Introducción
Las ciudades en el sur de la península ibérica y el norte de África en la Antigüedad tardía (ss. iii‑viii)
El estado de la cuestión
p. 1-14
Texte intégral
Contexto: aproximaciones a la ciudad tardoantigua
1Las ciudades tardoantiguas son difíciles de comprender. Se han conservado muchas voces que hablan sobre las ciudades, pero solo unas pocas que transmitan información sustancial sobre ellas. En el verano de 389 d. C., Latin(i)o Pacato Drepanio, oriundo de la Galia, alababa las muchas y excelentes ciudades de Hispania, tierra bendecida por la buena fortuna1. Las imágenes que trata de evocar —civitates egregias en medio de un territorio agrícolamente productivo y rico en recursos— son consideradas por el retórico, así como a Viriato, los dos Séneca, Quintiliano, Lucano, Marcial, Trajano y Adriano, como prueba de la excelencia de la tierra, esta terris omnibus terra felicior2. Al otro lado del estrecho de Gibraltar, a principios del siglo iii, Tertuliano ya había descrito con entusiasmo su patria norteafricana como una tierra de ciudades: en todas partes había ciudades, en todas partes había vida (ubique domus, ubique populus, ubique respublica, ubique vita) —surcos que habrían domesticado el bosque, zonas arenosas que ahora se sembrarían, pantanos drenados y rebaños en lugar de animales salvajes3—. Y en la primera mitad del siglo v, Quodvultdeo se pregunta si los vándalos, bajo el mando de Genserico, conquistaron su sede episcopal de Carthago persiguiendo las splendidissimae civitates, que el mundo entero percibía como un «jardín de la alegría»4. El discurso de alabanza de la ciudad que puede percibirse aquí se debe sin duda también, aunque no exclusivamente, al contexto situacional de las palabras, como en el caso del panegírico de Pacato, que pronunció en presencia del Senado, del consistorium y del propio emperador Teodosio, que procedía de Cauca (Coca) y, por tanto, de la Gallaecia, provincia del noroeste de la península ibérica.
2Independientemente de este discurso, existía otro de procedencia principalmente jurídica, del que se deduce la existencia de requisitos que debía cumplir una ciudad para que se le concediera el estatus de civitas: un monumento epigráfico de Orcistus, en Frigia oriental (Doganay, Turquía), puede considerarse paradigmático, ya que tanto en Oriente como en Occidente se aplicaban las mismas normas y el dominio romano se orientaba según criterios claramente definidos5. La inscripción está tallada en un pilar cuadrado, inscrito en tres lados, de 1,58 m de altura, 38 cm de profundidad y entre 49 y 64 cm de ancho —probablemente poco después de la última fecha mencionada— y consta de cuatro partes:
- Un escrito del praefectus praetorio Orientis Flavio Ablabio a los habitantes de Orcistus, que contiene una petición del mismo a Constantino (I).
- Un rescripto imperial dirigido a Ablabio (sin fecha) por el que se concede al hasta entonces vicus el estatuto jurídico de civitas (II).
- Una parte de la petición del vicus dirigida a Constantino y a los Caesares Crispo, Constantino II y Constancio II, es decir, escrita entre el 8 de noviembre de 324 y mediados de 326 (III).
- Un segundo rescripto imperial fechado el 30 de junio de 331, que es la respuesta a otra petición de Orcistus que no ha llegado hasta nosotros (IV).
3Los habitantes se habían dirigido a Constantino con la petición de que se les concediera de nuevo el estatus de civitas, ya que habían sido degradados a vicus debido a una injusticia por parte de Nakoleia (Seyitgazi). Como argumentos para recuperar nomen y dignitas, mencionaban su antiguo estatus legal y su antigüedad («vetustissimum oppidum»; II, 22‑23), la situación privilegiada de la ciudad con respecto a la geografía circundante («situ adque ingenio locus opportunus esse»; I, 20‑21), en lo referente a la población, el número suficiente y permanente de curiales y ciudadanos («annuis magistratuum fascibus ornaretur»; I, 18), el suministro suficiente de agua («aquarum ibi abundantem afluentiam»; I, 24‑25), la presencia de baños privados y públicos («labacra quoque publica privataque»; I, 25‑26), un foro decorado con estatuas de antiguos gobernantes («forum istatuis veterum principum ornatum»; I, 26‑27) y numerosos molinos de agua («ex decursibus praeterfluentium aquarum aquimolinarum numerum copiosum»; I, 29‑31). Obviamente, habían asumido que no bastaría con invocar su supuesto antiguo estatus jurídico y, por tanto, argumentaban adicionalmente con la ubicación geográfica de su ciudad, su población y la presencia de elementos esenciales de la arquitectura urbana romana, su lealtad política y su función económica. Constantino se mostró convencido de que se trataba de un «tam opportunus locus» (I, 35‑36) y dispuso que se restablecieran el título legal y el rango del asentamiento, no sin señalar que la culminación de todos los criterios habría sido, en última instancia, que los habitantes pertenecían a la «santissima religio» (I, 41‑42), es decir, al cristianismo. Aunque en la introducción subrayaba que consideraba su tarea expresa fundar nuevas urbes, restaurar las antiguas y revivir las que habían caído en el abandono («urbes vel novas condere vel longaevas erudire vel intermortuas reparare»; II, 13‑15), este parece haber sido el argumento decisivo. Como ha demostrado André Chastagnol en su publicación fundamental, la importancia de la inscripción reside en que proporciona información sobre las condiciones reales de concesión del estatus jurídico de civitas. Sin embargo, la relevancia regional de la ciudad y sus instalaciones probablemente no habrían sido suficientes para la concesión del título legal si sus habitantes no hubieran sido predominantemente cristianos: Orcistus no estaba situada en un cruce de caminos importantes, ninguno de los directorios de carreteras relevantes (Tabula Peutingeriana, Itinerarium Antonini, Itinerarium Burdigalense) la menciona; el trazado urbano hacer pensar en el de una aldea media de las zonas más remotas de Asia Menor, careciendo obviamente de pórticos, basílicas y demás. Sí, los habitantes de Orcistus simplemente habrían mentido —según Frank Kolb6—; no fueron capaces ni de citar quién les había concedido en su día el estatus de civitas, ni de nombrar la fecha en la que lo habían perdido. Constantino debió de darse cuenta de que se trataba de afirmaciones vacuas, pero empezó a convertir el cristianismo en una «baza» con vistas a la promoción de las ciudades7. En cualquier caso, la petición y el rescripto muestran claramente que los requisitos básicos para que a una ciudad se le concediera el estatus de civitas a principios del siglo iv no diferían significativamente de los de los siglos i y ii, como sabemos por la transmisión de Tácito y de Pausanias: las descripciones de las actividades del gobernador Agrícola en Britania, como las de la ciudad fociana de Panopeis, cerca de Chaironeia (Cheronia), muestran que se hacía hincapié en los elementos de la arquitectura urbana romana8. Aunque la urbanización y la romanización no sólo crearon centros de asentamiento con edificios de carácter urbano, sino también elementos de administración provincial y de gobierno imperial, no se trataba principalmente de las instituciones políticas fundamentales para la constitución de una civitas, como los magistrados, los consejos de decuriones, etc. El factor decisivo era un «equipamiento mínimo», es decir, templos, foro y casas, después salas de columnas y termas; esto era indispensable, pero también suficiente —podrían seguir teatros, basílicas, bibliotecas, circos, anfiteatros y acueductos—. Con Constantino, se añade ahora el cristianismo: la civitas ya no es sólo un asentamiento de personas en un orden espacial fijo, organizado por un sistema sociopolítico creado de común acuerdo, sino también una comunidad de cristianos, imagen microcósmica de la oikoumene eclesiástica.
