Enterramientos y ámbitos funerarios en al-Ándalus (Murcia entre los siglos xi y xiii)
Reflexiones y modelos de comparación
p. 165-176
Texte intégral
1El presente estudio tiene como objetivo principal plantear una puesta al día y reflexionar acerca de los enterramientos en al-Ándalus a partir de los datos que nos ofrecen las fuentes documentales y la historiografía, centrándonos concretamente en la ciudad de Murcia entre los siglos xi y xiii. La elección del citado ámbito geográfico y cronológico responde a la importancia que la capital murciana alcanzó en una época en la que al-Ándalus protagonizó varios momentos marcados por la fragmentación política de su territorio.
2Con esto último nos referimos al surgimiento de los distintos períodos de taifas que se sucedieron entre los siglos xi y xiii a manos de diferentes gobernadores locales, cuyo deseo por enterrarse en la capital de sus respectivos reinos ha quedado evidenciado —en algunas ocasiones— tanto documental como materialmente y que, en el caso de Murcia, constituirá el corpus principal de nuestro discurso.
3No obstante, y antes de centrarnos en este último, consideramos oportuno recordar brevemente, por un lado, la importancia que alcanzó la capital murciana en estos momentos, así como el destacado papel que tuvieron los reyes de taifas en su devenir histórico. Y, por otro lado, abordar los diferentes datos y estudios que se han ocupado sobre su muerte y enterramiento, comparándolo con otros ejemplos andalusíes.
Mursiyya: capital taifa entre los siglos xi-xiii
4Como sabemos, es en el año 1031 cuando el territorio andalusí se fragmentó en numerosos reinos de taifas (mulūk al-ṭawā’if) como consecuencia de la fitna («guerra civil») iniciada en 1009 contra el poder central. Según se desprende de las fuentes documentales árabes, durante estos primeros años se sucedieron una serie de acontecimientos en el šharq al-Andalus («levante andalusí») donde Mursiyya (Murcia), así como otros lugares que pertenecían al reino de Tudmīr, aparece formando parte en distintos momentos de la taifa de Almería, de la taifa de Denia e, incluso, de la taifa de Valencia1. Esta realidad nos permite corroborar el interés que mostraron sus gobernadores por incorporar a sus dominios no solo la mayor parte territorial posible, sino también una ciudad que alcanzó un gran esplendor bajo el gobierno de los Banū Ṭāhir (1028-1078).
5Tendremos que esperar hasta el año 1065 —bajo el reinado de Abū ‘Abd al-Raḥmān Muḥammad b. Ṭāhir (1063-1078)— para encontrarnos con un reino independiente, propiamente dicho, con Murcia como centro político-administrativo2. Sin embargo, esta situación duró pocos años, al ser anexionado su territorio a la taifa ‘abbādī de Išbīliya (Sevilla) en 1078 por iniciativa de Ibn ‘Ammār, visir de Abū al-Qāsim Muḥammad b. ‘Abbād, al-Mu’tamid (1069-1091), hasta pasar a formar parte a finales del siglo xi del extenso imperio almorávide. Dice el geógrafo almeriense al-‘Uḏrī (1003-1085) en su Tarṣī al-ajbār (Brocado de noticias):
Finalmente, una guerra civil tuvo lugar en Murcia entre […] Ibn Ṭāhir y el ‘āmil de Ibn ‘Abbād; se combatieron y este último se apoderó de ella, juntamente con algunos de sus habitantes. La ciudad estuvo bajo la juridicción del ‘āmil de Ibn ‘Abbād3…
6Pero tras el progresivo declive que sufrió el imperio norteafricano durante el segundo cuarto del siglo xii —como consecuencia del surgimento en el norte de África de un nuevo movimiento reformista, el almohade (al-muwaḥḥidīn), y de la nueva fragmentación del territorio andalusí o «segundos reinos de taifas»—, Murcia volvió a recobrar la importancia que había tenido en la centuria anterior, esta vez como capital de todo el šharq al-Andalus.
