas neoliberales «tuvieron en el entramado productivo norpatagónico y en las distintas manifestaciones que, a mediados de los noventa, visibilizaron la crisis social que provocaron». En efecto, como bien exponen, los alcances del capitalismo de los noventa llevaron a que la Patagonia fuese subordinada a las redes económicas de alcance mundial y, por lo mismo, a los circuitos de acumulación globales (Schweitzer, 2004). Es interesante constatar, como se desprende de la lectura, que el arribo de capitales a la Patagonia lejos de suponer un impacto financiero en las economías regionales produjo un reajuste, resultado precisamente del ingreso de nuevos fondos. Así, las privatizaciones «allegaron fondos a las arcas provinciales y la desregulación generó en el corto plazo posibilidades de inversión. Además, la convertibilidad incentivó el consumo dinamizando el mercado interno y permitiendo a las provincias patagónicas expandir el empleo público». Esto fue un clásico: el arribo de capitales no implicó únicamente una reestructuración financiera, sino la movilidad del flujo de capitales que proyectó un nivel de vida distinto y ello repercutió, finalmente, en la consolidación de este tipo de cultura capitalista como el acceso a nuevos bienes y la sensación de que el mundo era uno solo y que cada individuo era parte de ese nuevo mundo.
71Por último, se aborda uno de los mecanismos más eficientes al momento de producir un tipo de cultura: los medios. Y para el caso, siguiendo las páginas del Río Negro, fue posible observar cómo se fue construyendo un panorama discursivo que instaló a Chile como punto de llegada de las reformas neoliberales desplegadas en el país y la región. Desde aquella plataforma llegó, algo asombroso sin duda, a homologar democracia con la adopción de «políticas económicas liberales». En ello Chile, fue, al menos hasta el estallido de 2019, un faro para la región, ya que con el arribo de los capitales la práctica de la riqueza fue lo evidente y la producción de un nuevo tipo de pobre y las desigualdades sociales y económicas lo no visible. De hecho, a los ojos del Río Negro las empresas que están modernizadas así como el capital trasnacional fueron configurados como portadores del desarrollo del que carecía la región.
72En definitiva, el capítulo nos recuerda que las producciones culturales lejos de ser naturales responden a procesos de configuración cuyos engranajes no son ajenos a las fuerzas de poder. La memoria es indispensable para reconocer aquellas gestiones culturales y, desde este punto de vista, el trabajo es sin duda un aporte. Con todo, surge la pregunta o inquietud si el estallido de 2019 en Chile será un producto activo del capital, como el veganismo o la conservación, de un tipo de cultura llamada capitalista. Algunos creen que el estallido es un quiebre en el camino neoliberal, pero otros menos optimistas, entre los que me incluyo, consideramos que el lenguaje de protesta y cambio será incorporado como parte del propio límite de la cultura capitalista. No en vano toda la discusión que se ha dado en Chile en los últimos dos años, incluida la elección de un nuevo presidente, ha sido liderada por una generación que no solo se crió y creció al alero del capitalismo, sino que sus respuestas en la mayoría de los casos surgen desde y al interior de los propios límites del capital. De hecho, muchos presidentes de izquierda en Chile han resaltado la relevancia de cuidar el mercado de capitales, algo impensado décadas atrás.
En diálogo con Andrés Núñez
73Agradecemos y valoramos ampliamente tanto la lectura del trabajo como los relevantes comentarios que Andrés Núñez realizó sobre él. En los próximos párrafos intentaremos aportar algunos puntos de vista a las inquietudes planteadas, esperando enriquecer el diálogo en torno a los temas que ha motivado la elaboración del capítulo.