4Sin embargo, descripciones como la de Gregorio de Tours, que en el siglo vi hizo hincapié precisamente en estos criterios con respecto a Divio (Dijon), demuestran que la situación geográfica de un lugar, su equipamiento con elementos esenciales de la arquitectura urbana romana y su función económica seguirían siendo decisivos en los siglos siguientes; además, concluía su descripción con una afirmación interrogativa: «Por qué el lugar no se llama “ciudad”, no lo sé»9. Estas dudas sobre la denominación aparecen también en la obra de otro obispo de la época: Isidoro de Sevilla trata de las ciudades en el Libro XV de sus Etimologías —De aedificiis et agris— a principios del siglo vii10. En el capítulo 1, titulado «De civitatibus», enumera una serie de ciudades fundadas por hombres ilustres —como Caesaraugusta por César Augusto y Carthago Spartaria por Aníbal11— y a las que denomina urbs, civitas u oppidum. De las ciudades de Hispania menciona Tarracona (Tarragona), Caesaraugusta (Zaragoza), Carthago Spartaria (Cartagena), Saguntum (Sagunto), Merida (Mérida), Olisipo (Lisboa), Hispalis (Sevilla) y Gades (Cádiz); de las del norte de África Septe (Ceuta), Tingis (Tánger) y Lix (Larache), Sala (Rabat), Caesarea (Cherchell), Icosium Caesariensis (Argel), Cirene (Shahat)12. No hay razones discernibles para esta selección, es decir, no se puede sistematizar; los términos parecen ser básicamente intercambiables. En el Libro II, titulado De aedificiis publicis, el obispo introduce una distinción entre civitas y urbs, en el sentido de que quiere que la primera se entienda como una comunidad de todos los ciudadanos y la segunda como la ciudad físicamente perceptible, con sus monumentos y murallas13. Una ciudad podía ser, por tanto, tanto una civitas como una urbs. Puede distinguirse claramente de un castrum, castellum o vicus, que a su vez se diferenciaban de una villa o viculus. Sin embargo, los criterios en los que se basa esta diferenciación son cualquier cosa menos comprensibles; como mucho, se pueden observar estas ecuaciones y una jerarquización de los términos. Aunque Isidoro habría recogido los conocimientos del sistema urbano y los presentaría en forma de asociaciones, su uso de la terminología también remite a la intercambiabilidad de los términos. El mismo uso indiferenciado se encuentra también en cronistas como Juan de Biclaro o autores de escritos hagiográficos de la época como el anónimo Vitas Sanctorum Patrum Emeretensium14. Los diversos discursos revelan así que a principios del siglo iv existía un consenso sobre las ventajas de la ciudad como forma de vida y sobre los elementos que la constituían. Tres siglos más tarde esto seguiría siendo fundamentalmente así, pero ya no se encuentra la precisión y la diferenciación que caracterizaban toda descripción de una red de ciudades jerárquicamente organizadas en la época imperial15. ¿De dónde procede este déficit? ¿Refleja la realidad? ¿Tenían las ciudades un aspecto tal que ya no estaba claro a qué categoría pertenecían? ¿O las propias categorías habían perdido su significado debido al cambio de las condiciones marco?
5De hecho, las ciudades de la época imperial (mapa 1, p. 5) podían clasificarse claramente en función de sus dimensiones, su trazado y diseño arquitectónico, los edificios y monumentos que las componían y los mitos, leyendas e historias que circulaban sobre ellas: si su imaginería brillaba en mármol, si los edificios de culto de los gobernantes municipales y provinciales dominaban su silueta con sus estatuas y esculturas, entonces se trataba claramente de una caput provinciae con el estatuto jurídico de una colonia, a ambos lados del estrecho de Gibraltar. Augusta Emerita (Mérida), la colonia de veteranos fundada ex novo, de 70 a 80 hectáreas en el entonces apenas desarrollado suroeste de la península ibérica, destacó por su sistema ortogonal de calles y un paisaje urbano al estilo de la imitatio Romae: en cuanto al diseño arquitectónico, la ornamentación de los edificios y los programas escultóricos, aquí se habrían recibido impulsos decisivos directamente de Roma16. El telón de fondo arquitectónico —terminado durante el gobierno de Claudio— sólo se modificó ligeramente en los cuatro siglos siguientes mediante reparaciones u, ocasionalmente, nuevas construcciones. Carthago (Túnez), la veterana colonia del estrecho de Sicilia, no lejos del Mediterráneo, que aprovechó el territorio de su asentamiento púnico previo, destacaba no sólo por su red viaria igualmente ortogonal, sino también por la impresionante monumentalidad de su arquitectura: de hecho, el foro de la colina de Byrsa tenía una vez y media el tamaño de los foros romanos de César y Augusto juntos, con unos 30 300 m2, y las Termas de Antonino junto al mar eran las más grandes de Occidente17. El complejo urbano, que se extendería a lo largo de unas 300 ha en la época imperial, habría requerido varios impulsos constructivos para completarse: bajo Augusto, los Antoninos y finalmente de nuevo bajo Constantino. Otras ciudades con funciones administrativas —por ejemplo, Carthago Nova (Cartagena) como capital de un conventus— se diferenciaban de una capital de provincia sobre todo por su tamaño y organización; en este caso el estatus jurídico era también el de una colonia. La originalmente fenicio-púnica Qart-ḥadašt, situada en las profundidades de una bahía y sobre una península, se extendía sobre cinco colinas y alrededor de 50 ha; el centro del complejo urbano era el puerto (natural), monumentalizado por muelles y almacenes y donde se embarcaban las riquezas de la sierra: plomo y plata18. Tras varias fases de construcción, como muy tarde bajo Trajano, la ciudad contaría con murallas, un foro, santuarios y un teatro, pero no —como en el caso de una capital— con un pretorio donde residían el gobernador provincial y el legatus Augusti iuridicus, donde se encontraban varios procuradores y su personal, y donde se estacionaban soldados, al menos una centuria19. Ya hacia finales del siglo ii y principios del iii se produjeron transformaciones en el espacio urbano. Otras ciudades, en las que las funciones económicas eran más destacadas, crearon un perfil claramente reconocible, como Simitthus (Chimtou)20. Situada en el valle del río Bagrada (Majrada), en un nudo de carreteras central y en medio de fértiles campos, la ciudad contaba con grandes canteras de mármol donde se extraía a gran escala el marmor Numidicum amarillo (conocido como giallo antico) a partir de Augusto. Para ello, se construyó un campamento de trabajo, residencial y administrativo en el extremo norte de la cantera, a unos 800 m de la ciudad, con una superficie de más de 40 000 m². La ciudad propiamente dicha, una colonia, contaba con un foro con basílica, santuarios, ambos teatros, varios arcos honoríficos y, al menos, tres termas; bajo los Severos tuvo lugar una remodelación y monumentalización.