7Es en estos momentos, durante el tercer cuarto del siglo xii, cuando la ciudad murciana alcanzó su época de mayor esplendor bajo la figura de Muḥammad b. Sa’d b. Mardanīš (1147-1172). Así se desprende del Mu’ŷam al-buldān (Diccionario de los países) del geógrafo oriental Yāqūt (1179-1229) al señalar cómo «tuvo [en Murcia] su residencia Ibn Mardanis, en cuyo tiempo la ciudad alcanzó una gran prosperidad e incluso llegó a ser la capital (qai’da) de al-Ándalus4».
8A pesar de ello, este período estuvo marcado por un continuo enfrentamiento entre las tropas almohades e Ibn Mardanīš, incorporando finalmente los unitarios el šharq al-Andalus a sus dominios tras la muerte del emir levantino en 1172. Esto supuso que todo el territorio andalusí quedase sometido al dogma almohade (tawḥīd) hasta el año 1228, momento en que Ibn Hūd al-Mutawakkil (1128-1238) protagonizó un nuevo período de taifas haciendo de Murcia la capital de su señorío.
9Llegados a este punto, las fuentes documentales y la historiografía tradicional coinciden en señalar la relevancia que tuvieron estas tres figuras en el devenir histórico de Murcia entre los siglos xi y xiii, siendo además elegida como lugar de su sepelio según tendremos ocasión de analizar a continuación.
Algunas consideraciones previas en torno a su muerte
10Antes de detenernos en el objetivo principal del presente estudio, y con la finalidad de tener un conocimiento más completo acerca del mismo para su mayor comprensión, nos referiremos brevemente al escenario en que Muḥammad b. Ṭāhir, Ibn Mardanīš e Ibn Hūd al-Mutawakkil fallecieron, partiendo para ello de aquellos datos documentales que arrojan luz sobre este particular.
11Como hemos señalado con anterioridad, el reino de Murcia fue incorporado a la taifa sevillana en el año 1078. Ante esta situación, el régulo murciano —Muḥammad b. Ṭāhir— fue encarcelado en el Ḥiṣn Muntaqūd (castillo de Monteagudo)5, en las inmediaciones de la capital, logrando poco después huir a Valencia, donde falleció en el año 1114. Es precisamente el iraquí Ibn al-Aṯīr (1160-1233) quien señala que, tras su muerte a los 90 años, sus restos se trasladaron a Murcia, donde fueron enterrados6, lo que denota la vinculación que tuvo Muḥammad b. Ṭāhir con la capital del que fue su reino. Sin embargo, no disponemos de ningún otro dato documental que aporte más información al respecto.
12Por su parte, y deteniéndonos a continuación en el tercer cuarto del siglo xii, la historiografía tradicional ha centrado principalmente su interés en conocer la naturaleza del emir Ibn Mardanīš7, a lo que hay que añadir su sistema de gobierno y las continuas luchas que mantuvo contra los almohades. Pero ¿qué sabemos acerca de su muerte? Sobre este particular las fuentes documentales nos ofrecen diferentes versiones, a algunas de las cuales ya hacía referencia Mariano Gaspar Remiro en su obra Historia de Murcia musulmana8.
13El cronista de la corte almohade, Ibn Ṣāḥib al-Ṣalāt (aún vivo en 1198), confirma en su Al-mann bi-l-imāma (El don divino del imamato) que el emir murciano padecía del corazón, enfermedad crónica que se acentuó con la infidelidad de sus más allegados al abrazar el tawḥīd durante los últimos años de su gobierno. Es el caso de su suegro Ibrāhīm Ibn Hamušk —quien ostentaba el señorío de Segura de la Sierra— o de su hermano Abū-l-Haŷŷāŷ Yūsuf b. Sa’d, gobernador de Valencia. Dice Ibn Ṣāḥib al-Ṣalāt:
Ibn Mardaniīš no dejó de verse sitiado en su residencia, y las desgracias se cebaban con él con la defección de sus hermanos y de sus parientes por afinidad; él estaba abatido, enfermo del corazón, y los abandonó el cercano y el lejano […] Esto aumentó el dolor de su sufrimiento, y se unió a su propia enfermedad, por lo cual se volvió a Murcia contra su voluntad, y su enfermedad crónica le causó la muerte9…
14Además, el citado autor indica más adelante en su obra cómo, tras la sumisión de los rebeldes levantinos al dogma almohade, Ibn Mardanīš se quedó solo, dedicando «su pensamiento al sepulcro y la muerte10» y falleciendo en raŷab de 567/marzo de 1172, a la edad de 48 años11.