74En primer lugar, este capítulo versa principalmente sobre aspectos económicos vinculados con la historia del desarrollo y consolidación del patrón de acumulación neoliberal bajo diferentes recortes espaciales y temporales para luego analizar, a través del diario Río Negro, cómo operó el proceso de subjetivización neoliberal en la Patagonia utilizando como modelo el caso chileno. En este punto, coincidimos con Andrés Núñez cuando menciona que un abordaje integral del neoliberalismo requiere la consideración del vínculo entre memoria y cultura. Pero también –enfatizamos– debe incorporar el análisis del discurso político como herramienta justificadora de acciones y decisiones estatales. Desde esta perspectiva, los procesos históricos de ambos países presentan rasgos similares toda vez que se acudió a ideas-fuerza y tensiones dilemáticas para reposicionarse ante nuevos escenarios políticos y económicos. Así, la construcción del nosotros chileno que Núñez menciona o la generación de la representación del país como oasis nos remiten a la tan mencionada idea de la Argentina del progreso y la Patagonia como reservorio de recursos naturales –por mencionar algunas de las representaciones más difundidas–, llevándonos a reflexionar acerca de la indubitable asociación entre la política y la cultura, entre el discurso, la historia y la memoria. Andrés Núñez nos invita a explorar este aspecto a través de la teoría cultural que incorpora tomando el concepto de cultura del capital que, retomando la idea de Gilles Deleuze y Félix Guattari, considera que el «capitalismo es un sistema de axiomas en tanto dispone de los límites de su propia expansión». Dicha caracterización, que compartimos en general, lleva a Núñez a considerar que «el sistema axiomático del capital es un sistema de gestión de tipos de cultura. Allí está la base de su sustentabilidad». Desde esta perspectiva plantea la inquietud de que algunos consideran que el estallido iniciado en Chile en 2019 «es un quiebre en el camino neoliberal», pero otros –entre los que se incluye– consideran que «el lenguaje de protesta y cambio será incorporado como parte del propio límite de la cultura capitalista».
75Como aportes a esta discusión nos parece oportuno diferenciar capitalismo de neoliberalismo. En este sentido, entendemos que un sistema de reproducción social (objetivo y subjetivo) posee elementos tanto de contenido sustantivo como también de forma. Los primeros revelan pautas, lógicas e institucionalización del interés de la clase dominante en general. Y aunque sean fruto de un proceso de consolidación históricamente determinado, se presentan como algo evidente, de carácter universal y ahistórico, como puede ser la cultura del capital en general: el carácter mercantil de la sociedad, la propiedad privada, la fuerza de trabajo como mercancía y la égida de la ganancia, entre otros.
76Por otro lado, los contenidos de forma son pautas o normas que desde la corriente de regulación francesa se denominan «formas institucionales» (Aglietta, [1979] 1999), si bien poseen cierto carácter de permanencia, también se adaptan conforme surgen las tensiones y contradicciones sociales, pero manteniendo el carácter general de la reproducción social y su contenido. Los cambios de las formas institucionales, que apaciguan las tensiones y contradicciones, permiten dar cohesión al sistema en general, es decir, contribuyen a consolidar el sistema que, en términos de Núñez, continúa bajo la «cultura del capital». Pero lo hacen a partir de modos o formas diferentes. En el caso del capitalismo podríamos citar como ejemplo diferentes modos o formas: liberal, fascista, fordismo y otros. Estos, por ejemplo, implican diferentes formas de Estado, relación salarial y dinámicas de acumulación del capital y, claro está, también distintos axiomas y procesos de subjetivización. Pero lo hacen dentro de la cultura del capital, es decir, manteniendo el carácter sustantivo del sistema en cuestión, que en el caso ejemplificado sería dentro de un Estado burgués, la existencia de la fuerza de trabajo como mercancía y la lógica de la ganancia.
77Desde esta perspectiva, el proceso de transformación social iniciado en Chile a partir de la revuelta del 2019 pareciera encarrilarse, tal como sugiere Núñez, no en un cambio de la cultura del capital, sino dentro de la cultura del capital (sin cambio sustantivo). Pero dicho aspecto no implica que no se produzca un quiebre en el camino neoliberal (cambio de forma). Asimismo, cabe aclarar que en tanto proceso social abierto y en disputa, la profundidad de las transformaciones sociales aún se están escribiendo.
78Por otra parte, Núñez llama la atención acerca de la ilusión cortoplacista de progreso y crecimiento económico que la llegada de capitales produjo en la Patagonia en el primer lustro de la década de 1990 y que benefició, fundamentalmente, a las agonizantes arcas de los erarios provinciales. Empero, esta situación no hace sino reproducir, con diferente ropaje pero similar sentido, las expectativas que se generaron en los años sesenta en torno a las obras hidroeléctricas, proyectos de gran escala que fueron presentados desde el poder como herramienta para el desarrollo urbano, agrícola e industrial y la consolidación de las economías regionales, fines que quedaron incumplidos al priorizarse la rentabilidad económica de los inversionistas.