Mapa 1. — El mundo urbano (ss. ii-vi)

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6Las ciudades de la Antigüedad tardía carecen de esta claridad en términos de trazado urbano y diseño arquitectónico. En un momento determinado de la historia de cada ciudad —en Augusta Emerita a principios del siglo v, en Carthago en el siglo iv, en Carthago Nova a finales del siglo ii y en Simitthus bajo los Severos— comenzaron a producirse cambios que transformaron el paisaje urbano anterior: podían adoptar la forma de abandono, destrucción, devastación, rediseño programático mediante la ampliación de edificios públicos y privados, la construcción de una muralla representativa de la ciudad o la cristianización de la topografía, que generalmente comenzaba en el suburbium. Estas transformaciones no significaron necesariamente que ya no fuera posible desempeñar la función fortificadora, administrativa, social y económica que caracterizaba a la ciudad en cuestión21. Sin embargo, podía suceder que una o dos funciones desapareciesen, independientemente de las constelaciones imperiales o de las organizaciones dirigentes en las que la ciudad se veía integrada y de las que dependía en mayor o menor medida. Pero igualmente, con la misma facilidad, podían añadirse nuevas funciones: el martirio de uno o más miembros de la comunidad podría llevar a que una ciudad de cualquier categoría —incluida cualquiera de las tres antiguas capitales de las provincias, así como un pequeño pueblo como Gerunda (Girona)— se convirtiera en un centro destacado de la cristiandad. Cuando Caesaraugusta (Zaragoza) reclamó para sí 18 mártires22, esta antigua capital de conventus debería haber obtenido la supremacía eclesiástica en toda la península ibérica; sin embargo, no fue capaz de imponerse ni en la provincia, es decir, frente a Tarraco (Tarragona). En este sentido, ahora había ciudades que eran importantes debido a merita escatológicamente relevante —porque los mártires actuaban como sus patronos— y otras que gozaban de prestigio porque eran relevantes en términos administrativos y en el contexto de un «orden imperial» aún vigente —aunque bajo signos diferentes—. Por lo tanto, es posible entender cuándo la percepción y categorización de una ciudad, tal y como la representan los distintos discursos, parece haberse vuelto más difícil porque se ha vuelto más compleja.
Corrientes historiográficas: ATLAS, un desideratum
7Las investigaciones de las últimas cuatro décadas han cambiado fundamentalmente nuestra imagen de las ciudades de ambas regiones. Desde la perspectiva de los estudios de la Antigüedad, la fuerza e importancia de las ciudades como representantes del poder en los siglos comprendidos entre el 300 y el 800 son inquebrantables23. Acontecimientos político-militares como la llamada «crisis del siglo iii» o la invasión de los vándalos apenas parecen haber afectado a la vida urbana. No el declive, sino la transformación caracteriza su urbanismo; no el cambio, sino la continuidad de las funciones que desempeñaban sus élites sociales. El objetivo de los «bárbaros» no era en absoluto la destrucción a corto plazo de las ciudades, las instituciones y la sociedad de estas regiones florecientes y prósperas, sino la integración a largo plazo: se establecieron allí y trataron de beneficiarse de las ventajas que ofrecía el sistema urbano autónomo y económicamente autosuficiente. En este sentido, el marco de actuación siguió siendo el mismo en ese momento, cum grano salis, como demuestran la urbanización y las conexiones comerciales. Las coloniae y los municipia de principios del periodo imperial conservaron su tradicional margen de maniobra24 (mapa 2). Sus respectivos hinterland determinaban la división del territorio, sus élites dominaban el discurso político, ocupaban posiciones clave en la red de relaciones socioeconómicas y ostentaban cargos de prestigio. El gobierno de notables, es decir, el liderazgo de una comunidad urbana por parte del obispo local y de los terratenientes residentes, motivó una transformación estructural y cualitativa: aunque los poderes fiscales y jurídicos centrales siguieron en manos de las élites urbanas, junto a ellas se establecieron obispos influyentes y poderosos, activos en el sistema jurídico, involucrados en la defensa militar de sus ciudades y, como constructores, escenificaron los martirios decisivos para la formación de la memoria colectiva de las comunidades25. En Hispania, ni la invasión de los barbari ni la conquista de las ciudades por los visigodos, en el norte de África ni la invasión de los vándalos ni el dominio bizantino tienen un significado estructuralmente comparable. Los nuevos descubrimientos y hallazgos muestran claramente que se trató de procesos de transformación a largo plazo que tuvieron lugar a diferentes ritmos regionales y locales26, un cambio social y económico mucho más significativo que los acontecimientos políticos singulares y que estuvo acompañado de una reorganización y adaptación del espacio urbano a las nuevas necesidades sociales y económicas. Esto se debe a que la conquista omeya no está asociada a ningún horizonte de destrucción o de incendio. La «rupture catastrophique», que en su día siguió a la «conquête arabe», se considera ahora, con razón, un mito tanto en la península ibérica como en el norte de África27.