15Sin embargo, Ibn Jallikān (1211-1282), en su Kitāb wafayāt al-a’yān (Libro de varones ilustres), añade que algunos autores ya afirmaban que fue envenenado por su madre, decisión motivada por el mal comportamiento que tuvo el emir murciano hacia los miembros de su familia y todos aquellos que le rodeaban. Incluso resulta significativo señalar cómo Ibn Jallikān localiza su muerte en Sevilla, a diferencia de Ibn Ṣāḥib al-Ṣalāt y, como veremos más adelante, de ‘Abd al-Wāḥid al-Marrākušī (1185 – m. después de 1252). Este aspecto nos llama especialmente la atención, teniendo en cuenta el desarrollo de los acontecimientos que se sucedieron antes de su fallecimiento:
Cuando llegó a Sevilla Abū Abd Allāh Muhammād b. Sad, generalmente llamado Ibn Mardanīš, rey del šharq al-Andalus, es decir, de Murcia y sus dependencias territoriales, se sintió muy alarmado, y las noticias pesaron tanto en su corazón que cayó enfermo y murió. Algunos dicen que fue envenenado por su propia madre, por el mal comportamiento que tenía hacia los miembros de su familia, sus cortesanos y los notables de su imperio. A pesar de los buenos consejos que ella le daba, le amenzó con castigarla, entonces ella conspiró contra él y le envenenó12.
16De una forma u otra las fuentes documentales coinciden en señalar que fue precisamente la muerte del emir murciano lo que conllevó la incorporación definitiva del šharq al-Andalus al dominio almohade y su reconocimiento al califa Abū Ya’qūb Yūsuf (1163-1184):
Entró Muḥammad b. Sa’d en la ciudad de Murcia, preparándose para el asedio. Lo estrecharon los almohades y no cesaron de sitiarlo, hasta que murió en el cerco, de muerte natural, que se ocultó hasta que llegó su hermano Yūsuf b. Sa’d, el titulado al-Ra’yš, de Valencia, donde estaba de gobernador por su hermano Muḥammad. Convinieron él y los hijos mayores de Muḥammad b. Sa’d, después que se ingeniaron y esforzaron usando toda clase de ardides, en poner sus manos en las del príncipe de los creyentes, Abū Ya’qūb, y entregarle el país […] Lo que les recomendó [Ibn Mardanīš] fue decirles: «¡oh hijos!, veo que el poder de esta gente se extiende y que sus seguidores se multiplican y que el país ha entrado en su obediencia y creo que no tenéis fuerzas para resistirles. Entregadles el poder por elección vuestra y conseguiréis una posición elevada con ellos antes de que os sobrevenga lo que ha sobrevenido a otros, pues ya habéis oído lo que ha hecho en el país en que han entrado por asalto». Hicieron lo que les mandó; pero Dios sabe cuál de las dos versiones es la verdadera13.
17En lo que concierne a Ibn Hūd al-Mutawakkil, y de la misma forma que acabamos de ver con Ibn Mardanīš, las fuentes documentales vuelven a ser un referente de primera mano para conocer las causas de su muerte. Según nos cuenta el compilador marroquí Ibn ‘Iḏārī al-Marrakušī (m. después de 1313) en su Bayān al-mugrib fī ijtiṣār ajbār mulūk al-Andalus wa al-Magrib (La exposición sorprendente en el resumen de las noticias de los reyes de al-Andalus y del Magreb), Ibn Hūd al-Mutawakkil fue asesinado por Ibn al-Ramīmī, gobernador de la ciudad de Almería, como consecuencia de una trama amorosa:
La causa de ello fue que al principio de su poder prometió a su mujer que no le tomaría otra, mientras ella viviese, y cuando se apoderó del país del Andalus y creció su posición, llegó a sus manos una cristiana, hija de uno de sus caudillos […] La confió a Ibn al-Ramīmī, señor de Almería, y esto fue la causa de su muerte, pues le gustó a Ibn al-Ramīmī la cristiana, extendió su mano a ella, la guardó para sí y preparó un ardid para salvar en esto su cabeza […] Cuando llegó Ibn Hūd a Almería con su ejército y acampó en sus afueras, se preparó Ibn al-Ramīmī para el caso […] Entró Ibn Hūd con él [en su casa] y este le hizo saber que la cristiana estaba en el baño, y cuando lo rodearon las tinieblas, le introdujo cuatro de sus hombres, que lo mataron, ahogándolo, ocultándose su caso aquella noche14.