79Indudablemente, los efectos de las políticas neoliberales deterioraron visiblemente la calidad de vida elevando considerablemente los índices de pobreza. Destacamos el aporte realizado por Núñez respecto al surgimiento «de un nuevo tipo de pobre: el deudor». Dicha caracterización de pobreza por desgracia escapa a los indicadores generales con los que se mide (ingreso o las necesidades básicas insatisfechas), pero marca una nueva realidad de una parte importante de los y las trabajadoras, al tiempo que da cuenta de cómo fue utilizada la financiarización para mantener cierto nivel de vida en contextos de ralentización de sus ingresos reales, claro está, en detrimento de la capacidad de compra y mayor presión de sus deudas en un futuro.
80Por último, nos parece oportuno volver a destacar la pertinencia de los comentarios realizados por Andrés Núñez sobre el capítulo, ya que no solo generaron un diálogo sobre diversas cuestiones del trabajo realizado, sino también dan paso a pensar, discutir y estructurar el pensamiento buscando categorías y relaciones que permitan hacer inteligible la realidad que se pretende explicar, la cual está en constante proceso de transformación.
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Notes de bas de page
1El llamado pacto socialdemócrata fue la expresión de la alianza de clases que imperó en este patrón de acumulación, el que implicó: 1) un incremento de los salarios reales similar a los aumentos en la productividad del trabajo; 2) la aplicación de políticas de pleno empleo, la expansión del Estado de bienestar y, como moneda de cambio de la alianza de clases, la aceptación por parte de la clase trabajadora del capitalismo y el control patronal de las empresas (Arceo, 2011, p. 46).
Bajo el modelo fordista se buscó el fortalecimiento de los mercados internos, la regulación sobre las actividades financieras y la realización de políticas activas que incidan en una expansión y sostenimiento de la demanda efectiva, tanto como mecanismo para corregir situaciones de bajo nivel de actividad económica y desempleo (Kalecki, 1984[1954]; Keynes, 2014[1936]), como también para propender hacia el crecimiento sostenido en el largo plazo (Domar, 1946; Harrod, 1939; Kaldor, 1962; Thirlwall, 2003).
2Durante la posguerra (1945-1973) se produjo un mayor crecimiento del producto y de la productividad laboral en Europa y Japón respecto a Estados Unidos (Duménil y Lévy, 2007) que implicó una pérdida de competitividad para la industria norteamericana generando la aparición de déficits comerciales estructurales y una merma en la importancia relativa de la economía que ejercía la hegemonía mundial. Entre 1950 y 1970 la participación de eeuu en las exportaciones manufactureras cayó del 33 % al 16 % (Arceo, 2011, p. 48).
3Las políticas keynesianas, que en ese entonces representaron la ortodoxia económica, poseían una limitada capacidad para resolver los problemas producidos en esa fase descendente del ciclo debido a que las políticas de expansión de demanda tendían a magnificar la merma en la rentabilidad del capital que venía manifestándose, reavivando así la contradicción entre el capital y el trabajo (Mattick, 1969, pp. 67-76). Esta última había permanecido relativamente apaciguada bajo el amparo del pacto socialdemócrata y una productividad laboral creciente.
4Dicha contrarrevolución se asienta sobre la base del análisis neoclásico, y particularmente en la tradición de la escuela austríaca, cuyos principales referentes fueron Carl Menger (1840-1921), Friedrich von Wieser (1851-1926) y Eugen Böhm von Bawerk (1851-1914), que luego dio paso a la corriente ultraliberal representada por Ludwig von Mises (1881-1973) y von Hayek (1899-1992). Por ejemplo, Friedrich August von Hayek consideraba que el origen de la crisis del patrón de acumulación de posguerra estaba dado por el poder excesivo de los sindicatos y las presiones del movimiento obrero sobre los gobiernos para aumentar los gastos sociales, aspectos que conducían a mermas en la rentabilidad y la inversión, y generaban procesos inflacionarios (Anderson, 2003).
5Hacia el año 1979 la Reserva Federal de Estados Unidos anunció un cambio radical de política incrementando la tasa de interés cuyo objetivo era detener el fuerte proceso de depreciación de la moneda a partir la atracción del capital financiero, consolidando la hegemonía financiera de la plaza de Nueva York.
6La tasa de desempleo en Estados Unidos pasó del 4,6 % para el periodo 1965-1974 al 7,7 % para 1975-1987, mientras que en Europa fueron respectivamente del 2,1 % y 6,2 % (Duménil y Lévy, 2007).
7Esta fracción del capital no tiene por objetivo consolidar su vínculo con la actividad productiva, sino lograr en el corto plazo la mayor revalorización del activo financiero que posee y la obtención de la mayor redistribución de beneficios posible por parte de las empresas.