Mapa 2. — El mundo administrativo: fronteras y límites (ss. ii-vi)

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8La reevaluación del planteamiento urbano en la Long Late Antiquity en la península ibérica y en el norte de África puede remitirse a las actividades de la arqueología urbana, por un lado, y a los debates conceptuales sobre cuestiones de periodización, por otro. La arqueología urbana ya había surgido en los años setenta y ochenta, en cierta medida de forma simultánea, en varios países europeos cuyas ciudades debían enfrentarse a un reto: las medidas constructivas que se necesitaban urgentemente para crear una infraestructura moderna y funcional y que, por tanto, implicaban transformaciones radicales, cuando no la destrucción definitiva de los edificios anteriores, algunos de los cuales tenían varios miles de años de Antigüedad. En España, estos esfuerzos por abrir e investigar los «archives du sol»28, los monumentos arqueológicos, coincidieron con los últimos años de Franco y adquirieron una connotación política adicional tras su muerte en 1975: una España democrática no podía tomar como referentes históricos de la identidad nacional lo que se había propagado bajo la dictadura. El periodo visigodo, en el que España había sido «una, grande, libre y católica» por primera vez, y la región de Castilla, en la que había surgido la «hispanidad» en la época de la «Reconquista»29. Mirando atrás en la historia, la España postfranquista hizo de Roma su referencia: el pasado como provincia del imperio debía permitir ahora el futuro como región de la Comunidad Europea. En este sentido, las primeras excavaciones sistemáticas, iniciadas a principios de los años ochenta en Tarragona, Córdoba y Mérida, no sólo abrieron el camino hacia los restos de las capitales provinciales de la Hispania romana, sino también hacia Europa: «Rome, les capitales de province (capita provinciarum) et la création d’un espace commun européen. Une approche archéologique»30. En Túnez, el discurso colonial siguió presente incluso después de la independencia en 1957 y a pesar de los esfuerzos por establecer narrativas nacionalistas en su lugar31. Aunque los esfuerzos por concentrarse en el patrimonio púnico e islámico fueron en general notables en el Magreb, la campaña internacional «Pour Sauver Carthage», que la UNESCO inició en 1970 con hasta 18 equipos de excavación de 12 naciones, pretendía una exploración holística de la historia de la ciudad à la longue32. Además, no había ningún tunecino entre las más de 600 personas porque —como dijo el arqueólogo y conservador responsable, Abdelmajid Ennabli— «[…] la prise de conscience ne s’est pas faite»33. Ciertamente, en la percepción pública sí se dio una toma de conciencia apropiada: se articuló en el énfasis en la resistencia a Roma en el norte de África —de naturaleza militar y cultural—34, pero cambió gradualmente a medida que las dimensiones monumentales de los restos romanos se hicieron evidentes en el curso de su descubrimiento. Mientras tanto, la investigación sobre el patrimonio romano se ha afianzado en el Institut national du patrimoine (INP) de Túnez; sigue centrándose en la historia de Cartago y sus monumentos, pero también en el mundo urbano más allá de la capital: el estatuto jurídico de los asentamientos, sus instituciones, el compromiso de sus élites35.
9Los debates conceptuales sobre la periodización fueron consecuencia de la publicación de los trabajos fundamentales de Arnold Hugh Martin Jones, Peter Brown y Henri-Irénée Marrou en las décadas de 1960 y 197036. Despertaron el interés por los siglos posteriores al Imperio romano, considerado hasta entonces como un periodo de decadencia y declive, y postularon una unidad del mundo mediterráneo: Jones de Diocleciano a Mauricio, Brown de Marco Aurelio a Mahoma, Marrou de Diocleciano a Justiniano. Este innovador «enfoque» inspiró al estudioso español de la Antigüedad Javier Arce a cuestionar por completo la periodización tradicional de la historia de la península ibérica y a reclamar un cambio de paradigma: la historia de esta región tan exitosamente romanizada no habría terminado en absoluto en 284, es decir, tras la supuesta destrucción de la floreciente cultura urbana por la llamada «crisis del siglo iii». Al contrario, aún presentaría continuidad en el siglo que denominó «El último siglo de la España romana (284‑409)» y más allá37. Pues los siglos siguientes —después de las invasiones de suevos, vándalos y alanos en 409 y el III Concilio de Toledo en 589—, que hasta entonces se habían percibido como la prehistoria de la época gloriosa de los reges Visigothorum en el siglo vii38, pertenecían también a la «(post)historia» del Imperium Romanum. Esto permitió analizar, por primera vez, los procesos de transformación e institucionalización hasta el año 711 desde la perspectiva de los estudios de la Antigüedad. Los hallazgos y las pruebas epigráficas que las actividades de la arqueología urbana sacaron a la luz son paralelos a este debate conceptual. Los resultados subrayaron la necesidad de un cambio de perspectiva ya que en el siglo iii se observaba continuidad, mientras que en el siglo iv el llamado «cambio lento» y la transformación parecían dominar las topografías urbanas39. En Túnez, el joven campo de la investigación sobre la Antigüedad tardía experimentó un fuerte interés internacional debido al descubrimiento de nuevas cartas y sermones de Agustín, así como registros de mártires40. Tomando como base una gran cantidad de estudios monográficos, se observó un «boom de la construcción» a finales del siglo ii d. C., que alcanzó un cierto apogeo durante el periodo de los Severos, pero que no podía considerarse completado: por el contrario, tras un siglo iii estable y en absoluto «de crisis», las ciudades del norte de África experimentaron un auge renovado bajo la Tetrarquía, que se prolongó durante gran parte del siglo iv y aseguró un desarrollo constante del sistema urbano hasta el siglo v41. Las pruebas materiales de la Antigüedad tardía desenterradas —también, y sobre todo, en forma de inscripciones— despertaron el interés por el entorno urbano tras el periodo imperial: ¿en qué forma siguieron existiendo las instituciones urbanas? ¿Cuál era la relación entre la ciudad y su hinterland?42 ¿Cómo se manifestó la cristianización de las topografías? ¿Cuáles son las características típicas de las iglesias norteafricanas?43 ¿Cómo se desarrolló el «epigraphic habit» bajo los signos cristianos? ¿Cuáles son las características locales de las inscripciones de mártires?44.
10Las diferencias en la investigación urbana a ambos lados del estrecho de Gibraltar, resultado de tradiciones de investigación distintas y priorizaciones diferentes, son evidentes. Por ejemplo, ya se dispone de estudios relevantes sobre las capitales de provincia y las capitales de conventus de la península ibérica45, mientras que siguen faltando para el norte de África, con la excepción de Cartago46. Por otro lado, la investigación allí se ocupa desde hace tiempo de cuestiones de identidad y etnicidad, que la investigación española apenas está descubriendo47. En cualquier caso, en los últimos años se han publicado varios estudios que abordan las ciudades de ambas regiones: por un lado, con especial atención a los siglos de transformación entre el siglo iv y el ix —proceso para el que Hugh Kennedy acuñó la locución From Polis to Madīna48— pero también, en general, a fases de nueva construcción urbana, así como de remodelación y expansión49. En segundo lugar, prestando atención a la función geoestratégica y socioeconómica de las ciudades y, por tanto, a las cuestiones de movilidad y conectividad entre las dos orillas, como la integración en redes económicas en general50, así como de manera limitada sólo a la Mauretania Caesariensis51. Y, por último, centrándonos en el llamado «boom urbano», es decir, el proceso que se inició en general con la concesión de privilegios legales a las ciudades, que propició la monumentalización de los paisajes urbanos —a menudo a través de su marmorización— y que culminaría en la creación de siluetas significativas, algunas de las cuales perdurarían durante siglos52.