18Incluso el propio Ibn ‘Iḏārī recoge de al-Bastī que fue asesinado por al-Ramīmī «poniéndole sobre la nariz y la boca dos almohadas; lo mostró a la mañana siguiente como si hubiese muerto de repente, sin tener ninguna señal15». Por su parte, Rodrigo Jiménez de Rada (1170-1247) tan solo señala que fue asesinado por una conjura de Ibn al-Ramīmī16.
Noticias acerca del cementerio real de Murcia
19Llegados a este punto, cabe destacar cómo los datos que nos ofrecen las fuentes documentales sobre el lugar de enterramiento de estas tres figuras son muy escasos. Tan solo la Crónica de Jaime I hace referencia a un pequeño cerro, en las proximidades de la capital murciana, donde solían enterrarse los reyes de Murcia y entre los que se encontraba Ibn Hūd17, siendo identificado recientemente por Antonio Vicente Frey Sánchez con el edificio de La Asomada, en el Puerto de la Cadena. No obstante, debemos esperar a que futuras investigaciones arrojen algo más de luz al respecto.
20A pesar de que desconocemos a qué miembro de los Banū Hūd que gobernaron en Murcia desde el año 1228 hasta 1266 se está refiriendo, todo parece indicar que pudo haber existido un panteón funerario familiar en ese lugar, a las afueras de la capital murciana, de igual forma que sucedió con algunos reyes nazaríes en el cementerio de la Sabika de Granada, según nos cuenta el polígrafo granadino Ibn al-Jaṭīb (1313-1374) en su Al-lamḥa al-badriyya fī l-dawlat al-naṣriyya (Resplandor de la luna llena acerca de la dinastía nazarí). Es el caso de Muḥammad I (1232-1273), Muḥammad III (1302-1309) y Naṣr (1309-1314)18.
21Por su parte, la historiografía tradicional, a la hora de hablar del alcázar mayor de Murcia o al-Qaṣr al-Kabīr, coincide en afirmar que este último contaba, en palabras de Rodrigo Amador de los Ríos, con un «cementerio privativo19», entre otros espacios y edificios vinculados con el gobierno. Nos referimos con ello a Javier Fuentes y Ponte, Vicente M. Roselló Verger y Gabriel M. Cano García20, y Juan Torres Fontes21.
22Este hecho no debe resultarnos extraño, pues sabemos cómo, por lo general, los califas en Oriente fueron enterrados en sus propios palacios. Basta recordar al califa ‘abbāsī al-Mu’tasim (m. 842), quien recibió sepultura en el palacio Jawsaq al-Jaqani (Samarra). Incluso en al-Ándalus, sabemos a partir de la documentación escrita que los diferentes emires y califas omeyas, hasta al-Hakām II (m. 976), fueron inhumados en el antiguo alcázar de Córdoba22.
23Centrándonos en el antiguo Qaṣr al-Kabīr de Murcia, y según han podido corroborar Julio Navarro Palazón y Pedro Jiménez Castillo a través de los diferentes estudios realizados23, el alcázar murciano se emplazaba en el sector meridional de la ciudad. Este último se convirtió en el centro político-administrativo de la capital desde la fundación de Murcia por el emir ‘Abd al-Raḥmān (822-852) en el año 825 hasta, incluso, los años de dominación cristiana.
24Pero fueron las intervenciones arqueológicas llevadas a cabo en 1997 por José Antonio Sánchez Pravia y Juan Carlos Verdú Bermejo en el sector que ocupaba el alcázar, concretamente en las inmediaciones de la actual iglesia de San Juan de Dios, las que permitieron localizar un tramo de la muralla meridional del complejo palatino y parte de una residencia intramuros24, en una de cuyas estancias se habilitó una rawḍa («jardín»), entendiendo este término como un ámbito o lugar de enterramiento y haciendo alusión simbólica a las siguientes palabras del Profeta: «el espacio entre mi tumba y mi minbar será uno de los jardines del Paraíso25».