8La producción se organizó ya no sobre la base de una integración vertical para abastecer el mercado interno de las economías en las que operaban (característica más bien del periodo de posguerra), sino para el abastecimiento del mercado global.
9La producción en cada país pasó a ser un eslabón dentro de las cadenas globales de producción, al tiempo que la inversión de cada eslabón de la cadena productiva se localiza en función de las mejores condiciones que pueda encontrar, ya sea por la cercanía y disposición de los recursos (materiales o humanos), baratura de los salarios, reducción de cargas impositivas o la permisividad de su libre accionar.
10Con posterioridad a ello pueden nombrarse las reformas estructurales aplicadas en Bolivia en 1985 por el gobierno de Víctor Paz Estensoro, en México a partir de 1988 bajo el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, en Perú bajo el gobierno de Alberto Fujimori (1990-2000), en Brasil bajo el gobierno de Fernando Henrique Cardoso (1995-2002), entre otros.
11Se denomina así a aquellos economistas chilenos que estuvieron influidos fuertemente por los docentes neoliberales de la Escuela de Chicago, tales como Sergio de Casto, Florencio Fellay, Victor Oxenius, Carlos Clavel, Luis Arturo Fuenzalida y Carlos Massad.
12Para un detalle de estas políticas, puede verse Bárbara Stallings (2001).
13En 1971 se nacionalizaron y quedaron incorporadas al pleno y exclusivo dominio de la nación las empresas extranjeras que constituían la gran minería del cobre (modificación del Art. 10 de la Constitución Política del Estado. Reforma del 11/07/1971). Hacia 1976 se creó la Corporación Nacional del Cobre de Chile, codelco, empresa encargada de operar y administrar las pertenencias mineras cedidas al Estado (Decreto Ley 1350 del 1/4/1976).
14Los sectores transables producen bienes y servicios que pueden importarse o exportarse, mientras que los sectores no transables producen bienes que por sus características no pueden ser objeto de comercio exterior.
15En el caso de la Argentina esta especialización estaría centrada en la producción agropecuaria y petrolera, mientras que en Chile se centraría en la minería, la actividad forestal y la pesquera.
16La elevación de la tasa de interés interna en un contexto de baja tasa de interés internacional generó un diferencial de tasas (spreed) que abrió paso a mecanismos de valorización financiera y potenció una cuantiosa entrada de capitales en momentos en que los bancos internacionales presentaban un exceso de liquidez a partir de los llamados petrodólares.
17Se resalta que entre ambos países hubo diferencias en cuanto a los ajustes o desajustes de las cuentas públicas. En el caso de Chile, los déficits fiscales fueron reduciéndose a partir de procesos de reducción del gasto, mientras que en la Argentina el déficit fiscal fue creciendo aún bajo contextos generales de aplicación de políticas ortodoxas. En Chile, mientras que para el periodo 1970-1973 el déficit fiscal fue del orden del 11 % del pib, para los años 1980-1981 se obtuvo un superávit cercano al 2,5 %. En la Argentina, el déficit fiscal de los últimos tres años de la dictadura cívico-militar representó el 16 % del pib (financiamiento del aparato represivo mediante y guerra de Malvinas). En el caso de Chile, el mantenimiento de una estructura fuertemente represiva se mantuvo a través de los ingresos generados por el Estado a partir de las exportaciones del cobre.
18En el caso de la Argentina el impacto fue mayor debido a que con anterioridad ya se venían manifestando serias dificultades financieras, corridas bancarias y cambiarias.
19Sobre el proceso de estatización de la deuda privada puede consultarse a Eduardo Basualdo (2006, pp. 174-191 y 2017).
20Aparte de las relaciones de dependencia definidas en el plano productivo, tecnológico y de estructuras monopólicas mediante las cuales los países centrales acaparan una parte importante del excedente económico de las economías subdesarrolladas (Cardoso y Faletto, 1973; Dos Santos, 1994; Furtado, 1999; Gudner Frank, 1994; Marini, 2007).
21La asistencia financiera de los organismos multilaterales de crédito, como el fmi y el Banco Mundial, estuvo fuertemente condicionada a la aplicación de los llamados programas de reformas estructurales (neoliberales).