11De hecho, las dos regiones se prestan a una comparación o contraposición debido a su urbanidad y recursos económicos, así como a la intensidad de la romanización. De las aproximadamente 2 000 ciudades del Imperium Romanum, unas 400 estaban situadas en la península ibérica, 175 de ellas sólo en la pequeña Baetica (en tanto que la Hispania Citerior, la mayor provincia del imperio, contaba, en comparación, «sólo» con 179)53. Sólo el Africa Proconsularis superó a la Baetica: aquí las ciudades estaban separadas por término medio solo unos 10 km y formaban una verdadera «área metropolitana»54. Sus respectivos recursos económicos las convirtieron, en distintas épocas, en «la» región que abastecía a Roma (y a las legiones del Limes) de aceite de oliva55; en el caso de la Baetica, de plomo, plata y cinabrio, y en el de la Proconsularis, de grano, convirtiéndolas a ambas en el centro de la economía imperial. Cada uno de estos factores había favorecido la aparición de una élite rica, cuya actividad abarcaría todo el imperio en la época imperial56. A mediados del siglo iii, por ejemplo, Cipriano de Cartago habría sido el único obispo de Occidente capaz de desafiar la primacía de la ciudad de Roma; incluso fue a él a quien Esteban de Roma debió la base argumental de la doctrina petrina, ya que fue él quien puso la «Parábola de la Piedra» (Mt 16,18‑19) en relación con Roma y haciendo así posible ante todo que el obispo romano se refiriera a Pedro57. Por otra parte, las etnias y culturas, los paisajes y el clima a ambos lados del estrecho de Gibraltar eran fundamentalmente diferentes; en el curso de la aculturación, habían conservado sus lenguas y prácticas en diversos grados: en tanto que los turdetanos ya habían interiorizado el modo de vida romano en el siglo i hasta tal punto que ya no recordaban su propia lengua, en Numidia aún se hablaba el púnico en vida de Agustín58. Es esta ostensible igualdad estructural con una diversidad evidente lo que hace que una comparación de las «fisonomías urbanas en el horizonte de la microrregión», tal y como ha esbozado recientemente Martin Zimmermann59, parezca digna de interés, en tanto que los estudios exhaustivos deben reservarse para investigaciones futuras. Una comparación con base material ayuda a desarrollar una imagen diferenciada y completa del panorama que se perfila en la actualidad y que puede resumirse a grandes rasgos: esto es especialmente cierto cuando se examinan las «sociedades en transición», así como las «ciudades en transición»60.
Perspectivas: un compendio para la investigación urbana
12El presente volumen supone una contribución a la investigación sobre las ciudades de la Antigüedad tardía en la península ibérica y en el norte de África y, por tanto, a la historia social del poder en el contexto del campo de investigación abierto y dinámico entre la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media: partiendo de la observación de que la reevaluación del urbanismo tardoantiguo en el sur de España y el norte de África se apoya en una base material sorprendentemente escasa, ofrece una selección de diez estudios de caso de ambas regiones, basados en restos materiales, monumentos epigráficos y todo el espectro de pruebas literarias, para el periodo comprendido entre el 300 y el 800, es decir, tras la «crisis del siglo iii» e incluyendo el llamado «siglo viii oscuro». La atención se centra aquí en la conexión entre los cambios en el espacio urbano y las estructuras sociopolíticas, un proceso que se basa en una dinámica extremadamente viva. Esta última resulta, por una parte, de la adaptación y manifestación material del cristianismo (mapa 3) y, por otra, de la adaptación a las cambiantes condiciones externas, como el establecimiento del dominio de los visigodos y vándalos y, finalmente, de los omeyas.
Mapa 3. — El mundo cristiano: sedes episcopales (ss. iii-vi)

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13A partir de los estudios de caso, claramente delimitados geográfica, temporal y temáticamente y, por tanto, estructuralmente idénticos61, es posible identificar similitudes, tendencias, generalizaciones, o diferencias. Son precisamente éstas —las peculiaridades inesperadas— las que ofrecen un potencial de conocimiento, ya que provocan preguntas sobre las condiciones de su formación, las causas de su desarrollo y su caracterización última. Desde esta perspectiva, se puede esbozar más claramente la dinámica de los procesos de cambio y examinar más de cerca la conexión entre tradición, persistencia y transformación para comprender mejor las diversas características de persistencia y cambio. La atención se centra aquí fundamentalmente en el espacio urbano y periurbano, es decir, aquel que fue definido por los habitantes de la ciudad como perteneciente a la misma e incluido en la actividad económica y política. Por definición, esto no debe equipararse al área circundante de una ciudad, sino que puede determinarse teniendo en cuenta otros patrones de ordenación del territorio y, por tanto, desvincularse de los espacios políticos desarrollados históricamente: constituye la «microrregión», que a su vez está prefigurada por el espacio natural, al que puede asignarse una firma caracterizada por la geología, la climatología y la geografía natural. Por lo tanto, el término se refiere a una entidad compleja que no debe entenderse principal o únicamente como una unidad topográfica y geográfica. Su uso se remonta a la «microecología» de Peregrine Horden y Nicholas Purcell, que abarca no sólo la geología, el clima, el relieve del paisaje o el suministro de agua, sino también la interacción entre las distintas formas de cultivo y su integración en redes globales de redistribución económica62. Más importantes que las condiciones marco de la geografía física son las oportunidades de las personas para actuar, desarrollarse y dar forma a sus vidas.
14Cinco áreas ocupan un lugar central en ATLAS en lo que respecta a la contextualización de los resultados. La primera —Retos y líneas de investigación— se centra en el contexto historiográfico y las perspectivas de investigación innovadoras. El enfoque explorado por Pieter Houten, Ada Lasheras González y Frédéric Pouget («Étude spatiale de l’Antiquité tardive. L’approche webSIG du projet ATLAS») en su contribución es, a la vez, innovador y complementario: la fusión de datos de procedencia epigráfica y arqueológica en una webGIS. Esta combinación de sistema de información geográfica y base de datos relacional enlaza datos georreferenciados y cronoreferenciados, y los muestra en una interfaz cartográfica. Esto permite visualizar la evolución histórica en forma de mapa. Por otro lado, Titien Bartette y Jean-François Bernard («Représenter la ville invisible. Enjeux et méthode d’un essai de restitution») informan, desde la perspectiva de un arqueólogo y un arquitecto, sobre su enfoque y experiencias en la producción de reconstrucciones en 3D de edificios seleccionados a partir de la fotogrametría. Los resultados de este trabajo pueden experimentarse ahora no sólo visualmente, sino también de forma virtual: esta forma de presentación de los resultados del proyecto va más allá de los métodos convencionales de presentación y establece nuevos estándares, ya que, como parte de la exposición itinerante ATLAS «¿Ciudades invisibles? El arte de recuperar monumentos perdidos. Ciudades de la Antigüedad tardía en el sur de la península ibérica y el norte de África (300‑800)», se dirige a un público más amplio. Mateusz Fafinski («Researching the Post-Imperial City in a Post-Transformation World, 2000‑2023»), en cambio, ofrece a continuación una visión general de la investigación de los últimos veinte años, en la que se puede constatar que continúa la búsqueda exhaustiva de una definición del objeto de investigación: la ciudad. Se contempla tanto como un fenómeno individual como desde una perspectiva sistémica, pero en general existe una tendencia creciente a dejarse influir por las preocupaciones contemporáneas, es decir, las cuestiones climáticas, la transformación de los paisajes urbanos y la crisis determinan la agenda de la investigación.