25Unos años después, en 2001, una nueva intervención realizada por Luis Alberto García Blánquez y José Antonio Sánchez Pravia puso al descubierto junto a la rawḍa —en su lado oriental— un pequeño oratorio, del que se conservan dos pilares de ladrillo, parte del muro de qibla, el arco de ingreso al miḥrāb parcialmente decorado y los restos de la cúpula que coronaba el nicho de este último26.
26A este hallazgo le siguieron a partir del año 2006 diferentes labores de conservación, estudio y sondeos arqueológicos27, encontrándonos por consiguiente con un conjunto religioso-funerario de gran importancia (fig. 1). Ante esta realidad cabe preguntarnos si este lugar de enterramiento, en el que nos detendremos a continuación, fue el espacio destinado a albergar los cuerpos de Muḥammad b. Ṭāhir e Ibn Mardanīš y al que se refería, como hemos tenido ocasión de adelantar, Rodrigo Amador de los Ríos a finales del siglo xix.
Fig. 1. — Ámbito religioso-funerario del antiguo alcázar islámico de Murcia, Conjunto Monumental de San Juan de Dios, Murcia

Foto: Ignacio González Cavero.
La rawḍa del alcázar mayor de Murcia: estudio comparativo
27Como sabemos, la existencia de un oratorio privado en el ámbito palatino no es un hecho aislado. Tan solo tenemos que pensar en el oratorio del alcázar de Córdoba, de la alcazaba de Badajoz, de la Aljafería de Zaragoza, en la capilla de Belén —en el convento de Santa Fe de Toledo— e, incluso, en la Alhambra de Granada. Sin embargo, y aunque no constituye nuestro objeto de estudio, consideramos oportuno referirnos al oratorio del alcázar de Murcia por su relación con la rawḍa, lo que nos ayudará a plantear una cronología aproximada para este último.
28Según los resultados publicados por García Blánquez y Sánchez Pravia con ocasión de la exposición Las artes y las ciencias en el Occidente musulmán: sabios mursíes en las cortes mediterráneas, celebrada en Murcia entre los años 2007 y 2008, la similitud que presenta la ornamentación de la rosca del arco del miḥrāb (fig. 2) con la antigua decoración de la antigua Dār aṣ-Sugrà de la capital murciana, y los restos de cerámica hallados bajo el pavimiento del citado oratorio, permiten fechar esta construcción en época del emir Ibn Mardanīš, es decir, en el tercer cuarto del siglo xii28. Esta opinión ha sido compartida por Julio Navarro Palazón y Pedro Jiménez Castillo29; sin embargo, Susana Calvo Capilla vincula dicho oratorio a época taifa30.
Fig. 2. — Fachada del miḥrāb del oratorio palatino, Conjunto Monumental de San Juan de Dios, Murcia

Foto: Ignacio González Cavero.
29De una forma u otra, el ámbito de enterramiento que se encuentra situado a los pies del oratorio responde a un momento constructivo posterior, el cual se levantó sobre un espacio anterior —difícil de identificar por el momento— que comunicaba con una residencia áulica. No obstante, su ubicación en las inmediaciones del oratorio es un hecho que merece especial atención. Sabemos que, desde los orígenes del islam y a pesar de las prohibiciones contenidas en los hadices (aḥādīṯ) por convertirse en lugares de culto, existieron mezquitas que se levantaron sobre tumbas (qubūr; sing.: qabr) con claras connotaciones funerarias (mašhad)31.
30Pero también existieron mezquitas que albergaron, tanto en el interior como en sus inmediaciones, los cuerpos de importantes personalidades, como es el caso del rey zīrī Bādīs (m. 1073), quien fue enterrado en la mezquita del alcázar según sabemos por la Iḥāṭa fī ajbār Garnāṭa (Información completa acerca de la historia de Granada) de Ibn al-Jaṭīb32; Ibn Zarqūn (m. 1224)33, enterrado junto al muro de qibla de la mezquita del barrio sevillano de al-Ḥaṣṣārīn; e, incluso, un miembro de los Banū Jaṭṭāb de Murcia (m. 1139), cuyo cuerpo fue inhumado en la mezquita donde descansaban su padre y su abuelo34.