22Se reintrodujeron controles cambiarios, se redujeron las cuotas de ingresos de las exportaciones que podían mantenerse en el exterior y hacia febrero de 1983 se suspendieron transitoriamente los pagos a las amortizaciones de la deuda
23Si bien el capital financiero logró imponer sus intereses al conjunto de la sociedad, dicho dominio no estuvo exento de presiones y tensiones con las fracciones del capital concentrado interno. Tal es así que, al calor de los intereses del capital concentrado interno, se fue reclamando otro tipo de uso del excedente económico (Basualdo, 2006, p. 70) y se fue debilitando la posición de los acreedores internacionales y en mayo de 1988 se estableció una moratoria y se suspendió el pago de la deuda externa. A partir de allí los bancos extranjeros iniciaron fuertes ataques especulativos sobre la moneda, lo que desató un espiral hiperinflacionario que culminó con el adelantamiento de la entrega del gobierno (Basualdo, 2006, p. 71). Durante el año 1989 la inflación anual medida por el ipc fue de 3 079 % y en 1990 de 2 313 %.
24Dicho recetario funcionó como instrumento político y fue utilizado por los organismos multilaterales de crédito, como el fmi y el Banco Mundial, para que mediante préstamos condicionados se lleven a cabo las llamadas reformas estructurales.
25Si bien el cobre siguió cumpliendo una función importante, desde años anteriores a la llegada de la democracia se fue ampliando la base a exportaciones hasta entonces no tradicionales, tales como las frutícolas, madereras y pesqueras. Durante el periodo (1990-1999), el cobre representó el 37,8 % de las exportaciones totales y el 8,3 % del pib (Rodríguez y otros, 2015, p. 11).
26Mientras que el saldo de la cuenta financiera de la Balanza de Pagos para el periodo 1982-1989 fue negativa en 6 488 millones de dólares corrientes, durante el periodo 1990-1998 la suma total del saldo de dicha cuenta fue de aproximadamente 30 400 millones de dólares corrientes.
27Ya desde 1982 existía la exigencia de un periodo de permanencia para el capital extranjero de 10 años. Luego, hacia 1991, fue reducido a tres años y en 1993 a solo un año. Asimismo, en 1991 se impuso un encaje no remunerado del 20 % a los ingresos de capitales (obligación de depositar el porcentaje del encaje en el Banco Central a una tasa del 0 %). Hacia junio de 1997 ese encaje se redujo al 10 % y hacia 1998 fue eliminado.
28El superávit fiscal estuvo, en promedio, en torno al 1,7 % del producto durante la década.
29Implicó la elevación de las tasas de gravamen sobre las utilidades de las empresas y un alza del impuesto al valor agregado (iva).
30En materia laboral, por ejemplo, no logró cambiar sustancialmente la descentralización de la negociación colectiva que pasó al ámbito de la empresa durante la dictadura. Tampoco pudo eliminarse la habilitación de que, bajo determinadas condiciones, la patronal pudiera reemplazar con trabajos temporales a aquellos que estuvieran en huelga, limitando claramente la capacidad de presión y negociación de los trabajadores organizados.
31Sobre las privatizaciones en la Argentina puede consultarse Pablo Rieznik (1996).
32En materia de movimientos de capitales se produjo una completa desregulación permitiendo la libre entrada y salida de la economía sin trabas ni costo alguno. En cuanto a la apertura comercial, se destaca no solo su profundidad, sino también la celeridad con la que fue llevada a cabo. A lo largo del periodo también se fue avanzando en el proceso de integración regional del Mercosur. Se fueron reduciendo gradualmente los impuestos para el intercambio intrazona, y en 1994 se definió la estructura del arancel externo común a efectos de establecer una unión aduanera. Aunque se acordó dar un tratamiento particular al comercio de bienes en sectores como el siderúrgico, el azucarero y el automotor.
33El tipo de cambio real se ubicó en niveles mínimos históricos (Hopenhayn y otros, 2002).
34Las necesidades de divisas en dicho periodo no surgen solo para garantizar un relativo equilibrio global de la balanza de pagos, sino también para mantener uno de los pilares fundamentales de este nuevo ordenamiento económico: la convertibilidad de la moneda. Ello implicó una profundización de la dependencia financiera en la Argentina y permite comprender cómo se fue avanzando en la liberalización de la cuenta de capitales para remover cualquier tipo de traba a dichos movimientos (ingresos y egresos) que las fracciones del capital financiero internacional reclamaban bajo el amparo de los organismos multilaterales de crédito como el fmi y Banco Mundial.
35Incluido el intervalo de ralentización del llamado Efecto Tequila (1994-1995).