15La segunda parte del volumen —Estudios de caso— ofrece diez breves y concisas historias de ciudades: dada la gran densidad de ciudades en ambas regiones, esta publicación se limita a una selección representativa que, sin embargo, no es más que el comienzo de una obra de referencia digital concebida para retratar las ciudades en sus respectivas «microrregiones» con especial consideración de sus contextos urbanísticos y sociales. Un factor decisivo en la selección fue, por un lado, la riqueza potencial de los estudios de caso: el estado de la investigación de todas las ciudades incluidas en este volumen está tan avanzado que permitió recopilar los datos necesarios, que también pudieron cotejarse en webGIS en el transcurso de las investigaciones. Sobre esta base, fue posible por primera vez elaborar mapas que representan el estado actual de la investigación para los siglos iv y vi, y registrar así sistemáticamente los cambios y las continuidades. Por otro lado, la selección se hizo teniendo en cuenta las funciones de la ciudad en cuestión: están representadas la sede del vicarius Hispaniarum y la del vicarius Africae (Sabine Panzram: «Augusta Emerita, capital en el más lejano oeste; Carthago, in africano orbe quasi Roma»), así como antiguas capitales de provincia y principales centros de conventus (Maria Teresa Casal García: «Corduba, una nueva concepción de ciudad»; Oliva Rodríguez Gutiérrez: «Hispalis entre los siglos iii y viii»; Moheddine Chaouali, Laurent Brassous y Stefan Ardeleanu: «Mactaris, capitale régionale dans l’Antiquité tardive [iiie‑viiie s.]»); «microrregiones», que se caracterizan ostensiblemente por sus ricos recursos económicos (Jaime Vizcaíno Sánchez: «De Carthago Nova a Qartayanna. Deshacer axiomas, tejer datos»; Stefan Ardeleanu, Philipp von Rummel y Moheddine Chaouali: «Simitthus tardif. Colonia honestior et ville remodelée»), ciudades portuarias (Laurent Brassous: «Baelo dans l’Antiquité tardive»; David L. Stone: «Leptiminus à l’Antiquité tardive») y otras de importancia geoestratégica (Caroline Michel d’Annoville: «Histoire de la ville d’Ammaedara et de ses monuments principaux durant l’Antiquité tardive»).
16La tercera área —Estudios topográficos— comprende el análisis de las topografías de los estudios de caso centrándose en fenómenos como el redimensionamiento y la descentralización, el llamado «espacio público», los edificios residenciales y los lugares de producción. Fenómenos que se observan en todo el imperio son el redimensionamiento y la descentralización, que Ada Lasheras González, Stefan Ardeleanu, María Teresa Casal García, Sonia Gutiérrez Lloret, Marc Heijmans, Elsa Rocca, Jaime Vizcaíno Sánchez y Laurent Brassous analizan en el primer artículo de esta tercera parte («Las transformaciones de la topografía urbana en el sur de la península ibérica y el norte de África entre los siglos iii y viii. Redimensionamiento y descentralización»). Mientras que las murallas de las ciudades de la península ibérica, como en Emerita o Baelo, se reparaban y reforzaban, pero su trazado no cambiaba en lo fundamental, en el norte de África, como en Cartago, no fue hasta tiempos de Teodosio II que se construyó la primera muralla que, obviamente, rodeaba toda la ciudad. La fortificación de ciertas zonas de una ciudad no significaba necesariamente el abandono de las zonas extramuros, como demuestran la construcción de la llamada «ciudadela bizantina» de Haïdra y el «late-antique enclosure» de Leptiminus. Este proceso dio lugar a menudo a una «città ad isole» o también a la «polyfocal town», es decir, una ciudad que contaba ahora con varios núcleos o centros, entre los que destacaban por su diseño, a menudo monumental, los edificios de culto cristiano (y las necrópolis) situados en las antiguas afueras de la ciudad; un desarrollo que comenzó en el norte de África alrededor de un siglo antes que en la península ibérica. Por «espacios públicos» entienden Stefan Ardeleanu, Ada Lasheras González, Laurent Brassous, Marc Heijmans, Jaime Vizcaíno Sánchez, María Teresa Casal García, Sonia Gutiérrez Lloret y Elsa Rocca («Les espaces publics et collectifs dans les villes d’Hispanie méridionale et du nord de l’Afrique entre les iiie et viiie siècles») aquellos financiados y mantenidos por la comunidad y accesibles a la mayoría de los ciudadanos, como foros, locales, balnearios, etc. Su función cambió en ambas regiones en diferentes momentos: en la península ibérica hacia finales del siglo iv, a principios del siglo v, pero en el norte de África es sólo iniciado ya el transcurso del siglo vi: se construyeron edificios residenciales y talleres en las fora, se destruyeron las termas y los yacimientos funcionaron como necrópolis. Sin embargo, al mismo tiempo, a principios del siglo v comenzó la construcción de iglesias en ambas regiones, lo que supuso el fin de la práctica de dedicar estatuas y la cristianización del «epigraphic habit». Y aunque siga siendo discutible definir una iglesia como un «espacio público», es evidente que asumen funciones similares en términos estructurales: en adelante, será el lugar donde se celebrarán las fiestas, donde la gente podrá actuar como benefactor recaudando fondos suficientes y, por último, donde podrán ser enterrados. El fenómeno de la construcción de edificios residenciales en espacios anteriormente públicos, como foros, teatros o pórticos, es tan conocido como el hecho de que siguieran existiendo domus aristocráticas con peristilo, grandes espacios de recepción y baños privados, según Laurent Brassous, Stefan Ardeleanu, María Teresa Casal García, Sonia Gutiérrez Lloret, Marc Heijmans, Ada Lasheras González, Elsa Rocca y Jaime Vizcaíno Sánchez («L’habitat urbain dans la péninsule Ibérique méridionale et le nord de l’Afrique entre les iiie et viiie siècles»). Esta coexistencia de entornos vitales urbanos hasta el siglo vi y, en parte, hasta el vii en ambas regiones está documentada en particular para ciudades como Emerita, Hispalis y Cartago. Sin embargo, no hay pruebas de la reutilización de estas domus de forma que la planta baja se reservara para actividades productivas o el almacenamiento de bienes, mientras que la planta superior se utilizaba para vivir. Tras su investigación («La topographie artisanale et l’exploitation des ressources dans la ville tardo-antique en Hispanie méridionale et le nord de l’Afrique»), Touatia Amraoui, Dennis Beck, Jaime Vizcaíno Sánchez y David L. Stone pudieron revisar otro punto de vista tradicional, a saber que los talleres se situaban generalmente fuera de las murallas de las ciudades, porque los dos hallazgos regionales demuestran que solían estar situados dentro de las murallas de las ciudades o, en caso de no haberlas, en el espacio periurbano. Una novedad de la Antigüedad tardía no es, por tanto, la «superación» de la muralla, sino un desplazamiento de las zonas periféricas hacia el centro tradicional de la ciudad: en el curso de una dinámica de ruralización, pudieron surgir zonas de cultivo, apriscos y lugares para la producción de aceite o vino. Esta tendencia va acompañada de una continuidad en la producción local de cerámica, objetos de metal y vidrio, entre otras cosas, así como en la producción orientada a la exportación de pescado, vino y aceite de oliva, mientras que las empresas que requerían una organización central —como la extracción de mármol en Simitthus— habrían desaparecido ya en la primera mitad del siglo iii.