31Además, sabemos por José Antonio Conde que al-Mu’tamid de Sevilla «en el mismo Tarbe [turba] de su abuelo el Cadí Muhammad ben Ismail hizo la oración por él [por su padre] en la Aljama aquella tarde del domingo35», lo que nos permite pensar en un primer momento que Abū l-Qāsim Muḥammad b. Ismā’il b. ‘Abbād (1023-1042) pudo haber sido enterrado en la antigua mezquita emiral de Ibn ‘Adabbās, Sevilla.
32Como hemos adelantado, la rawḍa del conjunto religioso-funerario del antiguo alcázar de Murcia (fig. 3) se levantó en un momento posterior junto al oratorio, por lo que todo parece indicar que este último no fue concebido inicialmente con una función funeraria. Se trata de un área cuadrada de unos 14 m2, delimitada al este por el muro occidental del oratorio, al sur por la muralla de la alcazaba, al oeste por las estructuras residenciales a las que nos referíamos y al norte por un lienzo que lo cerraría. Al mismo tiempo, este recinto aparece dividido por la zona de enterramiento propiamente dicha, con nueve sepulcros, y en su sector meridional por un andén en altura con un pilar central de ladrillo, reservado para la ceremonia de inhumación o rituales funerarios al que se accedería, en opinión de García Blánquez y Sánchez Pravia, desde el oratorio.
Fig. 3. — Vista general de la rawḍa, Conjunto Monumental de San Juan de Dios, Murcia

Foto: Ignacio González Cavero.
33La existencia de este pilar ha llevado a plantear la posibilidad de que nos encontremos ante un pórtico junto al área de enterramiento, lo que nos permite justificar el motivo por el que, en ocasiones, se suele emplear —junto con los términos qubba («bóveda»; «cúpula») y turba («tumba»)—, la expresión saqīfa («pórtico»; «galería») para designar los mausoleos o construcciones que se levantaron sobre o junto a las tumbas (qubūr) y que no debemos confundir con rawḍa. Este último término define el lugar de enterramiento en sí e implica, según hemos tenido ocasión de comentar, el concepto de Jardín del Paraíso al que se refería el profeta Mahoma.
34A pesar de que expresiones como qubba o saqīfa se han venido utilizando indistintamente para denominar a un mismo monumento funerario —como sucedió, por ejemplo, con el mašhad de al-Ḥusayn (m. 680) en Kerbala (Iraq), mausoleo denominado por los peregrinos como qubba o saqīfa36—, y cuyos rasgos estructurales permiten diferenciarlos, más discusión genera el término turba, expresión que encontramos frecuentemente en la documentación escrita árabe al referirse al lugar de sepelio de emires y califas omeyas en el alcázar de Córdoba37. Respecto a su significado, la idea de si se trata de una simple parcela delimitada por unos muros38 (como pensamos que sucede en Murcia) o de un mausoleo39, sigue siendo objeto de debate.
35En cuanto al área de enterramiento propiamente dicha, las intervenciones arqueológicas llevadas a cabo en el conjunto religioso-funerario de San Juan de Dios sacaron a la luz nueve sepulcros, tres de adultos y seis de niños (fig. 4), llevando a los especialistas a suponer que ese espacio de enterramiento estaba destinado a una misma familia, es decir, a los Banū Mardanīš40. Su pertenencia a una clase social alta queda reflejada no solo en el lugar elegido para su sepelio, sino también en los restos del sudario que envolvía el cuerpo de la tumba no 3, bordado con hilos de oro, y en la presencia de un pendiente de oro en la tumba no 7.
Fig. 4. — Detalle de los sepulcros, Conjunto Monumental de San Juan de Dios, Murcia

Foto: Ignacio González Cavero.