36El punto de inflexión que marca el inicio de la caída en la rentabilidad del capital es el año 1998, en donde la dinámica de crecimiento presentaba una reducida capacidad de generar espacios de valor, en tanto el patrón de acumulación se apoyaba fuertemente en los sectores no transables, ahora privatizados y mercado-internistas, y que la relación salarial del tipo que imperó fue generadora de condiciones desventajosas para la clase trabajadora en general, lo cual significó muy limitadas capacidades de expansión de valores a la rentabilidad establecida (Lanza, 2016). Luego de ello, la crisis de Brasil (1998/9) y su impacto en las exportaciones y la merma al ingreso de capitales de mediano y largo plazo, magnificó la contradicción de dicho patrón de acumulación. A este hecho hay que agregarle que los desequilibrios que la economía presentaba en el frente externo desde los inicios del patrón de acumulación no solo no se resolvieron, sino que se magnificaron conforme fue mantenida la actitud de compensar artificialmente los desequilibrios en la cuenta corriente de la balanza de pagos (apertura comercial y apreciación cambiaria) con ingresos de capitales externos dentro de los cuales fue ganando terreno el endeudamiento externo y las colocaciones en cartera. Así, la propia lógica del cálculo a interés compuesto evidencia la inviabilidad del proceso, conforme las necesidades de financiamiento crecen con celeridad.
37En 1878 el Estado nacional creó la Gobernación de la Patagonia que en 1884 quedó fragmentada en cinco Territorios nacionales: Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego. Este formato estatal estuvo vigente –con la excepción de Tierra del Fuego– hasta 1955.
38Según Pedro Navarro Floria (1999), en 1990 Neuquén tenía 400 000 habitantes; Río Negro, 500 000; Chubut, 360 000; Santa Cruz, 160 000 y Tierra del Fuego, 70 000. En todos los casos, las provincias habían duplicado la población desde 1960.
39El cierre de hipasam formó parte de la retracción estatal en la actividad siderúrgica, articulando con la privatización de la acería Altos Hornos Zapla en Jujuy y de la siderúrgica bonaerense somisa, que en ambos casos generaron una gran masa de cesanteados.
40Según Juan Manuela Gournalesse (2007), la empresa hipasam construyó también una usina termoeléctrica y un acueducto en Sierra Grande.
41Otros autores consideran que el chubutazo en 1990 fue la primera protesta patagónica originada en el conflicto político que provocó la renuncia del gobernador justicialista Néstor Perl (Sancci y Paniquelli, 2006).
42Se conoce como santiagueñazo a un movimiento de protesta social realizado en diciembre de 1993 en Santiago del Estero protagonizado mayoritariamente por empleados públicos y en contra del ajuste neoliberal. Su virulencia provocó la renuncia del gobernador Fernando Lobo y la intervención nacional de la provincia a cargo de Juan Schiaretti.
43El correlato político de las protestas fue la disputa al interior de los sectores dominantes que provocó la división del Movimiento Popular Neuquino (partido hegemónico desde 1962) en dos sectores, liderados por Felipe Sapag y Jorge Sobisch. (Klachko, 2002, pp. 176-178).
44Norman Fairclough señala como uno de los rasgos clave del discurso neoliberal el representar la globalización como hechos inevitables, inapelables y externos, a los cuales población, gobiernos y otros actores sociales han de ajustarse sin albergar expectativas de cambio (2000).
45Cabe recordar que al comienzo de su gestión, sectores cercanos al presidente Alfonsín manifestaban abiertamente su intención de constituir la «tercera etapa del movimiento nacional», estableciendo así una continuidad histórica con los gobiernos de Hipólito Yrigoyen y Juan Domingo Perón (Aboy Carles, 2010).
46Las «crisis del modo de regulación» ponen en cuestionamiento la eficacia del sistema y requieren cambios de forma de la reproducción ampliada del capital (De Bernis, 1988), que en el marco del modo de producción capitalista implica, por lo general, nuevas configuraciones tanto de las fracciones del capital dominantes como también de relaciones entre clases.
Auteurs
-
Martha Ruffini
Universidad Nacional de Quilmes. Buenos Aires, Argentina.
Consejo Nacional de Investigación Científica y Técnica. Argentina. -
Mariano G. Lanza
Universidad Nacional de Río Negro, Instituto de Estudios en Ciencia, Tecnología, Cultura y Desarrollo. Río Negro, Argentina.
-
Alfredo Azcoitia
Universidad Nacional de Río Negro, Instituto de Investigaciones en Diversidad Cultural y Procesos de Cambio. Río Negro, Argentina.
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Instituto de Investigaciones en Diversidad Cultural y Procesos de Cambio. Argentina.
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