17La cuarta parte del volumen —Estudios temáticos— ofrece un total de cuatro estudios sobre constituyentes de los mundos vitales urbanos como la administración, la identidad, el territorio y la economía, así como una perspectiva metodológica sobre el tratamiento de la «ciudad islámica». Stéphanie Guédon, Rubén Olmo-López, Javier Arce y Sabine Panzram («Administración imperial y organización cívica en África y el sur de Hispania entre los siglos iii y vi») examinan la persistencia de las instituciones municipales y, por tanto, de la autonomía urbana, así como su relación con las diversas organizaciones de gobierno (Imperium Romanum y reinos postimperiales) en las que la ciudad se veía integrada y de las que dependía en diverso grado. De acuerdo con las últimas investigaciones sobre estas interacciones a lo largo del imperio, se observa una continuidad tanto en lo que respecta a la tradicional tutela que el poder imperial buscaba ejercer como en la actitud hacia los grupos étnicos locales (gentes). La curia sufrió una transformación en torno al año 500 en la medida en que se estableció un «mandato de notables», en el que a partir de entonces los honorati y possessores estuvieron cada vez más representados junto a los funcionarios y se ocuparon de los asuntos urbanos junto con el obispo. A pesar de la persistencia de estas estructuras en ambas regiones hasta el siglo vi, sus formas de expresión cambiaron porque el «epigraphic habit», que expresaba la identidad urbana en forma de inscripciones honoríficas y edilicias, por ejemplo, se interrumpió por un lado y se cristianizó por otro, como pudieron constatar Pieter Houten, Isabelle Mossong, Morgane Uberti y Javier Arce («Cultures et identités épigraphiques de l’Antiquité tardive. Regards croisés sur l’Afrique et l’Hispanie»). Esto se debe a que las inscripciones edilicias se encuentran ahora principalmente como inscripciones de donantes en las iglesias y las inscripciones funerarias atestiguan el aumento de las comunidades cristianas. Esto va acompañado de un cambio parcial en el contexto en el que se situaban los monumentos epigráficos: ya no se encuentran en el centro de la ciudad, como en el foro o cerca de los teatros, sino en los suburbia en correspondencia con la ubicación de las iglesias. Jesús García Sánchez, Pieter Houten y David L. Stone («El territorio en la tardoantigüedad. Una visión desde la península ibérica y el Magreb») comienzan mucho antes, en la época de Augusto, cuando tuvo lugar la agrimensura y el reparto de tierras para ciudades como Augusta Emerita y Cartago. En ambos casos es difícil determinar el alcance de la compleja organización territorial (praefecturae‑pertica); en cualquier caso, más de 80 pagi dependían fiscalmente de Cartago en el siglo ii y el comercio de aceite de oliva y grano estaba en auge. El poder económico de este hinterland —una agricultura intensamente orientada a la exportación— era obviamente más fuerte que el de Emerita; es poco probable que esto cambiara a finales de la Antigüedad. Y es que los envíos en el marco de la annona no se interrumpieron en absoluto en esta época, como los estudiosos habían supuesto anteriormente, sino que ahora viajaban del norte de África a Constantinopla. En contraste con este punto de vista se sitúan las conclusiones de Darío Bernal-Casasola, David L. Stone y Jaime Vizcaíno Sánchez («¿Una koiné comercial? Economía, producción y comercio entre las ciudades del sur de Hispania y el norte de África»). En su estudio de los lugares de producción de garum y salsamentum y de la pesca en general, postulan una producción más o menos igual a ambos lados del estrecho de Gibraltar, aunque actualmente las pruebas siguen favoreciendo a la península ibérica, concretamente hasta finales del siglo vi, principios del vii. La continua producción de ánforas también apunta a estas actividades. Pero, ¿qué ocurre con estos entornos de vida urbanos establecidos en el momento de la conquista árabe-islámica y el consecuente proceso de islamización? Es lo que se preguntan María Teresa Casal García, Patrice Cressier, Sonia Gutiérrez Lloret, Ada Lasheras González, Chokri Touihri, Morgane Uberti y Jaime Vizcaíno Sánchez («Hacia la ciudad islámica. Al-Andalus y el Magreb en los siglos vii y viii»). Este proceso comenzó antes en el norte de África que en la península ibérica, ya que la primera ciudad se fundó aquí en el año 670 (Qayrawān ex novo en Ifrīqiya) y continuó en ambas regiones hasta la primera mitad del siglo ix; sólo entonces puede hablarse de una «ciudad islámica». Sin embargo, es difícil comprender exactamente cómo se produjo este proceso en detalle, es decir, la transición de las ciudades visigodas y bizantinas a las islámicas; también está la cuestión de si el hiato aparente que algunas ciudades muestran entre los siglos vii y ix se debe realmente a una despoblación o más bien a nuestra incapacidad actual para reconocer y definir las estratigrafías del siglo viii.