36De llegar a confirmarse la hipótesis de que nos encontramos ante la turba de los Banū Mardanīš, una de las tres tumbas de adultos podría corresponder al rebelde levantino, destacando los enterramientos de infantes por su número y alguno de los cuales podría tratarse de los hijos a los que se refiere ‘Abd al-Wāḥid al-Marrākušī en su Kitāb al-mu’ŷib fī taljīṣ ajbār al-Magrib (Libro de lo admirable en el resumen de las noticias del Magreb):
y se dice que Abū ‘Abd Allāh Muḥammad b. Sa’d, cuando se le presentó la muerte, reunió a sus hijos, que eran, según yo conozco, ocho varones, es a saber: Hilāl, por prenombre Abū-l-Qamar, el mayor de ellos, y a quien hizo sus recomendaciones, Gānim, al-Zubayr, ‘Azīz, Nuṣayr, Badr, Arqam, ‘Askar y otros más pequeños, cuyos nombres no sé, y varias hijas41…
37Por todo lo expuesto hasta el momento, deberíamos plantearnos las siguientes cuestiones respecto a la rawḍa del antiguo alcázar de Murcia: ¿pudo, por lo tanto, haber sido una construcción pensada por el propio Ibn Mardanīš como parece desprenderse de la obra de Ibn Ṣāḥib al-Ṣalāt cuando refiere cómo, durante los últimos años de su vida, se quedó solo pensando en su sepulcro y su muerte? En ese caso, ¿dónde se hallarían los restos de Muḥammad b. Ṭāhir? No obstante, tendremos que esperar a que futuras investigaciones arrojen algo más de luz a estas y otras preguntas.
Notes de bas de page
1 Sobre este particular véase Al-ʿUḏrī, Tarṣī al-ajbār, trad. de Molina López, 1972, pp. 87-90; Al-Qalqašandī, Ṣubḥ al-aʿša fī kitābāt al-inšā, trad. parcial de Seco de Lucena, 1975, pp. 67-69; Ibn Abī-l-Fayyād, Kitāb al-ʿibar, ed., est. y trad. de Álvarez de Morales, 1978-1979, pp. 111-112; Crónica anónima, introd., trad. y notas de Maíllo Salgado, 1991, p. 25; Ibn ʿIḏārī al-Marrākušī, La caída del califato de Córdoba, est., trad. y notas de Maíllo Salgado, 1993, pp. 150 y 163.
2 Así se desprende del Bayān al-Mugrib de Ibn ‘Iḏārī al-Marrākušī (m. después de 1313) [ibid., p. 199].
3 Al-ʿUḏrī, Tarṣī al-ajbār, trad. de Molina López, 1972, p. 90. Véase también Ibn al-Aṯīr, Al-Kāmil fī l-ta’rīj, trad. parcial de Fagnan, 1898, p. 445; y Al-Marrākušī, Kitāb al-Muʿŷib, trad. de Huici Miranda, 1955, pp. 94-95.
4 Yāqūt, Muʿŷam al-buldān, trad. parcial de ʿAbd al-Karīm, 1974, p. 283.
5 Así lo recoge Dozy de la Ḥulla al-Siyarā’ (La túnica de los hilos de oro) de Ibn al-Abbār (1199-1260) [Dozy, 1852, pp. 86-88]. Véase también Id., 2004, pp. 310-312.
6 Ibn al-Aṯīr, Al-Kāmil fī l-ta’rīj, trad. parcial de Fagnan, 1898, p. 445. Así lo recoge también Mariano Gaspar Remiro en su obra Historia de Murcia musulmana (Gaspar Remiro, 1980, p. 114).
7 Por citar algunos ejemplos, es el caso, entre otros, de Dozy, 1965, p. 365; Codera y Zaidín, 2004, ilustración no 30, pp. 144-145; Bosch Vilá, 1986; Viguera Molins, 1996 o Molina López, 2008, pp. 88-90.
8 Gaspar Remiro, 1980, pp. 222-223.
9 Ibn Ṣāḥib al-Ṣalāt, Al-Mann bi-l-imāma, trad. de Huici Miranda, 1969, pp. 160-161.
10 Ibid., p. 192.
11 Ibid. Véase también Ibn ʿIḏārī al-Marrākušī, Al-Bayān al-mugrib. Nuevos fragmentos, trad. de Huici Miranda, 1963, pp. 439-440.