18Por último, la quinta sección de la presente obra —Estudios comparativos— ofrece tres estudios de caso que proporcionan una perspectiva comparativa de diferentes regiones como el norte de Italia, el sur de Francia y la costa de Levante. Gisella Cantino Wataghin («Le devenir des villes et de leur espace dans le nord de l’Italie entre les iiie et vie siècles. Quelques suggestions à partir de l’archéologie») comienza presentando el área geográfica que corresponde en gran medida a la Italia Annonaria de la Antigüedad tardía. Los efectos de la llamada «crisis del siglo iii» se manifestaron aquí en la devastación debida a las invasiones de los alamanes entre 260 y 271, aunque no parece que se produjera una reacción inmediata. Las fortificaciones y la ampliación de las murallas, así como un cierto grado de monumentalización, se llevaron a cabo evidentemente durante el siglo iv en ciudades como Aquilea, Rávena y Milán; esta última experimentó un notable auge como residencia imperial. Sin embargo, cuando se produjeron nuevas invasiones (visigodos, lombardos) y conflictos armados en el siglo v, los respectivos gobernantes ordenaron construir ampliaciones específicas, fortificaciones, etc. Marc Heijmans («Les villes du Midi méditerranéen entre l’Antiquité et le haut Moyen Âge») establece la comparación relacionando el mundo urbano de la antigua Gallia Narbonensis con la Baetica y el Africa Proconsularis: al hacerlo, ve paralelismos con la península ibérica dados en particular en lo que se refiere a la construcción de murallas en el siglo iv; a la cristianización de la topografía urbana, que comienza en los suburbia y se manifiesta primero en la construcción de basílicas cementeriales y martiriales; y finalmente en la desintegración del tejido urbano clásico, el abandono o incluso la demolición de los monumentos públicos y la transformación en una «cité polynucléaire». Gideon Avni («From Polis to Madīna between East and West. An Updated View from the Levant») se refiere al espectro de historias urbanas marcadas regionalmente —a la decadencia y la prosperidad renovada, la contracción de la ciudad y la aparición de lugares de producción (Beth Shean, Cesarea), pero también la expansión y la prosperidad (Tiberíades, Ramla)— y afirma que las transformaciones del espacio urbano no están directamente vinculadas a acontecimientos políticos, sino que serían más bien el resultado de procesos económicos y sociales más prolongados. A partir del siglo vi a más tardar, ya no existiría una «planificación urbana» en el sentido clásico, sino sólo una orientada a la funcionalidad, y es precisamente esto lo que hoy percibimos como «decadencia».
Notes de bas de page
1Paneg. 2[12] 4,2‑4.
2Paneg. 2[12] 4,5.
3Tertuliano, Acerca del alma, 30.3.
4Quodvultdeus, De tempore barbarico, II.5.4.
5CIL III 352; CIL III 7000 = ILS 6091; MAMA VII 305; a este respecto Chastagnol, 1981; Jacques, 1992; Arce, 2015a.
6Kolb, 1993.
7Así Lenski, 2016, p. 107.
8Tácito, Agricola, 21; Pausanias 10, 4, 1.
9Grégoire de Tours, Histoires, X, III.19; a este respecto cf. Fafinski, 2021, pp. 35‑42.
10Isidoro de Sevilla, Etimologías, XI‑XX; a este respecto cf. Elfassi, 2020.
11Isidoro de Sevilla, Etimologías, XV,1, 66‑67.
12Ibid., XV,1, 65‑77.
13Ibid., XV,2, 1.
14Juan de Biclaro, Chronica (ed. Campos Ruiz, 1960); véase s.v. en VSPE (ed. Martínez Pastor et alii, 2001).
15Beltrán Lloris, 2007a; Coltelloni-Trannoy, 2022.
16Dupré i Raventós, 2004; Nogales Basarrate, 2021; Panzram, 2024.
17Lassère, 2015; Bockmann, 2022; Altekamp, 2024.
18Noguera Celdrán, 2012; Ruiz Valderas, 2017; Noguera Celdrán, 2021.
19A este respecto véanse Haensch, 1997; Dey, 2018.
20Rakob, 1993; Mackensen, 2005; Rummel, Möller, 2019.
21Weber, 2002, pp. 727‑741.
22Prudencio, Liber peristephanon, 4.
23Christie, Loseby, 1996; Krause, Witschel, 2006; Grig, 2013; Carneiro, Christie, Diarte-Blasco, 2020.
24Peninsula ibérica: Kulikowski, 2008; Panzram, 2014; 2019; norte de África: Leone, 2007a; Rummel, 2016.
25Lepelley, 1996; Meier, 2019, pp. 643‑648; Schmidt-Hofner, 2014.
26Kulikowski, 2004; Diarte Blasco, 2012; Andreu Pintado, 2017; Panzram, 2019.
27Thébert, Biget, 1990, p. 579; Gutiérrez Lloret, 2011b; Bockmann, Leone, Rummel, 2019.
28Galinié, Randoin, 1979; Biddle, Hudson, 1973.
29Díaz-Andreu García, 1993; Wulff Alonso, Álvarez Martí-Aguilar, 2003; Díaz-Andreu García, Ramírez‑Sánchez, 2004.
30Ruiz de Arbulo y Bayona, 2004; González Villaescusa, Ruíz de Arbulo y Bayona, 2010.
31Gutron, 2010; Lafrenz Samuels, 2012.
32Ennabli, 1992; 2020.
33Id., 1983, p. 27.
34Laroui, 1970; Bénabou, 1976.
35Aounallah, 2000; Bockmann et alii, 2020; Mokni, Sebaï, 2017.
36Jones, 1964; Brown, 1971; Marrou, 1977; a este respecto Ando, Formisano, 2021
37Arce, 2009; 2007; 2011a.
38Así, por ejemplo, García Moreno, 1989; Collins, 2004.
39Beltrán Fortes, Rodríguez Gutiérrez, 2012; Martínez Jiménez, Sastre de Diego, Tejerizo García, 2018.
40Agustín, Cartas (ed. Divjak, 1981); Sermones (ed. Dolbeau, 1996); Lepelley, 2005; Bass, 2021.
41Mastino, Ruggeri, 1994; Lehmann, Scheding, 2023.
42Lepelley, 1979‑1981; recientemente Dupuis et alii, 2021.
43Duval, 1971‑1973; véase también Balmelle, Chevalier, Ripoll López, 2004.
44Duval, 1982; véase también Nsiri, 2023.
45Dupré i Raventós, 2004; Beltrán Lloris, 2007b; Ruiz Valderas, 2017.
46Ennabli, 1997; Bockmann, 2013; Altekamp, 2024.
47Conant, 2012; Mugnai, Nikolaus, Ray, 2016.
48Kennedy, 2018.
49Ben Hamid, Prados Martínez, Grira, 2021.
50Álvarez Melero, 2018.
51Amraoui, Quevedo Sánchez, 2022.
52Lehmann, Scheding, 2023.
53Plinio el Viejo, Historia natural, 3,7 y 18.
54Février, 1982; Scheding, 2019.
55Hobson, 2015; Remesal Rodríguez, 2020; Aounallah, 2022; Monterroso Checa et alii, 2024.
56Weisweiler, 2021.
57Cyprianus, De unitate ecclesiae, 4,9‑32; a este respecto cf. Panzram, 2016; Blaudeau, 2012.
58Estrabón, 3,2,15; 3,1,6; Agustín, Cartas, 66,2; 108,14; 209,3.
59Zimmermann, 2015.
60Carver, 1996.
61Siegrist, 2003.
62Horden, Purcell, 2000, esp. p. 79-80; véase la crítica de Harris, 2010, así como la respuesta de Horden, Purcell, 2010.
Auteurs
-
Sabine Panzram
Universität Hamburg
-
Laurent Brassous
UMR LIENSs/La Rochelle Université
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