12 «When he arrives at Seville, Abû Ab Allah Muhammad Ibn Saad, generally called Ibn Mardanish, who was at that time the sovereign of Eastern Andalus, that is, of Murcia and its dependencies, felt much alarmed, and the news weighed so greatly upon his heart, that he fell sick and died. Some say that he was poisoned by his mother, because he treated very badly the members of his family, his courtiers and the grandees of the empire. She was giving him good advice, but in so harsh a tone that he threatened to punish her; so she plotted against him and took away his life by poison. He died at Sevilla on the 29th of Rajab, 567 (27th March, A. D. 1172)» (Ibn Jallikān, Ibn Khallikān’s Biographical Dictionary, trad. de de Slane, 1843-1871, p. 471; traducción española realizada por nosotros). A esta última versión hace también referencia el compilador al-Maqqarī (m. 1632) [Al-Maqqarī, The History of the Mohammedan Dynasties, trad. parcial de Gayangos, 1840-1843, p. 318].
13 Al-Marrākušī, Kitāb al-Muʿŷib, trad. de Huici Miranda, 1955, pp. 202-203. Véase también al respecto Ibn al-Aṯīr, Al-Kāmil fī l-ta’rīj, trad. parcial de Fagnan, 1898, pp. 597-598; Al-Nuwayrī, Historia de los musulmanes, trad. parcial de Gaspar Remiro, 1917, pp. 231-232.
14 Ibn ʿIḏārī al-Marrākušī, Al-Bayān al-mugrib, trad. de Huici Miranda, 1953-1954, pp. 106-107.
15 Ibid., p. 107.
16 Jiménez de Rada, Historia de los hechos de España, ed. y trad. de Fernández Valverde, 1989, p. 346.
17 Llibre dels feyts: crónica de Jaime I, ed., est. y trad. de García Edo, 1989, fol. 163r.o-v.o (no 423).
18 Ibn al-Jaṭīb, Historia de los Reyes de la Alhambra, trad. de Casciaro Ramírez y Molina López, 2010, pp. 138, 165 y 177.
19 Amador de los Ríos, 1889, pp. 328-333.
20 Véase «Murcia antigua y moderna hasta 1833. Plano elemental» de Javier Fuentes y Ponte, en Roselló Verger, Cano García, 1975, fig. 13.
21 Torres Fontes, 1989, pp. 165-171.
22 Sobre este particular véase Abad Castro, González Cavero, 2008.
23 Navarro Palazón, Jiménez Castillo, 1991-1992.
24 Sánchez Pravia, Verdú Bermejo, 1998, p. 59.
25 «L’espace compris entre mon tobeau et ma chaire sera un des parterres du Paradis» (Al-Buẖārī, Les traditions islamiques, trad. de Houdas y Marçais, 1903-1914, p. 428, chap. lxii, no 1; traducción española realizada por nosotros).
26 García Blánquez, Sánchez Pravia, 2003.
27 Quiñones López, García Sandoval, Ruiz de Torres Moustaka, 2007; Sánchez Pravia, García Blánquez, 2008, p. 347.
28 Sánchez Pravia, García Blánquez, 2007, pp. 242-243.
29 Navarro Palazón, Jiménez Castillo, 2012, pp. 343-344.
30 Calvo Capilla, 2011, pp. 80-85; Ead., 2014, pp. 449-450.
31 Rāgib, 1970. En lo que respecta a al-Ándalus, véase Fierro Bello, 2000.
32 Véase Calvo Capilla, inédita, pp. 325-326.
33 Así lo recoge Rafael Valencia de Ibn al-Abbār (m. 1260) a la hora de referirse a aquellas mezquitas de carácter secundario. Sobre este particular, véase Valencia Rodríguez, inédita, pp. 584-597.
34 Recogido por Molina Martínez, 1992, p. 297.
35 Conde, 1874, p. 165. A pesar de los datos que nos aporta el autor, desconocemos de dónde toma esta información, pues sabemos por las fuentes documentales árabes que fue enterrado en el alcázar de Sevilla.
36 Rāgib, 1970, pp. 26-27.
37 Véase Abad Castro, González Cavero, 2008, pp. 12-14.
38 Grabar, 1966, pp. 11-12.
39 Allen, 1983.
40 Sánchez Pravia, García Blánquez, 2007, pp. 242-249.
41 Al-Marrākušī, Kitāb al-Muʿŷib, trad. de Huici Miranda, 1955, p. 202.
Auteur
-
Ignacio González Cavero
Universidad Autónoma de Madrid
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